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XXXVII: Ser cualquiera

Sobre la libertad de la que puede gozar un individuo inclasificable como una forma distinta de autenticidad.

Amy Martin«Pudo ser cualquiera» se oye decir en el centro de una novela u obra de teatro policíaca a lo Agatha Christie puesto que todos los personajes tienen móvil además de coartada. En la comedia policíaca de estos días repetimos esa expresión cuando cotilleamos sobre quién pudo filtrar los papeles de Bárcenas al periódico El País. Y nos dejamos llevar por la duda de si son auténticos o no como si la autenticidad fuera algo relacionado con la esencia última de las cosas o las personas.

Dos mujeres jóvenes haciendo jogging me han adelantado hoy en mi paseo habitual y he llegado a escuchar a una referirse a sí misma como una cualquiera. Como ya no estamos en «aquellos» tiempos estoy seguro que no se refería a sí misma como una prostituta sino más bien como una persona a la que se le puede ordenar todo en una oficina, como alguien que no está señalada por una etiqueta determinada y no tiene espacio propio. Alguien que no podría ser auténtica.

Si nos quedamos con esta acepción de «ser cualquiera» podríamos decir que ser cualquiera es ser nadie, es decir lo opuesto a ser alguien. Y entonces ser nadie es, según la expresión «fulanito es un don nadie», no tener capacidad de veto, no poder negarse a nada, estar obligado a plegarse al capricho del que manda. Ser como un esclavo en Grecia o Roma o como un judío en un campo de concentración durante una buena parte de la II Guerra Mundial. Y con la fuerza de estos ejemplos históricos difíciles de tragar, se escapan posibles nuevos significados de «ser cualquiera» o de «ser nadie» como formas lingüísticas de expresar la libertad de la que puede gozar un individuo inclasificable. O como una forma distinta de autenticidad.

Y, sin embargo, esa libertad es, yo diría, una envidiable posición en la sociedad en la que a cada uno le toca vivir. Se trata de la posición de un actor sobre cuya verdadera identidad nadie sabe nada, pero que puede servir de espejo para que cada espectador pueda rebuscar en el armario de sus disfraces y no olvidar que sigue teniendo muchos que ya casi había olvidado. Y poder ser un espejo para otros y que cada uno pueda llegar a serlo para otro, es realmente no solo una aventura iluminadora colectiva, sino también una puesta a punto de eso que por falta de mejor nombre a veces llamamos nuestra esencia, la de cada uno,lo que verdaderamente soy yo o tu o aquel otro. La verdadera autenticidad o un candidato serio a poder representarla.

Todos los días son carnaval y cada mañana abro mi armario y me compongo como ese yo que ese día se me antoja. Quizá mandón, quizá iluminado o analítico, quizá poeta o gramático, quién sabe si matemático o urdidor de tramas novelescas siempre protagonizadas por mí. O puede ser que un día lluvioso presente a un compañero de paseo un plan de negocio insensato que ese amigo, hoy soñador, me «compre» sin dudar. Y hoy hablo en portugués recordando Rio de Janeiro, pero mañana blandiré una jarra de cerveza alemana berreando un «prosit» casi guerrero. Soy muchos y todos ellos hacen mi yo. Soy alguien justamente porque soy muchos a la vez y tengo el coraje de no renunciar a ninguno. Soy, por fin, auténtico.

Esta ensoñación parecía fuera de lugar solo ayer cuando la sociedad era jerárquica y necesitaba poder movilizar a los súbditos a una guerra cruenta y sin sentido con la rapidez del rayo. La escasez imperante, solo a medias real, mantenía y ennoblecía la obediencia premiándola con poder cuando éste ya casi no hacía falta. Pero, a pesar de la crisis que alargamos tontamente, hoy la escasez es relativa solamente y la real abundancia nos permite derribar las jerarquías y, lo que al final viene a ser lo mismo, contarnos a nosotros mismos nuestros más recónditos pensamientos sin que pongan nuestra cabeza en la guillotina.

Estamos cerca de un mundo en el que ya nadie tiene poder sobre otro y en el que, por lo tanto, todos somos «cualquiera», todos somos nadie en particular ya que todos somos alguien por el hecho de ser muchos al mismo tiempo. Nadie pasa primero pues no hay puertas, nadie ocupa un lugar más alto en las ceremonias pues no hay jerarquías y seguramente tampoco ceremonias. Por resumir, todos somos Amy Martin.

«XXXVII: Ser cualquiera» recibió 3 y , desde que se publicó el 9 de febrero de 2013. Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia

  1. David de Ugarte

    Ah no! Hasta ahí! Cualquier cosa antes de esos pelos de pobre y ese tinte de Carrefour!! Seremos Houdini, el panadero trotskista de Moreti o Vicente Urnieta, pero Amy Martin, así, tan chusqui y de género ella, jamás!
    :-D

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1 Trackback/Pingback

  1. Fogonazos XXVII: Rodriguez

    [...] Searching for Sugar Man ess, en sí mismo, un documento artístico iluminador debido a su factura y al sentido del ritmo cinematográfico, pero sobre todo es toda una reflexión sobre una forma más de ser cualquiera. [...]

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