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La silla del bufón

Las vacaciones traen consigo cambio de hábitos y, en consecuencia, sorpresas seguras. Entre éstas las pasadas vacaciones trajeron una cinematográfica que me impactó. Tropecé con Suddenly last Summer, un “peliculón”de Mankiewicz basado en una “terrible”, oscura y desasosegante obra de teatro de Tennesse Williams que nunca había visto pero de la sabía todo desde mi infancia gracias a los cotilleos de dos hermanas mayores que todavía eran pervertidoras: donde fue rodada, las terribles sugerencias de canibalismo y el siempre presente asunto de la homosexualidad de su protagonista, cuasi invisible, Sebastian.

Estas ideas pervertidoras de la inocencia de un niño son muy de agradecer, aunque sea cincuenta años tarde, pero me temo que dejaban a un lado el eje del guión: el extraño papel del dinero en la actividad científica asunto éste del que acabo de hablar citando la idea de Paul Davis del científico como bufón. Esta palabra no la utiliza Davis; pero la citaba yo y, de repente a los pocos días, aparece en esta película que me ha hecho las vacaciones.

El personaje de Katherine Hepburn intenta compar al científico, un neurocirujano interpretado por Monty Clift, recién inaugurada su segunda belleza después del accidente de automóvil. En el momento central de esta compra ella le invita a él a tomar asiento en una silla de bufón de hace quinientos años.

Lo cierto es que el impacto de la película en el expectador va más por circuitos psicoanalíticos, puesto que el pobre bufón lo es doble ya que le hacen jugar a analista en un jardín enfermizo en una New Orleans que todavía no se olía el Katrina, para que finalmente pueda besar a la Taylor. Pero yo quiero dejar constancia del papel de bufón que el científico se ve obligado a jugar a fin de conseguir dinero para un nuevo hospital público que avanzará la incestigación correspondiente a la neurocirugía entoces limitada a la lobotomía.

De paso, ese pequeño detalle me recordó una estampa que, hace mucho tiempo vi en venecia:el catedrático como el portador del pequeño banquito que acarreaba para que subido en él el señor, es decir el poder, pudiera impartir, no doctrina, sino autoridad.

Me temo que las cosas siguen así.

«La silla del bufón» recibió 0 y , desde que se publicó el 11 de enero de 2010. Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia

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