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La pimpinela escarlata

Cabe que debajo del orgullo satánico se encuentre una inocente esperanza de que por alguna fisura de la caja de los secretos se llegue a filtrar la verdad

La pimpinela escarlataEsteban Ormeche ha resucitado por enésima vez. La última vez que le ví me pasó una nota de Vicente Urnieta que él había guardado y que yo reproduje en su día aquí. Luego desapareció y no puedo decir en donde está o que es lo que hace, pero he recibido lo que parecen unas páginas sueltas de un intento de memorias. También él se está volviendo viejo, pero de todas formas merece que se difundan estos intentos de sobrevivir que indefectiblemente vuelven a la infancia.

…pues ciertamente el anónimo puede ser un genero literario. Uno quizá especialmente adecuado para el libelo o el panfleto ya que en estos casos la expresión del pensamiento propio puede acarrear la venganza del poder contra quien los escribe, venganza materializada en cárcel o garrote. Sin embargo la intención derogatoria o movilizadora no quita la posible calidad literaria del libelo o el panfleto. Similarmente se puede ocultar el nombre no solo en un ejercicio de escritura, sino que también puede ser conveniente actuar anónimamente cuando, una vez más, la acción puede acarrear consecuencias desagradables por tratarse de una acción revolucionaria o contrarrevolucionaria que impacta en el éxito de unos u otros.

Pero ¿es que no hay razones para el anonimato que no sean tan preservadoras de la integridad física o que vayan más allá de ésta? No me resulta fácil expresarlo pero existe un cierto placer sutil en que nadie del entorno de uno conozca que el autor de ese artículo o de esa acción de los que se habla en la tertulia a la que uno asiste, o en la sobremesa de una celebración, ha sido escrito o realizada por uno bajo un anonimato férreo.

Es esta sensación rara y placentera la que me recorrió la espina dorsal cuando una joven conocida nos contó recientemente cómo hace tiempo que creía estar segura de que hay un tuitero anónimo entre el grupo reducido y cerrado de amigos de carrera que se comunican por ese medio y que ayer mismo sintió que estaba, incluso tuiteando, entre los asistentes a una reunión de ese grupo. Esta joven estaba intrigada y parecía sentir un cierto placer/miedo similar al de la Carrie de Homeland cuando, sin pruebas, está segura de que el terrorista está al lado y hay que descubrirlo no por razones de profesión o de seguridad, sino por el hecho de conseguir lograrlo, de superar un reto que alguien que juega contigo te está poniendo delante de tus narices.

Y recordé que esa sensación que la joven me comunicaba me viene de lejos, de aquella época infantil en la que nada se podía leer que tuviera algún interés para la formación de un carácter que no fuera pura propaganda eclesial. Pero había algunas obras raras que conseguían atraerte para siempre al morbo del anónimo. En mi caso fue la Pimpinela Escarlata, una obra que ya ha cumplido un siglo y que nos muestra a un aristócrata aparentemente snob y solo preocupado por el planchado perfecto de su camisa que, sin embargo, tiene una segunda vida anónima arriesgada que resulta especialmente atractiva precisamente por su anonimato. En el caso de esta novela de la Baronesa de Orczy, esa especie de elegante figura de salón, un poco a lo Oscar Wild, es un secreto rescatador de la aristocracia francesa amenazada de muerte por el Terror postrevolucionario que está en pleno apogeo al otro lado del canal. Pero no hay peligro que no sepa sortear o ventisca que no pueda capear al cruzar el canal a fin de no dejar de estar presente y perfectamente atildado en la que se comprometió a asistir junto con su amplio grupo de aristócratas ingleses y a la que acude, como siempre, del brazo de su suspicaz esposa (que no está segura de quién tiene en casa y al lado de quién duerme) y en las que exhibe una frivolidad espacialmente hiriente cuando se habla del sufrimiento que los de su clase están experimentando en Francia. Una actitud ésta que me recordó a la de uno de los amigos de aquella otra novela, Las Cuatro Plumas, más o menos de la misma época y que también era legible en aquella época de censura. En esta otra novela que todavía creo haber visto en mi casa hace pocos años, Mason describe a un joven aparentemente poco inclinado a aventuras coloniales en la India pero que, sin que nadie lo sepa, acaba siendo el más heroico de los amigos. Como Beau Gest, una novela posterior que, junto con las otras dos y las correspondientes tres versiones cinematográficas, conformaron mi educación sentimental.

Esta mezcla de aparente descuido y profunda y serena fraternidad me servía para sublimar a mi padre que jamás hablaba de su trabajo, pero cuyas gestas yo imaginaba a partir de retazos de comentarios que mis hermanas mayores traían de la calle a la casa siempre protegida contra extraños. Siempre me he preguntado que perseguía aquel hombre con su silencio a prueba de torturas. Es posible que poder sentirse por encima del mundo cuando en su presencia se hablaba de sus proezas técnicas sin conocer el autor de las mismas. Quizá era eso, justamente un orgullo satánico. Pero cabe que debajo del orgullo satánico se encuentre una inocente esperanza de que por alguna fisura de la caja de los secretos se llegue a filtrar la verdad y se le reconozca todo mientras él sigue en silencio.

Quiero pero no puedo distinguir los dos tipos de orgullo, el satánico y ese otro que podríamos denominar angelical. ¡No será el caso que ambos convergen en Lucifer…

Me pregunto si algún día sabré algo más de Esteban Ormeche, si desaparecerá en el silencio o si inesperadamente aparecerán unas Memorias naturalmente …anónimas.

Hoy desparezco unos días y no sé si podré o querré postear. ¡Hasta la vuelta!

«La pimpinela escarlata» recibió 0 y , desde que se publicó el 27 de noviembre de 2012 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia

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