El Correo de las Indias

Una vida interesante

Grupo Cooperativo de las Indias

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2087 ~ 19 de abril de 2014 ~ 0

Ultimas figuras en el linóleo

rothko
No basta el recuerdo del cuarto de baño de mi vivienda para volver a imaginar las imágenes que llevo en mi cabeza. Durante este raro ejercicio que ya dura más de siete días he ocupado todas las posiciones a las que he podido acceder sin denunciar mi presencia y con el permiso, por así decirlo, del buen estibador que ha logrado meter en este container casi todos los instrumentos que la orquesta necesita para esta gira que comenzará mañana por la noche. No me queda más que esta jornada que, descontando las horas de poca luz y la segura visita de Aitor, no me va a dejar mucho tiempo para estudiar algunas de las figuras que son originales del linóleo y que me gustaría guardar en la memoria para estos años venideros cuando me entre la nostalgia y rehaga en mi imaginación esta huida de mis propios actos de los que, en cualquier caso, no me arrepiento aunque conducen a la parte más tenebrosa de mi historia de estos últimos meses. En esta luz del amanecer cuando el sol está lo suficiente bajo como para filtrarse por el más estrecho de los cortes para ventilación que vienen de fábrica, puedo comenzar a distinguir unas figuras que no son fáciles de descifrar. Quizá haya hecho falta llegar al final de esta loca huida para que mi cerebro trate de ver lo que podría ser como una historia corta de mi peripecia vital de los últimos días y como un avance de lo que me espera.

m_el_vampiro_de_dusseldorf_1931_2Allí me está esperando la silueta de Peter Lorre, vuelto de espaldas a la cámara manejada sabiamente por este germano también huido de lo que podría haber sido un paraíso de sabiduría y fue el infierno. En M, el Vampiro de Dusseldorf, Fritz Lang nos hipnotiza con la historia de un asesino morboso que, sin embargo, siempre contó con mis simpatías pues nadie es del todo culpable de cualquier cosa que se le atribuye incluso cuando el hecho atribuido sea cierto como lo eran en esa cinta los asesinatos del personaje de Peter Lorre. Esa figura siempre un poco invisible era el producto de algo a su alrededor como el aura blanca que le rodea en la figura del linóleo, un algo sin embargo que no tenía nada de inocente y que no supo expresarse con claridad hasta muchos años después cuando el expresionismo dejó de ser un método para acabar siendo como casi una coartada. De espaldas, con una boina que yo siempre pensé que era vasca y con el hombro derecho un poco caído, es la figura con la que me identifico. Sí he matado pero no soy un asesino, lo he hecho porque no tenía más remedio, pero carezco de estilo artístico en el que arroparme. Quizá pudiera decir que mi crimen no ha sido pasional aunque haya acabado con la vida de mi amante del momento, sino que solo ha tratado de ser como un experimento de Rothko, que no sabe expresar su enorme pesar de otra manera que no sea matándose él mismo o a aquello que, para su desgracia, es lo que más ama. Pero yo no me mato como hizo él, sino que canto mi crimen con la dulzura del amor carnal satisfecho.

Puede parecer un tanto vulgar que lo diga, pero me meo en los que se sientan aludidos por lo que yo he hecho, y me produce una extraña alegría solo comparable a una buena y potente meada que derramo sobre todos aquellos que dejo atrás perplejos por la muerte de esa mujer y mi súbita desaparición. No solo no me arrepiento, sino que canto un gaudeamu,s y seguiré orinando sin cesar mientras viva. Justamente como ese Manneken Pis que está ahí, ahora lo veo, justo encima de la boina del vampiro de Düsseldorf, casi como una advertencia a cualquiera de los habitantes de esa ambigua ciudad que no se decide a ser de aquí o de allí y se disfraza de centro de la conversación pacífica entre las naciones de una Europa que, sin embargo, continúa ocultando toda su morbosidad, y solo deja de vez en cuando una espita abierta a la presión para horror de bienpensantes. Sí, yo también me meo en todos los que me condenan en silencio y hablan de mí sin mencionar que todos ellos me bailaron el agua mientras todo quedaba justo en el límite del horror. Esa pareja que ya no veo, pero sé que debería estar ahí, no era una pareja de tango como pensé en algún momento, sino un par de cobardes tratando de cubrirse de sus propios crímenes sin conseguirlo, pues la mujer de la pareja continuaba dirigiéndome la mirada como pidiendo más.

HeliosVa subiendo el sol y mis esperanzas crecen. Mañana yo saldré de esta cámara de dulce tortura y ya libre y desfigurado seré otro, libre y dispuesto a no dejarme engañar por nadie nunca más. Determinado a seguir mi camino voluntariosamente sin disculpas, sin perdones engarzados en un rosario de falso penitente. Cantaré todas mis alabanzas propias, todos esos méritos que se me han negado por ser demasiado accesible. Creí que nada era meritorio pues era tan fácil, tan poco trabajoso, que jamás pensé que merecía ningún halago, ni que las plumas que creo tener bien contenidas debajo de mis bíceps merecían ser desplegadas en alardes tontos, hasta que caí en la cuenta que mis ideas solo servían para entretenimiento de gente aburrida que solo captaba mi sereno tono de voz en aquellas charlitas que seguían unos teas que, he de reconocer, tenían su encanto gastrointestinal, teas traídos directamente de Inglaterra con sandwiches de pepino o rostbeef, además de unas pastas en las que solo sobraba la mantequilla. Ya nunca más voy a entretener meriendas de pavos reales, ellos y ellas sí que seguirán con sus costumbres como si nada hubiera ocurrido y siempre con las plumas desplegadas. De ahora en adelante las plumas las voy a lucir yo aunque estos mismos que me reían mi humildad traten de castrar mi insolencia. Por esto pienso que en la figura que ya pega con el techo del container creo entrever un pavo real presto a atacar con toda la fuerza de sus garras y el empuje de sus plumas pero… descabezado.

Quizá sea una negra premonición, pero supongo que no, pues la última figura en el linóleo que llego a ver antes de que la oscuridad del container, la última que voy a tener que sufrir, me disponga a la charla con Aitor que hoy ha de ser muy táctica para preparar con cuidado mi desembarco mañana. Desembarcaré portando esa antorcha olímpica que se me muestra como un dulce a un niño. Si resistes un día más, unas pocas horas, me está diciendo, desembarcarás como el portador de una llama que ha de iluminar una nueva vida llena de competiciones que siempre tienen un triunfador claro. Se acabaron las trampas y los engaños. Voy a vivir en toda mi plenitud. Lo juro.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2087 ~ 13 de abril de 2014 ~ 0

Otro ejercicio literario: 4.El concierto de los domingos (cont.)

(Viene de aquí.)

Diosa MnemosyneHizo Machalen como una especie de parada en su discurso como para tomar aire, pero yo sabía que esperaba mi respuesta o, al menos, alguna reacción; pero como yo no decía nada, pues nada me sugerían sus recuerdos infantiles más allá de la sorpresa que me producía la historia de una niña que no decía nada de sus padres, ella continuó:

“Y allí estaba yo, en medio de esos hombres mayores, de espaldas a la mesa alargada, con las piernas colgando, los zapatos de domingo adquiridos con crecederas bamboleándose en el aire, y con unos calcetines blancos que me espantaban y procuraba ocultar bien debajo del mantel. Toda oídos a una conversación que entonces me era difícil de entender y que año tras año, domingo tras domingo, se centraba en que «nosotros» no teníamos apenas una última oportunidad y que ellos, es decir «vosotros», habían ya copado todo, que no podíamos sino resignarnos a hacer lo poco que sabíamos: vender caramelos, coger puntos a las medias, fabricar muebles de artesanía sin marca alguna, recibir a hombres jóvenes con ganas de jarana y atenderlos con amabilidad, limpieza e higiene”.

Me miró como esperando un comentario a este punto último, como para asegurarse de que lo había entendido, y como retándome a que allí mismo cortara la conversación y me diera la vuelta hacia mi territorio. Solo pude mirarle y enarcar las cejas como diciéndole ¿y qué más?

“Ahora pienso que aquellas fronteras intangibles que separaban tu mundo y el mío de otros mundos que yo ni siquiera imaginaba, eran las causantes de la docilidad de Don Jacinto y de mi abuelo. Para Don Jacinto mi abuelo era Don Ricardo y nunca pasaron al tuteo sino que, más bien, esta cierta ampulosidad en el trato marcó la enorme serenidad de los domingos con el atractivo hipnótico que todavía hoy tiene, en mi recuerdo, el calorcito del salón, el ambiente de hotel con dos mesas, la alargada para las chicas y la redonda para nosotros cuatro y, sobre todo, aquella especie de balconcito situado en el único ángulo recto de esta habitación de ambiente tan singular y sobre el cual parecían descansar algunos instrumentos musicales entre los que destacaba una batería que, oh sorpresa, un día descubrí que mi abuelo solía tocar en algunas ocasiones en las que yo no necesitaba sus cuidados. Solo Doña Amparo circulaba entre las mesas y entre éstas y la barra con su torno por el que llegaba la comida. Y lo hacía con tal discreción que solo se oía un tono de voz, el de los dos hombres, un tono íntimo y suave con el que ellos dos, no tan mayores como yo pensaba entonces, evocaban episodios de un pasado cercano. Yo me habría quedado horas escuchándoles con la cabeza bien tiesa, como un pajarito ante la mirada de una serpiente, absorta; pero Don Ricardo (y eso justamente, un Don Ricardo, parecía aquel ser serio y tan distinto del abuelo que me acariciaba la cabeza en los anocheceres cuando encendíamos la radio, yo tendida en el sofá con la cabeza sobre sus rodillas) implacablemente me arrancaba de mi ensimismamiento y me arrastraba pasado el puente de Cantalojas hasta el pie de la calle Zabala, nuestra calle, donde a media altura, en los impares, acurrucábamos nuestra serenidad, que algunos llamarían tristeza, él con su siesta y yo con mis deberes. Recuerdo estas tardes como llenas de ensoñaciones sobre música, mujeres sin arreglar, o el rosario y el misal de Doña Amparo y con la única inquietud, hasta cierto punto estimulante, de esa frontera que algún día cruzaría sin ninguna ilusión especial aunque con una enorme curiosidad”

Más adelante me acostumbré a estos parlamentos largos, ininterrumpidos como si Machalen se los hubiera aprendido de memoria; pero aquel día de otoño temprano callé asombrado. Muchos años más tarde tuve un cierto éxito académico criticando la especialización que la operativa del comercio internacional acarrea necesariamente; pero aquel día no eran mis conocimientos los que se rebelaban, sino una espantosa tempestad entre mis deseos de acariciar su melenita y la obligación que creía tener de disculparme por haber estado al otro lado de una frontera que yo ni siquiera llegué nunca a percibir, de repartir con ella ahora mismo mi escueta beca Fullbrigt aunque bien sabía yo que su asignación como música prometedora era mucho mayor que la que correspondía a mi beca de economista ordinario. Pero no eran cuestiones morales las que me desgarraban; lo que yo quería era arrebatar esa extraña seriedad que pobló sus domingos, esa majestad con la que paseaba en nuestro camino hacia Helbrun, como hablando para sí misma sin que le importaran si sus súbditos que en cortejo la seguían, es decir yo, le escuchaban o le entendían.

“Dime como era el otro lado de la frontera en esos años. ¿Qué hacías tu después del concierto o de la misa? Años después crucé la línea divisoria para ir al Conservatorio, en pleno corazón de tu Ensanche y seguramente nos cruzamos algún día. Pero en la infancia, en aquel tiempo que todo era tan triste ¿qué hacías tu?”

Contesté que nada, que en cualquier caso no lo recuerdo, que en mi lado de la frontera no había cosas interesantes, que solo recordaba frío, humedad, estufas eléctricas, comida abundante y mucha lectura edificante para adolescentes, todo ello adobado con ensoñaciones de piratas y exploradores de Salgari o Verne. No encontré nada a la altura de su lirismo aparentemente instintivo, nada que me enganchara a su piel y me permitiera retenerla y atarla a mí. Casi sonaba a torpe venganza de macho, pero solo se me ocurrió mencionar que yo nunca disfruté del calor desinteresado de un abuelo, pero que mis padres estaban allí todos los días y a todas horas, que las rodillas que acogían mi cabeza eran las de mi padre, y que mi madre hacía ganchillo mientras escuchábamos la radio. Añadí:

“Y de tus padres qué?”

No se despidió con la mirada como solía, continuó sin mirar atrás y entró dignamente, con el porte de una reina.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2087 ~ 11 de abril de 2014 ~ 4

Grado cero de tartamudez y transparencia total

Byung-Chul_HangDe manera casi simultánea he experimentado muy recientemente dos sensaciones complementarias que me han impactado y me han hecho pensar. Todo comenzó con una sensación yo diría que acústica en medio de la presentación de un libro. Uno de los presentadores efectuó sus comentarios de una forma tal que me hizo buscar algo sobre lo que escribir para tomar una nota, pues me parecía extrañamente urgente asegurar que no me olvidaba. Solo encontré un kleenex en mi bolsillo y escribí sobre él lo que ahora copio:

Grado cero de la tartamudez, hasta las comas se hacen sentir, resta credibilidad pues el que habla no responde a la audiencia ni se mete con nadie

No lo entiendo muy bien, aunque me parece que no está muy lejos de lo que me ha evocado la lectura del primer ensayo de Byung-Chul Han en su libro La sociedad de la transparencia, un breve comentario que denomina La sociedad positiva. No estoy seguro de poder comunicar con claridad y rasgos limpios la similitud y complementariedad de ambas sensaciones, la que he llamado acústica y la que podría denominar con poca propiedad intelectual.

Pensando pausadamente durante mi vuelta a casa después de la presentación sentía que ese presentador no había dicho nada, aunque el número de palabras utilizado por minuto fue de récord mundial. Agotaba los sinónimos sin intentar en ningún momento decir algo que hiciera ver que los sinónimos nunca son del todo equivalentes, solo trataba de agotar las entradas de uno de esos diccionarios llamados de sinónimos. El discurso era como una corriente de agua a velocidad constante, mansa y sin ningún obstáculo que matizara el rumor o produjera una pequeña olita de espuma. El lenguaje corporal con el que acompañaba ese río sereno era el de la dicotomía entre la mano izquierda o la derecha, con un mínimo balanceo del cuerpo en una u otra dirección. Sería yo totalmente incapaz de repetir ni uno solo de sus comentarios simplemente porque estaba extasiado por la monotonía.

Recordé mi leve tartamudez infantil, especialmente notable en las palabras que comenzaran por M o por T, y cómo poco a poco fuí respirando un poco más profundamente antes de atacar cualquiera de ellas. Recordé compañeros de colegio que sufrían por este defecto del habla, y volví a simpatizar con ellos recordando cómo yo esperaba sereno a que acabaran de pronunciar la palabra que actuaba de valla, y cómo se me abría la mente cuando la valla había sido superada, de manera que podía contestar a aquello que el tiempo de espera me había hecho ver que subyacía a lo que el lenguaje acabó diciendo. Nunca el lenguaje comunicaba literalmente todo lo que aquella cabeza había elaborado en sus conexiones neuronales. Mucho quedaba implícito, y esa parte es la que me hacía pensar creativamente a mí. Justo lo contrario de lo que me ocurrió con el presentador del libro al que me he referido. Nada quedaba implícito más allá de la serena riada de palabras, nada de lo dicho significaba un reto para pensar y colaborar en una conversación generadora de sentido. Me vino a la cabeza la distinción entre Erklärung y Verstehen que tantas veces he utilizado para señalar el abismo entre entender alguna dificultad lógica o ambigüedad semántica, y llegar a comprender cómo unas ideas colaboraban a reorganizar la tupida red de otras muchas idas acumuladas. Una ficha burocrática frente una iluminación vital.

Y a los dos días cae en mis manos el comentario de este coreano afincado en Alemania sobre la transparencia. Una sociedad basada en esta exigencia es, según él, una sociedad positiva en la que la negatividad ha sido eliminada, despreciando todo el potencial creativo de esa negatividad que se opone al flujo incesante de ideas que va conformando un campo de operaciones en el que no hay batalla posible pues todo está claro. Destaco en una cita aparte este pensamiento en favor de la negatividad:

La sociedad de la transparencia es un infierno de lo igual. La transparencia es una coacción sistémica que se apodera de todos los sucesos sociales y los somete a un profundo cambio. El sistema social somete hoy todos sus procesos a una coacción de transparencia para hacerlos operacionales y acelerados. La presión de la aceleración va de la mano del desmontaje de la negatividad. La comunicación alcanza su máxima velocidad allí donde lo igual responde a lo igual, cuando tiene lugar una reacción en cadena de lo igual. La negatividad de lo otro y de lo extraño, o la resistencia de lo otro, perturba y retarda la lisa comunicación de lo igual… Esta coacción sistémica convierte a la sociedad de la transparencia en una sociedad uniformada.

Mira por dónde llegamos a que la transparencia o la ausencia de negatividad, es decir, el lenguaje liso, sin tartamudeos, nos lleva a los uniformes. Y como los uniformes, lo mismo que los sables, me dan miedo, reivindico la tartamudez. Pero lo hago mediante la analogía de ese defecto del habla con la teoría (y los modelos) frente a la acumulación de datos e inflación de la información. Dice Han:

También la teoría en sentido enfático es una aparición de la negatividad. Es una decisión que dictamina qué pertenece a ella y qué no. Como una narración muy selectiva, coloca un cortafuegos. En virtud de esta negatividad, la teoría es violenta.

Violencia sin uniforme, dicho esto en un sentido muy general, es algo que me gusta haber hecho durante toda mi vida. Acabo de caer en que fue mi tartamudez infantil la que me llevó a hacer teoría, o a intentar hacerla, y ahí está sin duda mi forma aparentemente arbitraria de distinguir entre las teorías aquellas que me llaman y aquellas otras que me parecen repeticiones de lo mismo. Ahora entiendo también por qué no se confundía quien me llamaba de pequeño «el espíritu de la contradicción», o un Kontraren Kontra.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2087 ~ 7 de abril de 2014 ~ 2

Dos inconsistencias simétricas

inconsistenciaAunque no lo hago todos los domingos ayer compré el ABC y me encontré con una bonita columna de Jon Juaristi con su prosa cada día más limpia y brillante. Se titulaba Fugas y se refería, claro está, al incidente entre Esperanza Aguirre y los agentes de movilidad que tanto ha conmocionado a los oteadores del estado de la opinión pública. Juaristi no conduce y nos deleita con las ventajas de esa condicón que, solo hace unos años, revelaba una personalidad un si es no es autista pero que hoy parece que comienza a generalizarse entre cierta juventud que prefiere el transporte público y odia trabajar en la banca (detalle este último quea nada tiene que ver con el contenido de este comentario pero que no quiero omitir porque agunos lo toman también, junto con la ignorancia automovilística, como un signo de un interesante cambio en el espíritu de los tiempos).

El caso es que el columnista destaca con gracia la inconsistencia entre criticar a las fuerzas del orden (en sentido amplio) cuando tratan de controlar a unos bárbaros al final de una manifestación como la del 22.M convocada por la dignidad y casi llegar a bendecirlas cuando ponen todo su empeño en multar a la Sra. Aguirre por una cierta infracción de las normas de tráfico al volante de su propio vehículo. El recuerdo de esta inconsistencia se me borró de la mente, como otras muchas noticias de la mañana, hasta que por la noche me topé en un programa de 13tv con la inconsistencia simétrica, atribuible en esta caso a esa derecha que alabó, o al menos no criticó, la actuación de esas fuerzas del orden hace unos días y ayer las criticaban por el trato dispensado a la política del PP.

En la somnolencia de una noche de domingo simplemente sonreí, pero hoy por la mañana en mi paseo matinal me he puesto a pensar que no hay nada de lo que extrañarse o que criticar ni en un caso ni en el otro pues ya sabemos desde Gödel que la perfecta consistencia es lógicamente imposible. no nos queda más remedio que convivir con esa verdad y, en consecuencia, hemos de admitir que nuestras elecciones de cualquier tipo, y entre ellas las políticas, son siempre elecciones entre redes de ideas inconsistentes. Es bueno que reconozcamos esto y que, en consecuencia, dejemos de esgrimir la consistencia como argumento definitivo para zanjar cualquier discusión. Lo que hace interesante la vida en este mundo tan opaco es justamente las formas, más o menos enrevesadas, que hemos encontrado, o que tratamos de desarrollar, a fin de elegir entre inconsistencias.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2087 ~ 6 de abril de 2014 ~ 1

Otro ejercicio literario: 3. El concierto de los domingos

Puente de San AntónNo creo que tuviera lugar todas las semanas. Me refiero al concierto de la Sinfónica. No lo creo porque, de haber ocurrido todos los domingos, no recordaría dichos días con más fruición que la musical, y no lo mezclaría con la innombrable de la misa de 12 de San Vicente. Lejos del altar mayor, sin llegar todavía a los bancos corridos, arrodillada en un reclinatorio-silla independiente de esos que tenían dos pisos, uno para sentarte en él después de dar la vuelta a la silla, y otro, más bajo, para arrodillarte en los momentos más solemnes, con las manos apoyadas en el brazo de reclinatorio, estaba aquella mujer que, seguramente desnuda debajo de su abrigo blanco crudo de mouton rasé, turbó mis años de adolescencia tardía.

Si acudía a aquella misa en mi parroquia pero lejos de mi casa tenía que ser porque no había concierto, pero como también acudía al concierto con mi madre, he de suponer que la Sinfónica no se prodigaba tanto como mi memoria pretende hacerme creer.

Nunca le vi más que en misa o con ocasión de ella. Llegaba y se iba en un Simca 1000 color naranja, y nunca, al entrar o salir de ese coche sencillo, pude ver ni el más mínimo rastro de tejido alguno entre el borde inferior del abrigo de mouton rasé y las rodillas. Ni de las mangas salían nunca más que las manos, pequeñas y regordetas, entrelazadas sin rosario o devocionario, ni su escote lucía nunca un solape de blusa alguna. Ni siquiera cuando Limantour desnudó el escenario y saltaba alocadamente sobre su podio, pude desviar mi atención de la imagen de la mujer del Simca 1000 llegando a su casa y quitándose distraídamente el abrigo de mouton rasé.

Pero, ¿dónde viviría? No parecía de mi barrio, se coloreaba artificialmente las mejillas y ni siquiera llevaba mantilla. Me era imposible seguirla, pues yo ni disponía de vehículo ni me atrevía a dejar plantada a mi madre. Tampoco vi nunca el inconfundible Simca 1000 aparcado en sitio alguno de la ciudad. Así que cada domingo de concierto, y ya el programa ofreciera Mendelsohn o Tchaikowski, Beethoven o el mismísimo Debussy, no conseguía yo dejar de evocar, de forma más o menos alborotada o abstracta, la caída del abrigo de mouton rasé justamente para mí y solo para mí, en el recibidor mismo de su piso que yo imaginaba decimonónico.

No sé cuantas de estas reminiscencias resonaron en nuestro paseo de los primeros días de otoño; ignoro si pasaron volando por mi imaginación sin dejar rastro sonoro. Tampoco estoy seguro de por qué hablé de esta mujer del Simca 1000. Sospecho que no era sino la manera torpe que encontré de hablar de sexo con Machalen, como si lo recordara de una época pasada, como sin mucho interés pero para que constara, como quien abre una puerta o, al menos, la entreabre a la espera de recibir alguna señal de que puede seguir empujando. Y ¡lo del concierto! ¿para qué tenía yo que hablarle de música al final del Festival, y precisamente a una estudiante avanzada de dirección?.

Una cosa es que yo, ciertamente, estuviera allí gracias al dinero americano del senador Fullbright, para aprender algo de comercio internacional en aquellas fechas todavía muy poco aperturistas, en el contexto de una guerra fría, y en el marco de colaboración entre los EE.UU. de América y un país fronterizo como era Austria; y otra cosa muy distinta era que yo no dejara de tener un cierto gusto por la música, como herencia de aquellos conciertos a los que no guardaba ningún rencor a pesar de que me privaban de la renovación de mis ensoñaciones eróticas de la misa de 12. Fueron muchos domingos y mi madre sabía distinguir una «pieza maestra»–así se expresaba ella–de otra que «no me dice nada» o «no la entiendo».

Tuvieron que pasar varios meses para que ella, Machalen, respondiera a mis tímidos avances en mis propios términos, o accediera, o condescendiera a hablarme de música. De lo que ella quería hablarme era curiosamente de la especialización, que en algún momento quizá yo le conté, traía consigo la ventaja comparativa entre países, aunque, claro está, ella no lo expresaba de esa manera. Pero sin duda se refería a ello cuando con candidez un poco más fría que de costumbre, me contó que, para ella, la calle Buenos Aires, desde la plaza Circular hasta la ría, y la calle Hurtado de Amezaga que la prolongaba desde esa plaza y hasta un palacio, para continuar más allá hasta las estribaciones de un monte herrumbroso, eran la frontera de su país, la línea divisoria que no le permitía asistir al concierto de los domingos cundo tocaba la Sinfónica, la que justificaba que se tuviera que concentrar en recuerdos húmedos, en lugar de centrarse en los planes secos como latigazos que en aquellos tiempos comenzaban a reavivar nuestra pobre ciudad vencida.

Cuando tú caminabas con tu madre tarareando alegremente camino de Albia, mi abuelo me mantenía quieta con su mano grande y fuerte en la acera de enfrente hasta que, cerradas las puertas de la sala de conciertos, también nosotros echábamos a andar en silencio hasta la plaza Circular, para luego descender hacia el Arenal. Al llegar al teatro Arriaga, me soltaba la mano como si ya no hubiera peligro (nunca supe de qué), y me contaba la historia musical de cualquiera de las piezas que ni él ni yo habíamos podido escuchar.

Recuerdo muchas, y quizá algún día las esbozaré, porque creo que él las adaptaba no solo a mi edad, no solo a sus propios gustos, sino, sobre todo, a alguna recóndita moraleja que nunca hasta hoy he llegado a entender. El paseo por la Ribera hasta el puente de San Antón lo recordaré siempre como salteado de locuras de músicos, de escalas cromáticas inimitables, y de hallazgos inesperados que podrían haber mejorado la obra musical de la que se tratara.

Estas historias siempre acababan al otro lado del puente. El abuelo callaba en ese preciso instante, cogía fuerzas, y ascendíamos sin hablar la calle San Francisco hasta el Royalty, un salón que era como mi casa, algo extraño, pues nunca he conocido a nadie para quien la comodidad doméstica estuviera asociada a salón general de una casa de mala nota. A las dos de la tarde, hora a la que llegábamos el abuelo y yo, dos mujeres jóvenes trajinaban mal peinadas alrededor de una mesa alargada, poniendo platos y llevando fuentes desde la barra del bar a la mesa.

Detrás de la barra del bar había como una cabina de locutorio a través de la cual llegaba la comida de las mujeres, y también la nuestra: la de mi abuelo, la mía, y la de Don Jacinto, que oficiaba como si fuera el dueño. Nunca le vi dirigirse a las mujeres jóvenes, solo se dirigía a mi abuelo y a Doña Amparo que, bien pimpante y ya sin mantilla, había dejado bolso, rosario y misal sobre la barra, y daba órdenes sin cesar hacia la cocina y hacia la mesa alargada en la que varias mujeres de las jóvenes comían con buen apetito.

Don Jacinto se sentaba con nosotros, mi abuelo y yo, y disfrutábamos de una magnífica comida dominical donde nunca faltaron los dulces para mí que Doña Amparo compraba en la calle Rond,a después de la misa mayor de la iglesia de San Antón oficiada por aquel cura grandote al que todos los feligreses parecían admirar y respetar.

(Continuará)

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2087 ~ 3 de abril de 2014 ~ 2

Filantropia científica

LEGO spaceEl suplemento New York Times del periódico El País correspondiente al 27 de marzo contenía un artículo largo con el título Los ricos se adueñan de la ciencia Hay que estar suscrito a Kiosko para leerlo on line pero eso no es óbice para reflexionar un poco sobre un título tan llamativo y sobre su contenido relacionándolo con otros posts antiguos y con ideas de hace ya bastantes años.

La excesiva contundencia del título queda un poco atemperada por el subtítulo: «Los magnates financian proyectos ante el recelo de los escépticos». El cuerpo del largo artículo está repleto de la descripción de algunos de los proyectos financiados por billonarios conocidos y mil veces citados y de otros menos ambiciosos apoyados por millonarios menos ricos pero no menos ambiciosos. Desde la lucha contra el cáncer de un tipo u otro a la aceleración de partículas pasando por la lucha contra las enfermedades raras o la exploración del espacio. Sin embargo, y sin despreciar la ayuda ni criticar las intenciones últimas de los filántropos no me queda más remedio que ser escéptico al respecto de esta generosidad. Mis razones son sencillas y todas pivotan alrededor de la difícil alineación de los intereses personales de los muy ricos, generalmente relacionados con su historia personal, y lo que sería la estrategia óptima para el desarrollo de la ciencia, estrategia ésta que debería tener mucho de diversidad y de rebeldía a fin de evitar la dependencia del recorrido de la que un sistema complejo puede adolecer si no se tiene cuidado por parte de quien deba velar por el sistema y que puede generar burbujas científicas.

Es muy curioso que la gran mayoría de los proyectos apoyados financieramente por los filántropos consisten en lo que podríamos llamar grandes instalaciones quizá como reflejo de la visibilidad que sus promotores persiguen. Y esta característica de la filantropía más reciente me trae a la memoria algunas disquisiciones sobre la propiedad de esas instalaciones. Si esta propiedad debiera ser pública o privada teniendo en cuenta que se trata de un bien que podríamos denominar público y que, como tal, tiende a estar infradotado. Y si esta distinción se refiere a quién es quien decide en las situaciones en las que las contingencias no se han podido tener en cuenta en el contrato fundacional: el Estado o un regulador independiente por un lado o el propietario privado por otro lado.

Como la dotación filantrópica acabará seguramente adoptando una forma más o menos cercana a la empresarial aunque se constituya como una fundación o como un consorcio o como lo que sea, se plantea quién es el propietario de la empresa en sentido genérico. Como se trata de un bien público la discusión se centra en si el contrato (o haz de contratos) que en el fondo es una empresa es completo o no. Como en los casos que estamos discutiendo no lo será, no está claro que el propietario deba ser el Estado o quién habría de serlo en su defecto. Tanto en El Capitalismo que Viene como en un trabajo nunca publicado (¿Hacia la privatización de la ciencia?) me hice eco de esta dificultad y traté de utilizar ideas en aquel entonces recientes para destacar las condiciones bajo las cuales el propietario debería ser un científico y, entre ellos, aquel de entre ellos más apasionado por la verdad.

Y es este resultado el que me turba en la situación actual de la ciencia hoy, financiada más que nunca por la colaboración oportuna de la filantropía precisamente cuando, a causa de la crisis, se ha visto muy reducida la financiación pública. Ya no hay que discutir quién decide en las circunstancias no previstas pues, pase lo que pase, los derechos residuales van a pertenecer, me atrevo a sospechar, a los filántropos. Ojalá me equivoque!

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2087 ~ 29 de marzo de 2014 ~ 0

Otro ejercicio literario: 2. Exilios

BilbaoSolo la noche le calmaría el terror, porque quien le abrazara sería de los suyos. «¿Qué sentido tendría que fuera al revés?» grité como para acelerar el final de mi razonamiento y dejarle tiempo a ella para decir algo suave, inteligente y excitante de lo que, como un tren eléctrico entrevisto por un niño en un escaparate, yo ya no pudiera prescindir. Quería que me hablara, que me tocara, que bailara un vals sincopado y es que no tenía otra manera de pedírselo que hablar de lo mío siempre de forma que le quedara un resquicio para mostrar que aunque solo escuchaba a medias, eso le bastaba para desmontar mi argumento pero que nunca ella abriría el cajón de sus sensaciones. «¿Me imaginas con la pipa del clarinete en la boca, el bastón del timbal en la mano y la oreja pegada a la tensa piel de vaca del tambor mayor?». Quería haber añadido que no le veía a ella calculando el tipo de cambio a aplicar en una transacción comercial entre la URSS y España; pero esta vez pareció que se alejaba de un mundo, el suyo, que siempre competía conmigo en retener su atención y habló más de lo que solía. No había terminado cuando llegamos al punto de la frontera en el que siempre nos separábamos, en la esquina noroeste de su residencia de estudiantes demasiado cara para mí.

Me dijo que ella prefería un mundo completo, que le gustaría coser su ropa, guisar su comida, grabar su música, que este intercambio de palabras conmigo tan alejadas unas de otras era para ella un placer, que yo no tendría que dudarlo, que muchas veces mis ideas, extrajeras en su mundo, le sugerían frases musicales, o le daban, como por casualidad, claves para comprender el infantilismo de Mozart o la torpeza de Bruckner y siguió así seguramente porque creía haberme preparado para lo que lo que ella sabía que yo sabía que iba a venir. Sí, charlar conmigo era un placer; pero también un desengaño diario que le rompía el alma. ¿No podría yo pasarme a su mundo, traspasar la frontera, transgredir mis propias normas implícitas, traicionar a los míos? Ella me enseñaría cantar, a escuchar y a secar el pozo de tanta palabra vacía. Ella conseguiría que yo olvidara a mi propio pueblo y que disfrutara del suyo contándome el sufrimiento de la frontera.

No sabes Juan»- y oír mi nombre en aquellos labios que jamás pronunciaban palabras vanas me vaciaba las ingles- lo que me duele no ser capaz de pasear contigo en dirección contraria, adentrarme en tu mundo colgada de tu brazo y olvidarme de mis cosillas; pero no puedo, yo pertenezco a la música, como pertenecía a mi pequeño barrio inclinado allá en nuestra ciudad. Jamás traté de traspasar sus límites. Sabía que todo lo que había más allá de la plaza circular, o entre ésta y la elíptica, al oeste de la plaza de toros y al este de Begoña no era distinto de mi colegio de monjitas con hábito gris, que el frutero que cuchicheaba con mi abuelo, que la costurera del cruce en el que paraba el autobús del hospital. Lo sabía porque me lo había dicho mi abuelo y porque al fin y al cabo ¿no era esto lo que reflejaban los colores variados del mapamundi o las gradaciones de los colores tierra del mapa de España editado por un ministerio reumático?

Pero, sin embargo- continuó ella, también sabía otras cosas a través de aquellos domingos en los que mi abuelo me cogía de la mano y desde el Arenal atravesábamos el puente y enseguida tomábamos a la derecha y nos parábamos a ver salir a la gente del concierto. Quiero decir que sabía que esta obligación, ese ritual como el de mis compañeritas en su iglesia, no era liberador, era triste y mi abuelo, cuando ya todas las señoras empingorotadas del bracete de su señor marido aburrido y con bigote habían desparecido ascendiendo lentamente hacia la calle mayor o calle ancha, mi abuelo titubeaba, se entristecía mientras descendíamos hacia nuestro mundo, se le turbaba la mirada y se le rompía la voz hablándome de cosas incomprensibles. Yo le apretaba muy fuerte la mano y acababa guiándole yo a él a nuestro pequeño piso de Zabala. Las prácticas de violín y los deberes llenaban mis tardes de domingo más allá de la presencia del abuelo; pero nuca pude ver tras la bruma que borraba el azul de sus ojos esas mañanas de domingo; nunca supe que algunas calles eran fronteras y que nosotros estábamos exilados. No quiero volver a estar triste con esa clase de tristeza, quiero que vengas a mi mundo, Juan, porque yo nunca podré ir al tuyo porque a los exilados se nos nota, en nuestras maneras relamidas, en nuestra actitud huidiza, en nuestra mirada periférica, en nuestro insistir en sentarnos cerca de la puerta que no queremos estar con nadie que nos declare sin dudas y para siempre, de manera radical, que lo dejará todo por nosotros

Estaba agotada, su aliento le bailaba alrededor de la boca y su cabello parecía humear. Solo los ojos eran fríos, sus ojos grises, determinados y sin asomo de vacilación. Cogí su mano izquierda, le quité su guante de lana negra, arrojé mi aliento sobre sus dedos. La tomé con mi mano derecha y le volví acompañar a su refugio rompiendo la rutina de estos primeros meses.

Juan Urrutia2087 ~ 16 de abril de 2014 ~ 0

Stendhalizado

lunarojaLa noche previa anunciaba la luna llena del siguiente día, nada menos que el 14 de abril. Desperté pronto, me calcé mis zapatillas de andar y me lancé a confundirme con el paisaje ampurdanés como alguien que querría mezclarse con los demás en la espontánea alegría de las primeras luces de una bonita república.Era muy pronto y el relente refrescaba las verdes hierbas del borde del camino inclinándolas suavemente mostrando así una incomprensible falta de ganas de despertar. Estar despierto ene ese momento era, sin embargo, una bendición o quizá hasta algo más. Levanté la vista hacia la sombra del Castillo de Foixá y ante mis ojos apareció una conjunción sagrada. El amarillo de los campos de mostaza, trufados de rojas amapolas y entreverado de un casi imperceptible toque del malva de la lavanda, era ya en sí mismo como una visión sublime sin necesidad de apelar a ninguna bandera determinada. Un par de caballos, blanco y marrón con manchas negruzcas, comen tranquilamente dentro de los límites artificiales de su espacio vital y dos globos aerostáticos se deslizan por un cielo limpio y sereno. Quedo, por un instante, como elevado en un aire que no corre y sé que no estoy respirando . No puedo despertar de mi ensoñación muda e inexplicable que dura un cierto tiempo imposible de calcular pero durante el cual el perro deja de ladrar y los cerdos hacen un receso en su asamblea de cada mañana a favor de los purines. Solo sé que no puedo irme de aquí porque si me voy volveré a pensar y caeré al suelo áspero de una tierra poco acogedora debajo de sus flores y sus plantas. ¿Quien describirá este síndrome ante el que el de Stendhal pasaría desapercibido?

Juan Urrutia2087 ~ 31 de marzo de 2014 ~ 5

Estado… ni el vasco

europaSe van poniendo nerviosos los partidos con las elecciones europeas e inician el funcionamiento de su maquinaria electoral. Hoy, como estoy en Bilbao, leo una ración extra de noticias de mi comunidad y me llama la atención las declaraciones del presidente del PNV, más allá de su caricaturización de Bildu, de que Europa se debía mirar en Euskadi y de que tanto Francia como España deberían abrir su mente al derecho a decidir de los vascos. Por otro lado el mismo Ortuzar u otro político declara algo relacionado con lo vieja que se queda la noción de estado-nación.

A mi juicio Euskadi es ya, en efecto, como una confederación de comunidades identitarias, no estaría mal que Europa fuera camino de convertirse en algo así y la noción de estado-nación está ciertamente desfasada tanto porque el Estado, si bien necesario, se ha pasado demasiado en la generación de rentas y la nación no es sino un ejemplo de la idea de comunidad identitaria.

En cambio en el marco de una confederación Europea, como si fuera una Suiza grande, los llamados pueblos, otro ejemplo de comunidad identitaria, tendrían la oportunidad de decidir por sí mismos, la regulación podría ser descentralizada, tal como escribí aquí, iniciando así la disipación de rentas a pesar de lo que se dice en contra de la proliferación de agencias reguladoras independientes e incluso la defensa se podría organizar con menores presiones empresariales.

En resumen que los vascos que crecimos medio frankfurtianos y medio sesentayochistas y que seguimos así como ya dije aquí podríamos hacer realidad nuestra posible doble divisa de que monopolios ni el de la violencia y Estado… ni el vasco.

Juan Urrutia2087 ~ 26 de marzo de 2014 ~ 1

Sloane sq.: las trampas de la memoria o los límites de la wikipedia

Sloane SquareEl Roto nos pregunta hoy en su viñeta diaria, en referencia indirecta a la muerte de Adolfo Suarez, si no se tratará de necrofilia y no de admiración. Es un asunto de nuestra memoria y la del presidente, y eso me ha traído a la cabeza la disyuntiva del título. La memoria, en efecto, nos juega trampas que wikipedia no puede remediar. Esto hay que saberlo, o por lo memos expresarlo, para que nos demuestren lo contrario. Pensé en esto durante un buen paseo por Sloane Street que nos llevó a Sloane Square. Todo ello en un barrio céntrico y visitado mil veces por mí, a veces solo y otras veces acompañado. Está cerca de sitios para mí míticos, como el hotel Hyde Park, no lejos de la famosa esquina de ese parque, o los almacenes Harrods, o el barrio de Chelsea, tan encomiado por mi hermana, buena conocedora de Londres, y al que volví en la visita anterior a la de hace unos días cuando DT alquilaba un barquito casi enfrente de unos mews en Cheney Walk, en los que un día de juventud me prometí vivir algún día, una promesa entre tantas otras que ha quedado sin cumplir… de momento.

Me acuerdo de cosas como las ya mencionadas y otras, pero esta vez el paso por la plaza Sloane me ha hecho pensar que la memoria se va acabando, sea por sí misma–la edad–sea por razones patológicas–alzheimer–porque a recordaba cuadrada y es cuadrangular. Esta forma debería ayudar a identificar un par de recuerdos que creía tener. Creí saber que en una de las esquinas estaba un restaurante, cuyo nombre no recuerdo, y que visité al menos una vez que paré en las Carlton Towers, no tanto por la calidad de su comida sino porque era propiedad de David Niven y uno esperaba encontrar caras conocidas. Y también esperaba reconocer el cine cercano en el que vi una película de Alejandro Jodorowski cuyo título sí que recuerdo: El Topo. Pues ni lo uno ni lo otro. Ni mi búsqueda angustiada en Internet me ha ayudado en ningún sentido, ni mi memoria da más de sí. Pero, como todo tiene sus compensaciones, en mi búsqueda infructuosa topé con la galería libre de Saatchi and Saatchi: una gozada, especialmente por haberla encontrado sin apoyos digitales.

Juan Urrutia2087 ~ 4 de marzo de 2014 ~ 0

Independencia corporal

GolfistaEn los últimos años se habla mucho de independencia, de la de Quebec, de la de Escocia, de la de Euskadi o de la de Cataluña y el problema de fondo florece de nuevo con la crisis ucraniana o, si queremos, la de Crimea. Hablando de esta última D. de U. volvía implícitamente su atención, una vez más, a las posibilidades de la Confederación como una forma política que algunos opinamos que tiene un enorme futuro precisamente en un mundo globalizado pues permite transar entre las aparentes ventajas (autoritarias) de un gobierno central único y la eficiencia en la provisión de bienes públicos locales, incluyendo las lenguas. Por otro lado yo continúo con mis sesiones semanales de entrenamiento gimnástico. Y justo ayer, mientras me entrenaba, me vino a la cabeza una posible similitud entre el «problema corporal» y el «problema político» consistente éste en organizar la convivencia global. El éxito de los ejercicios gimnásticos está basado, precisamente, no solo en lo que en general se dice: el fortalecimiento del core, es decir, para que los legos lo entendamos, el fortalecimiento de los abdominales como fuerza estabilizadora y, en cierto sentido, reguladora. El éxito del entrenamiento se basa también en algo que es menos obvio y también menos espectacular pues no se refleja en nada parecido a unos abdominales tabloides de los que uno puede presumir.

Pensémoslo, sin la «soberanía» de cada haz muscular del cuerpo y sin la sabiduría de ejercitar cada uno de manera independiente sin que uno ayude a otro u otros, no conseguimos el desarrollo muscular óptimo consistente en tener cada sistema muscular curado de todo mal y «en su punto». Si no procedemos así acabaremos, quizá sin ser conscientes de ello, utilizando las partes más fuerte para apoyar el ejercicio de otras menos fuertes de manera que estas últimas nunca acaban de hacerse fuertes. Esta iluminación se acabó súbitamente cuando mi entrenadora personal me dio un grito para que me concentrara en lo se supone estaba haciendo.

Juan Urrutia2087 ~ 13 de febrero de 2014 ~ 4

Virus y palabras

virusDesde el último post he sido un ser sufriente aquejado de un virus no identificado que me ha tenido en cama, hecho un trapo y sin saber si era gripe, un simple catarro o, simplemente, el fin. Un virus que se agarra en Pamplona no es cualquier cosa, pero no me di cuenta de su origen foral y traté de luchar contra él, un error que pagué caro pues, además de ser derrotado, alargué inútilmente la lucha.

O quizá, pienso ahora, la lucha no fue inútil pues en medio de la calentura uno descubre extrañas figuras del pensamiento muy parecidas a ideas descarriladas. Se me representó como una red de neuronas enlazadas entre sí y lo vi todo claro.Virus y palabras se transmiten de la misma forma y solo abandonan su tarea, sea esta la que sea, cuando han conquistado el territorio totalmente. Luchar contra ellos es peligroso pues puedes tener éxito y la chabacanería ambiental quizá te premie y tu te sientas orgulloso cegando así tu lucidez.

Tienes que aprender querido amigo, me digo a mí mismo, que cuando ya no distigues las palabras unas de otras porque vuelan solas o cuando ya no te dueles de nada porque te duele todo, es ese momento exacto en que tu mente o tu organismo han sido totalmente derrotados por el invasor.

Cuando un poema te hipnotiza es que ya no te puedes defender y te entregas sin condiciones.

Juan Urrutia2087 ~ 31 de enero de 2014 ~ 2

Un par de lágrimas

carltonLos años de plomo pasaron y llegó una época menos dura, pero tampoco idílica, allá por mediados de los noventa. La Ertzantza me llamó a su cuartel de María Díaz de Haro y me dijo que, aunque lo que ellos (no ellos sino «ellos») tenían de mí no era el resultado de un seguimiento sino mera información de medios públicos, les parecería prudente por mi parte no tener unas costumbres demasiado regulares. Más en concreto y puesto que en la época yo venía a Bilbao cada quince días por cuestiones de trabajo, me recomendaron no dormir en mi casa cada vez que viniera por aquí. La siguiente vuelta a Bilbao les hice caso y con los ojos un poco empañados pedí habitación en el hotel Carlton. La siguiente vez decidí olvidarme y me fui a mi casa de LA sin ningún gesto de desafío a nadie. Desde entonces han pasado muchos años y nunca había pisado un hotel bilbaino hasta hace dos días.

Vinimos a Bilbao y no para negocios sino por motivos familiares, pero nuestra casa está en obras, casi totalmente derruida por dentro como si LA fuera Alepo. En ese momento recordé mis congojas de aquella vez en el Carlton y el Hotel del Embarcadero en LA me pareció una especie de Guantánamo que, de todos modos sobrellevo con dignidad. Está al lado del piso en obras y las vistas al Abra son las mismas.

Pero el caso es que si vuelves a casa y ésta se te oculta, vuelve la cara para no verte, tu humor cambia y lo que es una serie amable de recuerdos se convierte en una película mala y llena de cortes. Ya no hay proyeccionista y nadie arregla ese celuloide que corre el peligro de desaparecer llevándose contigo una buena parte de tu alma.

En mi paseo durante la única ventana de calma que la meteorología local parece nos iba a conceder inicié el camino de mis rememoraciones tratando de continuar con las que escribí aquí; pero todo era distinto y hasta la casa del músico Andrés Isasi que da nombre al Conservatorio de LA y de cuyo parentesco lejano presumo a veces me pareció descuidada y sin gracia. Nada está ahi para ser visto. Todo está en nuestra cabeza y es ella quien controla nuestra mirada.

Juan Urrutia2087 ~ 4 de enero de 2014 ~ 5

París

1er mai, place Victor-Basch, Paris, 1950Escribo por obligación, porque no quiero París alguno que me distraiga de mi blog; pero esta vez París me ha decepcionado. Mucho de todo, poco de calidad. No brilla y no consigue elevarte el espíritu a pesar de que desde que llegamos nosotros sale el sol entre las nubes. Las calles no están limpias y las huellas del botellón son más visibles que, por ejemplo, en Madrid. Lo más moderno en ópera es «Einstein on the beach» y en teatro no hay nada apetecible. Quedan las exposiciones de arte, pero las colas son enormemente largas. Los restaurantes son siempre buenos y muy caros. Lo mejor es pasear y reconocer los lugares como si acabáramos de volver de la guerra.

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