Desde mi sillón de orejas

El Correo de las Indias

Grupo Cooperativo de las Indias

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2191 ~ 29 de enero de 2015 ~ 0 1

Continúa Ramón: saber mirar y hacer ver

dr.MinervaLa reunión y la conversación de la que hablaba el otro día me hizo girar mis cavilaciones hacia un lugar ya visitado otras veces con la esperanza de que esta vez quizá pueda dar unos pasos más en el camino que marcha hacia lo que, a falta de bonita traducción, llamé la Good Society como aquella en la que se vive una Good Life o lo que a mí en particular me parecería bien traducida como una Vida Digna. Y estas cavilaciones se hicieron más alegres cuando me enteré de la existencia de una nueva rama de la Economía que ha dado en llamarse Economics of Knowledge y que, de una u otra manera, trata de entender más y más sobre los aspectos económicos de lo que en su día se llamó la Sociedad del Conocimiento un concepto con una rica polisemia. Desde ese momento ya no hay dudas de que vivimos en un mundo en el que la mayor parte del valor añadido está generado directa o indirectamente por por lo que llamamos «Knowledge», esa especie de conocimiento que generan la ciencia y la técnica. Y esa convicción nos arrastra hacia problemas intelectuales nuevos sobre los que medita precisamente la Economics of Knowledge cuyo objetivo se convierte en entender justamente la manera en la que funciona una economía basada en el conocimiento (knowledge-based economies)

MinervaCuando esta rama del conocimiento, dedicada precisamente al conocimiento, se desplegó ante mis ojos sufrí un shock que no tengo más remedio que tratar de utilizar a fin de aprovechar la ocasión para ordenar mis ideas. Contaba hace unos días mi falta de mala conciencia allá en la juventud por largarme a otro país con el único afán de saber más o, me atrevo a decir ahora, saber algo pues lo que la carrera me había proporcionado era una mera acumulación de saberes parciales enfocados a la aplicación inmediata a la generación de valor añadido sin garantía alguna de estar preparado para hacer eso mismo cuando aparecieran nuevas formas de generar ese valor añadido. Es decir quería transitar desde la información en sentido antiguo, o acumulación de datos o procesos, hacia el conocimiento u ordenación parcial de algunos de esos datos en un corpus cuasi único. Y esto fue posible pues solo hacía falta, además de un poco de inteligencia, mucho estudio para hacerte una idea de en dónde se encontraba el estado presente de ese conocimiento. Una tesis doctoral era muestra suficiente de que no solo uno podía alcanzar ese conocimiento sino que, además, estaba en disposición de empujarlo hacia una nueva frontera aunque fuera un milímetro.

Y este esfuerzo fue suficiente para dar sentido a una vida dedicada, más o menos intensamente, a la acumulación de conocimiento que la profesión admitía como verdadero en un sentido empírico. Pero la fe comenzó a flaquear cuando la capacidad reflexiva de uno se volvió sobre su propia generación de conocimiento y entendió que no estaba nada claro que la verdad en sentido empírico fuera una de las cualidades de su propia creación de conocimiento. Y en ese estado de ánimo pasé de D. Ramón a Ramón y de experto o algo así a un pobre buscador de un oro mal identificado que un día entendí que debía llamar sabiduría o, en inglés, wisdom.Y creí encontrar el camino hacia un Nuevo Mundo al que, con ayuda de unos Isabel y Fernando actuales yo podría descubrir.

Pero el haber vislumbrado la posibilidad de encontrar la sabiduría me produjo una alegría muy precaria debido a que en cuanto se generalizó el viajar a este Nuevo Mundo se trivializó la novedad y los emigrantes hacia esta Knowledge Economy hicieron de ella una fuente adicional de conocimiento utilizable una vez más para la creación de valor añadido. En una especie de analogía tonta me atrevería a decir que la sabiduría se apiló sobre el resto de conocimientos que seguían acumulándose y se transformó en una herramienta más para mejorar la innovación y otras maneras de seguir creciendo acríticamente. Esto es la impresión que me queda después de escudriñar el Handbook on the Knowledge Economy, Volume Two. Ciertamente se trata de un Nuevo Mundo en el que los trabajos que lo conforman son una clase distinta de animales, sin fórmulas y publicados en revistas pretendidamente técnicas por investigadores desconocidos para mí. Pero no estoy seguro de que se trate de ese Mundo Nuevo al que yo pensaba llegar y en el que la sabiduría es totalmente inútil en sentido vulgar y no necesita justificación ulterior del tipo que sea. Ni meramente utilitaria ni siquiera trascendente. Basta con saber mirar y hacer ver.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2191 ~ 24 de enero de 2015 ~ 1 2

Ramón toma la palabra


Pensaba que ya, una vez jubilado y alejado de todos mis compromisos podría dedicarme a mis manías, o quizá debiera llamarlas tendencias viscerales, de las que no estoy seguro de acordarme. Ha pasado el tiempo y cada vez son menos los mails que debo responder o las reuniones a las que debería acudir. Creo que quiero aprender euskera y ver todas las series del mundo, eso es todo.

¿O quizá no lo es? Me parece que también desearía participar en conversaciones relajadas además de inteligentes y veraces en las que los participantes de la tertulia han sido todos psicoanalizados y no están ya para aparentar lo que no son. Como esa a la que el otro día tuve el placer de asistir en Zaragoza. Una reunión no periódica ni rutinaria, sino concertada como al desgaire por un colega que fue y que convocó a otros colegas, todos en activo menos yo, y que habíamos coincido en un momento u otro. Ni orden del día ni comentarios sobre hijos o nietos, solo el sonido de voces amigas que nada más sentarse alrededor de una mesa, y mucho antes de que se acercara el maître para aconsejarnos qué comer, ya habían empezado la conversación sobre el libro de Gregorio Morán que todos y cada uno de los asistentes estaba leyendo y se encontraban en diferentes estadios del mamotreto.

Pero fuera cual fuera el capítulo del libro en que se esté no hay manera de escapar del relato sobre distintos aspectos de la privilegiada relación entre la religión oficial y el poder madrileño en manos de los ganadores de la guerra. Todos, o casi todos, los que nos sentábamos a la mesa habíamos sido educados por jesuitas en nuestra ciudad de origen de modo y manera que no era extraño que nos engancháramos durante mucho tiempo en el mandarinazgo y en el arribismo algo que me dio que pensar pues se podría decir que si acepto la oferta de la Academia XXXX estoy escalando en el mundo cultural del presente, un mundo en el que no me parece que el mandarinazgo haya desaparecido aunque no creo que proporcione demasiadas ventajas económicas.

hoacYo, el de mayor edad de los reunidos me deleité comentando sobre los muchos nombres citados por Morán que, para mi sorpresa, todavía me resonaban aunque hubieran actuado en tiempos en lo que todavía yo no había salido del colegio. Entre los nombres que realmente me hicieron recuperar la memoria de unos acontecimientos que creía realmente olvidados, pero que parece que ahí siguen en no sé qué área del cerebro, se encuentra el del ya fallecido Julian Gómez del Castillo, un sindicalista que se cita en el libro como de los fundadores de CC.OO. pero que yo conocí como protagonista de un breve cursillo de la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica) en el que se enardecía tanto que llegaba a escupir su dentadura postiza. Fui con compañeros de Universidad desde Bilbao a Pamplona en un cuatro latas prestado y aprendí mucho sobre el catálogo de asuntos sociales en los que uno se podía involucrar aunque mi escepticismo, proverbial ya entonces, no me permitió dejarme llevar por la revelación de esas posibilidades y no salí de allí con ninguna clase de compromiso contra el poder del dictador o a favor de la clase obrera.

Este escepticismo me ha prohibido, en mi ya larga vida, ceder mi libertad, o mi arbitrariedad dirían otros, en aras de algún objetivo social por muy respetable que me pareciera.Aunque no los comenté en la tertulia hay dos hechos de mi vida que quiero recordar aquí como prueba de este escepticismo del que no me enorgullezco pero del que no estoy ni descontento ni arrepentido. Todavía en el colegio mantuve una discusión muy seria con uno de los jesuitas encargados de nuestra formación sobre la obligatoriedad (que yo creía una imposición arbitraria) de dedicar buena parte de nuestros domingos a ayudar a familias emigrantes a construirse su propia chabola para poder sobrevivir al invierno. Yo ya mostraba un cierto espíritu de contradicción y argüía seriamente que nuestra obligación social era solo estudiar. Este es el primer hecho que quería relatar pero tengo un segundo recuerdo que refuerza mi sensación de haber sido siempre un escéptico en camino de convertirse en un iconoclasta. Ya en 1968 y, más allá de los acontecimientos de París, el régimen franquista comenzaba a mostrar la debilidad de sus costuras en la incruenta batalla, también reflejada en la cultura, entre falangistas cansados y entusiastas miembros del Opus Dei, institución ésta en plena efervescencia que trataba de hacerse con cuotas significativas de poder para santificar al mundo santificando de paso a sus miembros. A mi alrededor comenzaban a florecer la toma de compromisos ilegales pero muy legítimos que llevaban a la gente de mi edad a ir más allá de la lucha por un sindicato estudiantil libre que sustituyera al SEU oficial integrándose en cualquiera de las numerosas organizaciones políticas clandestinas. Había que leer el libro rojo de Mao y comprometerse, palabra fetiche del momento. Pues bien, después de esquivar no pocos cantos de sirena, me largué a los EE.UU. de América para seguir estudiando sin tratar de engañarme con ninguna coartada para evitar el compromiso. Me largaba por un simple gusto por salir de España y sentirme libre para poder continuar una aventura intelectual sin objetivo ulterior alguno. Otra muestra del escepticismo que nunca me ha abandonado y por la que pagué un cierto precio a la vuelta mientras fui tratado de un traidor a la causa.

Esta actitud mía que ya forma parte constituyente de mi osamenta es algo que, convenientemente adobado, habrá de ser integrada en este discurso de ingreso si finalmente lo redacto de forma positiva en lugar de hacerlo de forma negativa e insultante mostrando una vez más el escepticismo que anida en mí y la forma en la que ha crecido hasta convertirse en un odio al mandarinazgo y a la necesidad que observo a mi alrededor de formar parte de un grupo privilegiado que se identifica de una u otra manera como superior a los demás.

No perdimos mucho el tiempo comentando que mientras nosotros disfrutábamos de nuestro encuentro, Draghi estaría empleándose a fondo en su intención de introducir la versión europea del QE en la comida que seguiría a la reunión del BCE, pues no nos parecía que allí hubiera materia intelectual más allá de intereses políticos encontrados y basados en malentendidos teóricos. De esta forma la conversación, ya más animada gracias al buen tintorro aragonés, se deslizó hacia la no pagada importancia de la potencia de lo periférico y sobre lo contradictorio que parece que todo el poder cultural español esté compuesto por ideas o personas de la periferia y que, sin embargo, nadie admita que has logrado hacer cumbre si no estás colocado en Madrid o al menos en Barcelona, el único lugar en el que se puede hacer carrera académica sin que se sospeche que estás esperando tu turno para llegar a la capital de este estado hoy puesto en entredicho.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2191 ~ 20 de enero de 2015 ~ 0 1

Holywood vs. Broadway

BIRDMANCada vez que Ramón abre la Odalisca se dice a sí mismo que no tiene sentido usarla en casa pues siempre acaba escribiendo mucho más que unas simples notas recordatorias de impresiones del mundo por el que se pasea y utilizando para ello o bien el ordenador o bien un cuaderno de hojas en blanco de los que no se atreve a prescindir como tampoco puede dejar de utilizar esos rotuladores de punta superfina que le permiten una caligrafía tan microscópica que pone de manifiesto su inseguridad pues no quiere que nadie entienda lo que escribe.

Piensa que él no ha sabido ser lo suficientemente rupturista y que su manera de entender el continuismo creativo, como el de Rafael respecto al Perugino, con su toque innovador, no le ha llevado a ninguna parte o eso siente él aunque no pocos colegas señalan algunos de sus trabajos como rompedores. Sin duda lo son pero en una medida a su juicio tan pequeña que su impulso revolucionario exhibicionista se siente frustrado. La pregunta que no consigue contestarse es justamente cómo se hubiera sentido en la soledad del que se queda aislado en la profesión porque sus ideas o comentarios son recibidos como la consabida palinodia de un loco y no como la iluminación del genio.

Ha llegado a esta situación poco a poco; pero ya parece estar a punto de poder contestarse esa pregunta pues se aísla sin remedio. Ya no le queda más que los almuerzos en el comedor de profesores como único campo de batalla en el que ejercer lo que él cree sus iluminaciones contra los convencionalismos habituales de los comensales cada vez más escasos que se sientan a su mesa. El más fiel de los colegas en esa escasa media hora que dura el almuerzo resultó ser finalmente ese colega fallecido hace poco más de un año y posible predecesor en la Academia de XXXX en caso de que él acepte escribir ese discurso que empaña sus sueños pues no puede decir nada interesante de él ya que era cualquier cosa menos interesante tanto en su trabajo académico como en sus comentarios cotidianos sobre las noticias del día ya fueran éstas propias del centro de trabajo en el que coexistían ambos o ya se trataran de los editoriales del periódico que, curiosamente, leían ambos.

En el primer caso solían estar de acuerdo pues curiosamente, pensaba ahora, este tipo vulgar y él compartían una especie de ascesis cumplidora de la literalidad de los reglamentos vigentes, una especie de docilidad, disfrazada de honradez casi heroica, que ya no se llevaba nada. Pero en cuanto entraban a valorar una opinión de terceros relacionada con algún acontecimiento del momento estallaba la ira de uno u otro y solo muy pocas veces la de ambos simultáneamente de manera que en esas raras ocasiones no sabían contra quien alzar la voz.

Detiene su rotulador de punta fina y su imaginación vuela hacia la ya imposible comida de un próximo día en la que él habría tratado de enzarzarse en una discusión colérica de la crítica cinematográfica de una película recién estrenada y que se mencionaba como seria candidata al Oscar a la mejor película en la ceremonia que se celebraría en unos días. Se extrañó de echar de menos a este idiota que seguramente no tendría nada que decir respecto a esta película que, sin embargo, podría tomarse como una imagen en un espejo de la relación entre ambos, los dos viejos del lugar y los dos que ya aceptaban su soledad pero que luchaban contra ella de maneras diametralmente opuestas.

Pocos días antes de morir y encontrándose ya bastante pachucho había comentado que si pudiera empezar otra vez le hubiera gustado tomar una actitud como la que él entendía que había tomado yo alejado de todo y de todos en una soledad irritada, pero que su carácter no le permitía la irritación. Recuerda ahora con la noche ya caída y en plena luna nueva que no tuvo la educación de agradecerle el piropo porque en el comentario no vio eso sino una crítica más de la arrogancia que le constaba Javier le atribuía en conversaciones con otros.

Al fin y al cabo sería acertado pensar que Javierito debía mofarse de que Ramón escribiera siempre en inglés sus trabajos, que se negara a escribir divulgación en los periódicos o revistas en castellano y que, aunque asistía a numerosos congresos en los que a veces incluso presentaba algo y conocía a muchos de los investigadores admirados en esas fechas, no era sino un endiosado pobre hombre que no tenía amigos ni el suficiente éxito profesional ni social. Al fin y a la postre él, Javier, estaba bien relacionado con las fuerzas vivas mientras que este orgulloso y presumido intelectual era sistemáticamente ignorado en cualquier área de la vida social, algo que su esposa actual, lo mismo que la anterior, le reprochó mil veces antes de marcharse de casa por una temporadita, según ella.

Esta circunstancia poco gratificante era, en este momento, una bendición pues le dejaba espacio y mucho tiempo para enfrentarse con ese maldito discurso que poco a poco se iba perfilando como una última conversación en la hora del almuerzo en aquel comedor lúgubre de la Universidad, una en el que le gustaría ser especialmente cruel pero en la que no sabía si se atrevería a serlo. Pensó en esa película que vio ayer con su mujer antes de acompañarle a ese apartamentito en el que ella se tomaba su tiempo antes de decidir qué hacer con el oso cavernario con el que se había casado, en segundas nupcias ambos.

Ramón pensaba que él era como el protagonista de esa película, alguien que había brillado en su juventud cuando se trataba de mostrar mucha inteligencia y no poco conocimiento y que ahora luchaba contra la muerte tratando de ser sabio mientras que Javier, de estar vivo, habría seguido siendo un pobre recolector de estadísticas cada vez menos hábil, lo que no le habría obligado a abandonar su asidua presencia en las tertulias televisivas para las que sin duda tenía un cierto don, pero probablemente le habría empujado hacia el cultivo del conocimiento, como información estructurada, pero sin ni siquiera oler lo que es ser sabio.

Terminaría ya por hoy la escritura de ficción y tomaría unas notas para comenzar mañana su performance como actor de un teatro que pretendía abrir caminos hacia la sabiduría. Y nada mejor para ello que inventarse una crítica de esa película reciente, Birdman, que tenía un subtítulo realmente intrigante («la inesperada virtud de la ignorancia») y usaba, a guisa de mesa del comedor de profesores, un teatro de Broadway en el que se estrenaría pronto una obra de Carver («De qué hablamos cuando hablamos del amor») en la que se enfrentarían los dos personajes correspondientes a su Ramón y su Javier.

Resaltaría, como siempre, que la verdad y lo imaginado no son fáciles de distinguir en una obra de ficción lo mismo que en esa asignatura de la que ellos debían aprender sin que él enseñara nada y se limitara a comentar sus pasos en el camino desde la información a la sabiduría pasando por el conocimiento, ese conocimiento anémico en el que se quedaría los simples. Pero esta vez iba a ir un poco más allá y les comentaría como de pasada que no estaría mal que investigaran quién era el director, Iñarritu, y se asomaran al cráter de ese volcán que es la exploración del propio ego.

Esta última imagen, por cierto, podría ser la clave de la parte de su discurso en el caso que se tratara del de aceptación y no el de rechazo. Su vida no había sido sino una tensión continua entre Holywood y Broadway, una tensión que pudo ser creativa, pero que no llegó a desvelar la importancia de la sabiduría como conocimiento auténtico.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2191 ~ 17 de enero de 2015 ~ 0 1

Un buen paseo

castellanaUna vueltita de unos diez kilómetros siempre le sentaba bien, pero cuando, además, el paseo se acompañaba por el recuerdo de unas notitas recogidas en su agenda con un afilado lápiz, tenía la garantía de que algo raro o nuevo se le iba a ocurrir, algo muy fructífero siempre que no intentara resumirlo en su miniagenda que debía permanece sobre su mesa de trabajo. Así que se enfundó el abrigo y, excepcionalmente se permitió envolverse el cuello en una bufanda que se imaginaba protegería las ideas que surgieran en el paseo para su uso inmediato, una cosa que en general no le gustaba hacer pues la experiencia le había enseñado que las ideas, especialmente las buenas, necesitan un período de maduración que nunca es corto. Esas eran las virtudes higienistas del paseo a las que cantaba Nietzsche, para quien lo corporal era tan importante como lo intelectual por lo que es necesario estar en sintonía con el sonido de tus entrañas, saber escucharlas aunque no suenen pues nunca lo hacen cuando quieren hablarte.

Esperaba que este atardecer temprano inspirara la postura que debía adoptar en esta coyuntura de la vida que se le venía encima inesperadamente cuando ya creía que nada iba a pasar y que podía terminar sus aventuras dejándose llevar por la inercia de la vida. Como ese protagonista de Doctor Pasavento de Vila-Matas que quiere acabar sus días como Walzer en su manicomio trabajando duro, pero sin esfuerzo, habiendo desparecido para todos, pero sobre todo para él mismo. Nunca se le pasó por la cabeza, sin embargo, perderse en la naturaleza a pesar de sus lecturas juveniles de Thoreau. Esa naturaleza, y especialmente la montañosa de cuyos entusiastas había vivido demasiado tiempo rodeado, comenzó hace ya muchos años a proporcionarle una cierta repugnancia. Para exorcizarla leía cosas como las mencionadas y otras menos obvias. No quería que se supiera de su repugnancia pues le gustaba vivir en un malentendido respecto a quien era él de verdad, un malentendido como el que rodeaba su obra que, como ya pensó hace unos días en París sí era suya, pero no era propiamente una obra, justo lo contrario de lo que opinaba sobre el que podría llegar a ser su predecesor en la Academia.

Su paseo era siempre el mismo o muy parecido y se jactaba de conseguir pasear siempre cuesta abajo, una imposibilidad física que le salía muy cara en taxis. Nada nuevo que distrajera su atención pues siempre se cruzaba con el mismo tipo de gente, una fauna a la que había aprendido a usar a su favor mirándoles como los garantes de que nada torcería su destino
ni le llevaría cambiar sus rutinas como esa que adquirió en su temprana madurez en la avenida Madison en un restaurante de estilo francés que se llamaba «la Goulue», un nombre muy adecuado para la ansiedad de aquellos años en los que una tonta esperanza de perduración nublaba su mente y se transformaba en un apetito desmesurado que, convenientemente satisfecho, le transformó en una bolita de sebo. Sustituir la glotonería por el sexo está en el origen de la sustitución de miniagendas y la adopción de la odalisca como repositorio de sus ideas inmediatas. La Goulue estaba ahí para ayudarle a crear una obra que debía alimentarse de nuevas ideas continuamente ya fueran estas genuinas o, lo que solía ser más frecuente, ya se trataran de contentar a un referee que, seguramente como él mismo, se consolaba pensando que formaba parte de un gran movimiento que serviría para que el camino hacia la verdad no se perdiera para adentrarse por caminos nunca transitados antes. O quizá no solo se consolaba sino que se entusiasmaba con esa pertenencia a un movimiento colectivo de esos que Sade nunca entendió o, se apunto la idea en la cabeza, los entendió tan bien que le daban miedo. Pensó sobre su propia actitud cuando se le pedía que oficiara como esa figura defensora del dogma en lo que consistía ese trabajo de leer al prójimo y tratar de encontrarle las cosquillas disfrazando de pureza lo que no es sino una forma civilizada de violencia y, en cierto sentido, de venganza.

-¿Qué sentiría Rafael ante «il Perugino»? -se preguntó a medio paseo siguiendo los secretos caminos de la divagación de los paseos higiénicos. Una divagación que le llevaba de vuelta a sus visitas artísticas de París. Se dijo a sí mismo que este pintor de Perugia que conquistó Firenze era para él como un ejemplo de esa profesión sobre la que se veía obligado a pensar por esa llamada asesina que le dejó pasmado en el hotel de París. Cumplir con las costumbres evolucionadas en obligaciones virtuosas; eso es seguir la tradición y esta actitud social que tanto detesta resulta ser fértil incluso en el caso de Rafael que, sin duda sigue al Perugino pero que aun así es capaz de dejar su huella propia. No tiene papel y lápiz y se encuentra atrapado en una confusión mental. Resulta que este pintor de Perugia se pinta a sí mismo mirando al posible espectador y, por lo tanto mira su obra mirándose a sí mismo mirando, quizá la autoconciencia de la casi obligación de trabajar para la posteridad, por el continuismo, algo muy alejado del entusiasmo colectivo o del desbordamiento narcisista de un ego desbocado. Se tranquiliza un poco pensando que todo esto no quita para imaginar que este pintor puede haber sido sido renovador en su tradicionalismo. Justamente es así como tratan de presentarlo en la exposición que ahora recuerda con más luz y en la que cree poder distinguir el comienzo de un camino que va de su continuador inmediato, Rafael, y llega hasta Picasso con sus retratos distorsionados.

Se acaba el paseo, se lo dicen sus piernas, y decide tomar el taxi para volver a casa con urgencia para poder tomar alguna nota, pues no tiene tiempo para que maduren estas ideas que se le han aparecido, difuminadas, entre el frío y la sensación de confort que ha obtenido de la bufanda. Le queda un día menos para transar entre su deseo de perdurar y el consuelo que obtiene de la seguridad de la desaparición.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2191 ~ 15 de enero de 2015 ~ 2 1

¿Experto yo? No, yo soy un sabio

sabioSiente que tiene que empezar a escribir pues ya solo le quedan 28 días. Después de unas horas de angustia se decanta por comenzar por el discurso de rechazo, un trabajillo necesariamente agresivo aunque espera que no resulte grosero. No ha decidido todavía si este posible discurso debe comenzar por las palabras de agradecimiento a la docta casa o debe quizá sentar su tono desde el principio con unas palabras que afirmen que va a utilizar su tiempo para explicar porqué piensa que estas viejas instituciones debieran desparecer.Pero, sea lo que sea lo que finalmente haga a este respecto, lo que no puede dejar de decir es que su predecesor en ese sillón cuya letra no recuerda, o no quiere recordar, no era nada sabio. No es ésta tarea difícil, piensa, pues él mismo jamás se presentó como tal sino que lo hacía siempre como un experto, una palabra nueva que le venía muy bien pues lo que, en la mejor tradición patria realmente era, era un aspirante a erudito. Pero, de hecho, se hacía pasar por un experto en tantas diferentes áreas que, en un acto como este, reflexionó, parecería una broma por su parte enumerarlas y seguir hablando como si realmente lo fuera en todas ellas.

Su buena educación le obligó a centrar su atención en lo que en su día se llamó, antes de que entrara en crisis, la economía del conocimiento y sus aplicaciones a diferentes áreas de un sistema económico en el que el conocimiento fuera a ser realmente el único input relativamente más escaso:

He aquí un punto en el que nunca nos pusimos de acuerdo en las muchas ocasiones en las que tuvimos ocasión de cruzar nuestras espadas intelectuales. Siempre fueron ocasiones nada formales pues nuestros caminos académicos discurrían por sendas errantes pero que nunca se cruzaban, pero sí coincidíamos en ocasiones poco formales como pudieran ser los recesos de congresos a los que asistíamos ambos en general como observadores o moderadores sin llegar él nunca a presentar ninguna de sus ideas…en caso de que las tuviera. No eran duelos formales ni nuestras espadas estaban muy afiladas, pero no había manera de hablar de lo mismo. Recuerdo su interés en las TIC (Técnicas de Información y Comunicación), muy de moda en los tiempos que más le frecuenté, y sobre las que hablaba sin parar y especialmente sobre los desarrollos tecnológicos que iban a permitir unos cambios sociales insospechados de los que él nunca avanzaba ninguna característica. Se limitaba a afirmar que el mundo se llenaría de lo que se llamó durante unos años empresas punto com por referencia a la forma en que se podría contactar on line con ellas. Yo por mi parte no estaba dispuesto a cederle el terreno del conocimiento de esta novedad y trataba de pasar yo también como un experto pero de otro calibre; uno de los que habría de trabajar por la unificación del conocimiento teórico- económico en un corpus que integrara estas novedades tecnológicas que permitirían, contrariamente a las convenciones teóricas vigentes hasta entonces, eliminar el supuesto de los rendimientos decrecientes.

Releyó este parrafito y le pareció que estaba siendo muy comedido y que él mismo se estaba poniendo en una situación muy poco airosa y muy diferenciada de lo que se estila en estas ocasiones intelectuales. No era mala táctica, pensó, pues si la finalidad era rechazar el honor de ser miembro de una Academia parecía noble humillarse a sí mismo al mismo tiempo que a su predecesor que, por cierto, dejaría de poder constar como tal en cuanto o bien él terminara el discurso renunciando o bien el Presidente optara por cerrarle el micrófono.

Solía escribir a chorro, tal como le decía un amigo de pluma fácil, y lo hacía casi como una tarea física vigilando su postura ante el ordenador; pero esta vez tendría que ir con más cuidado pues se trataba de pensar sobre la posible integración en sus reflexiones a gentes como Marcuse, al que había leído a fondo en su juventud, y hablar de la abundancia sin que ello le pusiera fuera de la ciencia económica, ese conjunto de ideas tan históricamente condicionadas, sino que más bien le obligara a echarnos sobre los hombros la tarea hercúlea de ponerse al día y llegar hasta colaborar con la modificación radical de los programas de estudios que algunos pretendían.

Decidió que, en este borrador de discurso, llamaría Z a este colega tan poco atractivo que presumía de experto, una inicial muy adecuada pues siempre tenía la última palabra por lo que poco a poco fue llegando a la conclusión que la razón no solo le asistía en cualquier discusión sino que, además, sus colegas así se lo reconocían. Z no tenía respeto ninguno por su programa de trabajo pues lo de la abundancia le parecía una broma de mal gusto en un mundo en el que seguía existiendo pobreza según demostraba la teoría del desarrollo en la que, naturalmente, también era un experto. Pensó, con los dedos sobre las teclas, que igual debería dejarse llevar un poco por la venganza del que ríe el último y plasmar algunos comentarios recientes sobre la sociedad del conocimiento que según Z tanta relación tenía con el desarrollo. Le bastaba en este punto con citar el resumen de un artículo reciente sobre la las economías o sociedades basadas en el conocimiento que le había enviado un joven sociólogo quien en la versión final de este discurso recibiría el crédito que se merece al tiempo que se citaría a los autores del artículo:

El discurso sobre las economías basadas en el conocimiento rara vez va más allá de la comercialización de la ciencia y la ingeniería y se encierra en los límites discursivos del funcionalismo. Argüiremos que …no está(n) bien informado(s) sobre una concepción adecuada de lo que es conocimiento. Más en concreto, este discurso no incluye la dimensión axiológica del conocimiento que conduce a la sabiduría… Argüiremos que mientras el discurso dominante de la modernidad industrial permanezca racionalista, funcionalista, utilitarista y tecnocrático las economías basadas en el conocimiento se parecerán más a un erudito que a un sabio. Un renacimiento de la epistemología humanística sería pues necesario para evitar la… falta de sabiduría en las sociedades tecnlógicamente complejas.

Se paró otra vez y ahora con lápiz sobre una de las hojitas del cuaderno de notas que nunca abandonaba apuntó, como un posible colofón a este discurso de rechazo, una reflexión que le obligaba a recordar que debía terminar afirmando en tono más alto de lo normal que, sin sabiduría, todo el conocimiento, toda su potencia de expandirse e incluso su posible gratuidad serían siempre estériles.

Cerró el ordenador y se puso un abrigo para salir a dar una vuelta.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2191 ~ 12 de enero de 2015 ~ 0 1

Dudas sobre el discurso

academiaA la vuelta de Paris ya no hay distracciones y comienza a internarse en un camino cuyo fin le es desconocido: escribir un discurso en unos 28 días. Pero un discurso muy especial pues sus dos amigos le dicen que , además, de las cortesías de rigor, debe glosar su obra haciendo referencia a la del académico que ha de sustituir. Lo conoce lo suficiente como para que esa obligación no le resultara muy pesada si no fuera por la inanidad de esa su llamada «obra», casi tan poco fértil como la suya propia, se dice entre sonriente y crispado. Es cierto que este discurso le aliviará de la obligación de presentar sus respetos a todos y cada uno de los miembros de número de la Academia XXXX; pero no sabe si escribirlo o no hacerlo, lo que equivaldría a renunciar al honor que ello significa.

Si va a aceptar esa obligación sabe que ha de escribir un discurso en el que de esplendor a esa obra suya que, si bien no es de gran calidad, sí que es abundante especialmente en una época de su vida en la que todo parecía fácil y todo estaba permitido, desde la intromisión en áreas en las que uno no tenía ninguna autoridad, hasta el uso torticero de esos congresos en los que, además de presentar descaradamente esas ideas, uno podía dar rienda suelta a la libido reprimida durante el trabajo intenso dedicado a escribir algo que llamara la atención.
Pero luego está el discurso que él soñaría con escribir, uno en el que expusiera en toda su intensidad el odio a la profesión, la suya propia, que ha acumulado desde hace años por la deriva de ésta en una dirección opuesta a la que él quiso siempre seguir. Pero este es un discurso que no admitiría educación o mesura. Sería más bien como un ladrido de perro rabioso. Y, además tendría que preguntarse por las razones que justificaban, y que siguen haciéndolo, ese deseo malsano de seguir una senda poco transitada.

En su despacho guarda él varios discursos de ingreso en diversas Academias, incluyendo esta XXXX, que le han sido obsequiados por los nuevos miembros, más o manos amigos suyos, y debería examinarlos a fin de hacerse una idea de las dimensiones adecuadas. Esta cuestión es importante porque es posible que tenga tiempo de escribir dos discursos: uno convencional pero que le permitiera sentir el renacimiento en estadio delicado de la vida en el que cree encontrase o bien otro que fuera escandaloso y le ganara el aprecio de los puros y una cierta notoriedad. Claro que este segundo no podría leerlo pues su padrino tendría en su poder el otro y no sabría que contestar. Sería un escándalo , pero este golpe encima de la mesa no deja de atraerle pues sería equivalente a clamar que ellos, vestidos con sus chaqués reglamentarios, no tienen autoridad para juzgarle.

Pero esta duda no es sino la espina dorsal de su vida, desde el colegio hasta hoy mismo. Su propia figura revela esta ambivalencia, una figura encorvada de neardenthal, bajito y cabezón que expresa con claridad esa idea que nunca se ha atrevido a concebir, pero que ahora puede expresar con claridad con claridad: «gracias queridos por ser mis amigos, pero os desprecio por ser tan poco finos en vuestra percepción». Recuerda París y piensa que no sabe si es un Sarkozy con ganas de volver al poder para tratar con los mandarines del mundo o si bien es un Polanski que desea fervientemente dejarse de memeces y decir muy alto que si no me reaceptáis es porque sois unos memos y si vais a seguir siéndolo dejadme en paz. No os pido una segunda oportunidad porque os desprecio.

Decide, y no sabe muy bien porqué, comenzar por el segundo. Seguramente porque es más fácil de escribir. En su subconsciente le hace cosquillas la posibilidad de que todas estas divagaciones no sean sino una disculpa para acabar escribiendo el otro pues siempre podría avisar a sus amigos de que no acepta el presunto honor.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2191 ~ 9 de enero de 2015 ~ 0 1

Et Paris encore

tiroteo_francia_paris_10_efeSe acabó por este año, piensa. Mañana volverán a Bilbao, pero hoy todavía queda un poco de tiempo para deambular por donde siempre y grabar la retina con, por ejemplo, la imagen de esa niña que, dispuesta a comer con su madre en una brasserie, muestra un semblante tan tranquilo y sonriente que se le antoja la imagen de la felicidad, totalmente inconsciente de sí misma y no como dentro de unos años cuando la pobre ya no pueda dejar de mirarse de reojo en todos los escaparates.

Esta mañana ha vuelto a pasar de la Sainte-Chapelle ya harto de intentarlo y encontrarse siempre con una enorme cola de turistas extrañamente dispuestos a entrar dentro del Palacio de Justicia para contemplar un edificio en el que la justicia no pinta nada pues en una capilla santa ha de primar la misericordia. Este fracaso reiterado le baja de las nubes a la tierra y le recuerda que si se afana un poco podría entrar en un sitio cerrado como es la Academia XXXX. Pero su espíritu, tal como revela su actitud de esta mañana, le lleva a no entrar en un lugar en el que se reserva el derecho de admisión como, por ejemplo, un club privado y, desde luego, una Academia. Si no quieren abrirlo al púbico él no va a entrar.

Hace mucho frío pero, hechas ya las cuentas y pagado el hotel, piensan que pueden permitirse un paseíto en taxi. Primero al Trocadero con la estúpida esperanza de ver a Sarkozy alrededor de la casa que habita con Carla Bruni, su mujer actual. No lo consiguen naturalmente y continúan el dispendio dirigiéndose hacia el cafe L´Avenue justamente en la Avenue Motaigne donde Polanski y Seigner tienen su casa, pero tampoco coinciden con ninguno de ellos y, después de un cafecito, se deciden a caminar hasta el Elíseo. Camina él cabizbajo por delante de los escaparates de grandes casas de costura y piensa: «ahí estoy yo, entre un Sarkozy que desaprovechó su oportunidad y un Polanski que ya ha sido suficientemente ignorado». Sarkozy y Polanski, uno quiere renacer y el otro simplemente que le dejen en paz.

Hollande va a salir y hay una multitud de gente que no deja pasar por delante del Elíseo. Considera él la posibilidad de pedir asilo político (?) en la embajada de Colombia casi aneja al Palacio presidencial; pero siguen andando y acaban en Costes, un restaurante superpijo en el que las camareras parecen modelos. La que les toca es uruguaya y le desanima para retirarse allí. Ni Colombia, ni Uruguay. Es como si no controlara su destino y como si se dejara hacer por gente a la que no respeta.

Empieza a hacerse tarde y vuelven al hotel a recoger los trastos y en otro taxi ir hacia el aeropuerto de Charles de Gaulle. Da rabia irse cuando mañana, dice el periódico, el último libro de Houelebecq estará mañana en las librerías haciendo cosquillas a sus poco amados conciudadanos, jugando con la amenaza de un futuro próximo en el que ese Elíseo esté habitado por un político de religión musulmana. El taxi nos lleva por la Avenue de la Chapelle pasando muy cerca del lugar en que mañana unos soldados de Alá van a dar lo que ellos creen su merecido a los caricaturistas del Profeta.

Sus preocupaciones se le antojan ridículas y sin embargo totalmente absorbentes. Desde mañana mismo, piensa, deberá aclararse y dejar de mentirse. No es tarde para entrar en un mundo nuevo lleno de verdades.

Juan Urrutia

Juan Urrutia2191 ~ 25 de enero de 2015 ~ 0 10

BCE

mario_draghi_2330989bEl jueves fue un día grande y el viernes unos cuantos amigos brindamos por Mario Draghi admirando esa capacidad suya de moverse en el enmarañado campo de juego de los intereses europeos que, en esta ocasión ha resultado en la decisión por parte del BCE que se anunció el día anterior y que ha comenzado a poner en práctica la idea de los eurobonos. Esta idea de que, desde hace algo más de siete años años que se inició la Gran Recesión, lo que hay que hacer es generar inflación y mutualizar la deuda mediante la emisión de Eurobonos que permitan compartir el riesgo de un país entrara en bancarrota, se ha llevado a la practica finalmente gracias a las dotes diplomáticas del mandamás del BCE. El enorme tiempo que ha llevado la discusión entre los partidarios de esta idea sencilla y aquellos que creían que estas medidas eran contraproducentes por diversas razones que iban desde la necesidad de tomar medidas estructurales que la inflación podría hacer olvidar o por el azar moral que la solidaridad podría generar entre aquellos países rescatados por todos los demás, ha hecho que Europa comience a actuar. Con demasiada tardanza en mi opinión, pero hay que celebrar que, por fin, lo haya hecho.

En Crónica de una Crisis que acaba más o menos con la subida al poder en España del PP ya se mencionó esta manera de actuar, (por ejemplo aquí) y desde entonces se ha defendido muy a menudo en este blog. La última vez aquí como hace dos meses escasos en un post en el que no se citaba y debía haberse hecho este otro post de Garicano escrito hace dos años. Por fin tenemos una cierta versión parcial de los eurobonos, limitados al 20% del valor de la deuda pública viva que podrá adquirir el BCE, dejando el 80% restante al albur de los bancos centrales nacionales, razón por la que no nos satisface del todo a muchos de nosotros cuando hay no pocas ideas de cómo haberlos implementado de manera más completa; pero que, en cualquier caso, puede generar alguna inflación que devaluará el euro haciendo Europa más competitiva podrá reducir el peso de la deuda viva que siga en manos de los bancos quienes así podrán prestar más sin poner en riesgo su calificación crediticia.

Es posible que nuestra memoria nos lleve a Modigliani y Miller y nos haga dudar de que esta decisión del BCE pueda llegar a ser una solución tal como piensa Fernández Villaverde, pero también debemos recordar las condiciones de su idea de neutralidad o ideas derivadas como para pensar que no es muy evidente que ese famoso teorema sea aplicable del todo.Pero, en cualquier caso, más allá de estas disquisiciones me parece que el jueves pasado asistimos a un hito en la construcción de Europa. Parece mentira que un hombre solo (por así decirlo) pueda tener tanta influencia; pero hemos de recordar que Europa ya ha progresado así en el pasado, empujada por el entusiasmo de unos pocos.

Juan Urrutia2191 ~ 27 de diciembre de 2014 ~ 3 2

El Duverger de ma jeunese

LibrairieAcaba de fallecer Maurice Duverger un autor francés de derecho constitucional general, y de otros temas relacionados, que me empeñé en leer al principio de la carrera en aquel tiempo en el que no me interesaba nada lo que me enseñaban de economía y, en cambio, sentía mucha curiosidad por el derecho político público. Poco a poco fueron cambiando las tornas y, a medida que se especializaba el derecho y la economía se hacía más abstracta, me pasé a esta última. Pero no es esto lo que quiero contar. Lo que me viene a la cabeza son esos viajecitos a Biarritz a aquella librería en la que se podía pedir que te enviaran libros a Bilbao, libros imposibles de encontrar en esta mi ciudad. Una librería que desapareció hace años según creo recordar y pienso que con acierto pues no aparece en esta lista de tres librerías que incluye el kiosko de prensa del gran ciclista Darrigade. Nadie debe pensar que solo íbamos a Biarritz a ver cine bueno prohibido en España o a comprar el Playboy. También íbamos a comprar libros serios que, en mi caso me sirvieron para presentarme como un estudiante brillante cuando en realidad es ya desde aquel entonces que aprendí a sacarles partido a las contraportadas de libros con los que me hago. Olfateo y memorizo la contraportada sin llegar a leerlos y mucho menos estudiarlos.

Juan Urrutia2191 ~ 21 de diciembre de 2014 ~ 0 4

Otro gran primer párrafo

Call-me-IshmaelEl primer párrafo es donde un autor de ficción se la juega de verdad tal como decía hace ya muchos años usando como ejemplo el Call me Ismael de Melville. Siempre he pensado eso y puede que ahí esté la explicación de mi escasa, por no decir nula, producción literaria. Es imposible competir con ese primer párrafo de Moby Dick, o incluso con estos primeros párrafos de los que he escrito aquí (Bolaños) o aquí (Flaubert). Hoy he encontrado otro primer párrafo, en este caso de Jean Echenoz en su librito «Un año», que me ha llamado poderosamente la atención:

Victoire,luego de despertar una mañana de febrero sin recordar nada de la fiesta y encontrar a Félix muerto a su lado, en la cama, hizo su maleta, no sin antes pasar por el banco, y tomó un taxi rumbo a la estación de Montparnasse.

Juan Urrutia2191 ~ 13 de diciembre de 2014 ~ 0 2

Mis adminículos

bilbaobaldosaTengo un buen y querido amigo que dice a quien quiera oírle que me conoció con boina, paraguas y barba. Yo siempre aclaro que se confunde y que nunca he llevado esos tres adminículos juntos. Y es verdad, pero creo que también lo es, y debo confesarlo, que dependiendo del tiempo, a veces sí que llevo tres adminículos curiosos juntos, pues aunque la barba no duró mucho, la que siempre va conmigo es la gabardina, esa prenda que ya solo llevamos los muy mayores pero que, en mi caso, no deja obsoletos ni la boina ni el paraguas. Quizá esto es así pues hubo un tiempo, allí en mi infancia bilbaína, en el que sí que me protegía con boina, paraguas y gabardina en mi camino al colegio. Hacía frío, humedad y una fina lluvia que nunca cesaba de manera que, al acarreo de los libros escolares, debía añadir cada día esas tres defensas contra el mal tiempo. ¡Aquello era vida! Sobre todo por la tarde, después de comer en casa y de asistir a las clases hasta las siete de la tarde. Volver a casa era como una aventura de Salgari. Siempre lloviendo, casi siempre oscuro como una noche casi cerrada y con un frío que la gabardina no podía contrarrestar. Caminaba rápido, con ganas de protegerme, pero sobre todo de disfrutar de las sorpresas que me podrían estar esperando en casa una vez desembarazado del paraguas, la gabardina y la boina. Escribo esto cuando, por fin ha llegado a Madrid lo que la gente llama el mal tiempo, ese que yo asocio a la felicidad en mi Bilbao infantil con un clima que me llevaba allí, y hoy me lleva aquí, a caminar al ritmo exacto de lo que se llama vida, algo entre la nostalgia y el aburrimiento pero siempre presidido por esa todopoderosa esperanza exaltada de las sorpresas que me esperaban al llegar al calor del refugio, esperanza exaltada esta que, pase el tiempo que pase, nunca acaba por apagarse o serenarse.

Juan Urrutia2191 ~ 6 de diciembre de 2014 ~ 0 0

Tximeleta y Wittgenstein

tximeletaSe ha roto la racha y por primera vez en mucho tiempo nuestra venida a Bilbao no ha traído el sol consigo. Hace un tiempo de perros y los yates del Abra apuntan su proa hacia el noroeste evidenciando el que denominamos viento gallego, el que, a diferencia del francés, trae el mal tiempo. Graniza y hace frío y me paseo por nuestra casa renovada tratando de encontrar el sitio adecuado para cada cuadro pues el cambio del entorno exige una renovación de lo que lo enmarca. Pero lo que da forma y sentido a un entorno no son solo los cuadros; también cuentan otros elementos. Como, por ejemplo, las mesitas bajas. La nueva del salón tiene forma de ala de mariposa y debe ser por eso que, tomando la parte por el todo, recibe el nombre comercial de tximeleta. Se me ha ocurrido que cuando llegue el momento de volver a LA para siempre puedo ocupar mis mañanas en escudriñar por donde sopla el viento y colocar la proa de esa mesa tan ligera en dirección al viento que toque. Una forma esta de no distinguir el interior del exterior añadiendo un intento más a esta tarea terca en la que estoy enganchado y que trata de escapar de la prisión del lenguaje siguiendo la estela de Wittgenstein. Quizá algún día pueda decir que yo hablo y que ya no es cierto que el lenguaje me habla. Pero quizá esta tarea pueda ir más allá de lo esperado e invertir los términos. Estoy dispuesto a sugerir en el Ayuntamiento que proporcione boyas adicionales de forma que todos los yates estén amarrados a dos boyas simultáneamente comprometiendo así la dirección de su proa. El viento habrá dejado de ser un fenómeno del exterior y se habrá convertido en una característica identitaria de mi casa cuya tximeleta habrá de ser consultada por los meteorólogos.

Juan Urrutia2191 ~ 3 de diciembre de 2014 ~ 0 3

Adios al lenguaje

La última película de Jean-Luc Godard: un joven de 84 años que se da cuenta de lo que aquí hace tiempo llamé el fin de la heurística y de la concomitante obligación de subvertir el lenguaje para que no caigamos en el engaño de creer que las cosas tienen sentido porque podemos contar historias. En la discusión en la que me enzarcé en ése post Godard habría estado de mi parte y lo muestra ya desde el título de esta película, «Adiós al Lenguaje», de donde sale el título de este post.

A los dos días de disfrutar de la película de Godard escuché con relativa atención una conferencia de Fredric Jameson sobre la globalización y la representación en la que este señor tan serio nos venía a contar que la globalización en la que se habría desarrollado la postmodernidad en el campo cultural era muy difícil de representar en sí y que no daba origen a ninguna forma realmente novedosa de representación de uno u otro tipo que mereciera ser entendida como cultura. En la discusión del post citado hubiera estado en el otro bando junto con Vargas Llosa y tratando de relacionar el «High Frequency Trading» (aunque no pronunció estas palabras) con la falta de sentido de las producciones que pretenden ser cultura y no son sino mercancías en un mundo en el que el capitalismo ya no tiene alternativa. Ambos Godard y Jameson son o han sido marxistas y esta forma de ver el mundo les ha condicionado su discurso. Pero mientras uno ha renunciado a esa representación de las épocas históricas, el otro continúa buceando en esas aguas en busca del sentido de las formas de representación en el siglo XXI. A este crítico de la cultura se le entiende todo, es un profesor frankfurtiano y, por tanto, se entiende también cuando no acierta con su diagnóstico. Al primero, que es un artista, que ha renunciado a entender o a explicar, no se le entiende nada y por eso es mucho más didáctico pues nos enseña que «allá nosotros», una de las pocas cosas que hoy se pueden enseñar sin sentir el ridículo.

Juan Urrutia2191 ~ 27 de noviembre de 2014 ~ 0 0

Señales malas

Malas SeñalesHe pasado unos días retirado bajo el poder de los antibióticos y solo me he enterado de lo que pasa en la calle a través de la televisión o internet cada vez más alejados ambos de las señales que uno capta cuando va y viene del trabajo. Seguramente me picó un bicho en el oído y probablemente fue en el tren. Renfe no es lo que era hasta antes de ayer, el tren estaba sucio, se olvidaron de ofrecerme auriculares y la puerta del servicio no cerraba bien. Unas señales no muy alentadoras respecto a la situación económica por mucho que los medios nos quieran hacer creer que vamos mejor.

Tumbado en mi chaise longue he vuelto a oír al chatarrero original ofrecer sus servicios. Servicios dirigidos hacia los hogares que ya no pueden sostenerse y tienen que vender algo viejo que sea de hierro. Y simultáneamente he notado la desaparición del tapicero que un día también voceó ofreciendo este otro tipo de servicio que parecería más a tono con una recuperación que da alas a la imaginación aplicada a la redecoración de una casa que estaba pidiéndolo a gritos después de unos cuantos años de austeridad. Pero cuando ya he vuelto a salir, más o menos recuperado creo haber notado otras malas señales.

Son malas tanto porque no se trata de señales técnicamente correctas como porque no creo que anuncien nada bueno. No solo he detectado una mayor mendicidad contradiciendo así los signos de recuperación que nos proporcionan las estadísticas macro voceadas por los medios, sino también un incremento notable de la mendicidad vergonzante. Señoras bien ataviadas con abrigos de hace unos años pero que todavía hacen su papel y que se acercan a uno con cortesía y musitan que les ayudes-que tengas piedad. Sigo preparado para mi rumanita a la que todas las mañanas le doy algo aunque sospeche que es parte de una mafia, pero no lo estoy para estas señoras arregladas que dirías acaban de salir de la peluquería. Es como si fueran las últimas víctimas de una contienda bélica y generan la misma especial tristeza por haber recibido la última bala del último disparo antes del armisticio.

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