El Correo de las Indias

Una vida interesante

Grupo Cooperativo de las Indias

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2124 ~ 29 de julio de 2014 ~ 0

El fútbol en el cuerpo

Stanley Matthews«Au revoir, Espoire» había sido una manera muy poco afortunada de despedirme de Esperanza el día que acompañé al Decano a aquella primera merienda intelectual en la parte más occidental de la margen derecha. Ciertamente revelaba que ambos recordábamos una infancia ya lejana, pero al mismo tiempo avisaba de mi falta de respeto al poder cuando yo no era allí sino un pobre funcionario del Estado tratando de colaborar con la Universidad Pública en la tarea de levantar un poco de dinero que permitiera ir introduciendo el pensamiento abstracto en aquella sociedad tan rica desde el descubrimiento del mineral de hierro y sobre todo desde la primera guerra mundial. Ambos acontecimientos habían llevado concatenadamente a la formación de instituciones financieras que sabían cómo arreglárselas en aquel ambiente propio de la Ciudad y más tarde en todo el territorio que se llamaba nacional. Era en esas instituciones en las que trabajaban los maridos de estas mujeres que con niños todavía pequeños, y a pesar de toda la ayuda externa que quisieran, pensaban que su único papel imaginable estaba en casa, permitiéndose solo alguna pequeña expansión como esta mensual que les hacía sentirse un poco libres.

Pero no era solamente libertad en lo que pensaban las tardes de las meriendas intelectuales. Probablemente tenían sus sueños de independencia como los tiene todo el mundo sin distinción de género. Pero era algo más lo que buscaban, algo relacionado con el pensamiento abstracto, aunque no lo expresaban en ese lenguaje. Querían pasar algunas horas en otro mundo que no tuviera nada que ver con los chismorreos sobre las cenas de las «familias bien» que competían entre sí en lo que respecta no solo a la calidad de las viandas, sino además, y quizá sobre todo, con la forma en que estas eran servidas por el servicio especialmente domesticado para esta tarea, con su chaleco el mayordomo o con sus cofias y guantes blancos las doncellas, o por la calidad de la vajilla, de Sèvres a poder ser pero jamás de imitación, o por el resplandor de la cubertería de plata o la calidad de los licores exóticos con los que siempre se remataba una cena cuando la señora de la casa sugería pasar al salón.

Era en ese momento y nunca antes cuando era ya permitido, con un buen coñac los hombres o con un suave anisete las mujeres, comentar libremente los acontecimientos de la semana en la buena sociedad. Comenzaban con pequeñas y discretas risas femeninas respecto a algún desliz amatorio del que se hablaba en el club de moda y del que nadie confesaba su ignorancia y todos fingían estar al tanto pero no poder dejar de cumplir con el sano deber de la discreción. Esto era frustrante, pero era solo el prólogo de cuestiones menos triviales relacionadas con las fricciones de poder dentro de las organizaciones empresariales en las que trabajaban los maridos muy posiblemente envueltos en los asuntos del prólogo. Dentro de cada una había estirpes y no todas eran de la misma distinción o no todas habían amasado el mismo patrimonio. Ambas cosas, distinción y patrimonio, estaban estrechamente relacionados a la hora de opinar sobre noviazgos o conceder la mano de las herederas de estas familias tan poco numerosas como ricas.

Este asunto se tornaba especialmente enojoso e incluso áspero cuando envolvía no a dos familias de amos sino a una familia de capataces enriquecidos y otra de dueños que quizá estaban en el origen de la nueva riqueza adquirida justamente mediante el servicio fiel del capataz, con una ambición de nuevo cuño que resultaba extraña al amo pero en la que veía un buen porvenir. Este capataz debería ser integrado en el grupo de los elegidos, para lo cual era de todo punto imprescindible que él y su mujer supieran comportarse en público, desde luego reconociendo la pala de pescado o distinguiendo una langosta de un bogavante, pero sobre todo no desentonando en sus opiniones de todo tipo, desde lo que «se cuece en Madrid», hasta el descubrimiento de la modista más al día en la Ciudad, pasando desde luego por cuestiones de política o religión sobre las cuales o se tenía una opinión ortodoxa, es decir, suficientemente despreciativa de lo nuevo, o se habían perdido todas las oportunidades de ser invitado de nuevo por esa familia que ofrecía la cena de esta semana. De esta sociedad se hacían lenguas todas las otras familias que, por decirlo de alguna manera, seguían sintiéndose partícipes del Ensanche que se fue formando a partir de la derrota de los carlistas en el Sitio de la Ciudad, cuyos liberales habían vencido y reforzado así su vínculo con los mandamases de la capital del Estado de los que recibían las concesiones exclusivas que les habían enriquecido a principios de siglo y durante la primera conflagración que se llamó provincianamente mundial.

No te extrañará pues Esperanza que pensara en un primer momento que muy bien hubiera podido yo centrar mi próxima charla en esta historia de la Ciudad que tan bien reflejaba la aparente y superficial tranquilidad social y la tensa corriente de fondo que estaba ahí, aunque protegida de los oídos de los jóvenes, con el pretexto de no hablar de la guerra civil. Pero yo también soy hijo de las convenciones de nuestra Ciudad y pienso que estarás de acuerdo conmigo en haber eliminado de los posibles temas de conversación intelectual todo este guirigay que solo entendemos los mestizos de nacional y nacionalista o de capataz y proletario.

Para conversar del tema de mi próxima charla y para convencerte de que ganaras el concurso que ya había anunciado en mi primera asistencia a una de estas meriendas y que pretendía elegir a la señora que fuera a convertirse en mi ayudante, quedé contigo en el café en el que se reunían esos catedráticos de la Universidad Pública que sabían que las cosas estaban cambiando a la misma velocidad que se deterioraba la salud del dictador y trataban de colocarse en buena posición en una nueva sociedad en la que ellos, representantes del pensamiento abstracto, quizá tuvieran una oportunidad a la altura de sus expectativas. El lugar apropiado para estas reuniones hubiera sido sin duda aquella cafetería francesa que reunió a tantos intelectuales de la Ciudad cuando todavía se podía hablar sin esconderse. Pero este centro que todavía se recuerda con orgullo había desaparecido y en el que había quedado contigo me pareció el más apropiado para retomar un contacto ya perdido hace años y del que esperaba yo que guardaras algún recuerdo y que yo esperaba pudiera cimentar o quizá solo mantener a flote una nueva relación que ni yo mismo sabía a dónde quería que llegara.

En el fondo es como si no hubieran pasado tantos años desde aquella niñez ignorante de todo y este inicio de la madurez plena en la que tanto tú como yo nos encontramos, y que ambos reconocemos como inestable tanto en lo que se refiere a la sociedad en la que inevitablemente tenemos que vivir, como en lo que atañe a nuestras más intimas convicciones, esperanzas alcanzables y anhelos inconfesables. Creo haber visto en tus ojos este reflejo de la ansiedad en la que nos sumerge lo posible que se nos relata como imposible y desearía que tú lo hubieras detectado en mi mirada y mi sonrisa. Estoy muy nervioso, pues no estoy seguro de lo que quiero. Es posible que quede en mí cierto gusto por la infancia perdida. Sí, es posible, pero no creo que este sea el principal objetivo que me ha llevado a manipular la situación como para iniciar un contacto diferencial. Es también posible que realmente quiera yo ser un instrumento adecuado para contribuir al enraizamiento de la Universidad Pública como un centro de pensamiento y no solo de entrenamiento. Sí, quizá haya algo de esto, pues para un habitante de la Ciudad como yo, y por mucho tiempo que haya estado por esos mundos de Dios, sigue estando vigente la principal y secreta fractura social que me traspasa y quisiera comenzar a pertenecer a un nuevo mundo en el que profesores de otros lugares tengan algo que decir. E incluso es posible que, la falta total de frivolidad de la que presumo desde mi vuelta a casa no sea tan total y no persiga sino el más simple deseo: el añadir en algún momento una nueva pieza a esa colección secreta mía que como la de mariposas de Nabokov reúne intenciones científicas y un mero fetichismo sexual que no es difícil de diagnosticar.

No lo sé Esperanza, y todavía ignoro mucho más tus intenciones conscientes o inconscientes al aceptar esta reunión previa para perfilar la charla que me he comprometido a ofrecer durante una merienda que tendrá lugar en el salón, amplio y elegante, de vuestra casa, de ti y de tu marido, ese hombre seguramente honesto que ignora, al igual que tú, por qué trivialidad le odio. Te lo contaré algún día pero dudo de que me atreva en esta nuestra primera reunión. Tu marido representa la constatación de mi posición subordinada en la Ciudad. A pesar de que después de mi vuelta al Ensanche, seguimos viéndonos tú y yo casi todos los días camino de nuestros respectivos centros privados de estudios, finalmente tu familia te cambió de colegio a otro regentado por la misma orden de monjas pero localizado en una ubicación más cercana a este pequeño reino cerrado al que no teníamos alcance los que ni siquiera éramos capataces del Poder sino simples habitantes de una Ciudad que, a pesar de no ser ya invicta, seguía manteniendo el orgullo de ser capaz de admitir a todo el mundo. Ya no nos hablábamos todos los días, y los veranos, que podían haber sido utilizados para no perder el contacto, un deseo común que siempre he sospechado que ocultaba algo nada trivial, fueron desgraciadamente el comienzo de mi despegue. Desde los trece años hasta los veinte fui enviado con mi total aceptación al extranjero a aprender diferentes idiomas nada exóticos pero que me han resultado muy útiles no tanto para la vida profesional como para leer cosas prohibidas, una actividad que siempre he adorado por ser la prohibición menos peligrosa de romper, una confidencia ésta que lo que pretende es hacerte saber que no soy un valiente sino simplemente un tipo frívolo poco fiable.

Creo que es esto lo que te voy a contar esta tarde cuando nos encontremos solos por primera vez después de unos quince años. Que soy un frívolo incluso en mi especialidad académica, pero que hay algo en lo que he sido y sigo siendo totalmente fiable: el fútbol. En mi colegio este deporte era sagrado y mucho más importante que las matemáticas o la filosofía y yo diría que hasta que la misa diaria. Siempre he sido un tipo veloz y de verdad que no he conocido un extremo derecha más hábil. Mi fama se difundió por la Ciudad y los padres de los jugadores de los equipos contrarios empezaron a acudir a los partidos de los domingos entre los equipos de diferentes colegios para observarme. Siempre ganábamos y yo nunca dejé de marcar. Hasta que un día nos tocó jugar contra el equipo de un nuevo colegio ubicado en esa parte de la margen derecha donde hoy está tu casa y donde ya vivías en la de tus padres cuando yo hacía lo imposible por coincidir contigo después de constatar en la playa cómo te desarrollabas año tras año, verano tras verano. A pesar de mi esfuerzo y de que yo conseguí marcar fuimos humillados con una derrota demasiado abultada. La culpa fue no solo de nuestro exceso de confianza sino sobre todo de un portero que paró todos nuestros disparos a puerta menos los dos golitos que yo le colé. Debes saber Esperanza que aquel portero es hoy tu marido y que no he visto nunca en liga alguna otro portero mejor.

Ya llegará el momento de hablarte de todo esto, pero creo que esta primera vez me voy a limitar a darte detalles del concurso que pienso hacer en tu casa para elegir mi ayudante para todos las demás meriendas del curso. Esto lo tengo muy bien pensado y espero que aceptes las claves que te voy a dar para que resultes la ganadora. No será sino la primera trampa de las muchas que tengo pensadas, pero será crucial, pues si la aceptas querrá decir que tú también tienes ganas de jugar. Si lo haces con un cierto entusiasmo me despediré hoy a las puertas de este café intelectual contándote, como si fuera una clave secreta, lo que dijo un padre al terminar ese partido humillante para mí, para mis compañeros y para todos los del Ensanche: «este chico tiene el fútbol en el cuerpo».

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2124 ~ 26 de julio de 2014 ~ 0

Juan Crisóstomo

Teatro ArriagaHabían sido muchas las emociones de esa comida en la que mi padre y su abuelo se habían reconocido con algo más que con simpatía, con cierta complicidad difícil de entender, ya que la complicidad suele desarrollarse entre amigos de juventud unidos por infinidad de trastadas, y estas dos personas mayores no se trataron asiduamente durante la juventud, y lo que hicieron juntos no era una trastada sino más bien un acto de resistencia ejecutado con toda calma y poca fe por dos hombres que sabían que tenían que llevarlo a cabo sin preguntarse por las posibles consecuencias, por dos hombres hasta cierto punto ya muertos hace años. Necesitábamos Machalen y yo asimilar todo aquello que habíamos aprendido solo hace unas horas y de lo que nunca habíamos oído hablar. Quizá era justamente ese silencio el que más nos pesaba pues, aunque caminábamos en silencio, bien sabíamos cada uno lo que pensaba el otro. Todo podía haber sido distinto desde el mismo momento que nos conocimos allá en Salzburg y reconocimos nuestra extrañeza de no conocernos de vista viniendo como veníamos de la misma Ciudad. Si hubiéramos sabido lo que ahora sabíamos seguramente hubiéramos tratado de compensar los efectos de la guerra de los mayores y no hubiésemos establecido fronteras o, de haberlo hecho, las hubiéramos cruzado no solo con cariño sino también con algo de ira heroica.

-¿Es ya tarde?

Miré al reloj, pero inmediatamente caí en el sentido de su pregunta.

-No, querida, no es tarde. Tenemos toda la vida para reparar el dolor y esta noche no es la noche de la separación sino la noche del principio de un pacto secreto más firme que cualquiera de esos en los que la tragedia griega nos ha educado. Espero que no acabe en tragedia, pero ciertamente será peligroso pues nos toca nada menos que liberarnos con la verdad por delante.

-Pero ¿Cuál es la verdad Jon? ¿Quizá la que transmite la mansedumbre al menos aparente de tu padre o quizá la belicosidad que todavía deja traslucir el abuelo?

-Son dos movimientos musicales complementarios- dije sonriendo- Y de eso sabes tú mucho Machalen.

Continué:

-Siempre me has dicho que uno no puede vivir sin el otro…hasta cierto punto. La composición como un todo tiene que mostrar tanto uno como otro si lo que quiere mostrar es la belleza de la armonía. Sí, esa que estudiabas en el Conservatorio. Pero también me has dejado saber que para ti como directora es muy importante si la pieza de que se trate termina con la vibración hasta la extenuación de una cuerda de violín o con un golpe definitivo de un timbal, pues de eso depende el sentido de tu dirección.

-Bueno, tu siempre me entiendes como te da la gana; pero sí, más o menos has aprendido la lección, dijo sonriente.

-Pero ¿y qué?

- Pues está muy claro y aquí tengo que apelar a tu sentido de la composición. Tú y yo estamos obligados a repetir la historia cambiando los papeles. A ti te toca la ira asociada a los timbales y a mí la mansedumbre de una lira irlandesa. Juntos compondremos algo grande que, además, redimirá a nuestros mayores.

Me miró con tristeza y ralentizó un poco el paso ya cercanos al inicio de la subida al monte. Caminamos en silencio, pero se le notaba el esfuerzo por componer una frase que realmente dijera lo que ella sentía.

- Y para esta labor heroica que según tú nos espera es necesario que cada uno afine su instrumento y ambos ensayemos nuestro papel. Dime que esta labor no llevará toda nuestra vida y que un día podremos salir a escena a presentar nuestra obra conjunta. Dime, por favor, que yo no tengo derecho a perderme en el circuito musical europeo y que tú no te vas a perder en ese mar solo aparentemente tranquilo de los campus americanos. Dímelo antes de entrar en esta casa que nunca volveré a pisar.

Le dejé pasar mientras le decía que así era, que nuestros destinos estaban para siempre entrelazados y que no teníamos que vigilarnos mutuamente ni cada uno a sí mismo. Que hiciéramos lo que hiciéramos un día nos encontraríamos y sabríamos que había llegado el momento de dejar saltar por los aires toda nuestra potencia acumulada. Continué divagando, pues quería llegar con suavidad a decirle que esa noche, la víspera de su concierto, del homenaje a su abuelo del que disfrutaría mi padre y de nuestra partida en direcciones opuestas, debía ser una noche…..

- No se cómo decirlo…

- Me quieres decir que no haremos el amor, ¿no es eso?

Nos desvestimos en un respetuoso silencio y nos acostamos cada uno al lado de esa cama que fue de los padres de Machalen. Antes de apagar su luz preguntó quedo cómo se llamaba mi padre. Le dije que Rafael y ella apagó su lucecita. Antes de apagar la mía le pregunté cual era el nombre de su abuelo. Siguió un silencio que me hizo pensar que había caído en un sueño profundo que a mí me permitía distenderme. Apagué la lamparita de mi mesilla de noche y como desde muy lejos creí oír, o quizá solo soñé:

-Crisóstomo


arriagaLa recuerdo como una noche plácida y sin sobresaltos, justo lo contrario de lo que debía haber sido. Nos despertamos al mismo tiempo y solo cinco minutos antes de que sonara el despertador. Salté de la cama y me acicalé a toda prisa para dejarle a ella todo el tiempo que le hiciera falta para ponerse en su papel de mujer directora de orquesta, guapa y seria. No le llevó mucho tiempo y dos horas antes de que golpeara con la batuta el atril que sostiene la partitura reclamando silencio, su abuelo ya estaba en casa de su hija en su día y ahora de Machalen, y yo salía hacia casa de mis padres para organizar mi equipaje para mañana a primera hora, y para recoger a ambos para llevarlos en un taxi especial hasta el teatro que se había convertido en el propio de la Sinfónica al estar el Arriaga fuera de servicio digno.

Mi padre vestía un traje azul con rayitas de esos que mi madre le obligaba a hacerse y que casi nunca se ponía y que, esta vez, no hubiera debido hacerlo porque en estas fechas hace mucho calor en la Ciudad. No sé por qué yo había llegado pensando que en un día como este quizá utilizara uno de aquellos sombreros de primer ministro inglés que reposaban hace años en el paragüero del hall, pero lo cierto era que sentado en su silla de ruedas y ya con perlitas de sudor en la calva daba vueltas en sus manos a una de sus boinas negras mientras esperaba a que mi madre decidiera… si gris o negro …si alto o bajo. Aviar mi equipaje no fue trabajoso y en poco tiempo estábamos los tres en el portal donde ya esperaba uno de esos taxis especialmente equipado para embarcar a gente en sillita de ruedas en el que llegamos al teatro casi al mismo tiempo que Machalen y el abuelo, quienes habían venido andando con el timbalista acarreando los trastos y el smoking de su nieta. Teníamos orden de acercarnos al teatro por la puerta de atrás por la que entraban los músicos a fin de poder utilizar el montacargas para poder subir a mi padre en su sillita de ruedas hasta el nivel de los palcos, en uno de los cuales el abuelo había ubicado a mi madre y a mi padre en su primera fila. Aunque quedaba tiempo, los dos músicos y yo bajamos unas escaleras hasta el nivel de la entrada principal por donde ya empezaba a llegar el público habitual de las temporadas de la Sinfónica y otra mucha gente que no parecía muy familiarizada con este ritual generalmente dominical. Nos desviamos por una puerta semisecreta hacia los camerinos. Ellos fueron cada un al suyo y yo me quedé remoloneando entre las bambalinas. Uno de los encargados del telón y seguramente para que no diera la lata con mis paseítos de intruso, me pasó un programa de mano en el que se leía no solo el nombre de el abuelo y el de Machalen sino también las piezas que componían el programa, sin olvidar a los solistas completamente desconocidos para mí. El concierto extraordinario estaba compuesto de dos piezas gordas, de Hyden y de Britten, separadas por un descanso, y seguramente seguidas, pensé yo, por algunas palabras de homenaje al abuelo y, seguí pensando, por una propina bien elegida.

Los músicos fueron entrando en el escenario que, con su enorme profundidad, dejaba espacio para una inmensa orquesta, y comenzó ese ruido de afinación de instrumentos que tanto me ha gustado siempre a mí. Como si fuera el jaleo de una vida cotidiana llena de malentendidos que, sin embargo, acaba por alcanzar un punto en el que parece que todos han llegado a encontrar un punto de coordinación completamente inesperado. Allí estaba el abuelo delante de los cuatro timbales, como un armador que vigila al capitán del buque mientras finge afinar su difícil instrumento acercado una u otra oreja al parce correspondiente y comprueba el efecto de cada martillete, como les ha llamado siempre él, en cada parte del parche de cada timbal. Sabe muy bien que las piezas elegidas en su honor son ricas en este sonido coordinador que emiten los timbales y sabe también que estos tambores están en su punto; pero cree que debe seguir el ritual de cualquier concierto sin traslucir su emoción por este homenaje que él considera como un desagravio de los vencedores que dejaron la Ciudad sin música sinfónica durante años y como un agradecimiento secreto de los que ese día no están ahí tanto por la música como por la celebración silenciosa de una victoria que de ninguna forma venga la derrota pero la hace, después de tantos años, un poco menos amarga.

Yo espero con impaciencia la salida de Machalen, pero todavía he de esperar un ratito a que salga el primer violinista y trate de empastar a su manera, que yo supongo negociada con la directora de orquesta, el sonido de todos los instrumentos. Se sienta y entonces entra ella con un paso casi marcial con el que nunca le había visto caminar y toma posesión de su podio como si fuera el piloto del barco que va a levar anclas. Ajusta el atril, ya perfectamente ajustado, como si fuera necesario ponerlo a su altura, examina la partitura como para asegurarse de que no le falta ninguna hoja, y hace sonar la batuta contra el atril mientras levanta la mirada y la pasea majestuosamente por toda la orquesta, incluidos los timbales.

Yo sé que es su primer concierto y lo importante que es para ella que esta primera experiencia en su oficio ocurra en honor de ese abuelo semiconspirador. Pero su profesionalidad le hace parecer como una experimentada Venus caminando sobre las aguas. Hace descender la batuta y comienza a sonar la inconfundible música de Hyden. Desde mi posición discreta fuera de la vista de prácticamente todo el mundo, puedo sin embargo observar a mis padres en la primera fila de ese palco con el que el abuelo rinde su particular homenaje a otro conspirador anónimo para el mundo y que nunca pudo recibir ni el más somero gesto de agradecimiento hasta quizá hoy. Mi madre está como siempre, absorta en la música con balanceos de cabeza que varían con los movimientos de la sinfonía. El abuelo parece haber recuperado años y, con el rostro enrojecido aparentemente por el esfuerzo, parece estar disfrutando de algo más allá de esta música barroca de un alemán en el Reino Unido solo unos lustros después de una guerra entre los unos y los otros.

Termina esta primera pieza del concierto y se encienden las luces. Yo acudo al palco y ayudo a mi padre a deslizarse hasta el cuarto de baño mientras mi madre se pierde en el foyer como esperando ser reconocida como esa señora del palco que parece ser la dueña del local. Allí observa cómo el abuelo está rodeado de gentes que ella no reconoce y se siente una vez más como una extraña en la Ciudad. Antes de que se escuche el timbre que anuncia la reanudación en cinco minutos está ya de vuelta en el palco en el que ya está instalado su marido que parece estar disfrutando de un concierto del que ha prescindido en los últimos años. Yo ya he vuelto a mi escondite cuando Machalen reaparece con una sonrisa imperceptible que yo creo poder interpretar como el bienestar de alguien que sabe estar haciendo algo bien. Un poco demasiado deprisa da pie al principio del primer movimiento de este «War Requiem» de Britten que llora la muerte sin pretender arreglar cuentas. Es una pieza larga y profunda y sospecho que poca gente, además de mi padre, podrá seguir las palabras no demasiado patrióticas de este hombre solo fiel a sí mismo. Pero lo que hoy importa es que el trabajo del timbalista acapara la atención de cualquier público. Es este trabajo el que es premiado con unos aplausos más bien tibios que esta Ciudad no está para modernidades.

timbalesSe recupera el silencio y Machalen se vuelve hacia el público con cara de compromiso pues tiene que decir algo en honor de D. Juan Crisóstomo, de cómo la Ciudad le debe en buena parte la conservación de la afición musical y de cómo -y aquí yo diría que la lágrima que asomó a su rostro no estaba ensayada- ella le debe simplemente todo. Respira y anuncia que, para terminar, la orquesta va a interpretar la Obertura de los Esclavos Felices de nuestro Mozart local. Me pareció que la audiencia respiraba aliviada pues, al menos una parte de ella, sabe bien que esta propina es apropiada pero sobre todo corta. Semibarroca, semiromántica, la obertura oscila entre la intimidad y lo profético, entre la épica y la lírica, como la ciudad misma. Un minuto antes de su final lírico, Arriaga dio su do de pecho en lo que concierne a lo épico y compuso lo que es de hecho un tour de force para el timbalista. El abuelo pareció rejuvenecer y cuando daba su último redoble en lugar de erguirse orgullosamente como diciendo «misión cumplida», se derrumbó sobre el segundo timbal de los cuatro que tenía delante de él. No podía estar afinando el instrumento pues su actuación había terminado.

¡Estaba muerto! Me adelanté y entré en el escenario. Machalen no pudo matizar los últimos acordes y nuestras miradas se cruzaron un segundo que bastó para que supiéramos que nuestro destino se acababa de escribir. Me encaramé hasta la posición de los timbales y desde allí miré al palco. Milagrosamente mi padre estaba de pie y aplaudía como un joven entusiasta ante la mirada atónita de mi madre.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2124 ~ 22 de julio de 2014 ~ 0

Gaztelumendi

Puente roto por un obus- Me alegra volverle a ver en persona,

dijo el abuelo en cuanto, precedido por mi madre, recorrió todo el pasillo e hizo su entrada en aquella habitación tan iluminada que amenazaba con cegar a cualquiera que entrara en ella a esa hora del mediodía. A distancia seguíamos Machalen y yo tratando yo de explicarle rápidamente cómo era nuestra casa y especialmente aquella habitación en la que tanto había jugado mientras la costurera hacía vainica o arreglaba un traje a mi madre o mientras la señorita Carmen me leía Salgari con un tono de voz hipnotizador. Para cuando llegamos a la salita, todavía mi padre no había acabado de articular su bienvenida

-… es buena señal…

y tomó aire y tragó saliva para continuar

-que no nos hayamos visto en tanto tiempo.

Calló falto de resuello, pero nadie dijo nada hasta que él pareció acabar su frase,

-señal de que no nos necesitaban.

Mi madre organizó los sitios de forma que Machalen y yo estuviéramos bien separados y comenzaron a desfilar las bandejas del aperitivo mientras ella, orgullosa, explicaba al abuelo la valentía de mi padre al luchar contra ese Parkinson que ella no sabía quién era, si el médico que describió un caso o el primer paciente conocido.

- ¿Y cuando empezó esto?

preguntó el abuelo dirigiendo la mirada a mi padre. Desde su butaca levantó éste una mano temblorosa con los cinco dedos extendidos y continuó con su sonrisa beatífica que no hacía sino resaltar la intensidad de su mirada. Mi madre desvió la conversación hacia lo que debería ser en unos instantes la conversación en el comedor, al que nos desplazamos inmediatamente empujando yo la silla de ruedas de mi padre que es la que utilizaba al presidir la mesa como cualquier otro día pues nunca dejó de hacer los honores a cualquiera de los que, invitados por mi madre, estuvieran en el comedor un día de fiesta religiosa o de visita o de cumpleaños familiar.

-Bueno, ¿qué planes tenéis vosotros dos?

dijo mi madre dirigiendo su mirada y su pregunta a Machalen, responsable sin duda, pensaría ella, de este lío impresentable en el que como dos pipiolos nos habíamos metido ella y yo y que difícilmente podría tener futuro. Aprovechando que Machalen acababa de meterse en la boca un langostino, asumí mi responsabilidad y expliqué cómo nos habíamos conocido en Salzburg y cómo ella me había servido de guía y de hada protectora sin abandonar su severa educación musical y devolviéndome al buen camino cada vez que mi carácter poco firme no se decidía a poner coto a mi molicie.

-Le debo haber terminado a tiempo estos estudios que me han abierto el camino de América. Ahora me toca a mí apoyarle en su camino, durísimo camino que ha elegido para ser fiel a su carácter y dedicarse a ordenar y mandar desde el podio

E hice un gesto de complicidad que es nuestra manera de halagar a la mujer en esta Ciudad. Había preparado el discursito con cierto cuidado y sabía que el tono y la declaración implícita de inmediata separación al día siguiente del concierto impedirían los comentarios críticos de mi madre a este vivir juntos y encima en un pisito de un muy mal barrio.

La conversación esperada no había durado ni siquiera para distraer la atención del primer plato y después de un minuto largo de silencio que la sonrisa de mi padre parecía bendecir, el abuelo, pienso, se sintió obligado a desviar la atención del silencio de Machalen que permanecía callada con la vista en el plato en el que ya no quedaban langostinos. Me había confesado que ella tenía también su discurso preparado pero justamente para la hora del café, que yo le había descrito como teniendo lugar en el salón principal, solo separado del comedor por una puerta corredera, dos habitaciones amplias que conformaban la parte noble aunque poco luminosa pues los ventanales de estas habitaciones de aquel piso del ensanche más reciente estaban orientadas al norte. Así que el abuelo se vio a sí mismo contando una historia que hasta entonces había permanecido secreta, totalmente secreta.

-No nos habíamos visto desde aquel trabajito que hicimos juntos. Así era la vida en aquellos años en los que ya se cocía la guerra. Pero usted me hizo saber que quería hablar conmigo y quedamos en aquel café francés ya desparecido, pero que creo que en su día fue lugar de encuentro de intelectuales de todas las tendencias políticas. No pasaríamos desapercibidos, pero todo el mundo creería que éramos dos viejos amigos, quizá compañeros de colegio, que se reencuentran después de años fuera de la Ciudad.

Se dio cuenta por el silencio de alrededor de que había captado nuestra atención y que tenía que continuar con el relato ya comenzado y al que mi padre no parecía poner traba alguna.

- Así que, como recordará, deslizamos de vez en cuando alguna parrafada o brindis en alemán o en inglés para dárnoslas de viajados. Pero la finalidad de aquel encuentro era, desde luego, la de recomendar a uno de sus colaboradores en el astillero y en otras tareas menos públicas, como posible futuro yerno mío, pues llevaba meses tonteando con mi hija Magdalena, sorteando el trabajo de carabina de mi mujer, la primera Magdalena, quien entre todas sus muchas habilidades y virtudes que, por cierto me hicieron muy feliz, no se encontraba precisamente la de la espiar discretamente sin ser vista.

Hizo un silencio ciertamente teatral dirigido a transmitir su pena por el fallecimiento bastante reciente de la que fue su esposa y la madre de Machalen y a la que nunca olvidaría, según dijo. Y continuó.

- Pero sin decirnos nada convinimos, con miradas y gestos, que aquel lugar parecía seguro para otros tipos de conversación una vez explicada por su parte -señaló a mi padre y éste le devolvió su sonrisa perenne ensanchada si cupiera- la actividad clandestina que llevabais a cabo después de que sonara la sirena de salida. No podía vetar a este valiente que seguía luchando por los que habían sido los ideales de los que perdimos la guerra y, además tan pronto, aquí en esta nuestra Ciudad. Pero había encontrado un amigo y se me ocurrió una idea alocada que solo alguien como usted hubiera podido entender.

Se notaba que era no solo un músico sino también un artista de la escena pues hasta yo, ajeno por completo a la historia que estaba a punto de hacer su entrada, tensé un poco las manos. Pero como una trompeta sonó la voz de mi padre recién tragado el último trocito de solomillo que mi madre le había dado a la boca:

-¡El cinturón!

Y comenzó a reír a carcajadas, una expansión ésta que ni su enfermedad fue capaz de robarle nunca.

-Sí, el cinturón de hierro

corroboró el abuelo y continuó desgranando esa historia secreta.

-Yo, como nacionalista, colaboraba en una especie de club informal de presuntos intelectuales a los que queríamos asociar al recién formado gobierno vasco. Allí nos encontrábamos gentes de todas las profesiones en proporciones que revelaban las tendencias de la Ciudad. Muchos ingenieros, un solo músico, dos o tres artistas y varios curas disfrazados de filósofos. Entre los ingenieros estaba aquel extraño Goicoechea que trabajaba para el tren de La Robla y que quería llevar a cabo obras de ingeniería para defender la Ciudad, invicta hasta entonces, del poder del ejército sublevado que desde Navarra avanzaba hacia esta Ciudad nuestra que no podía creer que el peligro fuera inmediato.

Se me pasó por la cabeza que era una pena que mi padre no tuviera energía como para haber introducido el tema del Sitio de Bilbao casi cien años antes aprovechando la mención a la naturaleza de invicta que tenía la ciudad por haber resistido el cerco de las hordas carlistas. Incluso tuve la tentación de sustituirle y contar yo las anécdotas que tantas veces le había escuchado relatar con emoción pues él a su vez se las había oído contar a su padre. Pero ciertamente no era el momento pues el abuelo estaba lanzado. Continuó:

- El nombre de su proyecto, ese que usted recuerda tan bien, era una concesión que este ingeniero militar hacía al carácter minero de la Ciudad a la que estaba dispuesto a traicionar desde el principio aunque nos engañó con facilidad. A mí totalmente, pues el nombre era el mismo que el del círculo de metal con el que se mantiene tenso el parche de piel de vaca imprescindible del timbal y que se ajusta más o menos en diversos puntos que varían según el tono acústico que el director quiere lograr, bien porque cree que es el que el compositor tenía en su oído, o bien porque es el que él quiere destacar aun en contra de la fidelidad, ¿no es cierto Machalen?

Era una pregunta que no necesitaba respuesta y nadie la pidió, esperando, con la mirada fija en este músico ya mayor, a que la historia siguiera su curso.

- Goicoechea tenía en su cabeza sus conocimientos ingenieriles sobre las defensas francesas en la primera guerra mundial, pero mucho me temía yo que no tuviera en cuenta las peculiaridades de la ubicación de la Ciudad rodeada de montes, desde luego, pero también con enormes diferencias entre unos puntos u otros en lo que concierne a la endeblez de sus posibles defensas. Les parecerá raro, pero yo pensé que ahí teníamos algo que decir los timbalistas, pues nadie sabía mejor que nosotros que el tono general dependía de la graduación exacta de la presión que el cinturón de hierro ejerciera sobre un punto u otro. Yo no sabía leer los planos de Goicoechea y sus ayudantes, pero había en la ciudad amigos nuestros que podían hacerlo y entender mi conjetura militar sacada de mi formación musical.

«¿Y ahora qué?», parecían preguntar las caras boquiabietas de los comensales que dejaban derretirse el helado en su pequeño bowl de porcelana.

-Yo conocía la pertenencia de usted a uno de nuestros círculos de confianza y no dudé ni un minuto en proponerle, a través justamente del que acabó siendo mi yerno, en parte gracias a usted, que colaborara desde el taller de calderería que usted dirigía en el astillero a la calibración de los distintos puntos de los bordes de la ciudad para hacer de ese timbal que era la Ciudad una fortaleza inexpugnable. El problema no era el armamento o el cemento para los bunkers o los nidos de ametralladoras, ni siquiera el diseño de la dirección de las trincheras. El problema era conseguir que las tropas invasoras tuvieran que dispersarse alrededor de un círculo de gran radio que permitiera las operaciones de defensa puntuales y rápidas por parte de aquellas guerrillas con tan poca disciplina como pequeña era su homogeneidad ideológica. Teníamos que examinar cada uno de los puntos claves para afinar el timbal y aquella tarde usted y yo decidimos que usted comenzaría examinando los planos de un emplazamiento determinado y aplicaría sus conocimientos de calderería para calcular, de acuerdo con el reverbero del sonido de un calderín fabricado ad-hoc, la aportación de ese emplazamiento en la defensa general. No me acuerdo ahora mismo de cuales fueron los planos que mi futuro yerno le llevó al astillero.

Y se quedó pensativo como si hubiera terminado su perorata; pero mi padre pronunció con un tono inusitadamente firme:

- ¡Gaztelubide!

Fue como la señal para que nos levantáramos de mesa y pasáramos al salón a través de aquella puerta corredera, mi padre el último en su silla de ruedas empujada por mí. Mientras mi madre servía el café me fijé que Machalen quería contar algo. Esperaba yo que no fuera el discurso que traía preparado, cuyas líneas generales me había descrito. En efecto, no trató de quedar bien quitando intensidad a nuestra relación. Sacó su mejor sonrisa y nos sorprendió con el anuncio del programa del concierto, todo él con mucho ruido de timbales. Le parecía, nos confió, que el abuelo podría todavía hacer sitio a mis padres en el palco principal, pues al fin y al cabo era el homenajeado ese día por su aportación al mantenimiento de la afición musical y a la renovación de la orquesta local.

-Eso está hecho y tú, Jon, puedes quedarte entre bambalinas, así que nos vemos otra vez en seguida pero antes he de terminar mi historia confesando que nunca confié en aquel ingeniero que seguramente fue el responsable de que los cálculos de usted se filtraran a las tropas de Mola.

Mi padre dejó de sonreír y cayó como en una especie de atontamiento que, por evidente, aceleró las despedidas y los agradecimientos. Yo acompañé a Machalen y su abuelo hasta la casa de éste y después nos dirigimos ambos hacia el pisito de barrio mal que acababa de encontrar su sitio en la historia de la Ciudad. Caminamos despacio, dando muchos rodeos y en silencio.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2124 ~ 18 de julio de 2014 ~ 0

Paseo por las cercanías del Conservatorio

NOTA:
El texto que se ofrece a continuación debería haber sido subido al blog con anterioridad al publicado hace dos días y después de este otro que se publica hoy a continuación.

muneca_mariquita_perezDespertamos muy tarde, cada uno guardando el secreto de sus sueños, y no era cosa de acudir a casa de su abuelo ni a la de mis padres con un preaviso tan corto. Así que en un cierto silencio nos adecentamos y nos lanzamos a la calle a la búsqueda de la tienda, o más bien confitería o pastelería de la que tanto habíamos hablado en Salzburgo, la que vendía polvorones de Felipe Segundo y que parecía que los hacía allí mismo, aunque es difícil de entender que ese nombre hubiera sido impuesto por un habitante de esta Ciudad.

- Deberíamos comer algo antes, Jon

- No tengo ni un duro Machalen

- Pero yo sí, el abuelo me dio algo de tapadillo ayer antes de venir al piso.

- Espero que mañana podré sacar algo a mis padres, pero hoy o te exploto o muero de apetito.

Pensé muy rápidamente en usar «apetito» y no «hambre» como una especie de anuncio de la educación recibida y que yo tardaba en olvidar, a pesar de los esfuerzos que hacía para ser yo mismo borrando todas las huellas de mi más que reciente pasado, como aquellos indios de las novelas del oeste que, en su huida, se ajustaban un cinturón del que salía como una escoba que quizá borraría sus huellas, pero que nunca entendí cómo no era una señal obvia de que por allí había pasado alguien que se sabía perseguido. Sopesé comentar este recuerdo con Machalen pero ni siquiera algo tan trivial me parecía suficiente como para cortar con la tristeza de la noche pasada que estaba seguro compartíamos. Era el comienzo de nuestra despedida y debía ser suave, ya que no alegre. Quizá era el momento de separarse, quien sabe si para siempre, sin resentimientos de ningún tipo.

- Acerquémonos hacia Correos a ver si ha llegado mi cheque de la beca. Me lo prometieron para mañana pero quizá se haya adelantado y esté ya en este número de dirección postal que tengo apuntado en esa agendita que tanta gracia te hace. Me pregunto qué ocurre cuando algo como eso se pierde ¿qué hace Correos? ¿Pide conformidad al remitente o exige un nuevo envío previo a la devolución?

- Nunca en un año y casi medio hemos tenido esta clase de conversación distendida, ¿te das cuenta? Debe ser que sentir la Ciudad alrededor nos da espontaneidad y no necesitamos hacernos pasar por personas enredadas sin remedio en sus manías propias de su imagen ante sí mismas.

- Algo así estaba pensando yo.

Y sonreí mirándole a los ojos de refilón.

- Aunque me ha venido a la cabeza algo que quiero contarte antes de separarnos dentro de dos días. No quiero irme a América, a la costa oeste, sin decirte que me lo pasé fatal aquella noche que fuimos a despedir a tu amigo fagotista a la estación y me pediste que te dejara sola en el camino hacia el andén. Era natural, pensé, pero me sentí desplazado, y mi malestar se fue acrecentando a medida que pasaba el tiempo y tu no aparecías de nuevo delante de mis ojos. No sabía yo la hora de salida de su tren hacia Viena y, por otro lado, ese americano de nombre sonoro, Tyan, me caía bien y le admiraba por su destreza en la natación. Siempre me dejabais atrás en la piscina a pesar de mis esfuerzos, era mucho más alto que yo y mucho más guapo.

- No fue para tanto, Jon. Y luego te recuerdo que pasamos el resto de la noche sentados en un banco de la estación, primero muy tiesos y luego con mi cabeza en tu regazo. Recuerdo que pensé que debería haber sido al revés, y que yo hubiera debido consolarte, aunque no se de qué. Pero superé mis reflejos de madre y te usé como me dio la gana.

- Ya sabes que no me pareció suficiente, pero los días siguientes recuperamos, al menos aparentemente, nuestra complicidad, y eso me fue suficiente. Bueno quería que lo supieras.

- ¿Que supiera qué, Jon? Si es que te sentiste postergado un poco, ya sabes que lo sé, y para que no haya malos entendidos, déjame ser yo también sincera y confesarte que lo hice un poco a posta para que nuestra separación posterior no fuera tan dura una vez que ya teníamos quejas mutuas.

- Supongo que te refieres a mi obvia atracción por tu amiga danesa, tan rubita y tan a mi medida con aquellos conjuntitos de lana tan confortable, aparentemente al menos.

- ¡Ah! Así que no llegaste a saber si se estaba calentito dentro de ellos -dijo Machalen en un tono tan alegre y distendido que no cabía sino entregarnos a la contemplación de nuestra Ciudad de la que tanto habíamos hablado en nuestros paseos pasados en Salzburgo.

Llegamos a la pastelería de los polvorones, renunciamos a ellos en un gesto de ruptura en el planteamiento del día, y continuamos por una calle alta que transcurría paralela a la calle grande y que nos acercaría hacia el Conservatorio donde ella había pasado sus años de estudiante de música y en donde el abuelo daba sus clases después de algunos años apartado de su plaza. Quería yo encontrar puntos de contacto posibles, pero no parecía que esta operación fuera a ser fácil. Quizá, pensé, la aproximación al Instituto podría ser una buena táctica, pues me permitiría recordar con ella alguna de mis aventuras infantiles, y en cualquier caso estaba cerca del edificio de Correos cuya sola presencia nos avisaba a ambos que nos quedaban pocos días juntos, pues yo mañana ya tendría mi billete de avión y lo tomaría llegara o no el cheque mensual para los gastos de bolsillo que la beca incluía. Así que forcé un poquito un cruce no necesario.

- Nunca venía por aquí, siempre seguía recta hasta la Diputación.

- Pues te perdiste algo bueno, Machalen. Aquí habían buenos profesores de verdad y el edificio era espléndido. Yo he jugado al baloncesto en su patio y más tarde acudía a menudo a conferencias bien interesantes.

- ¡Tú al baloncesto! -dijo riendo con alegría, y no tuve más remedio que acompañarle, pues no soy precisamente un gigante.

- Era un niño de doce años y ni siquiera tenía todavía pantalón largo. Había pegado el estirón antes que los demás compañeros del colegio y durante un año fui el primero en la fila de entrada a clase ordenada por alturas. Así que formé parte del equipo de baloncesto de mi curso. Bueno, he de confesar que nunca me encontré a gusto en este deporte, pero me permitió jugar parte del campeonato infantil en las canchas del Insti, como le llamábamos entonces. Sí, cuando nos enfrentábamos al equipo propio del Insti o cuando lo hacíamos frente a equipos que no contaban con campos de deportes propios y usaban estas instalaciones públicas.

- Pues a esa edad yo ya estaba muy metida en el aprendizaje del violín, además de seguir formalmente la carrera de piano, que era una de mis dos fuentes de cultura general no musical. El abuelo me obligaba a escuchar todas las noches la clase que me soltaba sobre lengua y matemáticas, y luego me interrogaba acerca de las clases del conservatorio, sobre historia de la música, o sobre composición. Ya a los 9 años había compuesto una piececita para piano que duraba unos siete minutos y que pareció gustar al abuelo.

- No me lo tomes a mal, Machalen, pero cuando te oigo estas cosas me das pena y siento tristeza, pues ahora entiendo que todo lo que me contaste anoche te privó de una infancia alegre y de amigas con las que aprender todas las cosas que en ningún lado se enseñan.

- Preferiría que nunca volviéramos sobre lo de anoche…

- Desde luego, si así lo quieres, pero es que durante años y años hemos estado a punto de cruzarnos y algo como el destino lo ha impedido de una forma cruel, pues si un día cualquiera tú o yo nos hubiéramos desviado del camino trazado es muy posible que nos hubiéramos topado de frente.

Sonrió y cambiando de tono continuó…

- … a veces cuando las actividades secretas del abuelo no le permitían venir a recogerme me desviaba del camino establecido, y haciendo una trampa me desviaba aquí mismo y en solo unos pasos me quedaba absorta ante el escaparate de Mariquita Pérez. Supongo que sigue ahí.

Y cogiéndome de un brazo me obligó a tomar a la izquierda. Su sonrisa ensimismada se reflejaba en el escaparate de la tienda de esa muñeca y como en éxtasis musitó:

- Era milagroso que cada día de mi cumpleaños y durante muchos años recibí la nueva mariquita como si mi abuelo hubiera leído mi pensamiento. Están todas guardadas en un desván bien amplio encima del piso. No están empaquetadas, sino que rodean el viejo piano vertical con el que practicaba todos los días, especialmente los de fiesta. Estaba entonces en el mirador que durante años ocuparon los timbales, con la diferencia de que yo tocaba con las persianas subidas.

Entramos sin consultarnos el uno al otro en una especie de cafetería rara al lado de la tienda de muñecas, y después de descubrir que ya habíamos recuperado el apetito, nos forramos a salchichas con choucrout como homenaje a ese mundo que había sido el nuestro hasta hacía dos días.

- Vayamos ahora a echar la siesta Jon, y así nos acostumbramos a vernos solo después de comer, pues todos estos días que nos quedan aquí antes de que tomes ese avión yo tengo que ensayar con la orquesta. Me tiene que salir muy bien pues es el concierto que también te despedirá a ti, aunque es realmente el homenaje que la orquesta de la ciudad, y en realidad toda la Ciudad, rinde a este músico desconocido que sacrificó su carrera a la formación de su nieta y guardó los timbales de la orquesta de antes de la guerra en un sitio u otro, primero en casa de su hija y su yerno, y más tarde, con el ambiente menos tenso, en su propia casa.

- Jawohl! -contesté con la boca llena del último trocito de salchicha- pero un día me tienes que enseñar el Conservatorio por dentro.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2124 ~ 16 de julio de 2014 ~ 1

Recuerdos y Descubrimientos

Puente DeustoMe levanté con ella y sentí una sensación extraña cuando comencé a abrir la persiana del mirador y atisbé enfrente al gobierno militar. Quedé paralizado hasta que me di cuenta de que ya no había que ocultar timbal alguno en aquella casa camino del monte. La abrí del todo y dejé entrar esa luz tibia que a veces ilumina las horas tempranas de la Ciudad. Es lo que Machalen podía esperar para estos pocos días de ensayo que le habían concedido para que pudiera participar de ese concierto con el que se conmemoraba un cierto aniversario del abuelo, y sobre todo la nueva época de la Sinfónica que finalmente podría salir de pobre y explotar menos a sus socios y admitir a cualquiera que pagara una entrada razonable. Creo que casi nadie sabía que era el primer concierto de Machalen, y era mejor así, pues tampoco todo el mundo en la Ciudad estaba muy conforme con la decisión del Patronato de la Sociedad Sinfónica de darle un homenaje a alguien como el abuelo que nunca se había avenido a reconocer con un gesto que todo había cambiado ya.

Me llamó la atención que a pesar de que el abuelo vivía en el mejor sitio de la Ciudad, la distancia desde su casa al teatro no era mucho más corta que la que había entre este piso en el que pasábamos nuestras últimas noches juntos y ese teatro al que se tenía que dirigir Machalen para ensayar el programa que había seleccionado para el homenaje a su abuelo. Le acompañé a paso ligero y sin darle conversación, pues no me habría oído, pues estaba totalmente concentrada en la música que, pensaba yo, le bullía en la cabeza. Después de dejarla en su camerino, decidí dejar para el día siguiente lo de ir a Correos, y me incliné por bajar hasta la vecina ría e irme poniendo en situación a lo largo de un paseo por el muelle cruzándola ahí mismo, cerca del teatro, y volviéndola a cruzar por el puente de Deusto hasta llegar al parque de doña Casilda. Un lugar exquisitamente diseñado en el que había yo crecido hasta que comencé el colegio a una edad ridículamente tardía que, mira por donde, me había permitido aprender hasta quebrados con una profesora particular, escuchar a Salgari en la suave voz de mi señorita de compañía y todavía, antes de mudarnos a la margen izquierda, jugar en el parque como casi el único chico en medio de un grupo de chicas un poco mayores que yo que me jaleaban proporcionándome algo parecido a la felicidad.

Tenía tiempo de sobra antes de ir a comer a casa de mis padres, en donde habíamos quedado Machalen y yo, y en donde estaba seguro de que mi madre habría hecho preparar una comida exquisita que le diera pie a enterarse de lo que había entre esa directora de orquesta y yo, habida cuenta de que yo me iba a las américas, como ella decía, revelando su ascendencia indiana. Así que me demoré escuchando el rumor de la subida de la marea y el ruido de los barcos plataneros que atracaban enfrente de esa universidad privada de la que había escapado para ir a Salzburgo. Ahora lo veía claro: ¿cómo no intentar largarme si durante años me había distraído en clase observando las maniobras de atraque y desatraque de buques con matrícula de ultramar, o eso pensaba yo, de las islas Canarias por muy españolas que fueran? Cruzar a estas horas de mediodía el puente de Deusto en sentido inverso al camino que seguí puntualmente cada mañana desde la casa de mis padres hasta el aula, también despertó en mí recuerdos de aquellas paradas obligatorias cuando el puente se levantaba para dejar pasar esos buques cargados ahora de hierro, que aprovechaban la bajada de marea para facilitar la maniobra de los remolcadores, uno en la proa y otro en la popa.

Pero esos eran recuerdos de casi ayer, cuando lo que yo perseguía esa mañana, que seguía la alegre conversación que el día anterior ella y yo habíamos tenido por la parte del Instituto y el Conservatorio, era rememorar la niñez y la sensación de libertad que tuve o que creí tener a pesar de todos los cuidados entonces comunes en una familia del ensanche. Una libertad ficticia, naturalmente, pues jamás tuve permiso para bajar a la parte que llamábamos «los patos», o jugar al escondite en la Pérgola. Eran estos los lugares más meticulosamente cuidados, pero el desnivel del terreno me hubiera alejado de la visión de águila de mi cuidadora. Ya era hora de que yo por mí mismo echara un vistazo a esos lugares aparentemente prohibidos, pero que desde hace años yo creía percibir como inofensivos.

Y, sin embargo, las frescas corrientes de agua y el remanso del estanque no podían ocultar una extraña sensación de peligro localizado en una especie de enorme nido de pavos reales inaccesible en medio del estanque. Allí sin duda estaba el peligro, en esos bichos que además de pavonearse podían sacarte los ojos ante cualquier gesto que ellos interpretaran como agresivo. Una especie de aviso sobre la inseguridad que daban aquellos hombres desempleados o ya jubilados que paseaban por los arcos de la pérgola, disfrutando de esa joya tan cercana a los astilleros donde mi padre había trabajado toda su vida y con los que, sin duda, estos hombres aviesos podrían haber estado relacionados.

Tenía tiempo, así que tomé asiento en uno de estos bancos prohibidos y dejé volar el recuerdo y mi autorreflexión. Me iba de la Ciudad y lo hacía sin haber llegado a saber nunca el por qué de muchas de las reglas de conducta cuyo cumplimiento riguroso, sin preguntarme nunca por su razón de ser, están en el fondo de mi carácter alegre y abierto a todas las posibilidades que la vida me ha ido trayendo hasta ahora. Y la vida ha sido pródiga conmigo en muchos sentidos especialmente en el de las mujeres. Siempre he vivido entre ellas, y eso me hace ser un chico aparentemente muy poco lanzado a la búsqueda del sexo, pues puedo muy bien pasear y charlar con ellas sin que parezca que voy a lo mismo que, como dicen, vamos todos los hombres. Esto les debe dar mucha tranquilidad, porque finalmente todas caen en mis brazos, en mis redes pensé, pero no hubiera sido cierto porque no les tiendo trampas, sino que puedo bailarles el agua como hacen ellas entre ellas.

Camino ya de casa de mis padres para estar allí antes de que llegara Machalen, recordé una de estas amigas con la que pasé muchas horas sentado en ese bar del parque, en el que, además, se alquilaban bicicletas y al que sí estaba permitido acercarse e incluso alquilar una bici con la paga. Me encontré con ella muchas veces por la calle y siempre me recordó por el corte de pelo y desde luego por el conjunto de lana o algodón, sin duda adquirido en Biarritz, a aquella danesa que entretenía mis momentos de ocio a ese lado de aquella frontera que durante mucho tiempo nos separó a Machalen y a mí en aquella extraña ciudad de chocolate. Un día me atreví a pararle y se lo dije de sopetón frente a una barra de bar donde habíamos coincidido las dos pandillitas, la suya y la mía. Resultó que este atrevimiento mío juntó ambas pandillitas y se formó un grupo mixto de gente del ensanche que nunca han perdido el contacto. Caminando ya hacia el cercano portal de la casa de mis padres pensé que igual estaría bien contactar a alguno de ellos a pesar de que, seguramente, cada uno y cada una estaban en sus lugares de veraneo. Pero podría probar para despedirme de alguien y dejar así un ancla en esta Ciudad a la que, en ese momento, no sabía si volvería nunca. Ya lo pensaría mejor. Ahora tenía que abrazar a mis padres que debían sentirse solos sin ningún hijo en casa.

Mi madre abrió la puerta contrariamente a su costumbre, y después de achucharme a gusto, pasamos a la salita en la que mi padre solía pasar el día sentado en su sillón de ruedas y rodeado de sus cada vez más escasos entretenimientos. Esta vez el achuchón partió de mí, y mientras él, trataba de apretarme contra sí, me dijo haciendo un esfuerzo que solo llegó a susurro:

-Yo conocí al padre de Machalen.

Desde que mi padre dijo con su voz temblorosa que conocía o había conocido al padre de Machalen y yo conseguí procesar esa información, las cosas se sucedieron con rapidez. Yo llamé por teléfono a Machalen y por suerte la encontré todavía en el camerino. Se disculpó por la tardanza, pero mentí alegrándome de encontrarla, pues había sucedido un pequeño accidente con mi padre, se había atragantado con el hueso de una aceituna y tenía que llevarle al médico con cierta urgencia. Le sugerí que visitara a su abuelo, cuya casa le caía muy cerca del teatro, y añadí que trataría de posponer la comida para el día siguiente. Mi madre, por su parte, y una vez entendido que mi padre me quería hablar, llamó a una de sus amigas íntimas y se largó posiblemente para dejar que padre e hijo pudieran hablar con más confianza de algo que ella ya sabía y que no quería recordar.

Así que me quedé a solas con mi padre, el hombre de las sentencias definitivas que no solo parecía dispuesto a hacer un esfuerzo para lograr articular palabras sino que parecía querer hablar en el sentido menos corriente y más policial de desembuchar algo que había mantenido oculto. Comimos juntos y degustamos el buen menú que mi madre había hecho preparar para la ocasión. No estoy seguro de haber captado todos los matices que él parecía querer introducir dadas las toses y los atragantamientos, inevitables a pesar de mi dosificación precisa de lo que le ponía en la boca y de mis consejos continuos para que comiera tan lentamente como quisiera, pero sí que me enteré de lo importante. Mi padre y no pocos obreros del astillero habían constituído a partir de la caída de Bilbao una especie de grupito clandestino para la circulación de noticias de la guerra mientras ésta duró, y más tarde para el seguimiento de lo que ocurría al gobierno vasco en el exilio y su postura en la guerra mundial ayudando a los aliados mediante la utilización del idioma autóctono, cuya presencia en la calle disminuía a pasos agigantados, pues, o bien era considerado como de pobres por los señoritos, o bien podía ser razón suficiente para caer bajo la lupa de los comisarios políticos del momento.

Pero resultaba que no solo trataban de mantener viva la conciencia de quiénes eran ellos y aquellos a los que habían perdido de vista por el exilio, sino que pretendían organizar pequeñas acciones generalmente dirigidas a librar a gente afín de trampas que los nuevos mandamases tendían continuamente o de situaciones que les podían llevar a ser castigados, si bien no con el calabozo, muy posiblemente sí con el aislamiento social. El padre de Machalen era miembro de ese grupito no muy numeroso pero compacto y transversal socialmente, pues había tanto arquitectos navales como mi padre hasta obreros sin educación formal alguna y gente como el padre de Machalen, cuya profesión técnica, no necesariamente sostenida por titulación alguna, les hacía imprescindibles para el taller de calderería en el que trabajaba también mi padre y que, a pesar de su nombre que suena a oficio de gitano, era crucial para que el trasto del casco, fácil de construir, vogara sin peligro y complementara el timón para las viradas bruscas típicas de los amarres en días de galerna. Su posición en el grupito clandestino era la misma que en los talleres de calderería, sin él nada se hubiera hecho. Pero en este grupito no había nadie que le frenara sus iniciativas, y utilizaba utensilios o productos semiterminados del astillero para incursiones nocturnas en aventuras arriesgadas, como podrían ser meter gente exilada en la Ciudad o sacar a gente oculta para reunirla con su familia ya huida desde antes de la entrada de las tropas nacionales en la Ciudad.

Esta historia que, por la razón que sea, no me sorprendía tanto y que es relativamente simple, nos llevó toda la comida, incluida la tarta de limón que en casa salía tan bien y de la que mi madre estaba realmente orgullosa. El traslado de mi padre del comedor a la salita era fácil, pero su instalación en su sillón preferido en esa salita en la que esa tarde temprana brillaba al sol, llevaba su tiempo y exigía un esfuerzo por parte de mi padre parkinsoniano ya cercano a sus setenta años que aceleraba su ritmo cardíaco, y que tardaba en volver a su cadencia normal. Yo me aprestaba a echarme una siestita hojeando el periódico, pero mi padre no había terminado el cuento que hoy quería hacerme heredar. Ese hombre valiente, que además era muy guapo, había caído rendido ante la belleza gentil de una tal Magdalena con la que los clandestinos le tomaron el pelo durante meses y meses. Y entre bromas y veras y entre simples misiones sin peligro alguno y otras cada día más arriesgadas, resultó que Magdalena quedó preñada, y el padre de ese bebé que resultaría ser esa chica que yo les quería presentar y de la que les había hablado en mis cartas del último año, se volvió un poco loco e intensificó sus acciones audaces.

-Tu casi llegaste a conocerle aquella noche en la que a bordo de un remolcador propiedad del astillero conseguimos enderezar un pesquero.

Hice un esfuerzo de memoria y se me representó la escena aquella en la que había conocido a aparentes amigos de mi padre que, ahora pensaba, podrían ser parte de aquel grupito en el que me era dificil imaginar a este padre al que este relato parecía haber liberado un poco de su parkinson. Con la luz del sol en la cara continuó balbuceando que el que acabó siendo el padre de Machalen estaba en las rocas esperando a que el pesquero en el que habían sacado a unos cuantos hasta un buque de carga de matrícula de Panamá, volviera a poder ser utilizado para llevarlo de vuelta al astillero antes que sonara la bocina que llamaba al trabajo a los obreros del primer turno.

Mi padre debía de ser como el viejo mago de esta bendita banda, pues a los pocos días aquel joven no solo inconsciente sino también valiente, pidió a mi padre que le escuchara y le ayudara si le parecía bien a hacerse perdonar por el padre de Magdalena. Se le alegraba la cara a mi padre a medida que continuaba con su relato a trancas y barrancas y me descubría, para mi sorpresa, que en esta misión también había sabido del abuelo de Machalen. Era alguien bien conocido en la Ciudad, pues era profesor del Conservatorio y un músico crucial en la Orquesta Sinfónica, un músico que había estudiado percusión en Alemania. Quizá por eso fue siempre considerado como políticamente cercano al régimen de España y al eje en el conflicto europeo. De ahí la sorpresa que se llevó mi padre al ver facilitada su misión por la seña inconfundible de los perdedores que aquel músico le dedicó cuando quedaron en un café elegante de nombre francés de la calle grande de la Ciudad para hablar del futuro de aquellos jóvenes, por cierto llamados a mantener la llama encendida.

Le conté lo que había aprendido la noche anterior y su semblante se oscureció un poco al enterarse del destino cruel de aquella pareja. Recuperó una cierta sonrisa cuando le propuse convencer a mi madre de que renovara la invitación para mañana y la extendiera al abuelo que podría venir desde el teatro acompañando a su nieta.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2124 ~ 10 de julio de 2014 ~ 0

La noche de mi desencanto

Pagasarri en otoñoMis padres no sabían que yo ya había llegado a la Ciudad, pues me pareció más sensato mantenerles en la ignorancia hasta que Machalen accediera a conocerles y yo tuviera una bonita historia que contar acerca de mi emparejamiento, nada formal, con una futura directora de orquesta, cuando estaba a punto de marcharme a América a no sabía yo muy bien qué. Así que le acompañé en su fumar compulsivo que parecía hacerle revivir sus recuerdos asociados a aquel piso en la calle que conducía al monte, al que llegaban los cánticos populares con los que yo hacía rabiar a esta música tan seria que no podía resistir no solo mi mal oído sino también que nunca recordara la letra entera: «… subirás en aeroplano, bajarás en goitibera…»

Permanecí, pues, callado, y escuché atentamente su apenas audible voz que fue recitando, ignorando mi presencia, sus recuerdos vividos o contados por el abuelo:

…nada sé de cuando mis padres todavía vivían, tengo recuerdos vagos, muy vagos, de la suavidad de la piel de mi madre y de la seguridad que sentía cuando mi padre me tomaba en sus brazos… sí, lo vuelvo a sentir cuando lo evoco… pero recordar, recordar, no recuerdo nada de sus caras, ni tampoco de cómo o por qué nos veo a los tres en casa del abuelo, esa que tú conociste ayer, esa en la que todos hubiésemos cabido, pero en la que ni mis padres ni yo vivíamos de manera regular. Nunca me ha contado nada el abuelo, pero me imagino que fue su yerno, mi padre, el que se negó a vivir con él en una parte noble de la ciudad y se empeñó en vivir con su mujer, mi madre, en un pisito, este en el que estamos, que podía pagar con su sueldo de trabajador de astilleros, magro pero seguro, o eso es lo que él creía hasta que la guerra estalló, la Ciudad cayó en manos de los rebeldes y él eligió ser fiel a su origen… y a sus amigos, esa clase de fidelidad que mi madre admiraba y supongo amaba.

Se sacudió la ceniza que había ido cayendo sobre la colcha y que yo vigilaba para que nada ardiera y para que tampoco se cerrara la fuente de sus recuerdos, una fuente cuyo grifo nunca se abrió allí en Austria durante más de un año. Nunca le había sentido tan desvalida y casi se me saltaban las lágrimas, sobre todo cuando se arrebujó contra mi pecho, suspiró, cerró los ojos y pareció caer en un sueño ligero. No podía moverme y se me disparó la imaginación ante el pulso entre dos hombres fuertes, ambos de un mismo bando en la contienda, pero muy distintos en sus ideas básicas: Un vago independentismo silencioso compatible con cierta mojigatería quizá solo aparente en el hombre mayor, y un izquierdismo anarcoide en el hombre joven.

Nunca sabré si es la fe la que te hace seguir un camino o es el camino que quieres seguir el que fuerza la fe que te mantiene en él. En mi caso, pensé sin atreverme a mover el brazo que se me estaba quedando dormido, y a solo unos días de tomar el avión para LA, no sé si es el deseo de desaparecer de un país carcelario el que me hacía disfrazarme de joven intelectual deseoso de expandir sus conocimientos, o si era este deseo el que me forzaba a emigrar a algún sitio donde el pensamiento no solo fuera libre sino que también premiara las ideas novedosas y a poder ser sacrílegas. No, no me entendía a mí mismo, pero ni siquiera este extraño amor imposible de calibrar me obligaría a quedarme en este mundo del que quería huir. No me largaría para siempre, pero me largaría. En ese momento deseaba con todas mis fuerzas querer a Machalen y hacerme querer por ella, aunque bien sabía que nada de lo que yo hiciera le llevaría a ella a salirse de su camino hacia el podio de directora de orquesta a donde le había dirigido ese abuelo amoroso y terco que nunca dejó traslucir delante de su hija las dudas que le suscitaba su yerno, un hombre cabal sin duda, pero lleno de fantasías juveniles que hubiera tenido que ir abandonando desde que nació su niña. Pero, por lo visto y por lo leído en aquellos libros de trastienda, hay convicciones que no te abandonan nunca, incluso cuando tu magín te aconseja otra cosa. Liberé mi brazo asombrado de poder moverlo y ella siguió con su relato ensoñado:

…mi primer recuerdo de verdad es mucho más tardío, cuando ya vivía en este piso con el abuelo que parecía retirado, pues había sustituido su puesto como timbal titular de la orquesta de la Ciudad por el de secreto depositario de ese instrumento de antes de la guerra.

Cambié de postura y le dejé seguir divagando entre sueños esa primer noche juntos en la que había sido y seguiría siendo, hiciéramos lo que hiciéramos, nuestra Ciudad. Yo estaba agotado y no sé si caí repentinamente dormido o si seguí despierto pensando en mis propias elucubraciones. Recordé que ya me había contado Machalen que parece que nunca había sido encontrado el instrumento dichoso a pesar de la búsqueda afanosa cuando la orquesta se volvió a armar mediante un riguroso procedimiento de selección en el que no solo contaban los méritos musicales, sino sobre todo otros de tipo menos técnico y más validados por las fichas policiales llenas de sospechas, en general certeras, pues no creo que a nadie le cupiera ninguna duda de con quién estaban las simpatías de aquel buen músico de clase media cuya carrera truncó la guerra. Pensé que igual podría haber sido amigo de mi padre, al que sin embargo no creía poder preguntar nada dado el estado de sus neuronas. Pero quizá mi madre…

Quizá se revolvió o quizá simplemente despertó, pero lo más seguro es que estuviera continuando con aquella confesión sombría a altas horas de la noche en un día en el que debería estar descansando para comenzar sus ensayos con la que un día fue la nueva orquesta de la Ciudad:

…nunca cambiará mi ritmo básico por mucho que pueda ya apoderarme del que corresponde a casi cualquier compositor, lo que me hace sentirme vacía y sin entraña real. Pero es que nada se parece ni de lejos a aquel ruido que durante años acompañó mi sueño y me despertó a una tranquilidad inexplicable. Era el ruido del goteo del agua de lluvia sobre la piel de vaca que mi abuelo seguía ajustando al timbal, que ocupaba casi todo el amplio mirador que nunca levantó sus persianas durante años, conformando así el escondite prefecto para ese timbal almacenado en ese mirador que justamente se abría al gobierno militar. Pero todo esto lo he pensado más tarde, pues en aquel entonces sabía sin saber por qué nunca debería hablar de nuestro mirador. El abuelo me había convencido de que aquel era nuestro secreto, y de que si se descubría, se acabaría la dulce vida que llevábamos los dos juntos en aquel pisito y las visitas a aquella casa de comidas que visitábamos los domingos al mediodía… Este pisito que esta noche me ha parecido un cuchitril…

Quise contradecirle en ese punto, pero ella continuó hablando con una voz tan baja que callé para poder escuchar todo lo que tenía que decir en esa noche que muy probablemente no llegará a repetirse nunca. Hablaba bajo, pero la voz era extrañamente firme:

…Yo sabía que el goteo mecería mis sueños y por esa razón pedía al abuelo que me hablara de aita y ama, como él llamaba en mi presencia a su yerno y a su hija, mis padres. Vivimos juntos en este piso cuando todavía ni tenía estas goteras musicales y este recuerdo me llena de serenidad a pesar de que ahí fuera pasaban cosas después de años del final de la guerra que no deberían haber pasado si, como decía la propaganda, una cierta reconciliación estuviera siendo contemplada por los ganadores. Las noticias sobre represalias y venganzas eran soterradas, pero casi diarias, así como las que mantenían la ilusión de una cierta resistencia en la montaña de occidente, como si estuviéramos viviendo lo de la conquista romana y la defensa de los últimos vestigios de una civilización en apuros. Yo asistía a estas conversaciones de tarde mientras cenaba y aita, ama y el abuelo tomaban ese vino que nunca faltó en casa ni siquiera cuando aita y ama desparecieron y el único que bebía era el abuelo. Nos quedamos solos los dos a partir de una mañana en la que al despertar no encontré ni al uno ni a la otra y a partir de la cual nunca más he sabido nada de ellos. Sé que el abuelo ha movido Roma con Santiago para saber algo de su paradero; primero de manera discreta y desde hace unos años de manera más abierta, pero sin éxito alguno. Yo he aprendido a vivir sola. Bueno, con el abuelo que siempre me ha hecho sentirme totalmente segura y también por la educación de un Conservatorio, que nada tiene que ver con la de una escuela normal con sus pandillitas de amigas. No he echado de menos los hogares ajenos pues no era costumbre acudir a casa de otras compañeritas de las clases de música ni siquiera para celebrar cumpleaños. Así que parece que estoy viva, me bulle la cabeza de música alrededor de mi ritmo básico y no echo nada de menos…

Dejó pasar un segundo y volvió su cabeza hacia mí, pero yo había utilizado ese segundo para esconder mi tristeza y el brotar de mis lágrimas revolviéndome hacia el lado contrario al suyo. Si hasta ese momento parte de mis dudas respecto a mi huida tenía que ver con ella, mi instinto de felicidad me forzó a mirar las cosas de otra manera. Mientras fingía dormir, creí intuir no solo que nunca le volvería ver después de esta semana que acabaría el día de su concierto, sino también que me libraba de la prisión de una relación que nunca me habría ayudado a crecer. Sin embargo, estaba equivocado, pero faltaban años para que llegara mi despertar.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2124 ~ 6 de julio de 2014 ~ 0

Las meriendas intelectuales

Bilbao 1970La primera vez acompañé al entonces Decano de la Facultad de Económicas y Empresariales sin saber para qué me quería allí, en una casa de ricos en donde la presencia de gente del claustro de la tradicional universidad privada de la Ciudad hubiera resultado más adecuada, tanto por los temas de las charlas, mucho más cercanos a lo que se llamaban valores, como por la vestimenta de los presentadores de esos temas que sin duda nunca habría llegado a ser de tan mal gusto como la de mi Decano. Pronto en la tarde caí en la cuenta de cual era mi papel en aquellas reuniones pretendidamente cultas. No se trataba de mi mayor elegancia, pues creo recordar que estaba usando trajes viejos de mi padre adaptados a mis medidas por un sastre de confianza y que yo aprovechaba sin atención alguna a lo que exigía la época del año. De lo que se trataba era de hacer propaganda de la Universidad Pública para conseguir estudiantes que no necesitaran beca y de hacerlo mediante la miel de una cierta apertura a valores menos pacatos, algo que las señoras demandaban sin saber muy bien lo que querían.

Mi papel era mostrar en público un ejemplo de una persona joven que no solo estaba bien formada académicamente, sino que además podía ingenuamente hacer preguntas que dirigían la conversación no tanto hacia el porvenir de unos hijos todavía en el jardín de la infancia, sino hacia las formas de alcanzar lo que por entonces se empezaba a llamar «autenticidad» como una forma de individualidad con mayor trastienda. Es fácil imaginar lo difícil que era captar este cambio de época en un hogar que, a pesar del paso del tiempo, seguía siendo tradicional en el sentido de que los maridos, una vez aprovechada su formación de gestores empresariales o de inteligentes ingenieros, estaban a lo suyo para continuar con la empresa familiar y transformarla para que siguiera siendo el estandarte de un dueño, y en donde las esposas tenían tiempo libre gracias a la ayuda de un servicio doméstico no solo eficaz sino también bien parecido, como no pude menos de constatar.

Claro que en principio estaba allí para acompañar al Decano en su explicación de los posibles efectos de una crisis del petróleo que amenazaba con empobrecernos a todos, y a la que esta gente le tenía mucho miedo a pesar de que eran estas familias ricas las que habían trabajado con visión en el inicio de la puesta en marcha de las centrales hidráulicas. Pero también era claro para mí que aquellas jóvenes madres que eran de mi edad y podrían ser hijas del Decanon buscaban algo más que pusiera sal y pimienta en el guiso de lo que temían podía ser el resto de su vida.

No sé cómo ni por qué salí de aquella primera asistencia mía a aquellas meriendas intelectuales como el embajador de la universidad en la que trabajaba ante esa alta sociedad, que por primera vez en la Ciudad parecía preguntarse si un poco de pensamiento abstracto no sería garantía de seguir siendo alta sociedad al barato precio de sandwiches de pepino y té importado con leche o limón una vez al mes. Mi misión era elaborar un listado de temas interesantes, con sus correspondientes ponentes extraídos de entre mis colegas y que cubrieran los nueve meses de lo que por aquel entonces era el curso académico. Traté de cumplir y convoqué la reunión del siguiente mes alrededor del asunto de la división del trabajo, un asunto que, suponía yo, podría poner en juego las ocultas ambiciones de mis nuevas amigas y del que me parecía yo podría hablar un poco en direcciones poco habituales, más allá de la manida ventaja comparativa y más cerca de la idea de reparto de trabajo en el hogar como ejemplo transgresor de una cierta ventaja social de no llevar la división del trabajo hasta límites absurdos, límites estos que eran los que explicaban que los hombres de aquellas mansiones no acudieran a la cita mensual.

En esta primera reunión, para mí sorprendente, no me atreví a pedir un martini, aunque odio el té y el pepino —con lo que va bien es justamente con la ginebra— pero sí que me hice el propósito firme de romper el rito del té para abrir las mentes y las sensibilidades hacia otras latitudes. Tendría que encontrar una manera de hacerlo que no desentonara con mi compromiso de explicar con cuidado lo que estaba por debajo de la manera de organizar la economía y con una terminología más actual que la que, en esa materia, quedaba todavía de la herencia falangista. Y tenía incentivos a hacerlo porque, aunque Esperanza y yo no nos dimos por conocidos oficialmente después de veinte años de no saber nada el uno del otro, algunas miradas cazadas al vuelo me hizo pensar que ella, como yo, sabía con quién estaba hablando, lo que me dio valor para dirigirme a ella, que resultó ser la dueña de la casa, en el momento de la despedida haciendo referencia a una lejana infancia que ahora parecía ya de otro tiempo:

Te llamas Juan ¿no?

dijo ella como emitiendo una señal de reconocimiento. Me quedé pensando unos quince segundos y contesté:

No Esperanza, me llamo Jon

La suerte estaba echada y las cuatro próximas semanas iban a estar dedicadas no a Adam Smith sino al diseño de una estrategia casi cinegética. Se trataba de conquistar a esta mujer sin duda alguna, pero también sin ninguna intención particular, pues yo era todavía tan joven que pensaba que el estar casado y cuidar a un hijo me convertía ya en un viejo que no soñaba en serlo verde. Aunque, en fin, tampoco cerraba la puerta a nada si ese algo que pudiera surgir llegaba como consecuencia de una seducción intelectual que pusiera en tela de juicio algunas de sus supuestas convicciones tanto más defendidas cuanto menos creíbles eran. Y es aquí naturalmente donde entraba mi crítica de la división del trabajo como una forma de alienación en la producción con márgenes crecientes que hacían imposible plantearse la puesta en funcionamiento del paraíso comunista tal como lo describió Marx y no, desde luego, tal como lo impuso el «padrecito» Stalin. Pero para explicar esto yo debería ser muy delicado, pues trataba de diferenciarme de sus maridos, a los que desconocía, pero a los que podía imaginar sin miedo a equivocarme por mucho.

Tendría que presentarme a mí mismo como un idealista que vivía del erario público y que nunca había sabido lo que era trabajar o lo que realmente costaban las cosas. Dudé cómo hacerlo, pero la estrategia se fue perfilando sola. Tendría que comenzar con algún gesto teatral que dirigiera su mente a donde yo la quería, ese lugar recóndito de lo auténtico que nunca se ha asociado con las mujeres y que, sin embargo, tenía que estar allí dentro de su alma casi olvidada por la evidencia del cuerpo. Y a partir de ahí, contar que no tiene sentido el saber para trabajar sino que nuestro verdadero destino, el que nos tatuó el ángel que nos expulsó del paraíso, era justo lo contrario: trabajar para poder llegar a saber algo que nos resulte estimulante como, por ejemplo, lo que comunica la poesía de la Emily Dickinson. No tenía duda que tenía que terminar recitando una de sus poesías y creí saber que la adecuada era esta, quizá la más conocida:

I’m nobody! Who are you?
Are you nobody, too?
Then there’s a pair of us — don’t tell!
They’d banish — you know!

How dreary to be somebody!
How public like a frog
To tell one’s name the livelong day
To an admiring bog!

Este poemilla también podría servir como acto teatral inicial, pero prefería algo más físico para alterarles el pulso desde el principio. Recordé mi estancia en el Esalem Institute de Big Sur y decidí jugármela pidiendo a cada una de la asistentes, que no creía yo pasarían de seis o siete, ponerse frente a mí a una distancia suficiente para que mi gesto de empujarles suavemente con mi dedo índice derecho en el comienzo del escote no se malentendiera y pudiera evidenciar quién tambaleaba y quien no. Les explicaré el experimento, y muy serio les anunciaré mi intención:

La que lo consiga será mi ayudante en cada sesión de estos maravillosos tés que cambiarán la Ciudad sea quien sea el presentador del día. Junto conmigo y sin que él lo sepa, le interrogaremos suavemente y sabremos cómo de verdadero ha sido lo que nos ha contado, si era una simple repetición de algo de libro de texto o si, quizás, ahí, en sus palabras, nos entregaba su ser.

Puesto que creía estar seguro de que me conocía más de lo que dejaba traslucir, esperaba que fuera Esperanza la que mantuviera su posición sin tambalearse. Pero quizá debería yo asegurarme de esto quedando con ella unos días antes de la siguiente sesión en la que yo llevaría a cabo ese plan que cada minuto me parecía más genial. Además del poemilla, que leeré con mi mejor acento dublinés, les citaré para la próxima sesión y chillaré un Aufwiedersehen añadiendo que, como no confío en su conocimiento del alemán, se lo diré de otra manera dirigida específicamente a ella:

Aurevoir Espoire

Juan Urrutia2124 ~ 17 de julio de 2014 ~ 0

Manifiestos

CALOR EN BILBAOLlega el calor y casi todo se hace espeso e imposible de digerir. Parece no haber nada con lo que distraer las calurosas noches de insomnio. Y, sin embargo, todavía puedo respirar un poco gracias a la estela de ese éxito de Podemos que milagrosamente me ha rejuvenecido aunque me temo que por la razón por la que es, en general, criticado: porque se supone que cuando tenga que bajar de las musas al teatro se acabará su posible relevancia; pero es que yo siempre he preferido las musas. En este tiempo de abanico aparecen, aparte susurros empresariales, tres manifiestos casi simultáneamente y los tres relacionados por la cercanía del comienzo del game of chicken entre Mas y Rajoy. El que se fotografía delante del congreso con Vargas Llosa en el centro se me antoja una simple defensa del statu quo. El de los intelectuales y artistas catalanes al que pone cara Isabel Coixet me parece que si bien no sobra, está muy cerca de ser prescindible en su federalismo para un mero lector de periódicos como yo. Y, finalmente, el que dicen promovido por Sartorius, que está más cerca de parecerse al manifiesto confederal que nunca aparecerá y que es el único que yo firmaría en el estado presente de mis convicciones políticas. Se parecería algo al último mencionado al menos en el sentido de que lo que predican para España lo entienden extendible a Europa. Ambos tienen en la cabeza lo que hace días llamaba, siguiendo a John Roemer, un equilibrio kantiano. Lo que quiero para mí, lo quiero para todos.

RecetarioIdiomas

Juan Urrutia2124 ~ 13 de julio de 2014 ~ 0

Le catorce juillet: ¡Vive la liberté!

351px-MarseillaisenoframeDos fechas hay en mi vida que no se me pasan nunca. La del dos de mayo de 1874, de la que he hablado aquí y aquí, y la del catorce juillet de 1789. Ambas están asociadas a dos himnos que en mi familia no se dejaban de cantar ningún año. El himno de los auxiliares, que volví a subir a este blog el dos de mayo pasado, y la Marsellesa. Los dos himnos son cantos de libertad, y he debido heredar de mi madre el gusto entusiasta por ese lema de la Revolución Francesa. Así que mañana lunes la Marsellesa no se me irá de la cabeza y espero que quizá este año haga el esfuerzo de aprender todas sus estrofas, incluso las más belicosas y violentas. Creo que he heredado el gusto por los gestos heroicos desgraciadamente asociados, directa o indirectamente, a la violencia. Un gasto indirecto en favor de la libertad así como un cántico a la ayuda mutua en su defensa es este otro que también solía recordar mi madre cuando se ponía épica. Casi al final de la primera guerra mundial, cuyo centenario de su inicio se ha conmemorado este año, los americanos decidieron intervenir y uno de sus primeros gestos de apoyo fue acercarse a la tumba de Lafayatte y en posición de firmes gritar “¡Lafayette, nous voici!”, aquí estamos, Lafayette, nos ayudaste a librarnos de la metrópoli en nuestra guerra de la independencia y henos aquí dispuestos a devolver el favor. Era el 4 de julio de 1917. Casi 150 años después de la declaración de Independencia que crea los Estados Unidos de América el 4 de julio de 1776, el ejército americano viene a ayudar a Francia, cuna de libertad, a mantenerla.

Juan Urrutia2124 ~ 3 de julio de 2014 ~ 0

Cita de Limónov

limonovNo hace mucho tiempo escribía yo sobre Pablo, Limónov y yo, un post en el que decía reconocerme en ciertos aspectos de la figura del trangresor ucraniano que continúa llevando la contraria por doquier, parecería que por sistema. Desde las elecciones europeas y los análisis posteriores de los comentaristas, aparentemente bienpensantes pero realmente más neoconservadores que el propio Bush, se agudiza en mí el deseo de transgredir. Y me armo con las armas de mi «maestro» que dice:

Si un artista no comprende a tiempo que debe consagrarse a algo más elevado que él, como un partido o una religión, lo que le espera es un destino lastimoso compuesto de borracheras, shows de televisión, pequeños chismorreos, pequeñas rivalidades y, para acabar, un infarto o un cáncer de próstata

Si sustituyo la palabra artista por cualquiera otra que refleje la subordinación a los intereses, culturales o del tipo que sean, de lo que se llama el sistema y, si en vez de partido o religión pensamos en el deseo genuino de participar en el esfuerzo por vivir en armonía colectiva, me doy cuenta que doy el tipo y que ya he pagado con un infarto. ¿Me inmuniza esto del cáncer de próstata?

Juan Urrutia2124 ~ 27 de junio de 2014 ~ 2

Oído por la calle

Un grupo de mujeres ya maduras, pero todavía de buen ver, salen de una oficina y una, que estaba diciendo «…pues bueno…», continúa después de unas frases que no oigo: «…a ver qué le echo de comer a mi marido». La analogía con el perro es obvia. Y merecida por nosotros los maridos que hemos hecho de nuestras esposas unas capataces siempre disponibles y que acaban quedándose con el «negocio» del dueño en lugar de unas compañeras de viaje.

Juan Urrutia2124 ~ 22 de junio de 2014 ~ 0

Breves comentarios al discurso

mas-urkullu- El jueves pasado y desde Bilbao escuché el discurso de Felipe VI ante las Cortes Generales y otros poderes del Estado. He dejado pasar unos días para echar un vistazo a la opinión de algunos diarios y ya me encuentro en disposición de ofrecer la mía, que no tiene nada de original, pero es la mía.

Lo primero que llamaba la atención más allá de las fórmulas rutinarias utilizadas, es el deseo del Rey de hablar de todo lo que ha preocupado a la opinión pública en los últimos tiempos sin dejarse nada en el tintero. Pero esto trae consigo la casi inevitable impresión de estar utilizando lugares comunes que inciden en poderes que corresponden a los poderes ante los que acaba de jurar su cargo y que ahora le escuchan expectantes. Y, lo que es peor, la aparente imposibilidad de encontrar un eje central que ordene las prioridades y que contribuya a la comprensión de un presente lleno de contradicciones.

Lo segundo que me llamó la atención fueron los que considero errores. Uno especialmente significativo que es el reconocimiento del dolor de las víctimas del terrorismo y solo del terrorismo, en lugar de repudiar el uso de cualquier violencia cuando hay otros caminos no violentos. Y a continuación los que, pienso yo, cometió en relación a la unidad y diferentes lenguas.

Me pareció sin embargo que empezó bien diciendo algo así como que la variedad de lenguas le parecía no solo real y normal sino hasta una ventaja en el cauce de comunicación que son las lenguas. Extraña idea que quizá significa algo así como que cuando hay que comunicarse en lenguas distintas no hay más remedio que prestar más atención a lo que te dicen. Ojalá fuera la intención, pero no me lo puedo creer así, como tampoco me parece sentida la mención a creadores de lenguaje en una u otra lengua. Ciertamente los cuatro autores citados son bien relevantes: Machado, Espriú, Aresti y Castelao, pero la mención a un escritor republicano como el representante del castellano es un gesto demasiado osado para ser creíble.

Pero no acaban ahí lo que me parecen o bien errores o bien incomprensibles detalles imposibles de desencriptar. El más llamativo para mi es el orden empleado en sus escasas palabras en las cuatro lenguas dando las gracias. En este punto, como en el de los escritores citados expresamente, hay un error en el orden utilizado. No se trata de un orden inducido por la antigüedad del idioma ni por el tamaño de la población que los habla, y si no es así, el orden no puede ser otro que el correspondiente a la fecha de aprobación de los correspondientes estatutos, con lo que el Euskera tiene que venir antes que el Catalán, de la misma forma que se ordenó la presencia reticente de Urkullo y Más.

Juan Urrutia2124 ~ 18 de junio de 2014 ~ 0

LXXXV: El Hacker accidental

Hace unos diez años Natalia Fernández y David de Ugarte se tomaron la molestia de editar varios textos míos de una época mucho más esperanzada que la que hoy vivimos. Estos textos se denominaron El hacker accidental y es solo por casualidad que los he encontrado. Los he releído muy superficialmente y me ha parecido que, aunque anticuados en ciertos aspectos, son todavía útiles para entender la actualidad y para, quizá, renovar la esperanza. En cualquier caso, seguro que pueden dar origen a una buena conversación.

Nota: Este post fue publicado originalmente el 16 de julio de 2013.

Juan Urrutia2124 ~ 4 de junio de 2014 ~ 1

Visita a Venecia

Delasnacionesalasredes-525x609
Mañana salimos para Venecia para pasar tres días con ocasión de la bienal de arquitectura 2014.Visitaré todo lo que haya que visitar ,pero mi ilusión es lograr ser absorbido por la belleza de la Serenísima a partir del conocimiento de su origen comercial y navegante. Poner al alcance de cualquiera en el mundo, se encuentre donde se encuentre, lo que en cualquier parte de ese mundo se produce o aquello que allí crece es algo más que comerciar, es cambiar la forma de mirar al mundo. Y por consiguiente a uno mismo, aprendiendo a ser simples y complejos simultáneamente mientras luchamos sin tregua por ser reconocidos como tales y nos exponemos a ser rechazados por nuestra negativa orgullosa y rotunda a ser etiquetados. Desde Goethe a Wagner o Mann, pasando por Nietzsche, muchos encontraron en este improbable conjunto de islas y lagunas lo que buscaban afanosamente sin saber que estaba ahí al alcance de cualquiera. Basta con abrir los ojos y poner en blanco la máquina de pensar. Dudo de que la Goulue me sirva para algo.

Estadísticas del Correo de las Indias

La feed indiana tiene hoy una media de 15 feed subscribers activos. Esta estimación se calcula como el número de personas que durante los tres últimos días descargó al menos un post cada día de nuestra feed principal. Así que si una persona no se conectó o a pesar de estar suscrito, no nos leyó durante un día de los últimos tres, no se computa como suscriptor, por eso este número se reduce de sábados a martes y es más alto de miércoles a viernes.

Blogs dentro del blog

Nao VictoriaJuan Urrutia,
Carolina Ruggero, y
Las Indias in English.

El Correo de las Indias es el blog colectivo de los socios del
Grupo Cooperativo de las Indias
Gran Vía 48 - 48011 - Bilbao
F-83409656 (SIE) ~ F-85220861 (EAC) ~ F-95712659 (E) ~ G-84082569 (BIE)