El Correo de las Indias

Una vida interesante

Grupo Cooperativo de las Indias

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2140 ~ 31 de agosto de 2014 ~ 0

Continúa el curso… de los acontecimientos

Como sabes muy bien, porque tienen lugar en tu casa, las meriendas intelectuales continúan y su preparación va encontrando su formato definitivo que, casi invariablemente, te cuento ahora, acaba como aquella primera vez cuando después de cenar Lourdes y yo tomamos un taxi para volver a su casa. Me temo de todas formas que tu intención, Esperanza, no se ha cumplido del todo. Son noches muy satisfactorias y también muy discretas porque los jueves Lourdes da libre al servicio hasta la mañana siguiente y el mismo taxi que nos llevó hasta su casa está en su puerta a una hora muy temprana para devolverme a la casa donde vivo en el centro con mis padres y ese niño que crece en un ambiente lleno de amor pero sin una madre y con un padre que no le dedica el tiempo que sería conveniente dedicarle. No me pesan las clases pues el teatro que conllevan es justamente la razón de la elección de profesión que hice un día como seguramente sospechas. Tampoco me llevan mucho tiempo las meriendas intelectuales ya regularizadas y, de hecho, es posible que dentro de poco tiempo surtan el efecto que la Universidad buscaba y podamos entronizar la primera cátedra subvencionada con una dotación que muy bien podría servir para atraer a la Ciudad, y concretamente a la Facultad donde presto mis servicios, a alguien de cierta fama intelectual. Lo que me pesa y mucho es la mala conciencia que arrastro en relación a la educación de mi hijo y el poco tiempo que dedico a esa cuestión como si pensara que un padre solo es necesario a una edad un tanto más avanzada. Y nada me extrañaría que mi propio padre no tenga para mucho tiempo pues su Parkinson se agudiza y algunas de sus funciones vitales se resienten lo que resta a mi madre capacidad de atención para cuidar de mi hijo.

Todo esto puede durar largo o precipitarse en lo inmediato y esto no puede ser predicho. Pero mientras tanto me gustaría que tu yo fuéramos capaces de hablar con franqueza. Tenemos que cerrar un círculo que comenzó a formarse hace ya bastantes años y que, con una interrupción muy larga, nos ha traído otra vez uno al lado del otro. Tu amiga Lourdes no va a arrancarme el deseo de que seas para mí algo más que la organizadora de unas meriendas intelectuales más o menos interesantes pero también tontamente rutinarias. Quiero cerrar esta gestalt y para ello tengo que hacerte el amor pues nada menos íntimo calmará mis ansias, esas ansias que creo que están en el origen de esta manera mía de vivir que empieza a resultar un poco excesivamente aleatoria para un hombre de mi edad. Ya se que ni quieres ni puedes alejarte de tu familia, especialmente de tus hijos, pero no creo que tu marido te necesite tanto como sospecho que tu piensas. La división del trabajo que practicáis con su correspondiente especialización puede durar toda la vida e incluso puede ser cierto que dentro de muchos años os felicitéis por haber elegido esa forma de vida. Pero ahora mismo pienso que tu necesitas algo que ni tu familia ni tus periódicas preocupaciones intelectuales complementadas con lecturas que me consta realizas, sean suficientes para que seas feliz, realmente feliz.

Hagamos una prueba, una escapada discreta, y hablemos después. Doy por descontado que no tengo manera de arrastrarte conmigo y pienso que, aun si la tuviera, no debiera hacerlo pues tu marcha podría hacer mucho daño a mucha gente incluida tu misma. No se te ve una cara radiante, pero sí lo suficientemente sonriente como para poder pensar que estás contenta. Pero yo no lo estoy por razones obvias que no tengo que explicarte. Quiero tener la oportunidad de poder comentar largo y tendido una vez satisfecho el deseo, cómo nos conocíamos, de qué manera yo te perseguí para coincidir contigo en el autobús cruzando yo la ría y cómo más adelante nos seguimos encontrando diariamente, tal como recuerda Lourdes. También se que luego las circunstancias de mi vida me llevaron por caminos raros de los que no me arrepiento y de los que me gustaría hablarte pues nadie que no seas tu me va a entender. Quiero que nos pongamos al día de nuestras andanzas durante esos años. Que me cuentes tus amoríos y si alguna vez te acordaste de mí. Y yo quiero contarte mi extraña relación con Machalen de la que nunca te he hablado y que creo no se va a romper nunca. Sí, esa directora de orquesta de nuestra Cuidad de la que quizá hayas oído hablar y con la que sigo teniendo una relación a distancia llena de pompas de jabón que nuestras cartas mantienen en el aire cualquiera que sean las circunstancias. Viví dos años con ella, dos años llenos de verdad y también de sexo, pero de un sexo distante, si esto tiene algún sentido y no es una mera frase vacía.

Entiendo que lo que te estoy proponiendo es hasta grosero y que entendería si me dieras un bofetón y me echaras de las meriendas intelectuales. Pero dime de verdad si crees que eso cerraría la herida o sería solo como taparla una con una simple tirita pensada para rasguños poco profundos. Entre tu y yo siempre ha existido el malentendido de la clase social. Yo soy para ti un poco fiable hombre de la margen izquierda, viajado, eso sí, pero de una clase que tuvo que dejar de veranear en la margen derecha y que, por razones que quizá te han hecho ver, no pertenece a ningún club de gente bien y, lo que es peor, que parece no querer pertenecer ni a esos clubs ni a nada. Pero si te explico mi caso estoy seguro que muchas de tus pretendidas convicciones se derrumbarán y tu y yo podemos por fin trabajar codo con codo para dejar que corra el aire y que no solo se olviden las diferencias sino que se haga de ellas un caldo de cultivo de donde nazca una nueva cultura que cambie la Ciudad y permita que nuestros hijos sean libres y capaces de ser dueños de su destino. No importa lo que quieran ser profesionalmente, pueden ser estibadores de nuestro puerto, médicos, abogados, arquitectos, filósofos o incluso curas, pero tienen que ser ellos mismos y no lo que una sociedad amedrentada quiera para ellos. Su desarrollo personal no puede estar condicionado por los señores de la Ciudad de los que dependan y para que esto sea posible es necesario que por la bocana del puerto sigan entrando, junto con la carga del hierro necesario, algunas ideas frescas incluso si para que lleguen hay que salir a buscarlas a bordo de un remolcador de altura.

Déjame contarte por qué razón yo me tengo como uno de los patrones de esos remolcadores, un miembro de una sociedad secreta sin listas de entrada ni de salida que comparte con otros de esos patrones la misión por nadie encomendada de superar diferencias y de no permitir las condenas sociales que o bien hacen sufrir lo indecible o acaban formando personalidades rebeldes que, sin causa alguna, prefieren ir a la contra de todo. Todo esto es muy importante para mí y pienso que tu lo vas a entender a la primera aunque no creo que no lo entiendas ya. Creo más bien que en tu vida has alcanzado un arreglo suficiente para ser razonablemente feliz. Pero mira a tu amiga Lourdes. Ella no es feliz a pesar de todas las cesiones que se obligó a hacer, su sonrisa es triste incluso en la cama. Y la razón de su tristeza no es ni de lejos la que ella se cuenta a sí misma. Se trata más bien de la imposibilidad de mirar de frente a estas cosas que te estoy contando. Los tres podríamos fundar nuestro seminario secreto y definir las materias a tratar de la manera que deseáramos. Piénsalo, Esperanza y el jueves hazme una seña.Y si te parece que ese día está lejos déjate ver. Tu sabrás cómo. Yo, por mi parte, creo que tengo que estar en casa haciendo que mi padre me sienta cerca pues pueden ser nuestras últimas miradas de cariño y complicidad. Quero que sepa que de su silencio hizo surgir en mi la locuacidad que algunos me atribuyen.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2140 ~ 27 de agosto de 2014 ~ 0

La seña y su continuación

biarritz Tu marido presidía la reunión que se celebró en vuestra casa. Alrededor de la mesa del comedor de la que yo solo había tenido una visión fugaz en alguna de las merindas intelectuales cuando tú te levantabas, corrías una puerta y volvías con una cucharilla o cualquier otro detallito. Era una mesa muy sólida y muy grande alrededor de la cual se sentaban señores bastante mayores que yo, o eso me parecía. Por un lado, el Rector de la Universidad pública en la que yo trabajo junto con el Decano de mi Facultad y, por otro lado, estos conocidos o socios o lo que fueran de tu marido, bastante más mayores de lo que yo imaginaba. Y en una esquina estaba yo, el único no encorbatado. Cada uno de nosotros teníamos delante de nosotros una carpeta con nuestro nombre y un contenido supuse que homogéneo, en el que destacaban unos estatutos y un presupuesto además de un borrador de convenio, tres piezas relacionadas con la cátedra especial que algunos señores de la Ciudad, conocidos como empresarios, estaban dispuestos a dotar si ellos y la Universidad conseguían llegar a un acuerdo. Me resultó extraño que no estuvieras tú, aunque, después de pensarlo, creí darme cuenta de mi sesgo, pues relacionaba sin querer esa cátedra con los exquisitos tés que durante todo el curso se habían servido en vuestra casa una vez al mes. Una relación que de todos modos no hubiera resultado tan tonta, pues estaba claro, al menos para mi, que si tu marido era el líder de los señores que pondrían el dinero, debía ser por las muchas cosas que tú le habrías contado sobre esas meriendas por las que habían pasado desfilado como ponentes la flor y nata del claustro.

El Rector fue el primero en tomar la palabra para resaltar esa circunstancia tan poco habitual de la unión de la calidad de no pocos miembros del claustro y de su aparente disposición, poco corriente entre los catedráticos, a trabajar duro para colocar a esta Universidad entre las mejores de Europa. Y, como colofón de su intervención, nos remitió al borrador de estatutos en los que se ponían negro sobre blanco estas ideas en toda su generalidad. Alfonso, que resultó ser el nombre de tu marido, respondió elegantemente diciendo que los allí reunidos estaban dispuestos a firmar un convenio que diera vida a esos estatutos, pero poniendo un cierto énfasis en la parte empresarial de la colaboración. Decía estar seguro de que la Universidad contaba con personalidades de reconocido prestigio en otros campos más científicos que, aunque sin duda podían colaborar a elevar el prestigio de esta Universidad asociada a nuestra Ciudad a través de sus contactos en el circuito mundial, su movilización, pensaba él, debería recaer sobre todo sobre las espaldas del gobierno y no tanto sobre una simple asociación de empresarios. A instancias del Decano, yo traté de justificar la especialización en la que parecían querer incidir los empresarios allí reunidos.

Déjame hacer en este punto como un pequeño paréntesis para explicarte que casi me entró la risa, pues mis palabras eran casi las contrarias a las que había utilizado en mis intervenciones en las meriendas intelectuales que tú organizas. Me largué un buen discurso sobre las enormes posibilidades que abría la consideración de la empresa y sus avatares multifacéticos en un mundo en el que las verdades económicas empezaban a flaquear. Estas verdades estaban asentadas sobre modelos matemáticos cuyos supuestos implícitos eran de una simplicidad alarmante. El mundo no es una máquina sencilla en la que los inputs entran por un lado y los outputs salen por otro. La empresa era, de hecho, un magnífico modelo para entender el mundo en su faceta económica. Un mundo con una enorme complejidad, de acuerdo con la cual predecir era prácticamente imposible y en medio de la cual un pequeño incidente en una planta de producción de automóviles en Detroit podría generar un verdadero revuelo en toda una economía nacional de otro país distinto a los EE.UU. de América. Era esa complejidad sobre la que había que trabajar para lograr acercarnos un poco a su descripción y a su utilización para tomar decisiones informadas por los Consejos y la alta dirección de las empresas. Y esta complejidad se daba precisamente en el seno de las empresas como las que allí, en la mesa de tu comedor, Esperanza, estaban representadas.

Teniendo en cuenta el origen de esos hombres que parecían dispuestos a dejar entrar el aire de la renovación intelectual, me extendí en la comparación entre la física teórica, tan llena de sorpresas intelectuales, y la ingeniería, sobre la que ellos seguramente sabían todo, dada su formación en la Escuela de Ingenieros de la Ciudad, sobre la que les interrogué aunque ya conocía las respuestas. Era justamente lo que ellos querían oír y algo muy contrario a mis verdaderas creencias, como tú sabes bien. Pero no me avergüenzo, pues he aprendido a tener todos mis mundos aislados entre sí, sin intentar una unificación cuya obsesión se debe únicamente a la religión en la que los habitantes de esta Ciudad hemos sido educados. El Decano me miraba asombrado, pero reprimió su comentario para dejar expresarse a esos amigos de tu marido que parecían bastante contentos y que pasaron a considerar el presupuesto que podrían dedicar a esta cátedra especial.

Habría que seguir hablando, dijeron, pues, a la luz de lo compartido hoy alrededor de esa mesa tan sólida, era muy posible que otros empresarios con las mismas preocupaciones que los allí presentes aceptaran cooperar en la financiación de la cátedra e incluso pudieran aportar sus ideas a la organización general de la operación. La reunión se acabó entre comentarios banales sobre la coyuntura económica y los universitarios nos despedimos pretextando, con una sonrisa que quería sembrar la duda, que teníamos que preparar las clases del día siguiente. Yo recogí la carpeta que llevaba mi nombre y la introduje en mi cartera de profesor mientras me despedía tibiamente de los capitanes de empresita. Volví al centro de la ciudad con el Decano que me dejó cerca de mi casa, no lejos de la suya.

La sorpresa del día estaba todavía por llegar, pues al sacar de la cartera la carpeta para depositarla en el fondo de algún cajón, volví a echar un vistazo a su contenido y me encontré con un sobre con la dirección en blanco en el que no había reparado durante la reunión. Te había pedido una seña pensando en algo como un guiño de ojo y he aquí que me sorprendías con toda una misiva en la que me emplazabas a acompañaros a Lourdes y a ti a Francia el próximo viernes a hacer las compras para el verano saliendo, el jueves por la tarde, un esquema que sabías cuadraba con mis obligaciones. No sé qué hago reproduciéndote lo que tú misma habías redactado, solo sé que aquello me satisfizo de una forma extraña, sea por su tono o sea por cierta ironía subyacente a un texto que parecía escrito a dos manos. Temí que todo fuera un juego, pero decidí correr riesgos y seguir las instrucciones, bien simples por cierto. El jueves a las cuatro de la tarde me recogerían en el parking de la estación llamada del norte sita en la llamada plaza circular.

Como ya conoces el resto me limito a contar, más bien para mi mismo, los sentimientos de aquella escapada. La cena del jueves en el café de París de Biarritz fue rápida y muy divertida gracias al buen humor, raro en ella, de Lourdes. La noche muy larga y más que satisfactoria. Si recuerdas, yo llevaba conmigo mi cartera, pero su contenido no era el habitual, pues mis instrumentos de trabajo se habían quedado en el despacho de la Facultad y habían sido sustituidos por una muda, el neceser y un cuadernito de tapas blandas en el que yo suelo tomar breves notas sobre las características de la última pieza de mi colección y que luego son trasladas al cuaderno de tapas duras convenientemente enriquecidas de una forma que yo me atrevería a llamar poética. Espero que te agrade saber que ese cuaderno de tapas blandas que llevé conmigo permanece en blanco, pues no aproveché tu breve sueño para apuntar nada, ya que nada tenía que anotar. Habíamos bebido bastante, pero no fue eso, sino una especie de llegada a la meta lo que me hizo comportarme como un jovencito enamorado, musitando palabras de amor de estilo de escritor ruso romántico. Fuiste mi primer amor en la playa de aquellos veranos infantiles y a pesar de todas mis aventuras intelectuales y deserciones y desapariciones, nunca te había olvidado, y por lo que vi tú tampoco me habías olvidado a mi. Si no hubiera sido porque ambos no andábamos mal de experiencia amatoria, esa noche hubiera parecido una noche de bodas, en la que se mezclan las declaraciones con los jadeos y las sorpresas. Nada de esto hubo, pues tu cuerpo se acopló al mío, y el mío al tuyo, como si lleváramos años descubriendo recovecos de una cueva prehistórica. Nada memorable, me temo, excepto la fuerza extraordinaria con la que apretabas mi espalda, como si te agarraras a un bote salvavidas. Nos dormimos cuando comenzaba a amanecer, y cuando yo desperté ella ya no estaba allí. Supuse que Lourdes y ella habían acudido a las boutiques más chic para no dejar de examinar ninguna de las novedades y también, supongo, para comentar y chismorrear sobre esta escapada y sus resultados sin dejar que ningún pensamiento oscuro ensombreciera la alegría infantil que parecía embargar a los tres, pero sobre todo a las mujeres. Llegamos ya de noche a la Ciudad y fui depositado en el mismo lugar en el que había sido recogido el día anterior. Ni una palabra de amor y solo un mensaje escueto cuya única gracia, recuerdo haber pensado, era que quizá Lourdes no lo entendió: «observarás pronto otra seña y espero que te guste».

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2140 ~ 25 de agosto de 2014 ~ 0

El Honor

424px-TheTrialDVDCoverJon creía que después de los dos veranos de Bel Atha Cleath su formación preuniversitaria estaba decidida, y que nada faltaba y nada sobraba para llegar a ser un patrón de remolcador de altura en el sentido general y nada sencillo en el que había acabado pensando cuando elucubraba en cómo estar a la altura del padre añadiéndole unos toques de mundanidad para contentar a la madre. Pero no sabía todavía que habían cosas, palabras y gestos que correspondían a otra cultura oscura con la que debía familiarizarse para fortalecerse y no limitarse a contestar con un simple silencio las solicitudes de la clase dominante, tal como había ocurrido al final del último verano en esa ciudad que también llaman Dublín. Ante la tontería no basta con el silencio y menos si éste es despreciativo. Lo que se exige de alguien como el que Jon quería llegar a ser es el Honor, esa virtud rara vez catalogada como tal, que hace que quien la posee ante nadie se arrodille y ante la verdad incline la cabeza. Sobre la verdad había ya leído mucho a través de la filosofía del lenguaje estudiada en la soledad de la embriaguez celta, pero esperaba que la universidad le confrontara justamente con ese problema al tiempo que le formaba en lo que sus amigos más conscientes de la deriva del régimen y la potencial liberación nacional llamaban el contraste, o la contradicción, entre la estructura económica y la superestructura jurídica. Tendría pues que estudiar la doble carrera en la universidad privada de la Ciudad, se decía a sí mismo, disfrazando de reflexión intelectual lo que no era, una vez más, sino la mera imposibilidad de frustrar las esperanzas de la madre justificándose, como para sus adentros, con la idea de que al final no se dejaría deslumbrar por el solitario y que acabaría calándose la boina para que, añadíase con humor, no se le escapara ninguna idea de las que iba a estar hecho el intercambio comercial de la Ciudad en el futuro que le iba a tocar vivir.

De este primer año en la universidad lo único que le interesó fue lo que se llamaba la Filosofía del Derecho que, con su capacidad para la síntesis, pronto resumió Jon como la fuente de la legitimidad. ¿De dónde viene la obligatoriedad de las normas jurídicas cualquiera que fuera su origen? O bien de la violencia, como finalmente concluye Schmitt, o en el formalismo de Kelsen, que solo se siente obligado a lo que procedimentalmente cumpla los requisitos de cuyo origen no le cabía otro remedio que conceder la ignorancia suprema. Este es un problema, el de la explicación última, que nunca supo Jon tratar, así como tampoco el de las contradicciones hegelianas que subyacen al análisis económico de Marx y a su sentido de la historia. De momento solo se dio cuenta de que Marx, Hegel, Schmitt y Kelsen deberían ser leídos en alemán, para lo cual frau Klein apareció en su vida localizada por la señorita Carmen y financiadas sus clases particulares por los padres.

Como cuando en la infancia Doña Modesta reforzaba sus conocimientos al mediodía de cada jornada semanal para estar siempre entre los primeros de clase, en este comienzo de vida universitaria Frau Klein intentaba todos los días al mediodía hacer su oído a este idioma tan divertido de aprender y tan agradecido que realmente te alegra cada vez que eres capaz de decir algo como, por ejemplo, «no sé alemán bien pero me hago entender», o como cuando comienzas a experimentar con la utilización de esos verbos de los que tienes que desgajar la proposición previa y dejarla para el final de la frase, por no hablar de las declinaciones que te retrotraen a las épocas del latín o de las concordancias. Pero nunca había aprendido Jon un idioma sin al mismo tiempo tratar de leer literatura o filosofía escrita en ese idioma y que le permitiera asociarlo a una cierta idea central, como las luces con el francés, o el pragmatismo, embriagador o recio, en el caso del inglés. Pero aquí Frau Klein no era muy útil y en la biblioteca de su casa no había grandes obras relacionadas con la filosofía alemana o con su vasta literatura, y lo que había no le era suficiente como para convocar un sustantivo definitorio de un cierto rasgo de carácter nacional, o quizá no había esa nacionalidad, sino una infinidad de ellas, cada una relacionada con un cierto acento diferencial en la manera de pronunciar el mismo idioma.

Y ahí llegó de manera quizá forzada la idea del Honor como algo que te permite mantener la cabeza erguida frente a los que creen tener derecho de prioridad en todo, algo que desde luego hay que ejercitar, pero que poco valdría si uno no tuviera a su vez algo que decir. Así que la idea de Honor se fue configurando al ritmo de las conjugaciones y las concordancias como un cierto tono que te distingue no solo en el hablar, sino en la forma de expresar tus ideas para hacerte visible. Algo así como la colocación adecuada de las comas que da a tu lenguaje una, digamos, altura, que te permite recabar la atención de quien escucha. Desde ahí habría que construir el nuevo idioma como un arma más del patrón de remolcador de altura. Pero no sabía el joven Jon que hay ciertos lenguajes que se hablan a sí mismos y que hacen de ti, pobre hablante, un mero instrumento. Este era el peligro del alemán para Jon, y aunque sin sabérselo contar, intuyó en seguida el peligro que semejante poder tenía, así como la oportunidad que se le brindaba de romper sus cadenas y aprender a hablarlo a su manera, esa que divertía tanto a Frau Klein y que un día habría que limar, pero que de momento servía para enraizar esa fortaleza indefinida que le hacía poco flexible y tremendamente frágil.

Era el momento de dejarse de filosofía del lenguaje y de abandonar las pesquisas sobre la verdad o sobre las condiciones de su existencia y de parapetarse tras la fuerza de la voluntad como arco de bóveda de cualquier construcción de uno mismo. Y la ocasión llegó en el verano de segundo de carrera cuando Jon volvió a viajar, solo esta vez, hacia el este camino de la universidad de verano en München, pasando previamente unos días por Frankfurt invitado por un antiguo profesor progresista de su colegio de jesuitas en Bilbao que colaboraba con la emigración española en esa ciudad y cuya comunidad le proporcionaba una especie de hostal barato en el que cobijarse mientras Jon se enteraba de sus condiciones de vida, mucho peores de las de los inmigrantes de la margen izquierda de la Ciudad, y también tenía tiempo de pasearse por una ciudad que parecía no haber sufrido la contienda bélica y ofrecía diversiones varias. Y no solo diversiones. También experiencias extrañas que más adelante en su vida se repitieron y a las que nunca ha encontrado explicación, iniciando así su convencimiento creciente de la imposibilidad de explicarlo todo. Asistió a una sesión cinematográfica en la que se proyectaba una película de Orson Wells sobre una obra de Kafka, seguramente El Proceso, hablada en alemán, el mismo idioma en el que se expresaban las cuatro personas que ocupaban las butacas posteriores a la que Jon había elegido en un cine semivacío y, desde aquel entonces ya, muy cercana a la pantalla. No solamente podría haber jurado que entendió todo lo que se decía desde la pantalla, sino que también fue consciente y entendió lo que esas cuatro personas comentaron al finalizar la proyección. No podía ser cierto y, efectivamente, no podría haber reproducido nada de lo escuchado pero no le cabía ninguna duda de que había estado casi dos horas en su ámbito lingüístico propio. Lo contó mil veces y luego dejó de contarlo ante la cara de incredulidad que mostraban sus interlocutores. Hasta que pasados los años y habiendo adquirido, según él, la virtud del honor, volvió a contarlo a menudo en un tono especialmente alto y sin admitir nunca ninguna prueba en contrario ni inclinar la cabeza ante quien solo sabía esgrimir la risa o la incredulidad.

Pero llegó el día en que partió hacia München a vivir experiencias más terrenales. No fue clasificado como totalmente analfabeto en alemán y se pertrechó a prepararse para un día poder llegar a leer a sus autores secretos en ese idioma. En esa juventud todopoderosa todo va muy rápido y a su Marx, su Hegel, su Schmitt y su Kelsen ya había añadido a Nietzsche, Mann, Rilke, Kafka y Freud. Pero esa misma velocidad acabó con todos sus buenos propósitos en pocos días y se dejó deslizar por el placer de la conversación internacional de unos grupos de alumnos europeos que hablaban idiomas que Jon podía hablar sin dificultad. Eso le granjeó la admiración de sus amigos recientes, pero cerró casi totalmente la posibilidad de progresar en el aprendizaje del alemán. Pero aprendió muchas otras cosas. Con l´Ambasadeur supo que una carrera diplomática no era una mala idea, aunque la idea de depender de un gobierno como el español le sacaba un sarpullido. Con un no tan joven profesor de filosofía al que llamaban Socrates dio no pocos paseos por la ciudad, fácil de recorrer, hablando de esto y aquello, y consideró que todavía estaba a tiempo de cambiar de carrera, una idea que pronto se difuminó ante el atractivo de Jacqueline, una suiza de Ginebra muy preparada para el amor.

Los paseos con ella se hicieron diarios y ambos comenzaron a visitar un piano bar después de una cenita nada frugal. Era alta, casi demasiado para él, y tan fuerte que le recordaba a Esperanza, aquella chiquilla de la playa de su infancia a la que, a pesar de todos los juramentos, había acabado por casi olvidar. Besaba con lentitud apasionada y se dejaba tocar con cierto recato pero sin ningún tabú. Jon era feliz con esa cadencia de clase de alemán por las mañanas y amor el resto del día, parloteando en francés e incluso en inglés, y olvidando todo lo aprendido por la mañana. Esta especie de idilio tan poco discreto les hacía a ambos populares entre sus compañeros de clase y Jon aprendió, o creyó que aprendía, que nada hay tan atractivo en un varón para una mujer que el hecho, no firme del todo, de que esté ligado a otra mujer. Se vio Jon pues en una especie de gloria tontuna pero muy satisfactoria para su ego y sus hormonas. Hablaban sobre todo de las diferencias culturales entre sus países de origen y se confiaban sus deseos ocultos. No faltaban a ninguna de las excursiones programadas durante los fines de semana, hasta que un día, Jaquie y él, decidieron hacer una escapada en tren hasta la vecina Salzburgo, desapareciendo de la universidad por un par de días de los lectivos. El paisaje era simplemente muy bello y los dos enamorados se recrearon en él y en el hecho de mirarlo juntos. La especie de pensión que habían reservado se encontraba lejos de la estación de ferrocarril y fueron caminando hasta el centro de esa ciudad de juguete también con río dulce y llena de referencias a Mozart más allá de su casa y de los dulces típicos. Tomaron posesión de su habitación, pequeña y menos que sencilla, y salieron otra vez a escalar la montaña no hasta el castillo, su plan para el día siguiente, sino hasta la parte alta del escenario de la vieja sala de conciertos excavada en la roca y desde donde se podía escuchar la ópera sin guardar ninguna compostura. Su abrazo y sus besos seguían el ritmo de la orquesta, quizá dirigida por el mismísimo Von Karajan, y el fervor de Jon fue aumentando hasta el punto de liberar su brazo derecho del abrazo y dejar a la mano que lo remataba adentrarse por caminos prohibidos que Jaquie no parecía reconocer como tales. Ambos disfrutaron del todo y abrazados bajaron de la montaña y volvieron a la pensioncita que se había convertido en un palacete cuya mejor y más distinguida habitación abrigó la noche en la que guiado por aquella mujer joven cazó la primera pieza de su perversa colección de vulvas, una pieza que nunca supo describir con detalle y que no consta como tal en los cuadernos que en los años siguientes fueron describiendo las siguiente piezas con detalles mucho más precisos.

El viaje de vuelta y el resto del curso del verano nada tuvo que ver con el aprendizaje del alemán sino que estuvo dedicado en exclusiva al amor con sus correspondientes promesas de eterna fidelidad. Se volverían a ver el verano siguiente, esta vez en esa pequeña ciudad, Salzburgo, que sería para siempre el emblema de su amor. Y, sin embargo, las cosas no sucedieron como ellos hubieran deseado, pues Jon tuvo que ajustar sus planes al cambio en las normas que regían las milicias universitarias y que habían adelantado un año la incorporación al primer campamento de instrucción. Las cartas entre Jon y Jaqueline reflejan frustración inicial y paulatino enfriamiento, como no podía ser de otra manera, y Jon supo ejercer su recién adquirida virtud del Honor y silenciar su frustración al tiempo que reforzaba su íntima independencia de criterio y decidía dejar su carrera al final de ese tercer año y, después de cumplir con el segundo campamento, trasladarse precisamente a Salzburg, en donde en la Universidad regular se ofrecían un par de años en Comercio Internacional financiados por una fundación americana a la que pediría una beca para no tener que someterse al chantaje de su madre para que acabara primero su carrera ya iniciada y en la que le iba muy bien. Mientras tanto seguiría con frau Klein, esta vez tomándoselo en serio.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2140 ~ 23 de agosto de 2014 ~ 3

Un pragmatismo embriagador

grafton street 1960

Para hacer de aquel hijo prometedor alguien realmente capaz de llegar a la cima como quería la madre, o de ser una especie de héroe como presumiblemente deseaba el padre, las luces asociadas al francés no bastaban. Era de todo punto imprescindible domeñar el inglés, un idioma que por aquel entonces ya aparecía como el único idioma capaz de hacerse franco y que se asociaba a autores e ideas muy distintas de las acariciadas durante los veranos dedicados al aprendizaje del francés. Sustituir Sartre por Brendam Behan no es solo un pequeño ejemplo cualquiera del contraste entre la cultura francesa y la del ámbito anglosajón, es un verdadero cambio de paradigma, y para Jon representó una sorpresa tan grande que nunca volvió a soñar con llegar a tener una visión definitiva del mundo.

Durante el curso escolar sus padres le impusieron una clase particular de inglés impartida por un joven caribeño de difícil ubicación en aquella Ciudad que todavía vivía en un ambiente de miedo y silencio. Era alguien inteligente y cultivado que consiguió que Jon se acercara al idioma, a la literatura y al pensamiento expresados en inglés, aunque a menudo se hizo con piezas traducidas al castellano de novelistas del momento como Somerset Maugham o Graham Green, o de pensadores nada transgresores, como por ejemplo Chesterton, que era especialmente querido por la sociedad de buenas lecturas por su catolicismo. Como siempre, Jon leyó cosas que no entendió pero que le daban una especie de seguridad en sí mismo y una cierta conciencia de ser diferente y estar un poco aislado en la Ciudad a pesar de algunos compañeros que, como él, iban rompiendo el cascarón. Nada de esto era ni soñado por los padres de Jon que, especialmente a través del padre, pretendían que el chiquillo adquiriera un toque de ese pragmatismo que se asociaba a la ciudadanía y al gobierno de su Majestad, la única admitida por ese padre que parecía vivir fuera del mundo conocido.

Pero como era de esperar, entre las dos islas, la recientemente independizada casi en su totalidad y la localizada en la metrópoli de ese Imperio que el padre de Jon había vivido como un hecho conocido e irreversible, la única gran diferencia para alguien de la Ciudad era la religión. El idioma era el mismo y el inglés que se hablaba en Dublín era, según se contaba, el que se exigía a los locutores de la BBC, pero lo importante era que Irlanda era católica, casi tanto como lo eran las familias alrededor de la familia de Jon. Una vez más ganó la opinión de la madre y, a través de los jesuitas del colegio una vez más, este chiquillo que estaba dejando de serlo fue asignado a una casa de Dublín meses antes de terminar el curso y de partir hacia lo que sería su primer largo viaje en solitario, pues la familia de Juan, o él mismo, no sentía la urgencia del inglés para un hijo que, por otro lado, seguía teniendo, a diferencia de Jon, su grupo de verano bien definido. Y así la educación en el pragmatismo de un Churchill se iba a convertir en la educación en un pragmatismo de otro cariz difícil de definir, una mezcla del sentido común consciente de los límites siempre existentes y de la locura poética un tanto alcohólica que nada sabía de límites. Y fue esta mezcla imposible de conciliar la que se quedó grabada en el alma de Jon. Mezclada, desde luego, con la épica de la liberación que tan bien le había presentado la señorita Carmen, violando las instrucciones maternas, en aquellos cuentos sobre heroicidad que hermanaban a la Ciudad con esa otra ciudad que, paradójicamente, seguía mostrando como un héroe a Nelson, un inglés que, además, supo humillar a los españoles. A este respecto Jon no supo entender bien lo que significaba que el hijo mayor de la casa se hubiera fugado para pasar a la clandestinidad e integrarse en el Sinn Fein y quien sabe, murmuraba la señora Mulligan con lágrimas en los ojos, si también en el ejercito republicano de liberación que operaba en el Ulster.

Jon se sintió una persona ya hecha y dueña de sí misma en el largo viaje que, por primera vez, emprendía en solitario. Llegar a París y cambiar de estación de ferrocarril con tiempo suficiente entre ambos trenes como para visitar los lugares más emblemáticos de esta capital con río pero de agua dulce, tomar el barco para cruzar el estrecho hasta Dover y de nuevo el ferrocarril para llegar a Londres, y pasar la noche en una pensión del barrio de Fulham para finalmente volar de Londres a Eire y aterrizar en Bel Atha Cleath al día siguiente para encontrarse con la que decía ser su familia de acogida pero que resultó ser la familia destinada a otro, un malentendido que acabó siendo para Jon realmente providencial pero que solo surgió como evidente al final de esa primera estancia en esa bendita isla que Jon iba a recordar, al final de los dos veranos que vivió en ella, como un lugar literario y fantasioso de enorme influencia en su educación intelectual y afectiva.

Quizá fue ese error en la ubicación de Jon en esta otra ciudad con río dulce y con clima parecido al de la Ciudad de donde había partido Jon el que le libró de contactos indeseados con otros estudiantes de colegios de jesuitas de habla castellana y le permitió concentrarse en los contactos que le proporcionó la Mrs. Mulligan entre los miembros de su aparentemente inmensa familia y entre otros chicos y chicas de su edad que vivían en Glasnevin, un barrio con un cementerio para siempre famoso desde que se convirtió en lugar literario a partir de la visita de Bloom en esa novela renovadora de Joyce que Jon intentó leer por primera vez precisamente en ese verano dublinés durante los muchos ratos que pasó solo. Leyó como pudo ese Ulises así como otras cosas de su autor que fue comprando en sus escapadas en autobús hasta el centro al centro, y a otros autores como, por ejemplo Oscar Wilde o el ya mencionado Brendam Beham. Como por casualidad se introdujo en el mundo de los escritores angloirlandeses, ya por aquel entonces reputados como los mejores del ámbito anglo, y algo de su fértil locura se le debió contagiar a Jon ya en esa primera visita a Eire.

Una primera visita llena de novedades para un chiquillo de la margen izquierda, tal como él seguía autodefiniéndose. En los cines se podía fumar y al final de cada sesión sonaba el himno nacional irlandés mientras la bandera ondeaba en la pantalla. Las cafeterías del centro de esta ciudad eran muy distintas a las de la Ciudad en su configuración física y sobre todo en la oferta de sándwiches de jamón y queso entre pan de molde tostado y untado de mantequilla, una mantequilla que parecía otra cosa. Los autobuses de dos pisos que le llevaban y traían con extrema facilidad de O´Conell Street a Glasnevin pasando por el barrio obrero de Drumcondra nada tenían que ver con los trolebuses de la Ciudad. Y no digamos las carreras de caballos, donde un tío alcoholizado de Mrs. Mulligan le llevaba a menudo y le presentaba a los propietarios que nada parecía que tenían que ver con las figuras empingorotadas cuya imagen algunas revistas de la Ciudad habían gravado en la retina de Jon. Apostó, y a menudo ganó, siguiendo el consejo del tío borracho, quien de paso le inició en el gusto por las pintas de cerveza negra. Y posiblemente con esas ganancias se regaló unas clases de montar a caballo por Phoenex Park, y, por primera vez, se enamoró de la hija de uno de esos propietarios con la que quiso salir a solas, para lo que le llamó por teléfono aterrorizado de no ser capaz de entender el inglés de la chica, que sin embargó le endilgó una negativa que entendió con total claridad.

La vuelta otra vez por Londres y París, cruzando el canal, fue tan pesada como la ida, pero esta vez le dio tiempo de recorrer mucho barrios de buena y mala nota de esta última capital, cuya influencia en su formación iba a dejar de ser única pues tendría, pensaba de forma desordenada, que complementarse con todo lo aprendido este verano de amor y revolución y con los matices que en esas materias iba a añadir el segundo verano en el que ya, una vez solucionado el malentendido de la familia a cuya casa debió haber ido pero no fue, consiguió juntarse con numerosos españoles de su edad y concretar más específicamente sus inclinaciones un tanto revoltosas, poniendo juntos para su futuro ideológico los barrios obreros donde él siguió viviendo en casa de Mrs. Mulligan y los barrios elegantes, bellos y apacibles localizados al sur del río, así como los intereses e ideales de los habitantes de unos y otros.

Este segundo verano podría quizá considerarse por un observador imparcial como perdido para la formación seria de Jon, pero para él fue como el resumen, solo en cierta manera embriagador, de las enseñanzas recibidas desde que el paso del tiempo se le impuso, como relacionado con la importancia del espacio en la conformación de las diferencias y afinidades sociales de la Ciudad. El idioma ya no era una dificultad, sino una especie de señal de que se podía salir del ámbito lingüístico propio con ganancias de todo tipo, incluyendo la de la toma de conciencia del lenguaje como objeto de atención en sí mismo y de contrastes entre sensibilidades ante la vida cotidiana. Y esta facilidad con el habla permitió que sus nuevos amigos llevados a Eire por la misma organización que la que a él le confundió el destino y que, en general, estaban localizados en el elegante sur del Liffey, consiguieran lo que ningún otro amigo había conseguido nunca, integrarle en una pandilla que a su vez tenía contactos habituales con un grupo de muchachas celtas de ojos verdes y pelo negro que no parecían tener demasiados reparos en el juego, todavía relativamente ingenuo, del amor carnal. Ante estas novedades los contrastes de clase que Jon arrastraba desde su Ciudad se disiparon un tanto, aunque no del todo, y su vida juvenil llegó a ser hasta cercana a lo normal, estrenando gestos en los que solo había logrado soñar y por poco tiempo, pues se sentía obligado a reprimirlos. No era poco frecuente ese juego pícaro de hacer girar un botella vacía en el medio de un corro mixto como en una especie de lotería en la que la persona señalada por el cuello de la botella pedía una prenda a cualquier otra del corro sentado en el suelo del salón de una de las casas que nos acogían para el verano. Esa prenda consistía invariablemente en un beso y a medida que el juego progresaba esos besos eran cada vez más y más intensos y apasionados. El que Jon intercambió con la chica mayor del grupo, ya realmente en sazón, le dejó desconcertado y atontado para el resto de la velada, tanto por su intensidad y duración como por la indiferencia posterior de esta muchacha, a la que no parecía haber afectado mucho a pesar de haber sido ella la que eligió a Jon para pagar la prenda. Jon se preguntó siempre el por qué de este gusto que las mujeres mayores parecían sentir por él, y nunca consiguió hilvanar una buena explicación más allá de conjeturar que eran estas chicas o mujeres de mayor edad de un grupo cualquiera las que se sentían llamadas a acabar con la aparente indiferencia de ese hombre un tanto distante que parecía sumido en sus meditaciones.

Nada hay realmente nuevo en esta salida a la vida a no ser que consideremos novedoso que esta excitación ni por un momento le hiciera olvidar sus preocupaciones por las relaciones entre clases sociales de su Ciudad, relaciones que ya no se limitaban en la cabeza de Jon a las márgenes de la ría, la izquierda y la derecha, sino que se extendían a la calidad del barrio donde residía una familia, el lugar donde veraneaba, si fuera de la residencia habitual o en la residencia de verano cuya localización era también un signo de identidad que unía o separaba, a la calidad y variedad de la ropa que vestías o la escasez o abundancia del dinero de bolsillo con el que salías a pasear al atardecer de un día cualquiera o a explorar la trastienda de ciertas librerías que se atrevían ya a exponer sin secretismo obras literarias o de pensamiento que el libro de buenas y malas lecturas no hubiera recomendado, pero que ahora eran manoseadas y adquiridas por una clase social nueva para Jon y que nada tenía que ver con sus antiguos grupos de amigos, y que no parecía estar representada por nadie en este grupo de jóvenes en ese verano irlandés. Pero los que sí estaban representados eran los jóvenes pertenecientes a la “aristocracia” de la Ciudad, una clase ésta que, aunque desde luego vivía en la margen derecha, hace ya muchos años que se distinguía por sus fincas en las Castillas o, lo que a Jon le desconcertó, por una cierta curiosidad intelectual que le costó desenmascarar. No podían ocultar su ignorancia de la tensión irlandesa o de la extraña preponderancia de los escritores angloirlandeses, pero parecían interesarse por cuestiones sociales en general o por la internacionalización que exigía el conocimiento de idiomas o por las simples novedades literarias. Uno de estos amigos de verano que venían de la Ciudad pero con los que Jon no había topado nunca en ella le planteó un día cualquiera un dilema moral que, le confesó, se había discutido mucho en un grupo de pensamiento que se reunía periódicamente: si era más grave la masturbación o la compra de sexo. Ante la ignorancia de Jon, evidenciada por el silencio, el joven “aristócrata” explicó con la lentitud de un avezado maestro que, sin duda, la masturbación era más grave pues, al fin y al cabo, la compra de placer iba dirigida al uso del sexo para su objetivo natural que no era otro sino la reproducción. Nada contestó Jon a esta explicación tan poco meditada, pero se dijo a sí mismo que nunca aceptaría la invitación que siguió al exordio para acudir a esas reuniones periódicas del club de pensamiento que parecía responder a una cierta forma nueva de educación religiosa que mejor habría hecho, siguió pensando Jon, no metiéndose en esos berenjenales morales.

Esta conversación tan iluminadora de lo que sería más adelante la clase dirigente, más otra anécdota que se produjo en unas carreas de caballos, acabaron por convencer a Jon de que su pertenencia a esa clase a la que su madre le hubiera gustado pertenecer, no le merecía. Otro miembro de esas reuniones, en efecto, le recriminó otro día de ese segundo verano irlandés que llamara la atención de una señora que atendía el bar del hipódromo llamándole “madam” en un tono más alto de lo normal. «Madam» es francés, explicó este alevín de prócer destapando así que nada sabía del inglés y que se había saltado la etapa de las luces. Tampoco esta vez recibió este joven de la Ciudad una respuesta por parte de Jon, pero ambas anécdotas fueron suficientes para detonar la furia serena de este joven que fue chiquillo de la margen izquierda y su determinación de que nadie sino él mismo podría trazar su camino y que este camino habría de pasar muchas veces por la bocana del puerto de la Ciudad importando ideas hasta que un día ese puerto también sirviera para exportar ideas. Ese camino sin embargo no estaba demasiado claro en la mente de Jon, siempre confuso entre el solitario de la madre y la boina del padre.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2140 ~ 20 de agosto de 2014 ~ 0

Las luces

remolcador1El chiquillo de la margen izquierda continuó pasando los largos veranos en la margen derecha en una casita de aquellas de arquitectura local, sita justo detrás de una iglesia muy frecuentada, y desde la que se divisaba una preciosa vista del Abra. Era una casita de dos plant,as la segunda de las cuales era ocupada por la familia de este chiquillo durante más de tres meses, desde San Pedro y San Pablo, a finales de junio, hasta el día de la hispanidad, último día de las vacaciones escolares. Aunque seguía paseándose por la playa y acercándose hacia el área que ocupa el toldo de la familia de Esperanza, comenzó a desarrollar sus propias amistades, que acabaron conformando un grupo de verano no necesariamente relacionado con su grupo de invierno, entendiendo por tal el que se fue formando entre compañeros de curso. Quizá podría haberse esperado una cierta quiebra psíquica a raíz de esta brecha en la formación del sentido colectivo, pero nada parecía afectar a la psique de este chiquillo que, desde muy pequeño, consiguió hacer siempre lo que le dio la gana bajo la mirada ciega de la señorita Carmen que, en complicidad con la madre de Jon, trabajaba por las elaciones de éste a través de su contacto con otras misses, fräuleins o mademoiselles que cuidaban de los hijos de familias acomodadas que no solo deseaban que sus hijos supieran desde pequeños el correspondiente idioma, sino que además pretendían alardear de señorío y capacidad económica. Ni siquiera pareció notar un cambio bastante brusco en las rutinas veraniegas cuando por primera vez el padre de Jon confesó que el Parkinson le impedía viajar todos los días entre el centro de la Ciudad y esta zona de la margen derecha y la madre organizó a las hijas e hijo en una pensión no lejana a la casita bajo la supervisión general de la señorita Carmen. Los planes de entretenimiento seguían siendo los mismos, playa, tenis de tarde y bicicleta, pero ya no tenía forma Jon de corresponder a las invitaciones a las casas de verano de amigos de los de este estío tan largo. Seguramente eso destapaba las diferencias sociales y económicas y tuvo que hacer mella, no tanto en Jon, sino en su madre, que si bien supo poner por delante de todo la obligación prioritaria de cuidar al marido, debió sentirse frustrada en su estrategia de colocación de sus hijos a pesar de la resistencia pasiva de ese marido desde ahora ya definitivamente alejado del mundo. Pero Jon parecía no enterarse de esas cosas, siempre concentrado en coger olas, ganar al tenis justo después de comer antes de que los chicos y chicas mayores reclamaran la pista ya reservada a su nombre o batallar en la bicicleta en las carreras organizadas a media tarde. No fue la rebaja de status que representaba la pensión, sino la negativa de sus padres de comprarle una bici con motor, lo que por primera vez le hizo pensar a Jon que igual no todos eran iguales y que había por esa margen derecha chicos y chicas muy distintos unos de otros en sus costumbres familiares o en sus valores o en sus posibilidades económicas.

Fueron unos cuantos años que conformaron un rasgo peculiar de Jon, un rasgo que quizá es muy común pero que no siempre tiene el mismo origen, ese despegue de todo lo que no tuviera que ver con el cuerpo a cuerpo, con la competición en lo que fuera, ya se tratara de los resultados escolares, ya de los éxitos o fracasos deportivos o en su momento de los éxitos con las chicas. Lo importante, lo verdaderamente importante no era tener éxito, sino vencer a un contrincante y hacerlo de una manera natural, distanciada, como sin esfuerzo. Esto no era tan difícil en los meses escolares, pues en el colegio los retos estaban organizados y cualquier fallo podía compensarse mañana, pero en los entretenimientos de verano la competición comenzaba a localizarse en otro punto menos claro. Tener o no bici con motor, tener casa individual propia durante esos tres meses, ya no eran cuestiones que podrían ser dadas la vuelta al siguiente día o al siguiente mes y Jon comenzó a reconocer, siquiera en el inconsciente, que uno tenía que construirse el mundo en el que jugar, luchar o competir, tanto da una cosa como otra.

Uno era responsable de su espacio y de su tiempo. Esa idea de Jean-Paul Sartre que leería y entendería años más tarde, era el sentimiento que le fue apartando de sus amigos de verano y le empujó a seleccionar sus amigos de invierno. Y desde luego fue la razón por la que, para alivio de su madre, no opuso ninguna resistencia a comenzar su formación extracurricular en idiomas pasando la mayor parte de los veranos siguientes en países europeos para aprender desde luego el francés, que la madre sabía y se enseñaba en el colegio, o el inglés que el padre había estudiado en aquellos librotes de estructuras navales y, a poder ser, también el alemán, que por nada del mundo debiera considerarse el idioma de un pueblo derrotado. Como por algún lado había que comenzar los padres de Jon decidieron, de acuerdo con los padres de uno de los amigos de invierno, llamado Juan, ponerse de acuerdo con los curas del colegio para colocarnos los próximos veranos en uno u otro lugar francófono en el que, además de internacionalizarnos un poco, nos iniciáramos en la formación de la que se podría llamar patrón de remolcador de altura pues alguien tendría que hacerse cargo en la Ciudad de atraer a los grandes cargueros llenos de mercancía que habría que almacenar y luego distribuir. Y así fue cómo Juan y Jon iniciaron como pioneros de su curso del colegio el camino de la ruptura de unas cadenas que no sabían les atenazaban.

El primer verano no les alejaron mucho de casa y lo pasaron en el País Vasco-Francés, donde ni uno ni otro de estos dos amigos podía hablar con nadie en otro idioma que no fuera el francés o el euskera que ambos desconocían. Vivieron en casa de un matrimonio aldeano que tenía un hijo de su edad que esperaba poder entrar en el seminario local el siguiente curso y que les mostró los locales donde tenía lugar la universidad de verano y de donde sacaron libros poco adecuados a su edad que no pudieron más que hojear y de los que solo les quedaron algunas ideas guía que, en cualquier caso, no les abandonarían nunca. Voltaire, Montesquieu o los enciclopedistas fueron desde entonces señas de indentidad distintivas de sus personalidades por otro lado bien distintas. Pero no fue solo eso lo que trajeron de vuelta a casa. Para sorpresa tanto de Jon como de Juan las fiestas del pueblo en el que vivían se celebraron bajo la enseña vasca, la ikurriña, esa bandera que Jon solo había visto en forma de insignia que, una vez al menos, llevó prendida en el interior de la cintura del pantalón a sugerencia de la señorita Carmen, una heroicidad que ésta celebró mucho más que cualquiera de los éxitos deportivos, pero en silencio para que no se enteraran los padres o, más exactamente, la madre.

Cargados ya de secretos, el segundo verano de la educación afrancesada fueron enviados a otra casa semirural en un pueblo más al norte en el que ni se podía ir a playa alguna a ver mujeres en bikini ni lucía la ikurriña, pero en el cual parecían veranear familias de París, algunas de las cuales tenía hijas de la edad de estos dos futuros patrones de remolcador de altura. Nada intelectual ocurrió ese verano, pero tanto Juan como Jon vivieron en el contacto diario con chicas francesas lo que, en cierto sentido, había sido mucho más instructivo que la Enciclopedia. La libertad con la que se expresaban o la picardía de muchos de sus comentarios eran para estos dos jovenzuelos el contenido real de esa idea de libertad que, aunque relacionada con la ikurriña de una manera que no lograban expresar, se mostraba radiante en pequeñas bromas con intención que, de rebote, les enseñó para siempre que también las ideas de fraternidad y de igualdad tienen un contenido muy real y nada etéreo que se materializa a veces en esa costumbre de aquella época de continuar el contacto por carta, una práctica que mantuvieron los dos amigos con las que resultaron ser sus dos chicas más cercanas.

Esto es justamente lo que les faltó a los dos amigos el tercer verano en el que, ya sin la supervisión de los curas del colegio, fueron transferidos a un colegio suizo del cantón de la Vaude solo para varones en el que la internacionalización necesaria para patronear un remolcador de altura parecía ser el producto estrella. Allí estaban aparcados desde iraníes a italianos pasando por griegos o alemanes. Se notaba la precisión suiza en los horarios y en la organización de las actividades tanto escolares como extraescolares. Con un par de italianos de su edad y el acompañamiento de algún cuarto, practicó Jon el tenis con cierto rigor impuesto por un entrenador italiano, algo que le sirvió para toda la vida, aunque no necesariamente en términos deportivos. Lo que el tenis enseñó a Jon fue el miedo al éxito. En un campeonato de tenis perdió una final que iba ganando por cinco juegos a uno en el último set. Nunca le abandonó el miedo a pensar en aquella derrota que, desde luego, fue humillante, pero algo más. Por primera vez se enfrentó a a algo que no llegó a comprender.

Pero lo que realmente hizo de ambos amigos gente de mundo no fue el tenis sino el esquí acuático y el remo: el peligro a caer y el espíritu de equipo. Pero también había salidas diarias ampliadas los fines de semana y eso les permitió a ambos amigos seguir cultivándose un poco en la cultura francesa, ahora concentrada en películas de autor que les pusieron en contacto con las artes, y continuar su educación sentimental cada día más carnal dentro de un orden de chicos de colegio de curas de un país todavía retardado en casi todo.

Después de estos veranos que evitaron a Jon aquella primera vergüenza de la pensión, la enfermedad del padre de Jon se había agravado lo suficiente como para dejar el trabajo en el astillero y pensar en volver a pasar el verano en una casita alquilada de la margen derecha no lejos de la Iglesia cuya mole cegaba un tanto la buena vista que había desde el balcón de aquella primera casa que resume la infancia de Jon. Pero el tiempo no había pasado en balde, y ya no era momento de hacer esfuerzo alguno para recuperar aquellas amistades de verano, gente que había seguido viéndose y apretando los lazos de un grupo que buscaba su identidad colectiva, algo a lo que Jon ya había renunciado hace tiempo. Su futuro estaba marcado y, sin saberlo, no iba a hacer otra cosa que reforzar las líneas de ese futuro que le encaminaban hacia el distanciamiento respecto a todo. No solo habría de afrontar la soledad en bastantes ocasiones, sino algo más raro y profundo que no le permitía sentirse cercano a nada, pues sabía de antemano que no hay nada de lo que uno pueda estar cercano de manera permanente. No era que la fidelidad le fuera ajena, es que sabía de antemano que, en su caso, su fidelidad no era una virtud, porque no era sino el resultado de su conocimiento de que la traición hubiera sido algo inútil pues nunca le hubiera llevado a ningún lado, ni hacia alguien al que podría haber sido fiel.

Sabía Jon que su maldición sería la soledad, pero no una de esas que se pretende enarbolar como un estandarte de singularidad, sino como un simple continuo pequeño mareo que no inutiliza para nada, pero que no permite terminar nada relativamente importante, pues antes de ello una fuerza extraña le llevaría por cualquier otro derrotero. Y sabiéndose así pensó que se aprovecharía de las circunstancias familiares y continuaría una vida en la que los meses fríos estarían dedicados a cumplir con lo que se esperaba de él y los meses de verano seguiría a la búsqueda de una quimera que ni siquiera sabía nombrar. La competitividad necesaria para la vida en común no le era difícil de conjurar sobre todo porque no le importaba nada perder. Si en general era un ganador era precisamente porque podía competir sin angustia alguna. Es más, a menudo se dejaba ganar por experimentar, además de su propio sentido del honor, que cada vez se mostraba más inexistente, el extraño orgullo del ganador, una reacción que cada vez le parecía más curiosa por su incapacidad de comprenderla. Jamás se le pasó por la cabeza tratar de redireccionar su vida por el camino claro que su madre le indicaba. Sabía que si no hacía nada más dejarse llevar, acabaría siguiendo paso a paso el camino que su padre procuraba ocultarle, pero que un día se lo marcó con una simple actividad fuera de lo corriente, la actividad de esa extraña asociación no regular de patrones de los remolcadores de altura.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2140 ~ 17 de agosto de 2014 ~ 0

Penetración

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La Ciudad tiene muchos nombres en ambos idiomas, pero todos hacen referencia a que es como un agujero en la tierra, un bocho rodeado de montañas que la aislaron mientras las comunicaciones fueron rudimentarias y le salvaron de algunos ataques bélicos. Este hecho hace que esta Ciudad componga como un sistema complejo que se sostiene hasta que algo externo ocurre y el sistema explota y cambia de configuración. Y esto externo no puede llegar sino a través del mar, entrando en la Ciudad por la ría a partir del Abra, esa especie de laguna en la que se entra o se sale a través del canal que dejan abierto los dos contrafuertes, el que sale desde la margen izquierda, largo y estilizado, y el que se insinúa, corto y gordo, desde la margen derecha. Cada uno se remata con un faro que proyecta su luz con diferente frecuencia, lo que facilita el acceso normal al canal del buque, casi siempre de carga, aunque a veces entra uno de pasajeros para ser reparado en alguno de los astilleros de la ría, la mayoría de ellos en la margen izquierda. Pero no bastan estas señales luminosas tan codiciadas por los niños que las observan ensimismados, pues el canal tiene sus misterios y ningún buque, del tipo que fuere, se arriesgaría a embocarlo por su cuenta y riesgo sin la ayuda de un práctico que conoce las última modificaciones de la trayectoria. Sacar el buque a alta mar más allá del paso entre los faros no es muy difícil ni peligroso para el práctico, pero llevarle desde cualquier punto de la caprichosa mar sujeta a vientos muy variados puede ser un problema que exige salir lejos y tener una pericia nada fácil de encontrar. Es esta asimetría la que hace que los remolcadores de la ciudad se denominen remolcadores de altura y que los prácticos que los pilotan formen una clase de gentes inconfundibles. Todos chapurrean lenguas extranjeras y tienen amigos en todas partes. No hay nada de extraño en que en momentos cruciales del devenir histórico de la Ciudad hayan jugado un papel importante. Sin remontarse much,o basta con rememorar todas las historias que corren en voz baja acerca de las ayudas que estas gentes proporcionaron a uno y otro bando de la guerra civil y los servicios que prestaron a gentes de una u otra manera de pensar en la guerra mundial que siguió casi inmediatamente. Buques de uno u otro tipo surcaban las aguas cercanas y los patrones de los remolcadores de altura jugaron su papel en las labores de espionaje.

Estos patrones tan especiales constituyen una clase cerrada en sí misma que cumple con su deber, por nadie impuesto, de refrescar el aire mental de este bocho que sin ellos correría el peligro de perecer intelectualmente. Esta evidencia se iba formando en la mente de Jon desde aquella noche de perros en la que tuvo una visión que, aunque no muy clara, le proporcionó un cierto dibujo de la personalidad del padre y poco a poco de toda la Ciudad, como si ésta en su esencia no fuera sino una extensión de aquella personalidad. La Ciudad, en efecto, habría de ser siempre un locus en el que la penetración debe estar presente y ser de lo más frecuente, para lo cual también tiene que tener lugar la salida del bocho por mar para oxigenar las ideas. Este ir y venir, este mete y saca, si así nos quisiéramos expresar, hace que los verdaderos moradores de la Cuidad, los que le dan su tono más allá de detalles sin interés por mucho que puedan mover muchos intereses, sean inclasificables. Siempre se puede encontrar en ellos algún rasgo de los que definen el momento espiritual del mundo, pero si se pretende entenderlos a partir de ese rasgo se encontrará en seguida la contradicción con otro rasgo que también define su personalidad. Por eso el único y verdadero rasgo definitorio es el enfrentamiento contra cualquier intento de normalización encaminado a etiquetar la Ciudad en un grupo de ciudades o a sus habitantes en un espacio mental determinado.

Por eso los verdaderos ciudadanos de esta Ciudad semiaislada, como el padre de Jon, se identifican no tanto por un «sí» entusiasta a la vida, sino por un «no» continuo a los estereotipos que se quieren dibujar de su personalidad inasible. Son, sin pretensión alguna, patrones de esos remolcadores de altura que se necesitan, y no solo en esta Ciudad, tanto para salvar los contactos de lo que llamaríamos contrabando político, como el que ocurrió aquella noche de perros, como para dejar que se pueda siempre salvar de cualquier intento de autarquía a las ideas que llegan en grandes buques no lo suficientemente grandes para albergar todas las necesarias. La herencia de las luces solo llega en pequeños pesqueros provenientes de un poco más allá de la frontera, y por lo tanto se conoce mal, aunque ha sido imprescindible para no abandonar nunca el ansia de libertad y acompañarla de la fraternidad y de la igualdad. En ciertas épocas se olvidaron estas últimas y la exigencia de libertad pudo enquistarse en el Terror, pero más a menudo ha sido casi siempre cierto que el igualitarismo y la comprensión fraternal ha permitido disolver los odios en una sopa que si bien no es muy sabrosa, es, al menos, sopa caliente. Lo que desde luego traían los grandes buques era la mezcla inconfundible de pragmatismo y de inteligencia que ha permitido a los británicos no perder ninguna guerra. Bien recordaba Jon la admiración de ese patrón de remolcador de altura, en sentido genérico, que era su padre, por la figura de Churchill, y se encargó silenciosamente de que en su casa se supiera que no solo era un político conservador que realmente luchaba por sus conciudadanos, sino también un escritor insigne que supo como nadie convencer de la validez de ciertos valores en contra de las pretensiones de no pocas ideas inteligentes pero que no habían probado la dureza del metal del que estaban hechas. Mucho menos conocida en la Ciudad eran las actitudes de esa Centroeuropa que siempre comenzaba las guerras y nunca las ganaba. Pero aun así la observación interesada de ambas guerras llamadas mundiales y las ganancias que a la Ciudad acarrearon a través de la exportación de aquello que los ejércitos en pie necesitaban, contribuyeron a que en ciertos sectores se afianzaran ideas relativas al honor y a la raza como signo identitario imposible de negar, ideas estas con muchas ramificaciones a muchos niveles, incluyendo el sentido del trabajo bien hecho.

Pónganse ahora juntas todas estas ideas que por difíciles de conocer eran tanto más fanáticamente defendidas por unos o por otros en la Cuidad y se entenderá que la aparente jocosidad que se atribuye a sus verdaderos hijos no es sino el triunfo de la fraternidad, un bálsamo que solo se usa para continuar viviendo juntos sin excesivos roces y para cuidar con él el crecimiento y educación de los nacidos, como era el caso de Jon, en medio de este maremágnum ideético. Un lío que tan bien reflejaba aquella foto que nunca desapareció de su memoria visual, en la que su madre y su padre salían de casarse en donde todo habitante de la Cuidad con cierta tradición lo hacía y justamente el día del bomardeo de Guernica. La madre, muy seria, lucía un buen brillante en su mano derecha, que parecía utilizar para expresar lo que fuera con una dignidad exagerada. El padre, en su combinación que Jon asociaría para siempre a su figura. Traje impecable de sastre inglés y boina de diseño local que, sin embargo, servía no tanto como etiqueta de raza sino, sobre todo, de recuerdo de un asedio en el que su padre, de sombrero riguroso, tuvo que enfrentarse a otros habitantes más bien rurales a los que su padre ahora ofrecía la paz desde su pragmatismo anglófilo.

Margen izquierda y margen derecha no eran sino una simplificación de toda esta mezcla de influencias foráneas sobre un pequeño bocho que no tenía más remedio que mirar hacia fuera si no quería desvanecerse en la nada. Ahí, en la foto de boda de sus padres, empezó el calvario y el camino de perfección de Jon. Entre un margen y otra, entre el casco y los ensanches, entre la religión de sociedad y las ideas que aquélla silenciaba, entre la violencia y la supervivencia. En medio de todas estas tensiones castrantes, con las montañas siempre ahí separando el valle de todo lo que quedaba al sur, todavía le quedaría a Jon los caminos del mar por donde navegaban las novedades y de donde venían los buques que las portaban y que penetraban lenta e inexorablemente en el largo útero de la Ciudad.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2140 ~ 14 de agosto de 2014 ~ 0

Historias de Lourdes

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Me parece Esperanza que me has metido en un buen lío. Tratando de contar contigo como ayudante de meriendas intelectuales, todo ello en favor de la universidad pública, me has entregado en manos de Lourdes, una viuda joven y rica, pero llena de problemas. No está mal que sea rica, pues esta vida en la que estoy metido, si bien es lo que yo quiero, no me da como para hacer extravagancias que también quiero llevar a cabo por lo menos en aquellos momentos en los que el cariño de mi padres me dejan libre del cuidado de su nieto nacido en LA y sin madre. No quiero pensar en aquellos meses en los que tenía que escribir la tesis, una vez finalizada la formación previa realizada a trompicones, mientras visitaba médicos con aquella mujer, quizá la pieza más cotizada de mi colección perversa, pero sobre todo un carácter sólido que era lo que yo necesitaba dada la inestabilidad caprichosa de hijo varón único y la cierta holgura financiera que un día heredaré de mis padres. Pero las visitas médicas se hicieron más frecuentes, ella no pudo seguir con su tesis, y un día decidió que quería morir en España. No nos dio tiempo de prepararlo todo y está enterrada en el cementerio del mismo Westwood, entre héroes de guerra y en donde algún día, cuando nuestro hijo sea ya un jovencito, la visitaremos.

No, no está mal que sea rica, pero la pena que arrastra no es un simple duelo, es algo hondo que viene de muy atrás y en lo que me voy enredando a pesar del distanciamiento que he procurado mantener, pues yo solo estoy para hacer bien mi trabajo de profesor/actor y para continuar con mi colección erótica. Me ve como alguien de otro lugar al que le cuentas todo lo que, en general, te guardas para tí. Como si fuere un compañero de asiento de un vuelo transoceánico con el que acabas hablando de tu propia familia o incluso inventándote anécdotas divertidas para hacer más llevadera la imposibilidad de dormir en esos asientos de clase turista que los que no somos tan ricos como tú, querida y lejana Esperanza, son los únicos que nos podemos permitir. Ya he entendido que su padre no nació rico y que su madre no era de buena familia y, lo más importante, que ambos se prometieron no hacer pasar a sus cuatro hijos por las mismas humillaciones que tuvieron que pasar ellos para ser aceptados como parte de la comunidad rica de la Ciudad. Pero el padre lo consiguió y de una forma bien peculiar. No me refiero a los negocios, que también eran poco corrientes, pues una fábrica de chapas para botellas no es lo que la Cuidad admira, sino que me refiero a sus inversiones en tierra en un mundo en que la poca calidad de ésta ha obligado a emigrar a generaciones casi enteras en un pasado no tan remoto. Montes enteros pasaron a sus manos y su madera le dio mucho dinero cuando, en silencio, la construcción comenzó a constituir una buena inversión. Mejoraron su domicilio y esto, me cuenta Lourdes, le permitió cambiar de colegio y coincidir contigo en ese colegio al que tantas veces te acompañé hace veinte años.

Que no le recuerde a ella cuando ella jura que nos veía con envidia todas las mañanas cuando nos separábamos con tiempo suficiente para que yo no llegara tarde a mi colegio, le produce una especie de dolor que no consigo quitárselo ni con dosis crecientes de aguardiente, que lejos de alegrarle, parecen ensombrecer su sonrisa hasta hacerla desparecer, cosa que ocurre indefectiblemente cuando añadiendo tiempo a nuestro trabajo de coordinación, que se ha convertido en más frecuente, rememoramos nuestros veraneos, el mío donde ya sabes y el de ella no lejos de la Ciudad, pero tierra adentro, como si sus padres quisieran exportar su éxito en los negocios al terreno de la alcurnia y ésta se encontrara solo en tierras de caza con su correspondiente casa de campo que, además, sirve para dedicar fines de semana a este deporte e invitar a conocidos escogidos entre lo más florido de la Ciudad para anudar relaciones y propiciar posibles oportunidades de negocio.

Con el tiempo, pensaba su madre, acabarían aceptando la invitación hijos e hijas de sus nuevos amigos y Lourdes y sus hermanos podrían integrarse entre la gente bien de la Ciudad y hacer una buena boda. Esto es justamente lo que Lourdes hizo. Al terminar el colegio ya estaba ennoviada con un hijo de buena familia, de las que solía ir a cazar a la finca de sus padres, y que extrañamente había empezado a estudiar arquitectura en Madrid. Era una carrera larga, pero Lourdes supo esperar con la ayuda de personas como tú, Esperanza, que no he conseguido saber cómo, has llegado a ser como una hermana para ella. Una hermana cuyas intenciones en relación conmigo tampoco consigo aclarar.

Tendrás que concederme que he llegado a saber mucho en el poco tiempo que nos deja la organización de la siguiente merienda intelectual en tu casa. Decidimos el tema de común acuerdo y luego pensamos quién podría jugar el papel de conferenciante siempre que, en un momento posterior, esa persona aceptara ese papel en los términos un poco raros para un soit disant pensador o científico consistentes en que las chicas no consiguen saciar su sed de conocimientos probablemente porque no llegaron a terminar ningún estudio superior. Esta semana, por ejemplo, hace dos días, he conseguido que el catedrático de astronomía acudiera a ese café donde tú me maltrataste a fin de convencerle de que sus conocimientos eran intensamente demandados por unas señoras jóvenes -y guapas, añadí yo, como para romper un hielo que por otra parte no parecía existir- cuyas labores de casa no les permitían acudir a centros regulados y de calidad contrastada y cuyos maridos tampoco habrían estado muy contentos con la confesión pública de que sus esposas no estaban del todo satisfechas. Lourdes le tiró de la lengua pues el tema parecía apasionarle y este interés sirvió de coqueteo entre ella y este profesor y observador del universo, mientras yo solo deseaba con impaciencia que terminara ese coqueteo y tuviera que levantarse para ir a su casa con su familia después de una dura jornada, y Lourdes, viuda sin hijos, y yo, viudo con un hijo pequeñito y muy bien atendido, pudiéramos tener unos momentos solos y alargar la noche tanto como quisiéramos.

Dada la experiencia, que empezaba a ser abundante, todo ocurrió como estaba previsto y una vez que yo comentara que la cuenta del refresco y la copa que había consumido el futuro conferenciante corría de mi cuenta, finalmente nos encontramos Lourdes y yo uno enfrente del otro. Solo eran unos segundos, pero todos los meses, cuando llegaba ese momento recordaba yo con amargura cómo prácticamente me tiraste el dinero a la cara aquel primer día que te cité en este mismo café.

En esta ocasión yo había anunciado que me gustaría invitar a Lourdes a un restaurante del casco viejo que en el pasado había sido escenario de muchos buenos momentos. No estaba lejos del café y un paseíto le vendría bien a Lourdes, le permitiría refrescar las ideas. Cuando volvió del guardarropa con el abrigo puesto me quedé impactado, pues el abrigo era una copia de aquel abrigo de mouton rasé con el que siempre recordaré a aquella señora del Simca 1000 de la que nunca te he hablado a ti, Esperanza, pues me colocaría en una situación incómoda por evocar un aspecto de la Ciudad y de mi vida que tu entenderías en toda su complejidad e ignorarías como una excentricidad más. En vuelta su cabeza entre las enormes solapas del abrigo, en una postura que el tiempo otoñal no exigía, aceptó andar hasta el restaurante a lo largo del trozo de la ría que hace un suave círculo hacia el Mercado. Curiosamente el camino le era familiar y me dijo que lo hacía a menudo cuando de joven se quedó un tanto descolgada. No solo conocía la historia del teatro Arriaga, sino también el edificio de la Bolsa vieja y esa esquinita desde la cual se puede ver la basílica de Begoña, un lugar que pocos conocen y cuya identificación revela a un verdadero habitante de esta ciudad, de esos que no la han abandonado para dispersarse por la margen derecha muy cerca ya del mar abierto.

Pero esa no había de ser la mayor sorpresa de la noche. Al quitarse el abrigo casi me deslumbra el brillo de un collar de diamantitos que sostenía un diamante muy grande y, en cierto modo, inadecuado para el tipo de cena que yo tenía en la cabeza, informal y bastante alcohólica, como el inicio de una complicidad irrompible de esas que creemos poder forjar en una juventud que todavía no ha tenido tiempo de conocer de primera mano la potencia rupturista del olvido que el paso del tiempo siempre trae consigo. Cumplimos con todos las exigencias gastronómicas del local, comenzando por un aperitivo bastante alegre que, si bien al principio solo sirvió para que Lourdes pudiera observar a su antojo a las mesas de nuestro alrededor hasta convencerse de que no había nadie cuya presencia le disgustara, enseguida desató su lengua. Y así comenzó una especie de monólogo en una dirección totalmente inesperada para mí. Creo que la elección de ayudante que tú forzaste fue muy bien pensada.

Para ti será una historia demasiado conocida, pero para mí fue un descubrimiento que alguien como ella no se resignara a esperar inactiva la terminación de la carrera de ese novio que tanto le convenía y aprovechara los años para matricularse en la Universidad privada de la Ciudad en la carrera de Filosofía casi recién inaugurada. Por lo visto no le importaban mucho las notas y tampoco la mayoría de las materias, pero cuando se encaprichaba de una podía dedicarle todos los minutos del día, ya fuera en la casa paterna, ya fuera en la biblioteca. Así ocurrió con la Teoría del Conocimiento que finamente “me derrotó”, confesó ella entre la ensalada y el plato de caza que había elegido de segundo. Sigo sin entender cómo podemos estar seguros de cualquier explicación por reconocida que ésta sea. No me refiero, por ejemplo, al tipo de tela de tu camisa -”que por cierto es muy elegante”, añadió como para saber si debía seguir con la exposición de sus preocupaciones epistemológicas o si yo esperaba algo menos técnico y más frívolo-.

Ella no debe saber lo que tú tampoco conoces, Esperanza, pues si lo supieras se lo habrías contado, que prefiero lo técnico, pues me parece lo más frívolo. Así que el gesto serio que debí hacer por la fuerza de costumbre parece que le convenció de que yo prefería su conferencia sobre la imposibilidad de saber que los comentarios sobre moda masculina.

-Este hombre -se refería al próximo conferenciante- parece creer que las explicaciones científicas sobre el nacimiento del universo son el ejemplo del método empírico que nos acerca inexorablemente a la verdad. Yo no sabré nada, pero me parece que el método empírico exige muchos experimentos para ir disminuyendo la probabilidad de error. Y aunque esos experimentos fueran económicamente asequibles, como esta cena, digamos, nunca podrían elevar la probabilidad a la unidad, con lo que siempre es posible que otra teoría en la que no hemos pensado nunca sea la verdadera, y digo verdadera pues no sabría como usar otra palabra que reflejara nuestra ignorancia insalvable.

Ni ella ni yo habíamos probado bocado del segundo plato y pareció el momento de cumplir con la cortesía y las buenas maneras mordisqueándolo y fingiendo un apetito que al menos yo había perdido. Así que me lancé a un discurso improvisado e interesado.

-Cuanto me alegra lo que me has contado, querida Lourdes, pero por razones quizá inadecuadas. Yo pretendía acercarme esta noche a ti con intenciones no muy santas y héteme aquí que tú tocas una fibra muy íntima y lo haces de manera totalmente inesperada. Pero ¿cómo es posible que una mujer joven como eres, y más que lo eras en esos años, pueda entregarse a un tipo -perdona mi lenguaje, pero son ya muchas copas- que solo pretende, digo yo, construir casas o lo que sea, aunque fueran iglesias, en un mundo del que no sabemos nada?. Y mientras tú aquí en casa de tus padres viendo cómo tus amigas se ennoviaban de verdad y honraban sus hormonas. Lo tuviste que pasar fatal y me extrañaría mucho que no se lo hicieras pagar a tu marido cuando finalmente os casasteis. No me siento mal preguntándote ahora mismo si fuiste feliz con ese hombre, si te satisfizo vaya, si perdiste la cabeza aunque fuera por unos segundos.

Callamos unos minutitos mientras nos ofrecían el famoso postre de la casa que aceptamos sin rechistar. Ya quedábamos pocos en el restaurante y quizá por eso Lourdes sonrió y fue muy franca:

-No Jon, nunca, ni un segundo fui feliz. Este marido no hizo sino aprovecharse del dinero de mis padres o mío una vez heredada para sus aventuras de todo tipo. Las arquitectónicas fueron lo de menos. Las más horribles fueron los constantes engaños que comenzaron con los imprescindibles -según él- viajes y poco a poco se fueron extendiendo a esta Ciudad nuestra tan poco discreta y tan dada a la murmuración. Se dijo de todo y todo lo que se dijo era cierto. No me quedaba más que Esperanza que hizo lo que pudo por ayudarme y por tener en mi una confidente, pues tampoco a ella le fueron las cosas tan bien. Pero ella tuvo hijos y ese hecho te da fuerzas para resistir lo que sea. Pero ahora que esos niños son ya mayorcitos pierde resistencia y se empieza armar contra cualquier enemigo, real o imaginado. Yo nunca le he traicionado con su marido, pero empieza a sospechar, y por consiguiente pretende echarme en tus brazos.

- No me gusta ser utilizado, pero en esta ocasión creo que se lo voy a tener que agradecer.

Sonreí pícaramente mientras pedía la cuenta.

-Venga Lourdes empecemos esta noche, déjame contarte mis manías y lo poco que yo te puedo ofrecer. Solo algo de Teoría del Conocimiento. El resto es muy poco y muy poco ortodoxo; pero, ¿quién sabe? Igual tú me lo permites.

Salimos en dirección al Mercado. Lourdes le había dado la noche libre al conductor y por allí había una parada de taxis. Tomamos el primero y para cuando yo introduje mi cabeza en el asiento de atrás, después de franquearle la puerta a Lourdes, ella ya había dado su dirección al taxista. Tardaríamos en llegar y no era el caso de entablar una conversación que continuara la del restaurante. Así que tanteé un acercamiento al objeto de mi manía secreta.

Juan Urrutia2140 ~ 27 de agosto de 2014 ~ 0

Misión cumplida

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Es lo que, adelantándose a los acontecimientos, dijo Bush Jr. desde un portaviones al poco de comenzar la invasión de Irak que todavía hoy da guerra: «mission accomplished». Yo no me precipito si digo que yo he cumplido con mi misión, pues la novela está terminada, aunque, claro está, faltan detalles y rematarla puede llevar bastante tiempo. Pero este trabajo ya no lo haré en esta casa del municipio de Foixá en el Baix Empordà. He trabajado todos los días y mi ánimo se ha ido consolidando a partir del retorno de München, a donde viajamos ya hace cuatro semanas. Pero mañana volvemos a Madrid y habrá que retomar la vida excitante de una ciudad que no te permite concentrarte tanto como este campo que se conserva bello gracias a, o a pesar de, las subvenciones europeas.

RecetarioIdiomas

Juan Urrutia2140 ~ 23 de agosto de 2014 ~ 0

Una noche de perros… y ranas

cuidado-ranasParece que la borrasca se va alejando, pero ayer sufrimos una de esas que no se olvidan. Los rayos y los truenos fueron casi constantes y la luz eléctrica se iba y volvía sin ninguna prisa. Si una vez hace años nos quedamos encerrados fuera, ayer corríamos el peligro de no poder salir, pues la puerta para el coche funciona con electricidad únicamente. Creíamos que el tejado no tenía fisuras, pero comenzaron las goteras, y llenamos el piso de arriba con baldes como los que se veían en los años cincuenta en cualquier casa. Fue sin duda una tarde-noche de perros, y esta mañana en mi paseo matinal he visto muchos perros solos, como si hubieran salido huyendo de su encierro, a cazadores gritando por los cotos de caza sin duda llamando al perro extraviado, y a varios automovilistas dubitativos vagando a la búsqueda de sus mascotas, o decididos una vez recuperadas éstas. Pero la mayor muestra de la dureza de la borrasca han sido las ranas. En mi paseo he visto cuatro cadáveres de rana, cada una con manos y patas estiradas como si se hubieran ahogado en un medio que no es el suyo, algo solo explicable por la cantidad de agua que la tierra no podía absorber. Esto de la naturaleza es algo realmente cruel en lo que nos encontramos inmersos.

Juan Urrutia2140 ~ 17 de agosto de 2014 ~ 0

Un interludio económico

Recesión europea
En medio del esfuerzo por ir dando forma a la gran novela de Bilbao, título a penas pretencioso, y de terminar de ordenar las entradas que conforman la serie «Hacia un Nuevo Relato», que continúa y cierra, esperemos, Crónica de un Crisis, me permito una distracción para mencionar las últimas malas noticias de la economía europea y la vaciedad del lenguaje de nuestros políticos, forzado, claro está, por los datos aparecidos ayer día 14 y dados a conocer en los periódicos correspondientes a la Virgen de Agosto. Por una vez estoy contento de estar de acuerdo con el columnista del País José Carlos Díez , y recuerdo que su propuesta ya fue señalada en estas páginas al usar como pancarta: inflación y eurobonos.

Juan Urrutia2140 ~ 14 de agosto de 2014 ~ 0

Parecido razonable

Tip y coll

Como ayer por la noche alguien que sabe mirar el arte me dijo que cada vez me parezco más a Txillida, he cogido confianza en mi recuperada capacidad fisiognómica de la que hacía gala el otro día. Esta capacidad, más la inactividad física en el Ampurdán, me han llevado a descubrir otro parecido que me parece asombroso. Verán. Dedico bastante tiempo a la televisión y especialmente a «Amar es para Siempre», la saga de Antena 3, y ahí me he fijado en Antonio Garrido, intérprete del malo Augusto Lloveras. Su cara me recuerda a alguien, pero hasta ayer no he sabido exactamente a quién. Ayer, en efecto, me relajé por la noche con la repetición enésima de números maravillosos de Tip y Coll en el programa «Cómo nos reímos» y, en un momento dado, caí en la cuenta de que la cara de Coll en aquellos años en los que tendría la edad del Lloveras de la serie, es idéntica a la de este último.

Juan Urrutia2140 ~ 11 de agosto de 2014 ~ 3

Fisiognómica munichesa

goethe_stieler_1828Ya de vuelta. Llegamos ayer por la tarde y bastante cansados pues el tráfico era muy denso. Pero refrescados de la rutina. Muchas cosas podría contar de München y casi todas buenas, desde la belleza de sus gentes y sus calles hasta la increíble riqueza museística. Pero prefiero contar cómo he recobrado mi potencia fisiognómica. En el café del museo Lenbauhaus -cómo no, puesto al día por Foster- reconocí a Belén López, la bella y malvada Tía Elena de «Amar es para Siempre». Y en una exposición de fotografía de Avedon reconocí a Toni Zabalza en un retrato de Cioran. y después de varios días de propinas, el maître de desayunos del hotel me confesó que me encontraba la versión rejuvenecida de Blatter el de la FIFA. Sin embargo, el verdadero shock vino al reconocer en el retrato de Goethe con una carta en la mano derecha en la Nueva Pinacoteca, a mi doble. No me había fijado, pero de repente me di cuenta de que no podía salir de una cierta sala porque me seguía la mirada del retrato de un hombre por otro lado muy parecido a Txillida, del que yo llevo camino de ser su vivo retrato.

Juan Urrutia2140 ~ 3 de agosto de 2014 ~ 2

Wir fahren nach München

Mapa-de-MunichSí, efectivamente, mañana por la mañana y muy temprano comenzaremos nuestra escapada a Múnich en dos etapas y en automóvil. Hoy he revisado el coche y parece que todo está en orden. No tengo ni idea por qué abandonamos por una semana nuestro refugio del Baix Empordà y nos largamos a pasear por Cataluña, Francia, Suiza y Alemania, y vuelta. Sospecho que es el deseo de dejar siquiera por unos días este país aburrido que durante todo un mes solo nos va dejar saber las temperaturas y el número de muertos en carretera. Pero también es posible que por debajo esté mi deseo de sentirme más joven, como cuando estas escapadas no me daban miedo y ni siquiera revisaba el coche. Ahora, sin embargo, reviso cien veces el mapa, calculo las distancias, trato de anotar donde podríamos parar por el camino en lugar de dejarnos llevar por la música de ópera alemana ya cargada en el coche o por el simple apetito. Pero además de miedo, a esta edad me molesta dejar de escribir en el blog partes cortas de una novelita que intento armar sin saber muy bien cómo. Si pierdo la concentración es posible que todo se venga abajo. Pero también es verdad que esta excursión me trae recuerdos de juventud, como el de Frau Klein, mi primera profesora de alemán, la que me transmitió los rudimentos imprescindibles para pasar una temporadita en Salzburg, todos los de esta bella ciudad a la que a no creo que nos acerquemos, y esas frases famosas como la del título que he puesto a este minipost si sustituimos München por Berlin o aquella de la que se reía tanto Frau Klein que compuse en honor a
Lilo Pulver : Ich habe mein geld mit Lilo Pulver gepulvert. Sea como sea el viaje se los contaré a la vuelta, y mientras tanto les dejo con lo último que he escrito en plan literario.

Juan Urrutia2140 ~ 17 de julio de 2014 ~ 0

Manifiestos

CALOR EN BILBAOLlega el calor y casi todo se hace espeso e imposible de digerir. Parece no haber nada con lo que distraer las calurosas noches de insomnio. Y, sin embargo, todavía puedo respirar un poco gracias a la estela de ese éxito de Podemos que milagrosamente me ha rejuvenecido aunque me temo que por la razón por la que es, en general, criticado: porque se supone que cuando tenga que bajar de las musas al teatro se acabará su posible relevancia; pero es que yo siempre he preferido las musas. En este tiempo de abanico aparecen, aparte susurros empresariales, tres manifiestos casi simultáneamente y los tres relacionados por la cercanía del comienzo del game of chicken entre Mas y Rajoy. El que se fotografía delante del congreso con Vargas Llosa en el centro se me antoja una simple defensa del statu quo. El de los intelectuales y artistas catalanes al que pone cara Isabel Coixet me parece que si bien no sobra, está muy cerca de ser prescindible en su federalismo para un mero lector de periódicos como yo. Y, finalmente, el que dicen promovido por Sartorius, que está más cerca de parecerse al manifiesto confederal que nunca aparecerá y que es el único que yo firmaría en el estado presente de mis convicciones políticas. Se parecería algo al último mencionado al menos en el sentido de que lo que predican para España lo entienden extendible a Europa. Ambos tienen en la cabeza lo que hace días llamaba, siguiendo a John Roemer, un equilibrio kantiano. Lo que quiero para mí, lo quiero para todos.

Estadísticas del Correo de las Indias

La feed indiana tiene hoy una media de 16 feed subscribers activos. Esta estimación se calcula como el número de personas que durante los tres últimos días descargó al menos un post cada día de nuestra feed principal. Así que si una persona no se conectó o a pesar de estar suscrito, no nos leyó durante un día de los últimos tres, no se computa como suscriptor, por eso este número se reduce de sábados a martes y es más alto de miércoles a viernes.

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