El Correo de las Indias

Una vida interesante

Grupo Cooperativo de las Indias

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2122 ~ 22 de julio de 2014 ~ 0

Gaztelumendi

Puente roto por un obus- Me alegra volverle a ver en persona

dijo el abuelo en cuanto, precedido por mi madre, recorrió todo el pasillo e hizo su entrada en aquella habitación tan iluminada que amenazaba con cegar a cualquiera que entrara en ella a esa hora del mediodía. A distancia seguíamos Machalen y yo tratando yo de explicarle rápidamente cómo era nuestra casa y especialmente aquella habitación en la que tanto había jugado mientras la costurera hacía vainica o arreglaba un traje a mi madre o mientras la señorita Carmen me leía Salgari con un tono de voz hipnotizador. Para cuando llegamos a la salita todavía mi padre no había acabado de articular su bienvenida

-… es buena señal…

y tomó aire y tragó saliva para continuar

-que no nos hayamos visto en tanto tiempo

Calló falto de resuello pero nadie dijo nada hasta que él pareció acabar su frase

-señal de que no nos necesitaban.

Mi madre organizó los sitios de forma que Machalen y yo estuviéramos bien separados y comenzaron a desfilar las bandejas del aperitivo mientras ella, orgullosa, explicaba al abuelo la valentía de mi padre al luchar contra ese Parkinson que ella no sabía quién era, si el médico que describió un caso o el primer paciente conocido.

- ¿Y cuando empezó esto?

preguntó el abuelo dirigiendo la mirada a mi padre. Desde su butaca levantó éste una mano temblorosa con los cinco dedos extendidos y continuó con su sonrisa beatífica que no hacía sino resaltar la intensidad de su mirada. Mi madre desvió la conversación hacia lo que debería ser en unos instantes la conversación en el comedor al que nos desplazamos inmediatamente empujando yo la silla de ruedas de mi padre que es la que utilizaba al presidir la mesa como cualquier otro día pues nunca dejó de hacer los honores a cualquiera de los que, invitados por mi madre, estuvieran en el comedor un día de fiesta religiosa o de visita o de cumpleaños familiar.

-Bueno, ¿qué planes tenéis vosotros dos?

dijo mi madre dirigiendo su mirada y su pregunta a Machalen responsable sin duda, pensaría ella, de este lío impresentable en el que como dos pipiolos nos habíamos metido ella y yo y que difícilmente podría tener futuro. Aprovechando que Machalen acababa de meterse en la boca un langostino, asumí mi responsabilidad y expliqué cómo nos habíamos conocido en Salzburg y cómo ella me había servido de guía y de hada protectora sin abandonar su severa educación musical y devolviéndome al buen camino cada vez que mi carácter poco firme no se decidía a poner coto a mi molicie.

-Le debo haber terminado a tiempo estos estudios que me han abierto el camino de América. Ahora me toca a mí apoyarle en su camino, durísimo camino que ha elegido para ser fiel a su carácter y dedicarse a ordenar y mandar desde el podio

E hice un gesto de complicidad que es nuestra manera de halagar a la mujer en esta Ciudad. Había preparado el discursito con cierto cuidado y sabía que el tono y la declaración implícita de inmediata separación al día siguiente del concierto impedirían los comentarios críticos de mi madre a este vivir juntos y encima en un pisito de un muy mal barrio.

La conversación esperada no había durado ni siquiera para distraer la atención del primer plato y después de un minuto largo de silencio que la sonrisa de mi padre parecía bendecir, el abuelo, pienso, se sintió obligado a desviar la atención del silencio de Machalen que permanecía callada con la vista en el plato en el que ya no quedaban langostinos. Me había confesado que ella tenía también su discurso preparado pero justamente para la hora del café que yo le había descrito como teniendo lugar en el salón principal solo separado del comedor por una puerta corredera, dos habitaciones amplias que conformaban la parte noble aunque poco luminosa pues los ventanales de estas habitaciones de aquel piso del ensanche más reciente estaban orientadas al norte. Así que el abuelo se vio a sí mismo contando una historia que hasta entonces había permanecido secreta, totalmente secreta.

- No nos habíamos visto desde aquel trabajito que hicimos juntos. Así era la vida en aquellos años en los que ya se cocía la guerra. Pero usted me hizo saber que quería hablar conmigo y quedamos en aquel café francés ya desparecido pero que creo que en su día fue lugar de encuentro de intelectuales de todas las tendencias políticas. No pasaríamos desapercibidos, pero todo el mundo creería que eramos dos viejos amigos, quizá compañeros de colegio, que se reencuentran después de años fuera de la Ciudad.

Se dio cuenta por el silencio de alrededor de que había captado nuestra atención y que tenía que continuar con el relato ya comenzado y al que mi padre no parecía poner traba alguna.

- Así que, como recordará, deslizamos de vez en cuando alguna parrafada o brindis en alemán o en inglés para dárnoslas de viajados. Pero la finalidad de aquel encuentro era, desde luego, la de recomendar a uno de sus colaboradores en el astillero y en otras tareas menos públicas, como posible futuro yerno mío pues llevaba meses tonteando con mi hija Magdalena sorteando el trabajo de carabina de mi mujer, la primera Magdalena, quien entre todas sus muchas habilidades y virtudes que, por cierto me hicieron muy feliz, no se encontraba precisamente la de la espiar discretamente sin ser vista.

Hizo un silencio ciertamente teatral dirigido a transmitir su pena por el fallecimiento bastante reciente de la que fue su esposa y la madre de Machalen y a la que nunca olvidaría, según dijo. Y continuó.

- Pero sin decirnos nada convinimos, con miradas y gestos, que aquel lugar parecía seguro para otros tipos de conversación una vez explicada por su parte-señaló a mi padre y éste le devolvió su sonrisa perenne ensanchada si cupiera- la actividad clandestina que llevabais a cabo después de que sonara la sirena de salida. No podía vetar a este valiente que seguía luchando por los que habían sido los ideales de los que perdimos la guerra y, además tan pronto, aquí en esta nuestra Ciudad. Pero había encontrado un amigo y se me ocurrió una idea alocada que solo alguien como usted hubiera podido entender.

Se notaba que era no solo un músico sino también un artista de la escena pues hasta yo, ajeno por completo a la historia que estaba a punto de hacer su entrada, tensé un poco las manos. Pero como una trompeta sonó la voz de mi padre recién tragado el último trocito de solomillo que mi madre le había dado a la boca:

-¡El cinturón!

Y comenzó a reir a carcajadas, una expansión ésta que ni su enfermedad fue capaz de robarle nunca.

-Sí, el cinturón de hierro

corroboró el abuelo y continuó desgranando esa historia secreta.

-Yo, como nacionalista, colaboraba en una especie de club informal de presuntos intelectuales a los que queríamos asociar al recién formado gobierno vasco. Allí nos encontrábamos gentes de todas las profesiones en proporciones que revelaban las tendencias de la Ciudad. Muchos ingenieros, un solo músico, dos o tres artistas y varios curas disfrazados de filósofos. Entre los ingenieros estaba aquel extraño Goicoechea que trabajaba para el tren de La Robla y que quería llevar a cabo obras de ingeniería para defender la Ciudad, invicta hasta entonces, del poder del ejército sublevado que, desde Navarra avanzaba hacia esta Ciudad nuestra que no podía creer que el peligro fuera inmediato.

Se me pasó por la cabeza que era una pena que mi padre no tuviera energía como para haber introducido el tema del Sitio de Bilbao casi cien años antes aprovechando la mención a la naturaleza de invicta que tenía la ciudad por haber resistido el cerco de las hordas carlistas. Incluso tuve la tentación de sustituirle y contar yo las anécdotas que tantas veces le había escuchado relatar con emoción pues él a su vez se las había oído contar a su padre. Pero ciertamente no era el momento pues el abuelo estaba lanzado. Continuó:

- El nombre de su proyecto, ese que usted recuerda tan bien, era una concesión que este ingeniero militar hacía al carácter minero de la Ciudad a la que estaba dispuesto a traicionar desde el principio aunque nos engañó con facilidad. A mí totalmente pues el nombre era el mismo que el del círculo de metal con el que se mantiene tenso el parche de piel de vaca imprescindible del timbal y que se ajusta más o menos en diversos puntos que varían según el tono acústico que el director quiere lograr bien porque cree que es el que el compositor tenía en su oído o bien porque es el que él quiere destacar aun en contra de la fidelidad, ¿no es cierto Machalen?

Era una pregunta que no necesitaba respuesta y nadie la pidió esperando, con la mirada fija en este músico ya mayor, a que la historia siguiera su curso.

- Goicoechea tenía en su cabeza sus conocimientos ingenieriles sobre las defensas francesas en la primera guerra mundial, pero mucho me temía yo que no tuviera en cuenta las peculiaridades de la ubicación de la Ciudad rodeada de montes desde luego, pero también con enormes diferencias entre unos puntos u otros en lo que concierne a la endeblez de sus posibles defensas. Les parecerá raro, pero yo pensé que ahí teníamos algo que decir los timbalistas pues nadie sabía mejor que nosotros que el tono general dependía de la graduación exacta de la presión que el cinturón de hierro ejerciera sobre un punto u otro. Yo no sabía leer los planos de Goicoechea y sus ayudantes, pero había en la ciudad amigos nuestros que podían hacerlo y entender mi conjetura militar sacada de mi formación musical.

Y ¿ahora qué? parecían preguntar las caras boquiabietas de los comensales que dejaban derretirse el helado en su pequeño bowl de porcelana.

-Yo conocía la pertenencia de usted a uno de nuestros círculos de confianza y no dudé ni un minuto en proponerle, a través justamente del que acabó siendo mi yerno, en parte gracias a usted, que colaborara desde el taller de calderería que usted dirigía en el astillero, a la calibración de los distintos puntos de los bordes de la ciudad para hacer de ese timbal que era la Ciudad una fortaleza inexpugnable. El problema no era el armamento o el cemento para los bunkers o los nidos de ametralladoras, ni siquiera el diseño de la dirección de las trincheras. El problema era conseguir que las tropas invasoras tuvieran que dispersarse alrededor de un círculo de gran radio que permitiera las operaciones de defensa puntuales y rápidas por parte de aquellas guerrillas con tan poca disciplina como pequeña era su homogeneidad ideológica. Teníamos que examinar cada uno de los puntos claves para afinar el timbal y aquella tarde usted y yo decidimos que usted comenzaría examinando los planos de un emplazamiento determinado y aplicaría sus conocimientos de calderería para calcular, de acuerdo con el reverbero del sonido de un calderín fabricado ad-hoc, la aportación de ese emplazamiento en la defensa general. No me acuerdo ahora mismo de cuales fueron los planos que mi futuro yerno le llevó al astillero.

Y se quedó pensativo como si hubiera terminado su perorata; pero mi padre pronunció con un tono inusitadamente firme:

- ¡Gaztelubide!

Fue como la señal para que nos levantáramos de mesa y pasáramos al salón a través de aquella puerta corredera, mi padre el último en su silla de ruedas empujada por mí. Mientras mi madre servía el café me fijé que Machalen quería contar algo. Esperaba yo que no fuera el discurso que traía preparado cuyas líneas generales me había descrito. En efecto, no trató de quedar bien quitando intensidad a nuestra relación. Sacó su mejor sonrisa y nos sorprendió con el anuncio del programa del concierto, todo él con mucho ruido de timbales. Le parecía, nos confió, que el abuelo podría todavía hacer sitio a mis padres en el palco principal pues al fin y al cabo era el homenajeado ese día por su aportación al mantenimiento de la afición musical y a la renovación de la orquesta local.

-Eso está hecho y tu, Jon, puedes quedarte entre bambalinas, así que nos vemos otra vez en seguida pero antes he de terminar mi historia confesando que nunca confié en aquel ingeniero que seguramente fue el responsable de que los cálculos de usted se filtraran a las tropas de Mola.

Mi padre dejó de sonreír y cayó como en una especie de atontamiento que, por evidente, aceleró las despedidas y los agradecimientos. Yo acompañe a Machalen y su abuelo hasta la casa de éste y después nos dirigimos ambos hacia el pisito de barrio mal que acababa de encontrar su sitio en la historia de la Ciudad. Caminamos despacio, dando muchos rodeos y en silencio.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2122 ~ 18 de julio de 2014 ~ 0

Paseo por las cercanías del Conservatorio

NOTA:
El texto que se ofrece a continuación debería haber sido subido al blog con anterioridad al publicado hace dos días y después de este otro que se publica hoy a continuación.

muneca_mariquita_perezDespertamos muy tarde, cada uno guardando el secreto de sus sueños, y no era cosa de acudir a casa de su abuelo ni a la de mis padres con un preaviso tan corto. Así que en un cierto silencio nos adecentamos y nos lanzamos a la calle a la búsqueda de la tienda, o más bien confitería o pastelería de la que tanto habíamos hablado en Salzburgo, la que vendía polvorones de Felipe Segundo y que parecía que los hacía allí mismo, aunque es difícil de entender que ese nombre hubiera sido impuesto por un habitante de esta Ciudad.

- Deberíamos comer algo antes, Jon

- No tengo ni un duro Machalen

- Pero yo sí, el abuelo me dio algo de tapadillo ayer antes de venir al piso.

- Espero que mañana podré sacar algo a mis padres, pero hoy o te exploto o muero de apetito.

Pensé muy rápidamente en usar «apetito» y no «hambre» como una especie de anuncio de la educación recibida y que yo tardaba en olvidar, a pesar de los esfuerzos que hacía para ser yo mismo borrando todas las huellas de mi más que reciente pasado, como aquellos indios de las novelas del oeste que, en su huida, se ajustaban un cinturón del que salía como una escoba que quizá borraría sus huellas, pero que nunca entendí cómo no era una señal obvia de que por allí había pasado alguien que se sabía perseguido. Sopesé comentar este recuerdo con Machalen pero ni siquiera algo tan trivial me parecía suficiente como para cortar con la tristeza de la noche pasada que estaba seguro compartíamos. Era el comienzo de nuestra despedida y debía ser suave, ya que no alegre. Quizá era el momento de separarse, quien sabe si para siempre, sin resentimientos de ningún tipo.

- Acerquémonos hacia Correos a ver si ha llegado mi cheque de la beca. Me lo prometieron para mañana pero quizá se haya adelantado y esté ya en este número de dirección postal que tengo apuntado en esa agendita que tanta gracia te hace. Me pregunto qué ocurre cuando algo como eso se pierde ¿qué hace Correos? ¿Pide conformidad al remitente o exige un nuevo envío previo a la devolución?

- Nunca en un año y casi medio hemos tenido esta clase de conversación distendida, ¿te das cuenta? Debe ser que sentir la Ciudad alrededor nos da espontaneidad y no necesitamos hacernos pasar por personas enredadas sin remedio en sus manías propias de su imagen ante sí mismas.

- Algo así estaba pensando yo.

Y sonreí mirándole a los ojos de refilón.

- Aunque me ha venido a la cabeza algo que quiero contarte antes de separarnos dentro de dos días. No quiero irme a América, a la costa oeste, sin decirte que me lo pasé fatal aquella noche que fuimos a despedir a tu amigo fagotista a la estación y me pediste que te dejara sola en el camino hacia el andén. Era natural, pensé, pero me sentí desplazado, y mi malestar se fue acrecentando a medida que pasaba el tiempo y tu no aparecías de nuevo delante de mis ojos. No sabía yo la hora de salida de su tren hacia Viena y, por otro lado, ese americano de nombre sonoro, Tyan, me caía bien y le admiraba por su destreza en la natación. Siempre me dejabais atrás en la piscina a pesar de mis esfuerzos, era mucho más alto que yo y mucho más guapo.

- No fue para tanto, Jon. Y luego te recuerdo que pasamos el resto de la noche sentados en un banco de la estación, primero muy tiesos y luego con mi cabeza en tu regazo. Recuerdo que pensé que debería haber sido al revés, y que yo hubiera debido consolarte, aunque no se de qué. Pero superé mis reflejos de madre y te usé como me dio la gana.

- Ya sabes que no me pareció suficiente, pero los días siguientes recuperamos, al menos aparentemente, nuestra complicidad, y eso me fue suficiente. Bueno quería que lo supieras.

- ¿Que supiera qué, Jon? Si es que te sentiste postergado un poco, ya sabes que lo sé, y para que no haya malos entendidos, déjame ser yo también sincera y confesarte que lo hice un poco a posta para que nuestra separación posterior no fuera tan dura una vez que ya teníamos quejas mutuas.

- Supongo que te refieres a mi obvia atracción por tu amiga danesa, tan rubita y tan a mi medida con aquellos conjuntitos de lana tan confortable, aparentemente al menos.

- ¡Ah! Así que no llegaste a saber si se estaba calentito dentro de ellos -dijo Machalen en un tono tan alegre y distendido que no cabía sino entregarnos a la contemplación de nuestra Ciudad de la que tanto habíamos hablado en nuestros paseos pasados en Salzburgo.

Llegamos a la pastelería de los polvorones, renunciamos a ellos en un gesto de ruptura en el planteamiento del día, y continuamos por una calle alta que transcurría paralela a la calle grande y que nos acercaría hacia el Conservatorio donde ella había pasado sus años de estudiante de música y en donde el abuelo daba sus clases después de algunos años apartado de su plaza. Quería yo encontrar puntos de contacto posibles, pero no parecía que esta operación fuera a ser fácil. Quizá, pensé, la aproximación al Instituto podría ser una buena táctica, pues me permitiría recordar con ella alguna de mis aventuras infantiles, y en cualquier caso estaba cerca del edificio de Correos cuya sola presencia nos avisaba a ambos que nos quedaban pocos días juntos, pues yo mañana ya tendría mi billete de avión y lo tomaría llegara o no el cheque mensual para los gastos de bolsillo que la beca incluía. Así que forcé un poquito un cruce no necesario.

- Nunca venía por aquí, siempre seguía recta hasta la Diputación.

- Pues te perdiste algo bueno, Machalen. Aquí habían buenos profesores de verdad y el edificio era espléndido. Yo he jugado al baloncesto en su patio y más tarde acudía a menudo a conferencias bien interesantes.

- ¡Tú al baloncesto! -dijo riendo con alegría, y no tuve más remedio que acompañarle, pues no soy precisamente un gigante.

- Era un niño de doce años y ni siquiera tenía todavía pantalón largo. Había pegado el estirón antes que los demás compañeros del colegio y durante un año fui el primero en la fila de entrada a clase ordenada por alturas. Así que formé parte del equipo de baloncesto de mi curso. Bueno, he de confesar que nunca me encontré a gusto en este deporte, pero me permitió jugar parte del campeonato infantil en las canchas del Insti, como le llamábamos entonces. Sí, cuando nos enfrentábamos al equipo propio del Insti o cuando lo hacíamos frente a equipos que no contaban con campos de deportes propios y usaban estas instalaciones públicas.

- Pues a esa edad yo ya estaba muy metida en el aprendizaje del violín, además de seguir formalmente la carrera de piano, que era una de mis dos fuentes de cultura general no musical. El abuelo me obligaba a escuchar todas las noches la clase que me soltaba sobre lengua y matemáticas, y luego me interrogaba acerca de las clases del conservatorio, sobre historia de la música, o sobre composición. Ya a los 9 años había compuesto una piececita para piano que duraba unos siete minutos y que pareció gustar al abuelo.

- No me lo tomes a mal, Machalen, pero cuando te oigo estas cosas me das pena y siento tristeza, pues ahora entiendo que todo lo que me contaste anoche te privó de una infancia alegre y de amigas con las que aprender todas las cosas que en ningún lado se enseñan.

- Preferiría que nunca volviéramos sobre lo de anoche…

- Desde luego, si así lo quieres, pero es que durante años y años hemos estado a punto de cruzarnos y algo como el destino lo ha impedido de una forma cruel, pues si un día cualquiera tú o yo nos hubiéramos desviado del camino trazado es muy posible que nos hubiéramos topado de frente.

Sonrió y cambiando de tono continuó…

- … a veces cuando las actividades secretas del abuelo no le permitían venir a recogerme me desviaba del camino establecido, y haciendo una trampa me desviaba aquí mismo y en solo unos pasos me quedaba absorta ante el escaparate de Mariquita Pérez. Supongo que sigue ahí.

Y cogiéndome de un brazo me obligó a tomar a la izquierda. Su sonrisa ensimismada se reflejaba en el escaparate de la tienda de esa muñeca y como en éxtasis musitó:

- Era milagroso que cada día de mi cumpleaños y durante muchos años recibí la nueva mariquita como si mi abuelo hubiera leído mi pensamiento. Están todas guardadas en un desván bien amplio encima del piso. No están empaquetadas, sino que rodean el viejo piano vertical con el que practicaba todos los días, especialmente los de fiesta. Estaba entonces en el mirador que durante años ocuparon los timbales, con la diferencia de que yo tocaba con las persianas subidas.

Entramos sin consultarnos el uno al otro en una especie de cafetería rara al lado de la tienda de muñecas, y después de descubrir que ya habíamos recuperado el apetito, nos forramos a salchichas con choucrout como homenaje a ese mundo que había sido el nuestro hasta hacía dos días.

- Vayamos ahora a echar la siesta Jon, y así nos acostumbramos a vernos solo después de comer, pues todos estos días que nos quedan aquí antes de que tomes ese avión yo tengo que ensayar con la orquesta. Me tiene que salir muy bien pues es el concierto que también te despedirá a ti, aunque es realmente el homenaje que la orquesta de la ciudad, y en realidad toda la Ciudad, rinde a este músico desconocido que sacrificó su carrera a la formación de su nieta y guardó los timbales de la orquesta de antes de la guerra en un sitio u otro, primero en casa de su hija y su yerno, y más tarde, con el ambiente menos tenso, en su propia casa.

- Jawohl! -contesté con la boca llena del último trocito de salchicha- pero un día me tienes que enseñar el Conservatorio por dentro.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2122 ~ 16 de julio de 2014 ~ 1

Recuerdos y Descubrimientos

Puente DeustoMe levanté con ella y sentí una sensación extraña cuando comencé a abrir la persiana del mirador y atisbé enfrente al gobierno militar. Quedé paralizado hasta que me di cuenta de que ya no había que ocultar timbal alguno en aquella casa camino del monte. La abrí del todo y dejé entrar esa luz tibia que a veces ilumina las horas tempranas de la Ciudad. Es lo que Machalen podía esperar para estos pocos días de ensayo que le habían concedido para que pudiera participar de ese concierto con el que se conmemoraba un cierto aniversario del abuelo, y sobre todo la nueva época de la Sinfónica que finalmente podría salir de pobre y explotar menos a sus socios y admitir a cualquiera que pagara una entrada razonable. Creo que casi nadie sabía que era el primer concierto de Machalen, y era mejor así, pues tampoco todo el mundo en la Ciudad estaba muy conforme con la decisión del Patronato de la Sociedad Sinfónica de darle un homenaje a alguien como el abuelo que nunca se había avenido a reconocer con un gesto que todo había cambiado ya.

Me llamó la atención que a pesar de que el abuelo vivía en el mejor sitio de la Ciudad, la distancia desde su casa al teatro no era mucho más corta que la que había entre este piso en el que pasábamos nuestras últimas noches juntos y ese teatro al que se tenía que dirigir Machalen para ensayar el programa que había seleccionado para el homenaje a su abuelo. Le acompañé a paso ligero y sin darle conversación, pues no me habría oído, pues estaba totalmente concentrada en la música que, pensaba yo, le bullía en la cabeza. Después de dejarla en su camerino, decidí dejar para el día siguiente lo de ir a Correos, y me incliné por bajar hasta la vecina ría e irme poniendo en situación a lo largo de un paseo por el muelle cruzándola ahí mismo, cerca del teatro, y volviéndola a cruzar por el puente de Deusto hasta llegar al parque de doña Casilda. Un lugar exquisitamente diseñado en el que había yo crecido hasta que comencé el colegio a una edad ridículamente tardía que, mira por donde, me había permitido aprender hasta quebrados con una profesora particular, escuchar a Salgari en la suave voz de mi señorita de compañía y todavía, antes de mudarnos a la margen izquierda, jugar en el parque como casi el único chico en medio de un grupo de chicas un poco mayores que yo que me jaleaban proporcionándome algo parecido a la felicidad.

Tenía tiempo de sobra antes de ir a comer a casa de mis padres, en donde habíamos quedado Machalen y yo, y en donde estaba seguro de que mi madre habría hecho preparar una comida exquisita que le diera pie a enterarse de lo que había entre esa directora de orquesta y yo, habida cuenta de que yo me iba a las américas, como ella decía, revelando su ascendencia indiana. Así que me demoré escuchando el rumor de la subida de la marea y el ruido de los barcos plataneros que atracaban enfrente de esa universidad privada de la que había escapado para ir a Salzburgo. Ahora lo veía claro: ¿cómo no intentar largarme si durante años me había distraído en clase observando las maniobras de atraque y desatraque de buques con matrícula de ultramar, o eso pensaba yo, de las islas Canarias por muy españolas que fueran? Cruzar a estas horas de mediodía el puente de Deusto en sentido inverso al camino que seguí puntualmente cada mañana desde la casa de mis padres hasta el aula, también despertó en mí recuerdos de aquellas paradas obligatorias cuando el puente se levantaba para dejar pasar esos buques cargados ahora de hierro, que aprovechaban la bajada de marea para facilitar la maniobra de los remolcadores, uno en la proa y otro en la popa.

Pero esos eran recuerdos de casi ayer, cuando lo que yo perseguía esa mañana, que seguía la alegre conversación que el día anterior ella y yo habíamos tenido por la parte del Instituto y el Conservatorio, era rememorar la niñez y la sensación de libertad que tuve o que creí tener a pesar de todos los cuidados entonces comunes en una familia del ensanche. Una libertad ficticia, naturalmente, pues jamás tuve permiso para bajar a la parte que llamábamos «los patos», o jugar al escondite en la Pérgola. Eran estos los lugares más meticulosamente cuidados, pero el desnivel del terreno me hubiera alejado de la visión de águila de mi cuidadora. Ya era hora de que yo por mí mismo echara un vistazo a esos lugares aparentemente prohibidos, pero que desde hace años yo creía percibir como inofensivos.

Y, sin embargo, las frescas corrientes de agua y el remanso del estanque no podían ocultar una extraña sensación de peligro localizado en una especie de enorme nido de pavos reales inaccesible en medio del estanque. Allí sin duda estaba el peligro, en esos bichos que además de pavonearse podían sacarte los ojos ante cualquier gesto que ellos interpretaran como agresivo. Una especie de aviso sobre la inseguridad que daban aquellos hombres desempleados o ya jubilados que paseaban por los arcos de la pérgola, disfrutando de esa joya tan cercana a los astilleros donde mi padre había trabajado toda su vida y con los que, sin duda, estos hombres aviesos podrían haber estado relacionados.

Tenía tiempo, así que tomé asiento en uno de estos bancos prohibidos y dejé volar el recuerdo y mi autorreflexión. Me iba de la Ciudad y lo hacía sin haber llegado a saber nunca el por qué de muchas de las reglas de conducta cuyo cumplimiento riguroso, sin preguntarme nunca por su razón de ser, están en el fondo de mi carácter alegre y abierto a todas las posibilidades que la vida me ha ido trayendo hasta ahora. Y la vida ha sido pródiga conmigo en muchos sentidos especialmente en el de las mujeres. Siempre he vivido entre ellas, y eso me hace ser un chico aparentemente muy poco lanzado a la búsqueda del sexo, pues puedo muy bien pasear y charlar con ellas sin que parezca que voy a lo mismo que, como dicen, vamos todos los hombres. Esto les debe dar mucha tranquilidad, porque finalmente todas caen en mis brazos, en mis redes pensé, pero no hubiera sido cierto porque no les tiendo trampas, sino que puedo bailarles el agua como hacen ellas entre ellas.

Camino ya de casa de mis padres para estar allí antes de que llegara Machalen, recordé una de estas amigas con la que pasé muchas horas sentado en ese bar del parque, en el que, además, se alquilaban bicicletas y al que sí estaba permitido acercarse e incluso alquilar una bici con la paga. Me encontré con ella muchas veces por la calle y siempre me recordó por el corte de pelo y desde luego por el conjunto de lana o algodón, sin duda adquirido en Biarritz, a aquella danesa que entretenía mis momentos de ocio a ese lado de aquella frontera que durante mucho tiempo nos separó a Machalen y a mí en aquella extraña ciudad de chocolate. Un día me atreví a pararle y se lo dije de sopetón frente a una barra de bar donde habíamos coincidido las dos pandillitas, la suya y la mía. Resultó que este atrevimiento mío juntó ambas pandillitas y se formó un grupo mixto de gente del ensanche que nunca han perdido el contacto. Caminando ya hacia el cercano portal de la casa de mis padres pensé que igual estaría bien contactar a alguno de ellos a pesar de que, seguramente, cada uno y cada una estaban en sus lugares de veraneo. Pero podría probar para despedirme de alguien y dejar así un ancla en esta Ciudad a la que, en ese momento, no sabía si volvería nunca. Ya lo pensaría mejor. Ahora tenía que abrazar a mis padres que debían sentirse solos sin ningún hijo en casa.

Mi madre abrió la puerta contrariamente a su costumbre, y después de achucharme a gusto, pasamos a la salita en la que mi padre solía pasar el día sentado en su sillón de ruedas y rodeado de sus cada vez más escasos entretenimientos. Esta vez el achuchón partió de mí, y mientras él, trataba de apretarme contra sí, me dijo haciendo un esfuerzo que solo llegó a susurro:

-Yo conocí al padre de Machalen.

Desde que mi padre dijo con su voz temblorosa que conocía o había conocido al padre de Machalen y yo conseguí procesar esa información, las cosas se sucedieron con rapidez. Yo llamé por teléfono a Machalen y por suerte la encontré todavía en el camerino. Se disculpó por la tardanza, pero mentí alegrándome de encontrarla, pues había sucedido un pequeño accidente con mi padre, se había atragantado con el hueso de una aceituna y tenía que llevarle al médico con cierta urgencia. Le sugerí que visitara a su abuelo, cuya casa le caía muy cerca del teatro, y añadí que trataría de posponer la comida para el día siguiente. Mi madre, por su parte, y una vez entendido que mi padre me quería hablar, llamó a una de sus amigas íntimas y se largó posiblemente para dejar que padre e hijo pudieran hablar con más confianza de algo que ella ya sabía y que no quería recordar.

Así que me quedé a solas con mi padre, el hombre de las sentencias definitivas que no solo parecía dispuesto a hacer un esfuerzo para lograr articular palabras sino que parecía querer hablar en el sentido menos corriente y más policial de desembuchar algo que había mantenido oculto. Comimos juntos y degustamos el buen menú que mi madre había hecho preparar para la ocasión. No estoy seguro de haber captado todos los matices que él parecía querer introducir dadas las toses y los atragantamientos, inevitables a pesar de mi dosificación precisa de lo que le ponía en la boca y de mis consejos continuos para que comiera tan lentamente como quisiera, pero sí que me enteré de lo importante. Mi padre y no pocos obreros del astillero habían constituído a partir de la caída de Bilbao una especie de grupito clandestino para la circulación de noticias de la guerra mientras ésta duró, y más tarde para el seguimiento de lo que ocurría al gobierno vasco en el exilio y su postura en la guerra mundial ayudando a los aliados mediante la utilización del idioma autóctono, cuya presencia en la calle disminuía a pasos agigantados, pues, o bien era considerado como de pobres por los señoritos, o bien podía ser razón suficiente para caer bajo la lupa de los comisarios políticos del momento.

Pero resultaba que no solo trataban de mantener viva la conciencia de quiénes eran ellos y aquellos a los que habían perdido de vista por el exilio, sino que pretendían organizar pequeñas acciones generalmente dirigidas a librar a gente afín de trampas que los nuevos mandamases tendían continuamente o de situaciones que les podían llevar a ser castigados, si bien no con el calabozo, muy posiblemente sí con el aislamiento social. El padre de Machalen era miembro de ese grupito no muy numeroso pero compacto y transversal socialmente, pues había tanto arquitectos navales como mi padre hasta obreros sin educación formal alguna y gente como el padre de Machalen, cuya profesión técnica, no necesariamente sostenida por titulación alguna, les hacía imprescindibles para el taller de calderería en el que trabajaba también mi padre y que, a pesar de su nombre que suena a oficio de gitano, era crucial para que el trasto del casco, fácil de construir, vogara sin peligro y complementara el timón para las viradas bruscas típicas de los amarres en días de galerna. Su posición en el grupito clandestino era la misma que en los talleres de calderería, sin él nada se hubiera hecho. Pero en este grupito no había nadie que le frenara sus iniciativas, y utilizaba utensilios o productos semiterminados del astillero para incursiones nocturnas en aventuras arriesgadas, como podrían ser meter gente exilada en la Ciudad o sacar a gente oculta para reunirla con su familia ya huida desde antes de la entrada de las tropas nacionales en la Ciudad.

Esta historia que, por la razón que sea, no me sorprendía tanto y que es relativamente simple, nos llevó toda la comida, incluida la tarta de limón que en casa salía tan bien y de la que mi madre estaba realmente orgullosa. El traslado de mi padre del comedor a la salita era fácil, pero su instalación en su sillón preferido en esa salita en la que esa tarde temprana brillaba al sol, llevaba su tiempo y exigía un esfuerzo por parte de mi padre parkinsoniano ya cercano a sus setenta años que aceleraba su ritmo cardíaco, y que tardaba en volver a su cadencia normal. Yo me aprestaba a echarme una siestita hojeando el periódico, pero mi padre no había terminado el cuento que hoy quería hacerme heredar. Ese hombre valiente, que además era muy guapo, había caído rendido ante la belleza gentil de una tal Magdalena con la que los clandestinos le tomaron el pelo durante meses y meses. Y entre bromas y veras y entre simples misiones sin peligro alguno y otras cada día más arriesgadas, resultó que Magdalena quedó preñada, y el padre de ese bebé que resultaría ser esa chica que yo les quería presentar y de la que les había hablado en mis cartas del último año, se volvió un poco loco e intensificó sus acciones audaces.

-Tu casi llegaste a conocerle aquella noche en la que a bordo de un remolcador propiedad del astillero conseguimos enderezar un pesquero.

Hice un esfuerzo de memoria y se me representó la escena aquella en la que había conocido a aparentes amigos de mi padre que, ahora pensaba, podrían ser parte de aquel grupito en el que me era dificil imaginar a este padre al que este relato parecía haber liberado un poco de su parkinson. Con la luz del sol en la cara continuó balbuceando que el que acabó siendo el padre de Machalen estaba en las rocas esperando a que el pesquero en el que habían sacado a unos cuantos hasta un buque de carga de matrícula de Panamá, volviera a poder ser utilizado para llevarlo de vuelta al astillero antes que sonara la bocina que llamaba al trabajo a los obreros del primer turno.

Mi padre debía de ser como el viejo mago de esta bendita banda, pues a los pocos días aquel joven no solo inconsciente sino también valiente, pidió a mi padre que le escuchara y le ayudara si le parecía bien a hacerse perdonar por el padre de Magdalena. Se le alegraba la cara a mi padre a medida que continuaba con su relato a trancas y barrancas y me descubría, para mi sorpresa, que en esta misión también había sabido del abuelo de Machalen. Era alguien bien conocido en la Ciudad, pues era profesor del Conservatorio y un músico crucial en la Orquesta Sinfónica, un músico que había estudiado percusión en Alemania. Quizá por eso fue siempre considerado como políticamente cercano al régimen de España y al eje en el conflicto europeo. De ahí la sorpresa que se llevó mi padre al ver facilitada su misión por la seña inconfundible de los perdedores que aquel músico le dedicó cuando quedaron en un café elegante de nombre francés de la calle grande de la Ciudad para hablar del futuro de aquellos jóvenes, por cierto llamados a mantener la llama encendida.

Le conté lo que había aprendido la noche anterior y su semblante se oscureció un poco al enterarse del destino cruel de aquella pareja. Recuperó una cierta sonrisa cuando le propuse convencer a mi madre de que renovara la invitación para mañana y la extendiera al abuelo que podría venir desde el teatro acompañando a su nieta.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2122 ~ 10 de julio de 2014 ~ 0

La noche de mi desencanto

Pagasarri en otoñoMis padres no sabían que yo ya había llegado a la Ciudad, pues me pareció más sensato mantenerles en la ignorancia hasta que Machalen accediera a conocerles y yo tuviera una bonita historia que contar acerca de mi emparejamiento, nada formal, con una futura directora de orquesta, cuando estaba a punto de marcharme a América a no sabía yo muy bien qué. Así que le acompañé en su fumar compulsivo que parecía hacerle revivir sus recuerdos asociados a aquel piso en la calle que conducía al monte, al que llegaban los cánticos populares con los que yo hacía rabiar a esta música tan seria que no podía resistir no solo mi mal oído sino también que nunca recordara la letra entera: «… subirás en aeroplano, bajarás en goitibera…»

Permanecí, pues, callado, y escuché atentamente su apenas audible voz que fue recitando, ignorando mi presencia, sus recuerdos vividos o contados por el abuelo:

…nada sé de cuando mis padres todavía vivían, tengo recuerdos vagos, muy vagos, de la suavidad de la piel de mi madre y de la seguridad que sentía cuando mi padre me tomaba en sus brazos… sí, lo vuelvo a sentir cuando lo evoco… pero recordar, recordar, no recuerdo nada de sus caras, ni tampoco de cómo o por qué nos veo a los tres en casa del abuelo, esa que tú conociste ayer, esa en la que todos hubiésemos cabido, pero en la que ni mis padres ni yo vivíamos de manera regular. Nunca me ha contado nada el abuelo, pero me imagino que fue su yerno, mi padre, el que se negó a vivir con él en una parte noble de la ciudad y se empeñó en vivir con su mujer, mi madre, en un pisito, este en el que estamos, que podía pagar con su sueldo de trabajador de astilleros, magro pero seguro, o eso es lo que él creía hasta que la guerra estalló, la Ciudad cayó en manos de los rebeldes y él eligió ser fiel a su origen… y a sus amigos, esa clase de fidelidad que mi madre admiraba y supongo amaba.

Se sacudió la ceniza que había ido cayendo sobre la colcha y que yo vigilaba para que nada ardiera y para que tampoco se cerrara la fuente de sus recuerdos, una fuente cuyo grifo nunca se abrió allí en Austria durante más de un año. Nunca le había sentido tan desvalida y casi se me saltaban las lágrimas, sobre todo cuando se arrebujó contra mi pecho, suspiró, cerró los ojos y pareció caer en un sueño ligero. No podía moverme y se me disparó la imaginación ante el pulso entre dos hombres fuertes, ambos de un mismo bando en la contienda, pero muy distintos en sus ideas básicas: Un vago independentismo silencioso compatible con cierta mojigatería quizá solo aparente en el hombre mayor, y un izquierdismo anarcoide en el hombre joven.

Nunca sabré si es la fe la que te hace seguir un camino o es el camino que quieres seguir el que fuerza la fe que te mantiene en él. En mi caso, pensé sin atreverme a mover el brazo que se me estaba quedando dormido, y a solo unos días de tomar el avión para LA, no sé si es el deseo de desaparecer de un país carcelario el que me hacía disfrazarme de joven intelectual deseoso de expandir sus conocimientos, o si era este deseo el que me forzaba a emigrar a algún sitio donde el pensamiento no solo fuera libre sino que también premiara las ideas novedosas y a poder ser sacrílegas. No, no me entendía a mí mismo, pero ni siquiera este extraño amor imposible de calibrar me obligaría a quedarme en este mundo del que quería huir. No me largaría para siempre, pero me largaría. En ese momento deseaba con todas mis fuerzas querer a Machalen y hacerme querer por ella, aunque bien sabía que nada de lo que yo hiciera le llevaría a ella a salirse de su camino hacia el podio de directora de orquesta a donde le había dirigido ese abuelo amoroso y terco que nunca dejó traslucir delante de su hija las dudas que le suscitaba su yerno, un hombre cabal sin duda, pero lleno de fantasías juveniles que hubiera tenido que ir abandonando desde que nació su niña. Pero, por lo visto y por lo leído en aquellos libros de trastienda, hay convicciones que no te abandonan nunca, incluso cuando tu magín te aconseja otra cosa. Liberé mi brazo asombrado de poder moverlo y ella siguió con su relato ensoñado:

…mi primer recuerdo de verdad es mucho más tardío, cuando ya vivía en este piso con el abuelo que parecía retirado, pues había sustituido su puesto como timbal titular de la orquesta de la Ciudad por el de secreto depositario de ese instrumento de antes de la guerra.

Cambié de postura y le dejé seguir divagando entre sueños esa primer noche juntos en la que había sido y seguiría siendo, hiciéramos lo que hiciéramos, nuestra Ciudad. Yo estaba agotado y no sé si caí repentinamente dormido o si seguí despierto pensando en mis propias elucubraciones. Recordé que ya me había contado Machalen que parece que nunca había sido encontrado el instrumento dichoso a pesar de la búsqueda afanosa cuando la orquesta se volvió a armar mediante un riguroso procedimiento de selección en el que no solo contaban los méritos musicales, sino sobre todo otros de tipo menos técnico y más validados por las fichas policiales llenas de sospechas, en general certeras, pues no creo que a nadie le cupiera ninguna duda de con quién estaban las simpatías de aquel buen músico de clase media cuya carrera truncó la guerra. Pensé que igual podría haber sido amigo de mi padre, al que sin embargo no creía poder preguntar nada dado el estado de sus neuronas. Pero quizá mi madre…

Quizá se revolvió o quizá simplemente despertó, pero lo más seguro es que estuviera continuando con aquella confesión sombría a altas horas de la noche en un día en el que debería estar descansando para comenzar sus ensayos con la que un día fue la nueva orquesta de la Ciudad:

…nunca cambiará mi ritmo básico por mucho que pueda ya apoderarme del que corresponde a casi cualquier compositor, lo que me hace sentirme vacía y sin entraña real. Pero es que nada se parece ni de lejos a aquel ruido que durante años acompañó mi sueño y me despertó a una tranquilidad inexplicable. Era el ruido del goteo del agua de lluvia sobre la piel de vaca que mi abuelo seguía ajustando al timbal, que ocupaba casi todo el amplio mirador que nunca levantó sus persianas durante años, conformando así el escondite prefecto para ese timbal almacenado en ese mirador que justamente se abría al gobierno militar. Pero todo esto lo he pensado más tarde, pues en aquel entonces sabía sin saber por qué nunca debería hablar de nuestro mirador. El abuelo me había convencido de que aquel era nuestro secreto, y de que si se descubría, se acabaría la dulce vida que llevábamos los dos juntos en aquel pisito y las visitas a aquella casa de comidas que visitábamos los domingos al mediodía… Este pisito que esta noche me ha parecido un cuchitril…

Quise contradecirle en ese punto, pero ella continuó hablando con una voz tan baja que callé para poder escuchar todo lo que tenía que decir en esa noche que muy probablemente no llegará a repetirse nunca. Hablaba bajo, pero la voz era extrañamente firme:

…Yo sabía que el goteo mecería mis sueños y por esa razón pedía al abuelo que me hablara de aita y ama, como él llamaba en mi presencia a su yerno y a su hija, mis padres. Vivimos juntos en este piso cuando todavía ni tenía estas goteras musicales y este recuerdo me llena de serenidad a pesar de que ahí fuera pasaban cosas después de años del final de la guerra que no deberían haber pasado si, como decía la propaganda, una cierta reconciliación estuviera siendo contemplada por los ganadores. Las noticias sobre represalias y venganzas eran soterradas, pero casi diarias, así como las que mantenían la ilusión de una cierta resistencia en la montaña de occidente, como si estuviéramos viviendo lo de la conquista romana y la defensa de los últimos vestigios de una civilización en apuros. Yo asistía a estas conversaciones de tarde mientras cenaba y aita, ama y el abuelo tomaban ese vino que nunca faltó en casa ni siquiera cuando aita y ama desparecieron y el único que bebía era el abuelo. Nos quedamos solos los dos a partir de una mañana en la que al despertar no encontré ni al uno ni a la otra y a partir de la cual nunca más he sabido nada de ellos. Sé que el abuelo ha movido Roma con Santiago para saber algo de su paradero; primero de manera discreta y desde hace unos años de manera más abierta, pero sin éxito alguno. Yo he aprendido a vivir sola. Bueno, con el abuelo que siempre me ha hecho sentirme totalmente segura y también por la educación de un Conservatorio, que nada tiene que ver con la de una escuela normal con sus pandillitas de amigas. No he echado de menos los hogares ajenos pues no era costumbre acudir a casa de otras compañeritas de las clases de música ni siquiera para celebrar cumpleaños. Así que parece que estoy viva, me bulle la cabeza de música alrededor de mi ritmo básico y no echo nada de menos…

Dejó pasar un segundo y volvió su cabeza hacia mí, pero yo había utilizado ese segundo para esconder mi tristeza y el brotar de mis lágrimas revolviéndome hacia el lado contrario al suyo. Si hasta ese momento parte de mis dudas respecto a mi huida tenía que ver con ella, mi instinto de felicidad me forzó a mirar las cosas de otra manera. Mientras fingía dormir, creí intuir no solo que nunca le volvería ver después de esta semana que acabaría el día de su concierto, sino también que me libraba de la prisión de una relación que nunca me habría ayudado a crecer. Sin embargo, estaba equivocado, pero faltaban años para que llegara mi despertar.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2122 ~ 6 de julio de 2014 ~ 0

Las meriendas intelectuales

Bilbao 1970La primera vez acompañé al entonces Decano de la Facultad de Económicas y Empresariales sin saber para qué me quería allí, en una casa de ricos en donde la presencia de gente del claustro de la tradicional universidad privada de la Ciudad hubiera resultado más adecuada, tanto por los temas de las charlas, mucho más cercanos a lo que se llamaban valores, como por la vestimenta de los presentadores de esos temas que sin duda nunca habría llegado a ser de tan mal gusto como la de mi Decano. Pronto en la tarde caí en la cuenta de cual era mi papel en aquellas reuniones pretendidamente cultas. No se trataba de mi mayor elegancia, pues creo recordar que estaba usando trajes viejos de mi padre adaptados a mis medidas por un sastre de confianza y que yo aprovechaba sin atención alguna a lo que exigía la época del año. De lo que se trataba era de hacer propaganda de la Universidad Pública para conseguir estudiantes que no necesitaran beca y de hacerlo mediante la miel de una cierta apertura a valores menos pacatos, algo que las señoras demandaban sin saber muy bien lo que querían.

Mi papel era mostrar en público un ejemplo de una persona joven que no solo estaba bien formada académicamente, sino que además podía ingenuamente hacer preguntas que dirigían la conversación no tanto hacia el porvenir de unos hijos todavía en el jardín de la infancia, sino hacia las formas de alcanzar lo que por entonces se empezaba a llamar «autenticidad» como una forma de individualidad con mayor trastienda. Es fácil imaginar lo difícil que era captar este cambio de época en un hogar que, a pesar del paso del tiempo, seguía siendo tradicional en el sentido de que los maridos, una vez aprovechada su formación de gestores empresariales o de inteligentes ingenieros, estaban a lo suyo para continuar con la empresa familiar y transformarla para que siguiera siendo el estandarte de un dueño, y en donde las esposas tenían tiempo libre gracias a la ayuda de un servicio doméstico no solo eficaz sino también bien parecido, como no pude menos de constatar.

Claro que en principio estaba allí para acompañar al Decano en su explicación de los posibles efectos de una crisis del petróleo que amenazaba con empobrecernos a todos, y a la que esta gente le tenía mucho miedo a pesar de que eran estas familias ricas las que habían trabajado con visión en el inicio de la puesta en marcha de las centrales hidráulicas. Pero también era claro para mí que aquellas jóvenes madres que eran de mi edad y podrían ser hijas del Decanon buscaban algo más que pusiera sal y pimienta en el guiso de lo que temían podía ser el resto de su vida.

No sé cómo ni por qué salí de aquella primera asistencia mía a aquellas meriendas intelectuales como el embajador de la universidad en la que trabajaba ante esa alta sociedad, que por primera vez en la Ciudad parecía preguntarse si un poco de pensamiento abstracto no sería garantía de seguir siendo alta sociedad al barato precio de sandwiches de pepino y té importado con leche o limón una vez al mes. Mi misión era elaborar un listado de temas interesantes, con sus correspondientes ponentes extraídos de entre mis colegas y que cubrieran los nueve meses de lo que por aquel entonces era el curso académico. Traté de cumplir y convoqué la reunión del siguiente mes alrededor del asunto de la división del trabajo, un asunto que, suponía yo, podría poner en juego las ocultas ambiciones de mis nuevas amigas y del que me parecía yo podría hablar un poco en direcciones poco habituales, más allá de la manida ventaja comparativa y más cerca de la idea de reparto de trabajo en el hogar como ejemplo transgresor de una cierta ventaja social de no llevar la división del trabajo hasta límites absurdos, límites estos que eran los que explicaban que los hombres de aquellas mansiones no acudieran a la cita mensual.

En esta primera reunión, para mí sorprendente, no me atreví a pedir un martini, aunque odio el té y el pepino —con lo que va bien es justamente con la ginebra— pero sí que me hice el propósito firme de romper el rito del té para abrir las mentes y las sensibilidades hacia otras latitudes. Tendría que encontrar una manera de hacerlo que no desentonara con mi compromiso de explicar con cuidado lo que estaba por debajo de la manera de organizar la economía y con una terminología más actual que la que, en esa materia, quedaba todavía de la herencia falangista. Y tenía incentivos a hacerlo porque, aunque Esperanza y yo no nos dimos por conocidos oficialmente después de veinte años de no saber nada el uno del otro, algunas miradas cazadas al vuelo me hizo pensar que ella, como yo, sabía con quién estaba hablando, lo que me dio valor para dirigirme a ella, que resultó ser la dueña de la casa, en el momento de la despedida haciendo referencia a una lejana infancia que ahora parecía ya de otro tiempo:

Te llamas Juan ¿no?

dijo ella como emitiendo una señal de reconocimiento. Me quedé pensando unos quince segundos y contesté:

No Esperanza, me llamo Jon

La suerte estaba echada y las cuatro próximas semanas iban a estar dedicadas no a Adam Smith sino al diseño de una estrategia casi cinegética. Se trataba de conquistar a esta mujer sin duda alguna, pero también sin ninguna intención particular, pues yo era todavía tan joven que pensaba que el estar casado y cuidar a un hijo me convertía ya en un viejo que no soñaba en serlo verde. Aunque, en fin, tampoco cerraba la puerta a nada si ese algo que pudiera surgir llegaba como consecuencia de una seducción intelectual que pusiera en tela de juicio algunas de sus supuestas convicciones tanto más defendidas cuanto menos creíbles eran. Y es aquí naturalmente donde entraba mi crítica de la división del trabajo como una forma de alienación en la producción con márgenes crecientes que hacían imposible plantearse la puesta en funcionamiento del paraíso comunista tal como lo describió Marx y no, desde luego, tal como lo impuso el «padrecito» Stalin. Pero para explicar esto yo debería ser muy delicado, pues trataba de diferenciarme de sus maridos, a los que desconocía, pero a los que podía imaginar sin miedo a equivocarme por mucho.

Tendría que presentarme a mí mismo como un idealista que vivía del erario público y que nunca había sabido lo que era trabajar o lo que realmente costaban las cosas. Dudé cómo hacerlo, pero la estrategia se fue perfilando sola. Tendría que comenzar con algún gesto teatral que dirigiera su mente a donde yo la quería, ese lugar recóndito de lo auténtico que nunca se ha asociado con las mujeres y que, sin embargo, tenía que estar allí dentro de su alma casi olvidada por la evidencia del cuerpo. Y a partir de ahí, contar que no tiene sentido el saber para trabajar sino que nuestro verdadero destino, el que nos tatuó el ángel que nos expulsó del paraíso, era justo lo contrario: trabajar para poder llegar a saber algo que nos resulte estimulante como, por ejemplo, lo que comunica la poesía de la Emily Dickinson. No tenía duda que tenía que terminar recitando una de sus poesías y creí saber que la adecuada era esta, quizá la más conocida:

I’m nobody! Who are you?
Are you nobody, too?
Then there’s a pair of us — don’t tell!
They’d banish — you know!

How dreary to be somebody!
How public like a frog
To tell one’s name the livelong day
To an admiring bog!

Este poemilla también podría servir como acto teatral inicial, pero prefería algo más físico para alterarles el pulso desde el principio. Recordé mi estancia en el Esalem Institute de Big Sur y decidí jugármela pidiendo a cada una de la asistentes, que no creía yo pasarían de seis o siete, ponerse frente a mí a una distancia suficiente para que mi gesto de empujarles suavemente con mi dedo índice derecho en el comienzo del escote no se malentendiera y pudiera evidenciar quién tambaleaba y quien no. Les explicaré el experimento, y muy serio les anunciaré mi intención:

La que lo consiga será mi ayudante en cada sesión de estos maravillosos tés que cambiarán la Ciudad sea quien sea el presentador del día. Junto conmigo y sin que él lo sepa, le interrogaremos suavemente y sabremos cómo de verdadero ha sido lo que nos ha contado, si era una simple repetición de algo de libro de texto o si, quizás, ahí, en sus palabras, nos entregaba su ser.

Puesto que creía estar seguro de que me conocía más de lo que dejaba traslucir, esperaba que fuera Esperanza la que mantuviera su posición sin tambalearse. Pero quizá debería yo asegurarme de esto quedando con ella unos días antes de la siguiente sesión en la que yo llevaría a cabo ese plan que cada minuto me parecía más genial. Además del poemilla, que leeré con mi mejor acento dublinés, les citaré para la próxima sesión y chillaré un Aufwiedersehen añadiendo que, como no confío en su conocimiento del alemán, se lo diré de otra manera dirigida específicamente a ella:

Aurevoir Espoire

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2122 ~ 1 de julio de 2014 ~ 1

La Nueva Banca

sciencentre-school-holidays-science-fiction-exhibi1Hablar de Banca es hoy necesariamente hablar de la Nueva Banca, pues solo sobrevivirán a la crisis aquellos negocios bancarios que se adapten a las nuevas tecnologías y pasen la regulación que poco a poco se va estableciendo y que hace difícil y poco rentable la Banca Tradicional, y prohíbe, en la medida que puede, la Banca generadora de productos estructurados que están en el origen de los problemas del sistema financiero. Aunque ya he hablado de Banca en este blog, por ejemplo aquí, vuelvo sobre el asunto para aportar una idea que creo nueva, aunque estoy seguro que hay gente del sector que ya la acaricia.

La Banca está en el centro de la crítica al sistema económico actual por su presencia en las puertas giratorias o en cualquier otro ejemplo de extracción de rentas. De ahí que tenga que recuperar su prestigio si alguna vez lo ha tenido. Para ello no basta con la venta al por menor de productos claros y con la agilidad en la concesión de crédito a empresas de acuerdo con criterios presentables. Es necesario también asegurar públicamente que se usa el dinero de los depositantes en financiar proyectos bien estudiados. Más en general, ya no hay vuelta al simple modelo de mera traslación de plazos tomando prestado a corto y prestando a largo, contando con la renovación de los prestamistas a corto a una velocidad compatible con la ratio de capital sobre esos activos legalmente exigibles. Todas estas funciones tradicionales seguirán existiendo, pero estarán tan súper reguladas que el negocio difícilmente va ser atractivo apara los inversores.

Esto es un problema serio si queremos que la Banca siga siendo privada por muy regulada que esté. En estas circunstancias parecería que estamos en peligro de que se detenga la internacionalización y que los bancos vayan a retraer su presencia a las fronteras que delimitan su supervisión, por muchos Bancos centrales reguladores que se impongan. En estas condiciones solo nos quedan dos salidas: la reducción de costes, que depende de la institución, o el incremento de la demanda, que quizá pueda ser propiciada por nuevas maneras de mirar y gestionar el negocio.

En cuanto a la reducción de costes, parece claro que está ya en marcha aprovechando las nuevas tecnologías de la información y la comunicación aplicadas ahora a operaciones rutinarias, y que permiten la reducción de personal y de los correspondientes costes laborales a través del uso de esas TIC para eliminar sucursales y el cara a cara entre clientes poco sofisticados y empleados con aspecto honrado. Sin embargo, este camino no lleva muy lejos, pues depende más de la aceptación por parte del público (y esto depende de su educación tecnológica) que de las posibilidades técnicas.

Pensemos en las posibilidades de buscar actividades novedosas que puedan ser demandadas con generalidad. Y hagámoslo a partir de la enorme cantidad de datos sobre personas que un Banco genera o puede adquirir. Es hora de combinar una actividad que era analógica y que puede ser sustituida por los servicios online con lo que se podría llamar, siguiendo la estela del BBVA principalmente, la Banca Digital, un negocio que sepa utilizar los datos acumulados y que, por cierto, deberían ser un bien comunal.

Esta Banca Digital ofrecerá nuevos servicios y productos, como podrían ser propiciar negocios entre clientes, o servir de palanca para fusiones, así como entrar en negocios que se conocen bien pues son desde hace tiempo clientes del Banco online u offline. Pero lo más novedoso es que esa nueva banca puede vender o propiciar estilos de vida hechos posibles a través de nuevos negocios. Pensemos de manera simplista en las posibilidades que van a existir para levantar centros cooperativos de mayores erigidos de tal forma que reproduzcan el ambiente social al que están acostumbrados los cooperativistas. A partir de ahí los posibles ejemplos de nuevas actividades se multiplican, tal como el lector podrá experimentar si se para un segundo a reflexionar y deja suelta su imaginación.

¿Quién será el ganador en este nuevo negocio? Por un lado es un ejemplo de sector en el que tiene ventaja el primer llegado si acierta con el modelo, pues a partir de ahí surgen los rendimientos crecientes a través del efecto Mateo. Pero por otro lado nunca hay que olvidar la destrucción creativa schumpeteriana, que muy a menudo mata a los primeros innovadores y premia a los seguidores aprovechados en sectores de rápido cambio tecnológico, como sin duda van a ser los relacionados con lo que se llama Big Data.

Pero en la dialéctica entre estas dos fuerzas contrapuestas no me cabe la menor duda de que la estrategia ganadora estará en invertir no tanto en prever el futuro, sino en crearlo a partir de una enorme ventaja inicial, puesta en funcionamiento no de golpe sino solo de manera paulatina. Esta es la idea nueva que deseaba resaltar. Si es cierta, la Nueva Banca no contratará solo con expertos en extracción o tratamiento de datos o similares, sino que deberán aprender a dejar asesorarse por gente imaginativa más relacionados con la poesía o con la literatura en general, incluida la ciencia ficción.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2122 ~ 29 de junio de 2014 ~ 0

El dolor del capataz

Elizabeth BowenNunca tendrás ni idea del dolor de un capataz, porque, por un lado, tú no lo has sido nunca, y porque, por otro lado, es un dolor que no se puede comparar con ningún otro dolor ni físico ni psíquico. No se trata de que el reuma sea más intenso en casas menos cuidadas que las de los dueños, ni tampoco de que el capataz lleve prendida como una estrella inmaterial que no le permita llevar la cabeza alta. Se trata más bien de que debe inclinar la cabeza ante los dueños, y no por ningún imperativo legal, sino como una especie de reflejo inevitable, pero al mismo tiempo doblemente humillante. Muy a menudo el dueño no da la talla, pero hay que seguir sus órdenes en cualquier ámbito, incluso más allá de aquel en el que se juega el poder que da la riqueza.

Puedes ser más guapa y tener mejor gusto que la hija del dueño, pero deberás lucirte menos a la entrada de la fiesta en la que has sido invitada por primera vez y que tiene lugar en un club privado de esos a los que pertenecen tus padres, y en los que los míos no osarían pedir la admisión para no pasar por la posible humillación de la bola negra. Y no hay quien no se quite el sombrero al paso de tu madre, mientras que la mía sufre los feos inconscientes de quienes se cruzan con ella a la entrada de una función de ópera y comentan en voz demasiado alta que…

…no hay nadie conocido.

Sin embargo, también ocurre que el dueño no tiene más remedio que recibir en su despacho al capataz, que es el que sabe cómo arreglar el desaguisado que sea, desde un error contable a un retraso en un aprovisionamiento que puede acarrear la demora en una entrega. O incluso que sea el mismísimo dueño el que acude al despacho profesional de un capataz menos obvio para recabar sus servicios profesionales, como pueden ser los de un agente de bolsa o los de un abogado administrativista que puede sacar al dueño de un embrollo con una agencia pública. Este tipo de capataz es muy curioso y tampoco lo conoces, pues eres hija de dueño. A veces tu padre puede pararse por la calle con ese capataz aunque, las ocasiones son contadas: La salida de misa, esa ópera en la que «no hay nadie conocido», a pesar de que está ahí el notario con su esposa a la que el dueño saluda con calor fingido mientras su mujer mira para otro lado.

Pero el peor de todos los capataces, quiero decir el que peor lo pasa, es el que forma parte del funcionariado docente, que es justamente mi caso, así como el de mi padre era el del técnico necesario. Yo, por contra, no soluciono nada relacionado con la fuente de riqueza del dueño. Lo único que hacemos yo y mis colegas es «desasnar» al hijo de ese dueño o a su hija, como fue tu caso y que no querías admitir, pues no pensabas que ibas a necesitar para nada ni matemáticas ni lengua para dar hijos a un hijo de otro dueño de los que sí entraba en el club privado desde hace tres o cuatro generaciones. No pertenecemos pues ni a los técnicos necesarios ni a los agentes necesarios para la vida cotidiana en la que el Derecho debe respetarse. Y en consecuencia, no tenemos más remedio que sustituir el amago de aprecio por parte del poder por nuestro evidente desprecio por su estulticia general por mucho que sepan acercarse al poder político.

¿Te acuerdas cuando hacíamos por encontrarnos camino del colegio en el final de nuestra adolescencia? Aunque no hubiéramos podido expresar nada de esto que ahora te cuento, pues este conocimiento exige experiencia, sentíamos que tu caso era distinto del mío. Yo, por mucho que te hiciera saber que nuestra casa estaba en el centro de la Ciudad, día tras día cruzaba la ría para acercarme a esa margen derecha en donde tú vivías y de la que, por razones que desconocía entonces y sigo sin conocer ahora, te alejabas para ir al colegio. Ya me lo contarás, pero de momento no tengo más remedio, si quiero seguir respirando, que dejar una salida a esta alimaña que anida en mí y que, lo quiera o no, me rasga jirones del alma.

No podía entender cómo era posible que nuestro toldo de playa estuviera en un lugar más elegante que el de tu familia. El nuestro estaba más centrado y eso nos permitía a mis hermanas y a mí, siempre acompañadas de la señorita Carmen, alcanzar antes las escaleras que había que escalar para volver a la casa de veraneantes que ocupábamos, mientras que tu toldo estaba localizado justamente delante de tu casa, un chalet que daba a la playa y te permitía alcanzarla sin esfuerzo alguno. Cuando en nuestros paseos infantiles coincidíamos al mismo tiempo en el hotel playero más elegante para pedir un vaso de agua que nunca nos fue negado, se mezclaban ahí ejes que nos desconcertaron durante años. Bien es verdad que parecía como si mi presencia estuviera explicada por la posición de mi toldo y que tu fueras una intrusa, muy bienvenida por cierto. Pero por el otro lado nunca entendí ni que mis padres jamás se mancharan de arena los zapatos, pues nunca tocaron la playa y, lo que aun me parecía más raro, que cada vez que se acercaban al paseo que bordeaba la playa nunca recalaran en ese hotel más elegante y sí lo hicieran en el otro más barato y con una concurrencia menos luminosa.

El primer hotel tenía un nombre en castellano que hacía referencia al tipo de árbol que florecía en toda la costa, y el segundo exhibía un nombre en euskera que mucho más tarde supe que hacía referencia a los baños o a la salud y que más que un hotel era una especie de balneario barato. Sin esfuerzo aparente, algunos de los bañistas y sus familias se autoseleccionaban ubicándose según estas líneas herederas de un cierto aspecto de la guerra. Los nacionales la habían ganado y los nacionalistas la habían perdido. Los primeros eran dueños o herederos de dueños, y los segundos no eran sino capataces de una u otra de las clases de las que te he hablado. Puedes imaginarte el sufrimiento desgarrador de mi madre que, según ella misma decía, los suyos habían ganado la guerra, pero que estaba casada con un perdedor de esa contienda que, aunque por edad, no estuvo en el frente, nunca se doblegaría ni ayudaría a prosperar socialmente a ella ni a sus hijos.

Ahora, pasados los años, creo que comienzo a entender que de esa tensión nace ese espíritu revolucionario mío, más bien solo teórico y con un pequeño toque anarquista, que me llevó a estudiar por el mero deseo de entender más allá de lo que se llevaba entre los de mi clase y a hacerlo fuera de la Ciudad (aunque no donde lo había hecho mi silencioso progenitor rescatador de barcos en apuros), a fin de huir de esa tensión castrante que humedecía cada día de nuestra vida cotidiana. Mi hermana mayor siguió la senda que dibujaba mi madre e hizo lo que se llamaba una buena boda con alguien que no podía ser identificado como de un lado o del otro. Mi segunda hermana optó por las misiones como vía de escape, tomando así los hábitos de otro tipo de capataz que no creo que nos interese ni a tí ni a mí. Y yo pensé que mi camino era reivindicar a mi padre, convirtiéndome en un nacionalista al que no tendrían más remedio que respetar por su evidente superioridad intelectual en el campo de la economía, algo que ya entonces comenzaba a perfilarse como algo no tan tonto como la contabilidad aunque no tan serio como la ingeniería, la sabiduría fetén, esta última, de una Ciudad completamente ajena al pensamiento abstracto por mucha cara de interés que pusieran al escuchar algunas epístolas de San Pablo o en sermones que hacían referencia a Las Confesiones de San Agustín. Lo que esto pudiera tener de intelectual estaba superado por lo que tenía de fe en un dios en el que creían nacionales y nacionalistas, pero que no contaba para los verdaderos perdedores cuyos descendientes comenzaban ya para estos años a dejarse ver y en cuyo entorno nos reencontramos tú y yo después de muchos años y nos saludamos como con reparo, tú como mujer bien casada con un dueño, y yo, también casado, como ejemplar nuevo de una clase de capataces de los que no se podía saber lo que esperar por parte de unos y de otros. Éramos raros y eso era todavía peligroso, pero parecíamos saber cosas de esas que comenzaban a llegar desde el otro lado del charco y que ya no hacían referencia la guerra de Corea sino a la de Vietnam.

Como ya te conté a raíz de nuestro extraño reencuentro yo había comenzado con mal pie mi «carrera» de capataz académico, pues un bedel propagó la idea de que yo daba clases sentado sobre la mesa y que ponía exámenes en los que se podía utilizar el libro de texto que, mira por donde, no era el recopilatorio de años de repetir lo mismo, sino un libro de texto americano recién traducido al castellano por otro capataz de otra Ciudad menos próspera y aparentemente más necesitada de ideas a falta de riqueza.

Es esta imagen la que, en un lugar pequeño como nuestra Ciudad, se propagó rápidamente y, curiosamente me llevó al último lugar que yo habría esperado, a las reuniones de un café en donde los menos viejos de los viejos disfrutaban de una cierta libertad de reunión y de opinión y en donde pescaban personas como tú y sus amigas, quienes, sin el permiso siquiera implícito de sus maridos, escogían para sus veladas intelectuales personajes dulcemente díscolos. Nadie como un Decano de una facultad de Empresariales de una Universidad Pública para ser invitado, en una acción aparentemente liberal, a una merienda en el amplio salón de un chalet de la parte más nueva de la margen derecha, en la que el Decano desafiaba el ascendiente intelectual del ausente marido explicando las dificultades que la crisis del petróleo podía acarrear para algunas empresas especializadas en producciones intensivas en el uso de ese precioso líquido.

Yo acompañé al Decano en una de estas incursiones y me encontré justamente contigo, que oficiabas no solo como señora de la casa sino también como aparente líder en la persecución de la libertad de pensamiento que esas señoras perseguían disfrazando así su incipiente hartura de unos matrimonios que ya casi habían cumplido con su misión histórica de perpetuar la casta de dueños que conformaban sus maridos. En esta primera ocasión, y de hecho, durante el par de años que duraron estos tés mensuales, nunca tuvimos ocasión de ver a los hijos todavía pequeños de estas señoras aparentemente liberadas en su pensamiento de las ideas antiguas en las que habían sido educadas. Pienso que tú y yo, a pesar de que habían pasado ya cerca de 25 años desde que nos buscábamos camino del colegio, nos reconocimos desde el primero de esos tés a los que acudí, pero a mí no me correspondía iniciar una familiaridad que hubiera desentonado entre mis colegas que acudían con rencor a los dominios de los dueños y a ti te hubiera restado autoridad en tu bandada de pájaros tristemente locos.

Los temas a tratar eran muy dispares, tal como correspondía a la curiosidad sin límites de este grupo de señoras, que ya con un par de hijos pequeños se podían permitir la ayuda de un servicio que les liberaba del cuidado de esos pequeñines durante toda la tarde. Y un día, como recordarás, me tocó a mí oficiar de capataz intelectual que debía haceros comprender el principio en el que se basaba el libre comercio. Y aquí comenzó nuestra aventura inesperada que un día de viento sur de principios de verano de dos años más adelante cambió el rumbo de mi vida.

Juan Urrutia2122 ~ 17 de julio de 2014 ~ 0

Manifiestos

CALOR EN BILBAOLlega el calor y casi todo se hace espeso e imposible de digerir. Parece no haber nada con lo que distraer las calurosas noches de insomnio. Y, sin embargo, todavía puedo respirar un poco gracias a la estela de ese éxito de Podemos que milagrosamente me ha rejuvenecido aunque me temo que por la razón por la que es, en general, criticado: porque se supone que cuando tenga que bajar de las musas al teatro se acabará su posible relevancia; pero es que yo siempre he preferido las musas. En este tiempo de abanico aparecen, aparte susurros empresariales, tres manifiestos casi simultáneamente y los tres relacionados por la cercanía del comienzo del game of chicken entre Mas y Rajoy. El que se fotografía delante del congreso con Vargas Llosa en el centro se me antoja una simple defensa del statu quo. El de los intelectuales y artistas catalanes al que pone cara Isabel Coixet me parece que si bien no sobra, está muy cerca de ser prescindible en su federalismo para un mero lector de periódicos como yo. Y, finalmente, el que dicen promovido por Sartorius, que está más cerca de parecerse al manifiesto confederal que nunca aparecerá y que es el único que yo firmaría en el estado presente de mis convicciones políticas. Se parecería algo al último mencionado al menos en el sentido de que lo que predican para España lo entienden extendible a Europa. Ambos tienen en la cabeza lo que hace días llamaba, siguiendo a John Roemer, un equilibrio kantiano. Lo que quiero para mí, lo quiero para todos.

RecetarioIdiomas

Juan Urrutia2122 ~ 13 de julio de 2014 ~ 0

Le catorce juillet: ¡Vive la liberté!

351px-MarseillaisenoframeDos fechas hay en mi vida que no se me pasan nunca. La del dos de mayo de 1874, de la que he hablado aquí y aquí, y la del catorce juillet de 1789. Ambas están asociadas a dos himnos que en mi familia no se dejaban de cantar ningún año. El himno de los auxiliares, que volví a subir a este blog el dos de mayo pasado, y la Marsellesa. Los dos himnos son cantos de libertad, y he debido heredar de mi madre el gusto entusiasta por ese lema de la Revolución Francesa. Así que mañana lunes la Marsellesa no se me irá de la cabeza y espero que quizá este año haga el esfuerzo de aprender todas sus estrofas, incluso las más belicosas y violentas. Creo que he heredado el gusto por los gestos heroicos desgraciadamente asociados, directa o indirectamente, a la violencia. Un gasto indirecto en favor de la libertad así como un cántico a la ayuda mutua en su defensa es este otro que también solía recordar mi madre cuando se ponía épica. Casi al final de la primera guerra mundial, cuyo centenario de su inicio se ha conmemorado este año, los americanos decidieron intervenir y uno de sus primeros gestos de apoyo fue acercarse a la tumba de Lafayatte y en posición de firmes gritar “¡Lafayette, nous voici!”, aquí estamos, Lafayette, nos ayudaste a librarnos de la metrópoli en nuestra guerra de la independencia y henos aquí dispuestos a devolver el favor. Era el 4 de julio de 1917. Casi 150 años después de la declaración de Independencia que crea los Estados Unidos de América el 4 de julio de 1776, el ejército americano viene a ayudar a Francia, cuna de libertad, a mantenerla.

Juan Urrutia2122 ~ 3 de julio de 2014 ~ 0

Cita de Limónov

limonovNo hace mucho tiempo escribía yo sobre Pablo, Limónov y yo, un post en el que decía reconocerme en ciertos aspectos de la figura del trangresor ucraniano que continúa llevando la contraria por doquier, parecería que por sistema. Desde las elecciones europeas y los análisis posteriores de los comentaristas, aparentemente bienpensantes pero realmente más neoconservadores que el propio Bush, se agudiza en mí el deseo de transgredir. Y me armo con las armas de mi «maestro» que dice:

Si un artista no comprende a tiempo que debe consagrarse a algo más elevado que él, como un partido o una religión, lo que le espera es un destino lastimoso compuesto de borracheras, shows de televisión, pequeños chismorreos, pequeñas rivalidades y, para acabar, un infarto o un cáncer de próstata

Si sustituyo la palabra artista por cualquiera otra que refleje la subordinación a los intereses, culturales o del tipo que sean, de lo que se llama el sistema y, si en vez de partido o religión pensamos en el deseo genuino de participar en el esfuerzo por vivir en armonía colectiva, me doy cuenta que doy el tipo y que ya he pagado con un infarto. ¿Me inmuniza esto del cáncer de próstata?

Juan Urrutia2122 ~ 27 de junio de 2014 ~ 2

Oído por la calle

Un grupo de mujeres ya maduras, pero todavía de buen ver, salen de una oficina y una, que estaba diciendo «…pues bueno…», continúa después de unas frases que no oigo: «…a ver qué le echo de comer a mi marido». La analogía con el perro es obvia. Y merecida por nosotros los maridos que hemos hecho de nuestras esposas unas capataces siempre disponibles y que acaban quedándose con el «negocio» del dueño en lugar de unas compañeras de viaje.

Juan Urrutia2122 ~ 22 de junio de 2014 ~ 0

Breves comentarios al discurso

mas-urkullu- El jueves pasado y desde Bilbao escuché el discurso de Felipe VI ante las Cortes Generales y otros poderes del Estado. He dejado pasar unos días para echar un vistazo a la opinión de algunos diarios y ya me encuentro en disposición de ofrecer la mía, que no tiene nada de original, pero es la mía.

Lo primero que llamaba la atención más allá de las fórmulas rutinarias utilizadas, es el deseo del Rey de hablar de todo lo que ha preocupado a la opinión pública en los últimos tiempos sin dejarse nada en el tintero. Pero esto trae consigo la casi inevitable impresión de estar utilizando lugares comunes que inciden en poderes que corresponden a los poderes ante los que acaba de jurar su cargo y que ahora le escuchan expectantes. Y, lo que es peor, la aparente imposibilidad de encontrar un eje central que ordene las prioridades y que contribuya a la comprensión de un presente lleno de contradicciones.

Lo segundo que me llamó la atención fueron los que considero errores. Uno especialmente significativo que es el reconocimiento del dolor de las víctimas del terrorismo y solo del terrorismo, en lugar de repudiar el uso de cualquier violencia cuando hay otros caminos no violentos. Y a continuación los que, pienso yo, cometió en relación a la unidad y diferentes lenguas.

Me pareció sin embargo que empezó bien diciendo algo así como que la variedad de lenguas le parecía no solo real y normal sino hasta una ventaja en el cauce de comunicación que son las lenguas. Extraña idea que quizá significa algo así como que cuando hay que comunicarse en lenguas distintas no hay más remedio que prestar más atención a lo que te dicen. Ojalá fuera la intención, pero no me lo puedo creer así, como tampoco me parece sentida la mención a creadores de lenguaje en una u otra lengua. Ciertamente los cuatro autores citados son bien relevantes: Machado, Espriú, Aresti y Castelao, pero la mención a un escritor republicano como el representante del castellano es un gesto demasiado osado para ser creíble.

Pero no acaban ahí lo que me parecen o bien errores o bien incomprensibles detalles imposibles de desencriptar. El más llamativo para mi es el orden empleado en sus escasas palabras en las cuatro lenguas dando las gracias. En este punto, como en el de los escritores citados expresamente, hay un error en el orden utilizado. No se trata de un orden inducido por la antigüedad del idioma ni por el tamaño de la población que los habla, y si no es así, el orden no puede ser otro que el correspondiente a la fecha de aprobación de los correspondientes estatutos, con lo que el Euskera tiene que venir antes que el Catalán, de la misma forma que se ordenó la presencia reticente de Urkullo y Más.

Juan Urrutia2122 ~ 18 de junio de 2014 ~ 0

LXXXV: El Hacker accidental

Hace unos diez años Natalia Fernández y David de Ugarte se tomaron la molestia de editar varios textos míos de una época mucho más esperanzada que la que hoy vivimos. Estos textos se denominaron El hacker accidental y es solo por casualidad que los he encontrado. Los he releído muy superficialmente y me ha parecido que, aunque anticuados en ciertos aspectos, son todavía útiles para entender la actualidad y para, quizá, renovar la esperanza. En cualquier caso, seguro que pueden dar origen a una buena conversación.

Nota: Este post fue publicado originalmente el 16 de julio de 2013.

Juan Urrutia2122 ~ 4 de junio de 2014 ~ 1

Visita a Venecia

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Mañana salimos para Venecia para pasar tres días con ocasión de la bienal de arquitectura 2014.Visitaré todo lo que haya que visitar ,pero mi ilusión es lograr ser absorbido por la belleza de la Serenísima a partir del conocimiento de su origen comercial y navegante. Poner al alcance de cualquiera en el mundo, se encuentre donde se encuentre, lo que en cualquier parte de ese mundo se produce o aquello que allí crece es algo más que comerciar, es cambiar la forma de mirar al mundo. Y por consiguiente a uno mismo, aprendiendo a ser simples y complejos simultáneamente mientras luchamos sin tregua por ser reconocidos como tales y nos exponemos a ser rechazados por nuestra negativa orgullosa y rotunda a ser etiquetados. Desde Goethe a Wagner o Mann, pasando por Nietzsche, muchos encontraron en este improbable conjunto de islas y lagunas lo que buscaban afanosamente sin saber que estaba ahí al alcance de cualquiera. Basta con abrir los ojos y poner en blanco la máquina de pensar. Dudo de que la Goulue me sirva para algo.

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