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En la muerte de Vicente Urnieta

Ha muerto Vicente Urnieta. Le traté mucho durante la carrera allá en Bilbao; pero luego perdí­ su pista.

Curiosamente me lo rescató Esteban Ormeche cuando hace un par de años delató a algunos personajes que le utilizaban como “negro” y entre los que estaba Vicente.

Alberto Lafuente conocí­a a Ormeche y me lo presentó un dí­a que lo encontramos revoleteando por Fuentetaja. Después de una suave presión me confesó Ormeche que Vicente sí­ que escribí­a él mismo algunas cosas que rara vez publicaba y que él guardaba varias. Me regaló una piecita que no parece del todo terminada; pero que se la ofrezco en homenaje póstumo a quien fue mi amigo

NIHILISMO JURíDICO ESPONTANEO

Me siento como un stsreacker en Wimbledon que pretende llamar la atención sobre el contenido de una pegatina adherida a una nalga y, quizás también, como un aspirante a matador que salta al ruedo el jueves grande la feria de San Isidro. Pretendo ciertamente llamar la atención; pero no renuncio a tratar de poner en juego algo que concierne, o deberí­a concernir, a los juristas serios.

Aunque voy a acabar hablando de la ley debe quedar claro desde el principio que lo que quiero es hacer polí­tica. En el mundo polí­tica (sic) cabe, además de “pasar ” de él, ser un revolucionario o un contrarrevolucionario. Yo, por ejemplo, fui en mi juventud aprendiz de revolucionario y “unsolicited ” compañero de viaje de los profesionales antifranquistas. Como ejemplo contrario tenemos a Juan Urrutia que, en uno de los últimos escritos de su página web, se declara contrarrevolucionario frente a esos neoconservadores que aspiran a domeñar la incertidumbre y que él tilda de revolucionarios. Yo fui casi revolucionario para abrir oportunidades; Juan Urrutia parece querer hacerse contrarrevolucionario para que no se cierren las que estaban abiertas. Como se ve, y a pesar de las etiquetas, perseguimos una finalidad común. He de suponer que Juan Urrutia no es contrarrevolucionario para evitar riesgos; sino que lo es porque sabe que en libertad hay riesgos inevitables y pretende denunciar la cobardí­a de los presuntos revolucionarios que, no queriendo reconocerlo, pretenden acabar con la incertidumbre mediante una robotización de la gente que elimine el problema de los incentivos a los que esa gente responderí­a si fuera libre para hacerlo. En mi caso quise ser revolucionario precisamente para desrobotizarme ya que preferí­a el riesgo voluntariamente asumido que la seguridad impuesta.

Se comprenderá, después de estas reflexiones y de mi confesión, que me encuentre perplejo ante una cuestión que no sé si llama a la revolución o a la contrarrevolución; pero que pone en juego una cuestión jurí­dica yo creo que profunda. A juicio de este jurista espontáneo y amateur, la administración de justicia en sentido amplio se salta la ley a la torera. El ministro del ramo, en su encomiable afán antiterrorista, roza a veces la calumnia; pero no mete en la cárcel a quienes acusa de terroristas. El Tribunal Constitucional, con su inefable presidente a la cabeza, da por buenas (con el voto discrepante de siempre, gracias a Dios) extrañas leyes ad-hoc con efectos retroactivos. El Tribunal Supremo insta a otras instituciones a violar su propio reglamento (que es una ley). Y el ministerio fiscal se renueva a sí­ mismo con efectos retroactivos selectivos y se comporta de manera aparentemente servil con sus jefes. ¿Qué puede hacer uno si interpreta así­ lo que está pasando?.

Podrí­a uno quizá convertirse en contrarrevolucionario y pasar a la propaganda y a la agitación para frenar a los revolucionarios neoconservadores que parecen creerse elegidos por la mano de Dios para eliminar el terrorismo por la única ví­a aceptable o para defender la unidad de una patria, unidad que ellos creen sagrada y en peligro. Esto es lo que hará quizás Juan Urrutia quién posiblemente comenzarí­a por distinguir la ley de la moral y la legalidad de la legitimidad. Pero yo soy incapaz de adoptar esta posición contrarrevolucionaria, primero porque es inútil (pues si bien hay policita judicial no hay policí­a moral) y segundo porque esas distinciones apuntan a un absolutismo del que no sé si Juan Urrutia es consciente; pero del que yo abomino. Yo me quedo con el relativismo y afirmo que no hay más moral que la ley ni legitimidad distinta de la legalidad y que, por lo tanto, la ley puede variar en el espacio y en el tiempo.

Creo por lo tanto que tengo una concepción positiva del derecho y en consecuencia deberí­a plantearme, de acuerdo con mis orí­genes revolucionarios, el hacer polí­tica o ejercer la fuerza para que las leyes cambien o para que jueces y fiscales sean realmente independientes. Como viejo compañero de viaje siempre estaré dispuesto a acompañar a quién se atreva a iniciar una campaña en este sentido. Pero yo no me siento con ánimos para acometer una campaña que, en una democracia parlamentaria, no puede agotarse en denuncias, movilizaciones o pancartas; sino que debe ejercer un trabajo parlamentario continuado y una presión mediática costosí­sima y abrumadora para alguien de mi edad.

Por lo tanto, sólo me queda ofrecer la pataleta de un viejo loco: me declaro públicamente inmoral y decidido a no cumplir la ley siempre que así­ lo desee. No pretendo cambiar la ley (como querrí­a el Vicente Urnieta joven) pero estoy dispuesto a incumplirla, justo lo contrario de Sócrates. De acuerdo con mi positivismo jurí­dico no pongo en duda que la ley sea la única fuente de la moral. Afirma (sic) simplemente que soy inmoral. Es la única manera (ciertamente paradójica) de descreer de la ley mediante la afirmación simultánea de su necesidad y de mi respeto por ella por un lado, y de mi determinación individual de no cumplirla por otro. Esta postura es lo que llamarí­a yo, como jurista amateur, nihilismo jurí­dico.

¿Y por qué adjetivo este nihilismo jurí­dico de espontáneo? Porque está en mi naturaleza y porque no llama a nadie a seguirlo sino que es como la pegatina en la nalga del streacker de Wimbledon. Como los supermillonarios americanos que no quieren que se elimine el impuesto de sucesiones (porque si se hiciera rebajarí­an las actuaciones filantrópicas que desearí­an mantener) o como el escorpión del cuento que no puede evitar clavar su aguijón a la rana que le cruza un rí­o a pesar de que ese impulso natural va a acabar con su propia vida, yo, al delinquir, no haré sino seguir mi naturaleza de nihilista jurí­dico. Si alguien no lo evita poniéndome un policí­a al lado haré lo que no desearí­a hacer. Creo que esta última reflexión es más de espontáneo taurino que lo que quiere es mostrar sus dotes a los maestros, en mi caso jurí­dicos, que de streacker. Mientras los profesiones dilucidan mis aporí­as no se fí­en de mí­. ¡ítenme!

Quizá algún amigo pueda tomarse la molestia de ubicar esta pieza en el tiempo con precisión. Yo sí­ me acuerdo de cuándo escribí­ contra los neoconservadores como revolucionarios, así­ que tenemos una una cota inferior a la fecha del la piecita de Vicente: después de la Feria de San Isidro del 2003 y antes de mediados de Junio de ese año. Tampoco puedo identificar con precisión todas las referencias judiciales que nos proporciona y mucho menos fecharlas.

Me resulta como una crueldad del destino que Vicente Urnieta me leyera cuando yo le tení­a perdido. Por eso he visitado este fin de semana el pequeño cementerio de Urnieta.Sirva este largo post para reparar mi desapego, demasiado tarde sin duda.

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