El Correo de las Indias

Una vida interesante

Grupo Cooperativo de las Indias

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2122 ~ 25 de junio de 2014 ~ 0

Años de transición

SalzburgoElla sabía mi nombre, pero yo ignoraba el suyo. Me había dicho que me lo diría la próxima vez que nos viéramos, y así fue cuando desde el día siguiente a aquel que empezó tan de madrugada, retomé mi costumbre de cruzar la ría a hurtadillas. Ya lo hacía sin ocultarme y sin necesidad de hablar de ello. A mi padre seguramente le parecía bien que hiciera lo que me diera la gana, y mi madre muy posiblemente veía en mi capricho un apoyo a su pretensión de volver al Centro de la Ciudad, en donde la división en dos márgenes no era una preocupación diaria ni una señal de la forma del mundo. La señorita Carmen permanecía callada, pero sin duda ella también refería el Centro, pues estaba más cerca de aquella institución donde se podían alquilar libros y en la que simultáneamente se podía consultar el Libro de Buenas y Malas Lecturas que, escrito por un jesuita, le eximía de toda responsabilidad en su tarea de comprar libros para mi entretenimiento, y sospecho que el suyo también, aunque ella no se privaba de leer libros de aquella biblioteca heredada desde la época de la República, y que estaba llena de títulos que el famoso libro clasificaba como en el Indice de libros prohibidos por la Iglesia.

Pero no fueron los deseos de unos u otros sino la salud de mi padre que, de repente, mostró síntomas de una enfermedad degenerativa, la que determinó el regreso a mi calle de toda la vida y que nunca volví a dejar hasta que un día tuve que independizarme ya con mi mujer y un hijo americano. El colegio estaba a tiro de piedra, y siempre podría coordinarme con Esperanza, que así se llamaba aquella chica de mi edad que se paseaba por la playa por delante de mi toldo y que nunca rehusó mi compañía en el autobús o el tren desde la margen derecha hasta el centro. Desde aquel día en el que yo supe que ella sabía mi nombre no dejé ni un solo día de hacer su camino hasta su colegio con ella, con Esperanza, ya fuera porque seguía yo cruzando de margen, ya fuera porque le esperaba en aquel punto en el que nuestros caminos colegiales se encontraban. Pero nunca ocurrió que ella me diera la sorpresa de presentarse en la estación de tren de aquella villa marinera y, todavía más sorprendente, nunca le pregunté porqué.

Y la cosa continuó igual una vez que abandonamos la Venecia del Abra y volvimos a ese piso que siempre consideré mi casa y desde el cual podía seguir viendo y hablando con Esperanza cada mañana, así luciera el sol o cayeran chuzos de punta. Me las prometía muy felices para el próximo verano y el próximo curso, pero todo se torció y mi vida cambió de rumbo cuando mi madre me anunció que ya tenía reservada una plaza en una especie de colegio en Francia para que pasara prácticamente todo el verano mejorando el mediocre francés que nos enseñaban en aquel colegio en el que ella se empeñó que ingresara y en el que que era importante saber cómo se decía en francés «rodrigón», un sustantivo que, si bien no sabía lo que denotaba, desde entonces sé que en francés se dice echalas, algo que siempre me ha hecho pensar, en mis delirios mentales de los que tanto disfrutaba ya entonces, si uno podría ser bilingüe sin saber nunca a qué se refería lo que decía, o si se podría ser monolingüe siendo capaz de expresar todo lo que uno quiere o desea expresar. Pero estas disquisiciones esotéricas no comenzaron a ser importantes hasta años más tarde, allá por el final de bachillerato, cuando el inglés sustituyó al francés en esa educación que mi madre quería para su único hijo varón al que, para mi irritación difícil de reprimir, ella llamaba, incluso en presencia de un marido que tenía Parkinson pero no estaba sordo, el «báculo de mi vejez», y que yo sentía como un enorme peso que no creí que me correspondiera.

Sí, aprendí idiomas durante los veranos, incluso alemán ya en la carrera, pero a un precio muy alto porque las amistades de verano, tan importantes para mí, se fueron perdiendo de forma y manera que esas confidencias de playa o esos planes rutinarios de tarde con amigos cuyo carácter se iba conformando paralelamente al tuyo, se fueron sustituyendo por una cultura solitaria de lecturas y fantasías que hacían de mí un individuo cada vez más introvertido y más solitario, alguien que nunca consiguió salir con una chica del grupo sino solo con otras que encontraba en los paseos vespertinos y de las que no sabía nada, además, claro está, de aquellas extranjeras que para mi ignorancia juvenil eran mucho más educadas intelectualmente que aquellas que, como Esperanza, fueron apartándose de mí o yo de ellas en un inconsciente movimiento de apertura al mundo más allá del Abra.

Esa apertura parecía obligada para mí y para otros chiquillos que ya no lo eran y que ya llevaban años de pantalón largo y de visitas a la trastienda de ciertas librerías en las que uno se aprovisionaba de libros de esos no recomendados por el jesuita autor del libro de buenas y malas lecturas, y que yo hacía desaparecer con la connivencia de Carmen Arteaga entre los de esa biblioteca republicana disimulada en unas estanterías del despacho en el que mi padre hacía sus dibujos cada día más temblorosos, y mi madre llevaba las cuentas de la compra diaria sin nuca echar un vistazo a su espalda en donde la librería de la sabiduría crecía discretamente.

Mi castidad no estuvo nunca en peligro de perderse, pero la neutralidad ideológica de mi casa impuesta por mi madre y aceptada por mi padre, se derrumbó definitivamente en aquellos años de soledad y nuevos contactos personales. Me topé con gente que, desde un susurro casi mudo, me comenzó a hablar de la derrota de los nacionalistas vascos en esa guerra de la que yo apenas sabía nada, y en la que estos patriotas de una patria propia se unieron a los que realmente habían sido despojados de sus derechos y a los que mi madre temía como al diablo.

Lo que yo entendí en su momento como una heroicidad de mi padre, recuperando en una noche de perros a un pesquero prácticamente hundido. se convirtió poco a poco en mi mente como una actividad casi clandestina llevada a cabo por los amigos ocultos de mi padre que procuraban pasar desapercibidos habiendo perdido la guerra y sabiendo que cualquier manifestación podría atraer represalias contra ellos o sus familias. Mis lecturas y esos descubrimientos parciales fueron fusionándose en una actitud que comenzó a llamar a la dictadura por su nombre y que me llevó a realizar, junto a un buen amigo de esos nuevos que surgieron esos años, el primer acto revolucionario, o al menos de protesta, que muy bien podría acabar siendo el único de mi vida. Después de una tarde de estudio y renunciando al paseíto de la noche, debatimos seriamente si no era ya hora de quitarnos la corbata para ir a las clases de la universidad todos los días. Y, aterrorizados, así lo hicimos al día siguiente, y ya todos los siguientes a los siguientes. No solo no hubo represalias, sino que a los pocos días no quedaba en el aula ni un solo estudiante que la llevara. Este éxito nos animó a muchos a aventuras que creíamos osadas y nos acercó a otros grupos de gente que solo conocía, al menos yo, de aquellas visitas a las trastiendas prohibidas de ciertas librerías.

Y así surgieron pequeñas y distintas reuniones de café en las que, por lo que yo llegué a saber, al principio solo debatían de los libros generalmente franceses que nos hablaban de la revolución y de la relación de ésta con la propia formación de la individualidad. Ya no era cuestión de terminar los estudios y ponerse a trabajar en alguna empresa que comenzara a coger la estela del despertar económico que la tecnocracia había sabido encontrar, sino que se trataba más bien de saber cómo hacer de uno mismo una figura única que se jugara, si no su vida, sí su identidad. Y esta ya no podía ser la de un revolucionario comunista como algunos de los personajes de los Caminos de la Libertad de Sartre, sino que había que introducir ciertos elementos de cultura anglosajona que ayudaban a soltar ataduras morales y pequeño burguesas, a fin de convertirse en un individuo libre de verdad, que solo transitara por caminos nuevos y descubiertos por uno mismo, lejos de cualquier ortodoxia.

Los grupos se rehicieron otra vez, y algunos de nosotros nos quedamos desconcertados y con el único deseo de soltar amarras. En mi caso particular, fui capaz de convencer a mis padres de que me dejaran hacer los dos últimos años de la carrera en uno y luego trasladarme con una beca americana a Salzburgo para estudiar en un centro de cierta calidad nada menos que comercio exterior, justo en el momento en que los efectos nocivos de la autarquía ya habían convencido a la gente burguesa como mis padres de que había que abrir la economía. Y así es como ya perdí del todo el contacto con mis amigos y amigas de adolescencia y, en cierto modo con mi Ciudad. A cambio, mi cabeza se abrió a lecturas totalmente nuevas para mí, y a relatos de otra guerra ya pasada pero cuyas huellas no acababan de desaparecer de la tierra todavía embarrada de esa zona de Europa a la que me desplacé a pesar del deseo de mi padre, antiguo alumno de Durham, de que fuera al Reino Unido. Una vez más prevaleció el criterio de mi madre, lo mismo que cuando se trataba de elegir colegio para mi educación secundaria y, tengo que decir que esta vez posiblemente volvió a acertar, pues acabé tan harto del ambiente sombrío germánico a pesar de estar en Austria y de conocer allí a Machalen, que decidí largarme a los EE.UU., esa tierra en la que es cierto que no dirigía von Karajan en ningún teatro de ópera, pero en la que sonaban otros ritmos musicales más acordes con mis lecturas que, sin abandonar la escuela de Frankfurt, comenzaban a descubrir la poesía americana y se extasiaban ante un poema como Howl, el de Alan Ginsberg.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2122 ~ 23 de junio de 2014 ~ ~ 87 3

LXXXVII: Parresía, heurística y rentas

parresiaLa conversación pública que ha seguido a la sentencia del Tribunal de Estrasburgo sobre la doctrina Parot ha desbordado todos los medios de comunicación y es un ejemplo flagrante del hablar poco franco. Abstrayendo de las reacciones extremas que imaginamos van desde el «que se pudran en la cárcel» al «volvamos a las armas si no se ejecuta la sentencia», el resto es un ejemplo a recordar de lenguaje cobarde o excesivamente delicado o cuidadamente sibilino a fin de no herir a, o enfrentarse con, nadie. El resultado es un amasijo de vulgaridades, contradicciones y frases hechas. De tópicos, vamos

Trascendiendo este caso y hablando más en general, cabe decir que el continuo uso de refranes y eslóganes revela que tenemos el pensamiento secuestrado tal como diría Innerarirty en una glosa inteligente de un par de libros de Aurelio Arteta a la que ya me referí hace poco más de un mes. Es bien cierto que la heurística en general nos es muy útil y cuando nos falla la echamos a faltar, pero cuando no sabemos mirarla desde fuera nos convertimos en sus esclavos.

Aun a costa de resultar un pelmazo repitiendo ideas merece la pena hacerlo por mor de la verdad, sea lo que sea lo que entendemos por semejante cosa. Recordemos pues a Foucault:

De manera más precisa, la parresia es una actividad verbal en la cual un hablante expresa su relación personal a la verdad, y corre peligro porque reconoce que decir la verdad es un deber para mejorar o ayudar a otras personas (tanto como a sí mismo). En parresia, el hablante usa su libertad y elige la franqueza en vez de la persuasión, la verdad en vez de la falsedad o el silencio, el riesgo de muerte en vez de la vida y la seguridad, la crítica en vez de la adulación y el deber moral en vez del auto-interés y la apatía moral

Esto, la Parresía, es lo contrario de las frases hechas que estos días nos abruman y corren el peligro de confundirnos. Y también lo contrario, en general, del camino que hay que seguir para no ser arrollado por el poder o para ser acunado por ese mismo poder al que le gusta que le hagan cosquillas pero que te hace decapitar en cuanto las cosquillas se convierten en un dolorcillo leve. El pensamiento que no es al bies es, en general, un pensamiento a la búsqueda de una renta y, aunque haya excepciones bien honrosas, algo de eso hay en muchas columnas de opinión cuyos autores creen haber encontrado la fórmula para hacer cosquillas, para convertirse en bufones cercanos al trono del que algo se desprenderá en su favor.

Nota: Esta entrada fue publicada originalmente el 29 de octubre de 2013

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2122 ~ 21 de junio de 2014 ~ ~ 87 0

LXXXVI: Por un liberalismo pequeño burgués

Si algo me ha dejado claro la guerra de Iraq es el peligro del autoritarismo de los neoconservadores americanos quienes, a la manera de aquellos católicos del imperio español que pretendían evangelizar a cristazos, están tratando de exportar al Oriente Medio unos valores y unas instituciones pretendidamente liberales de manera brutalmente persuasiva.

La administración Bush representa ese autoritarismo neoconservador y como tal no ha prestado atención a la opinión pública, no ha jugado limpio en el seno de algunas de las instituciones multilaterales existentes y, desde luego, no ha ofrecido una discusión pública racional más allá de un canto desafinado a los valores más tradicionales disfrazados de liberalismo, una loa boba a la fuerza y un desprecio poco caritativo hacia la debilidad. Por estas razones, cuando me propusieron escribir diez líneas expresando mi reacción espontánea al inicio de las hostilidades, no dudé en titularlas con cierta pomposidad retórica como la derrota del liberalismo.

Después de que hayan pasado dos meses desde esa impresión improvisada sigo opinando, desde mi manera de pensar de economista ortodoxo (y, por lo tanto, liberal en un cierto sentido), que la decisión de intervenir en Iraq no se tomó con esa racionalidad entendible que explicita el objetivo y explora alternativas, que se pretendía una postguerra basada en instituciones de diseño sin ninguna garantía de estabilidad y que la clase media americana (en la que se plasmarían todos los defectos que se han solido achacar a la pequeña burguesía por los intelectuales de izquierda y por los poderosos de una derecha inculta) ha sido ignorada en favor de una extraña coalición entre los ricos del partido republicano y los desheredados de la fortuna a los que sólo queda el orgullo patriótico. No creo que los neoconservadores ni sus intelectuales orgánicos objetaran a mi derrota del liberalismo. Se trata de revolucionarios genuinos para los cuales no hay nada que respetar en ninguna de las múltiple versiones del liberalismo más allá de referencias puramente oportunistas.

Como profesional de la Economía, una rama del pensamiento que ha contribuido desde distintas perspectivas al entendimiento del ejercicio de la racionalidad y de la necesidad de las instituciones, y como miembro de una pequeña burguesía que quiere dejar vivir y que le dejen vivir, pretendo constituirme en contrarrevolucionario y contribuir a perfilar las líneas maestras de una plataforma política que se propone explícitamente frenar la revolución autoritaria que, desde el neoconservadurismo americano, puede extenderse peligrosamente a la derecha europea.

Para llevar a cabo esta labor contrarrevolucionaria no tengo más remedio que discutir los principales rasgos característicos del liberalismo para quedarme con aquellos que más claramente pueden ser blandidos contra las tendencias revolucionarias. Podría desde luego renegar del liberalismo acogiéndome a la doctrina tradicional de la Iglesia Católica o amparándome en cualquiera de las ideologías fuertes que, monstruos, han infestado el siglo XX a partir de la exacerbación de la razón ilustrada. Pero ni quiero ni puedo convertirme en beato o en revolucionario desfasado sino que sólo pretendo frenar una revolución autoritaria que amenaza el liberalismo en el que creo.

Pero la tarea que me impongo no es fácil pues todas las ideologías débiles entre las que hoy tenemos que navegar tienen algo de liberal. El anarquismo de Noczik, el liberalismo a la austríaca de Hayek o de Popper, al republicanismo de Petitt, el pragmatismo al día de Rorty o esa socialdemocracia que puede tener su origen en Rawls, son todas ideas propias de pensamiento político que rozan con el pensamiento económico y que comparten, en parte, algunos rasgos propiamente liberales que ahora voy a tratar de examinar a partir de una distinción poco sutil pero útil entre, por un lado, la tradición formalista de origen descartiano y que, en economía, pasa por Walras y termina en el desarrollo pleno de la teoría del equilibrio general y, por otro lado, la tradición naturalista de origen humeano que, en economía, pasa por Marshall , entronca con los austríacos y culmina con una concepción del mercado y de la competencia más viva y dinámica que la que subyace a la teoría del equilibrio general y a la que también contribuyó Schumpeter.

Las tres ideas más elementales que siempre se asocian al liberalismo son las siguientes: primacía de la libertad sobre todo lo demás, incluida la felicidad, individualismo como ejemplo extremo de diversidad y confianza en la evolución autónoma de la sociedad. Sin embargo estas tres ideas no agotan las características del liberalismo, no pueden ser articuladas entre sí en ausencia de otras consideraciones y no sirven en sí mismas, y sin mayores precisiones, para poner en pie la contrarrevolución que persigo. Por lo tanto tengo que proceder de una forma más parsimoniosa. Comenzaré, quizá por mi sesgo de economista, por examinar la racionalidad y sus aventuras.

Frente al cartesianismo francés o el kantismo alemán que, a mi juicio, están en el origen remoto de las monstruosidades de las ideologías fuertes citadas, el liberalismo profusa un sano escepticismo hacía la razón tal como muestran dos botones bienconocidos. John S. Mill reacciona agriamente contra el racionalismo estricto de su padre, James Mill , y de Bentham y afirma que el mundo es demasiado complejo como para que el que quiera comprenderlo y actuar sobre él pueda utilizar sólo la razón. Hayek, a su vez, sospecha que la razón, entendida a la manera neurológica, muestra una complejidad que no hace sino reflejar la que en lo social pusieron de manifiesto Menger o Mises. Este recelo frente a la racionalidad desnuda y sobre su capacidad para llegar a desentrañar problemas sociales serios están en el origen de una bifurcación interesante del liberalismo en Economía.

O bien, siguiendo la tradición formalista, exploramos las implicaciones estáticas de una racionalidad ilimitada y funcional en un mundo simplificado del que se han eliminado el tiempo irreversible y la ignorancia plena respecto al futuro, o bien, siguiendo la tradición naturalista, tratamos de incorporar ese tiempo y esa ignorancia como elementos fundamentales de una manera de pensar que se apoya en los límites de la racionalidad y en procesos dinámicos. En el primer caso, que llamaré neoclásico, es fácil obtener resultados formales interesantes que nos llevan a una concepción del mercado y la competencia que resalta los aspectos asignativos, la optimalidad paretiana y los fallos de mercado que están en la base de un cierto intervencionalismo ingenieril. En el segundo caso, que llamaré austríaco, la dificultad de modelización explica la ausencia casi total de resultados formales.

Quizá por esta parvedad observamos cómo los economistas de esta tradición tienden a concentrar sus esfuerzos en una crítica a los neoclásicos acusándoles de no entender la importancia del mercado y de la competencia en la generación de riqueza, por ignorar el papel crucial de las instituciones (entre ellas la propiedad privada) y por no tener fe en la capacidad de autoorganización del sistema económico.

No cabe duda de que estos dos planteamientos liberales alternativos subyacen a la distinción entre los dos extremos del espectro liberal, la socialdemocracia por un lado y el anarquismo por el otro. Sin embargo ya existen desarrollos suficientes como para tender puentes entre estos dos planteamientos, explorar combinaciones de ambos, y elevar la aparente contradicción a un nivel superior. Desde la revolución de los incentivos (que se asocia pero realmente precede en algunos aspectos clave a la emergencia de la Economía de la Información), hasta lo que se ha dado en llamar la Nueva Economía Social (que no exige mucha racionalidad e incluye dinámica) pasando por la incorporación al análisis de pautas de comportamiento individual detectadas por la psicología del conocimiento, hay infinidad de resultados que permiten a ambos planteamientos liberales encontrar espacios comunes.

Sin embargo esta oportunidad no ha hecho sino cambiar de nivel la oposición entre una y otra actitud. Dicho de manera muy rotunda, los partidarios del planteamiento austríaco se convierten en cancerberos de una visión profética que resulta ser imprescindible para exorcizar los peligros a los que nos pueden llevar los resultados recientes mencionados que, tratando de captar la complejidad, de incorporar dinámica y de introducir límites a la racionalidad, nos podrían arrastrar al relativismo y al denostado multiculturalismo no lejanos ambos del pragmatismo rortyano. Este planteamiento austríaco capta bien que la fuerza del liberalismo no está sólo en el mercado, la competencia y el funcionamiento correcto de instituciones espontaneas o impuestas; sino que, al final, radica en un ethos que antepone la verdad y la libertad a la propia felicidad, tal como explicaré enseguida.

Es pues evidente que la tensión interna entre un liberalismo más de derechas y otro más de izquierdas no va a desaparecer; pero esto me parece que es algo estimulante y que, en cualquier caso, no empece mi decisión de incorporar, como primer elemento de mi contrarrevolución, la necesidad de la ética individual, necesidad que ha surgido inesperadamente del examen tangencial de los vericuetos por los que he transitado la idea de racionalidad en el mundo del análisis económico y tomándola de la visión cuasi profética del liberalismo de derechas.

De acuerdo con este primer rasgo contrarrevolucionario no deberíamos contentarnos con vivir en una sociedad con reglas o instituciones justas o aceptables pues nada puede eximir el ejercicio de nuestra responsabilidad individual a la hora de juzgar los ataques a cualquiera de las tres ideas básicas de libertad, igualdad y fraternidad. Y cuando esta exigencia se aplica a la idea de verdad surge, como ahora veremos, el segundo rasgo del liberalismo que quiero retener. Mi contrarrevolucionario, en efecto, deberá anteponer siempre y sin excepción la verdad a la felicidad de forma que, cualquiera que sea el objetivo social que persiga (y puede ser el propio del utilitarismo que quiere la mayor utilidad para el mayor número de personas) nunca admitirá la maximización de ese objetivo si ello oscurece la verdad. Verdad antes que felicidad es ese segundo rasgo contrarrevolucionario que, en su aplicación, nos lleva enseguida al tercero. En efecto, de la primacía ética de la verdad se sigue otra característica del liberalismo que tiende a olvidarse: la necesidad de la rebeldía y de la experimentación.

Tal como aprendimos de Popper, no es posible alcanzar la verdad mediante el ejercicio de una racionalidad, siempre limitada, sin la ayuda de la discusión abierta, la apertura de nuevos caminos o la experimentación sobre el terreno. Pero esta rebeldía y esta experimentación no se darán sin la imprescindible diversidad social. No hay nada más antiliberal que el conformismo del que aborrezco aunque no por razones estéticas, snobs o multiculturalistas; sino porque la diversidad es un requisito imprescindible para la obtención de la verdad en una sociedad en la que la racionalidad individual tiene límites. La necesidad de la diversidad es pues el tercer rasgo contrarrevolucionario que quiero destacar.

El empezar por el estudio de los avatares de la racionalidad era necesario para detectar unos rasgos del liberalismo que yo deseo destacar pero que suelen ser olvidados en beneficio de otras características más obvias como son la libertad y el individualismo. Continuaré por lo tanto examinando estas dos características básicas del liberalismo. En primer lugar la libertad. Como para los economistas el liberalismo suele asociarse al utilitarismo, es conveniente indicar que para el liberalismo que yo quiero (y que incluye la ética individual) la libertad pasa por delante de la utilidad. Libertad antes que utilidad será pues el cuarto rasgo definitorio de mi contrarrevolución. En consecuencia, y siguiendo a Sen, no admitiré ningún arreglo que maximice una función de utilidad social que me haya sido impuesta y que no haya surgido desde mi libertad.

La libertad es, en efecto, el valor supremo del liberalismo y muchos de los esfuerzos intelectuales de los liberales están relacionados con el despliegue de esta idea en diversos ámbitos como por ejemplo el económico. Un resultado importante de este esfuerzo es la entronización de la propiedad privada como la otra cara de la libertad, de forma que un proyecto contrarrevolucionario como el que estoy intentando dibujar no puede abstraerse de la discusión de esta institución central. En esta discusión importan también las dos tradiciones analíticas que he destacado más arriba. Para la rama británica de la tradición naturalista la propiedad privada es indispensable para el ejercicio de la libertad y para la rama austríaca es evidente que sin propiedad privada no hay incentivos para que se tomen los riesgos que están en el origen de riqueza. Sin embargo, para la tradición formalista, la propiedad privada es una institución que se toma de manera acrítica como dada, lo que incuba peligros.

Sabemos que en esa tradición una economía de mercado de propiedad privada que actúa competitivamente alcanzará un óptimo paretiano y que cualquier óptimo paretiano tiene asociados unos precios que si fueran impuestos a todos llevarían, a través del mecanismo de mercado, a las asignaciones propias de ese óptimo siempre que se pudiera elegir el reparto de la propiedad privada inicial. El juego argumental que proporciona este último resultado ayudó a la respetabilidad intelectual del llamado socialismo de mercado y dió origen al debate del cálculo socialista que se zanjó con el reconocimiento de que los incentivos exigen la propiedad privada. Podría establecer como mi quinto requisito contrarrevolucionario la exigencia de la propiedad privada; pero como esto no sería negado por los neoconservadores prefiero hacer hincapié en exageraciones propias de éstos aunque no sólo de ellos.

Basándose curiosamente en la tradición formalista propia del planteamiento económico neoclásico, los neoconservadores pretenden extender artificialmente la propiedad privada mediante el ensanchamiento del ámbito y la extensión en el tiempo de los derechos de propiedad intelectual. Yo me atrevería a hacer dos críticas a esta actitud neoconservadora. La primera es que desde el mismo planteamiento neoclásico se ha mostrado por M. Boldrin y D. Lavine que los derechos de propiedad intelectual pueden ser no necesarios para incentivar la inventiva. La segunda crítica a la extensión injustificable de la propiedad privada, parte más bien del espíritu del planteamiento austríaco y quiere hace notar que en los primeros estadios del desarrollo general, o el de una invención específica, puede ser necesaria la cooperación y que, a veces, ésta se da más fácilmente desde una situación en la que la propiedad privada no está muy firmemente arraigada.

Estas dos ideas son complementarias y conjuntamente dan cuenta de cómo se adquiere respetablemente esa propiedad privada necesaria: debe adjudicarse a quién más y mejor ha cooperado en la colonización de nuevas fronteras. Déjenme llamar a este mi quinto principio contrarrevolucionario el de la propiedad privada para quien se la trabaja. Una vez adquirida facilita el funcionamiento de los incentivos; pero es necesario incentivar precisamente esa adquisición de la propiedad ligándola de alguna manera al celo cooperativo inicial.

Ahora pasaré a examinar la segunda característica básica del liberalismo: el individualismo.

Trataré de mostrar que, de la misma manera que no hay libertad sin propiedad privada, no podemos entender fructíferamente el individualismo sin tener en cuenta la existencia y evolución de comunidades identitarias a las que todo individuo está adscrito con mayor o menor fuerza, una afirmación delicada que necesita una argumentación nueva. Por un lado es bien cierto que uno de los motivos de orgullo de cualquier liberal, de raigambre británica, francesa o austríaca, consiste en afirmar que su ética individual le exige el respeto total por la soberanía del individuo. Este respeto, que rara vez es mencionado como una elección ética, conduce al desarrollo de los derechos humanos como una construcción extraordinaria del derecho que pide a gritos su universalización.

Universalización de los derechos humanos sería pues el sexto punto de mi agenda contrarrevolucionaria pues ciertamente no creo que los revolucionarios neoconservadores estén por la labor de respetar escrupulosamente todos los derechos humanos en cualquier lugar y en todo momento a pesar de su retórica ante Sadam. Además de un fundamento ético, el individualismo tiene una justificación funcional que entraña, como ahora veremos, una aparente contradicción. El individualismo garantizaría la diversidad y, como ya he dicho, ésta es fundamental para alcanzar la verdad. Sin embargo la diversidad confronta un ejército de enemigos que desearían difuminar las diferencias entre individuos. Cualquier movimiento o partido político, la lógica del mercado hasta cierto punto, la mismísima democracia y todo autoritarismo, tienden a eliminar esas diferencias individuales mientras engañosamente las encumbran y las cantan.

De ahí que un verdadero liberalismo no pueda evitar el acabar siempre en una resistencia explícita al autoritarismo (se disfrace como se disfrace) y en una loa a la disidencia individual. Yo me atrevería a citar (aunque sea fuera de contexto) a I. Berlin para ejemplificar el peligro que acabo de subrayar, y que reconozco en el mismísimo ataque bélico a Iraq puesto que para mí este ataque representaría el deseo subyacente (al neoconservadurismo) de poner fin a la variedad, movimiento e individualidad de cualquier clase; el anhelo de un modo establecido de vida y de pensamiento intemporal, inmutable y uniforme.

La disidencia individual y la lucha por los derechos humanos son necesarias; pero mucho me temo que la diversidad, necesaria para la verdad, no esté garantizada por esa disidencia y esa lucha a no ser que se reconozca que los individuos conforman comunidades identitarias en el seno de cada cual hay ciertamente un peligro de uniformismo; pero en cuya competencia y confrontación con otras se mantiene la diversidad. Identidad antes que individualismo es pues mi séptimo lema contrarrevolucionario, quizá el más difícil de tragar por los liberales bienpensantes y el más arriesgado intelectualmente; pero el más realista como arma política contra un neoconservadurismo que sabe bien que sus finalidades inconfesables son mucho más fáciles de obtener en un mundo cosmopolita sin fronteras ni identidades enfrentadas.

Para evitar, en la medida de lo posible, que se me tache de atrabiliario añadiré que, a pesar de este séptimo lema, comparto con A. Sen la idea o el ethos que afirma que la razón ha de prevalecer sobre la identidad.

Llegó ahora a la tercera de las características más conocidas del liberalismo: el espontaneísmo o evolución autónoma de la sociedad. El liberalismo sabe que todo evoluciona y que esa evolución puede ser fuente de progreso mientras que el intento de paralizar la vida del que recelaba I. Berlin es, además, inútil pues no es fácil encontrar formas de vida o instituciones que sean totalmente inmutables. Las instituciones en particular se tejen en el tiempo real y permanecen siempre que no sean meramente de diseño sino que correspondan a algún tipo de equilibrio de un sistema dinámico.

Sin embargo hay que esperar que en algún momento ocurra algún cambio externo que las ponga en crisis y desencadene un proceso más o menos autónomo, más o menos espontáneo, que podemos denominar autoorganizativo, y cuyas relaciones con el comportamiento individual son difíciles de desentrañar. Todo liberal sabe esto y ningún liberal, si realmente lo es, tratará de frenar este espontaneismo. Pero unos liberales se diferencian de otros por la postura que predican ante estos procesos autónomos.

Para la tradición naturalista y de origen austríaco lo más sensato es no hacer nada, no intervenir, tener una actitud pasivamente adaptativa. Nada dirán estos señores contra la destrucción de la ONU y de otras agencias multilaterales que la guerra de Iraq amenaza con acarrear. La guerra es ese cambio externo que desencadena fuerzas que acabarán llevando a otros arreglos institucionales en el ámbito internacional. Quienes más defenderían la ética individual más allá del funcionamiento de instituciones que, como el mercado, serían correctas según Rawls, son en este punto éticamente mudos.

Para la tradición formalista y para los británicos de la tradición naturalista sin embargo, la pasividad no tiene por qué ser la regla y tendrán dificultades para reprimirse a la hora de proponer y ejecutar proyectos concretos razonablemente sensatos. J.S. Mill se involucró en muchos de ellos. Keynes es el ejemplo más claro de liberalactivista y Samuelson, Arrow, o Stiglitz, como ejemplos obvios de la tradición formalista, nunca han rehusado intervenir en los asuntos públicos en apoyo, o en contra, de propuestas concretas, lo mismo que en su día pretendió hacer Walras.

Este proyectismo social parece contradictorio con el espontaneísmo y la confianza en la autoorganización. Sin embargo deberíamos reconocer que hay una forma de reconciliar ambas actitudes si pensamos que no podemos ocultarnos lo que conocemos de los procesos sociales. Si creemos conocerlos es muy difícil no actuar aunque sólo sea para evitar los obstáculos al desarrollo espontaneo. Esto es lo que seguramente empujó a Friedman a recomendar que el Banco Central se sujetara a reglas contra un Hayek que quizá objetara a la mera existencia de ese Banco Central. Y esto es también lo que empujaría a Keynes ayer, y hoy a un Stiglitz, a proponer esquemas concretos de funcionamiento de algunas instituciones: creen conocer la dinámica social y pretenden crear las condiciones iniciales apropiadas para que esa dinámica acabe por conducirnos a un equilibrio al que sabemos que queremos llegar gracias a una discusión diversificada.

Por todo esto mi octavo lema contrarrevolucionario es una especie de grito por un proyectismo participativo. Notemos, claro está, que los neoconservadores, como no son liberales, creen en los proyectos sin ninguna reticencia de las que opondrían si fueran liberales; pero a diferencia del proyectismo participativo que propongo, los proyectos que ellos elaboran no pasan por ningún filtro participativo sino que, a lo más, son jaleados en ambientes afines.

Todo este largo rodeo pretendidamente caracterizador del liberalismo (como conjunto difuso de ideas) ha sido necesario para indicar con qué características me quedo a efectos de montar mi contrarrevolución. Pero todavía me falta determinar qué grupo humano puede vehicular mis lemas contrarrevolucionarios. Tengo que mostrar que sólo la pequeña burguesía puede aceptarlos en su totalidad.

Para ello diré algo previo sobre el Estado como esa institución que parece necesaria para garantizar los derechos humanos, la propiedad privada y la libertad individual; pero que sin embargo puede ser conformadora de uniformidades y difuminadora de identidades. Más que discursear sobre el Estado voy a tratar de indicar a grandes rasgos quienes defienden un cierto tamaño y una cierta fortaleza de esa institución que, a fuer de liberal, he reconocido como necesaria y peligrosa simultáneamente.

Comenzaré por quienes gustan de un Estado grande. Los que son propietarios iniciales de una dotación generosa, los que no aprecian la diversidad y los que no tienen una identidad que preservar desearían que ese Estado grande fuera, además, fuerte para que pueda cumplir con sus funciones liberales de preservar la propiedad privada y garantizar la libertad que faciliten la captura de ese estado en su beneficio de clase. Estoy hablando en este caso de la gran burguesía conservadora, siempre que fuera liberal lo que no es siempre el caso.

Los que por el contrario no tienen una gran dotación inicial, aprecian la diversidad o tienen una identidad que preservar, es decir los socialdemócratas, preferirían que el Estado, aunque grande a efectos redistributivos, fuera débil precisamente para no poner en peligro esa diversidad o esa identidad diferenciadora.

Seguiré ahora con los defensores de un Estado pequeño. Los anarquistas de derechas querrían que, además de pequeño, el Estado fuera débil y para ello predican que sus funciones clásicas se realicen por agencias independientes presumiblemente menos fáciles de corromper.

Finalmente los que tienen un buen punto de partida en términos de riqueza (riqueza que les gustaría preservar aunque no harán estropicios para aumentarla), gustan de la diversidad y aborrecen la uniformidad son los que desean un Estado pequeño pero fuerte. Se trata de ese pequeña burguesía que cree en la propiedad privada; pero que al mismo tiempo tiene conciencia identitaria como clase (de tenderos por ejemplo, o de tenderos del casco viejo del Bilbao unamuniano de Paz en la Guerra) y gustan por experiencia propia de la diversidad que está en la base de su negocio.

Una vez establecida esta tipología de posibles Estados y una vez asociado a cada uno de los tipos una cierta clase social, no es difícil acertar, mediante un ejercicio simple propio del planteamiento de la Public Choice, con la única que puede sostener el liberalismo contrarrevolucionario que estoy tratando de predicar. Los socialdemócratas perderán su deseado Estado grande y débil en manos de una alta burguesía que, si bien al principio querrá un Estado grande aunque débil a fin de seguir sacándole sus rentas no merecidas mediante la ocupación del mismo, más adelante, una vez agotadas éstas, lo querrán igual de débil pero más pequeño para que no incordie con ninguna llamada a la justicia o a la solidaridad, pasando así a una forma de Estado propia de la anarquía de derechas.

Es este el Estado que quieren los neoconservadores. En consecuencia si queremos frenarle no tenemos más remedio que optar por un Estado pequeño y fuerte, el que desearían justamente los pequeños burgueses. Por lo tanto el noveno rasgo contrarrevolucionario clama por un Estado pequeño y fuerte. Conseguir un Estado pequeño parece hoy fácil porque tanto la ideología como los hechos parecen avalar esa mengua en su tamaño. Conseguir que, sin embargo, sea fuerte pasa por no desmantelarlo parcelando sus funciones y delegando su ejercicio en comisiones o agencias independientes. Para que esto no ocurra no hay más remedio que frenar la catarata de deserciones de servidores del Estado que se pasan a la empresa privada y conformar un funcionariado serio y respetable que incentive la pertenencia a alguno de sus cuerpos. Cierro así mí decálogo liberal pequeño burgués exigiendo un funcionariado de élite.

Creo que es precisamente la pequeña burguesía la que, a partir de un Estado pequeño y fuerte apoyado en un funcionariado motivado, puede vehicular los lemas contrarrevolucionarios que he destacado y que creo suficientes para frenar el neoconservadurismo. Termino enumerando y completando dichos lemas en forma de decálogo.

  1. Necesidad de la ética individual
  2. Verdad antes que felicidad
  3. Necesidad de la diversidad
  4. Libertad antes que utilidad
  5. La propiedad privada para quien la trabaje
  6. Universalización de los derechos humanos
  7. Identidad antes que individualismo
  8. Proyectismo participativo
  9. Estado pequeño y fuerte
  10. Funcionariado de élite


Nota: Esta entrada fue publicada originalmente el 3 de junio de 2003

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2122 ~ 17 de junio de 2014 ~ ~ 87 1

LXXXIV: Dos bonitas ideas

burritosHace ya unos años una de las escuelas de verano organizadas por la FUE se dedicó a lo que se llama «Behavioral Econimics», y muchas de las ponencias ponían énfasis en la diferencia entre lo que la economía convencional decía o predecía y lo que los experimentos naturales o de laboratorio nos revelaban. Recuerdo la vuelta en coche a Madrid desde San Sebastián con JCGB, ambos un poco desmoralizados, como si lo que habíamos escuchado dejara obsoleto todo nuestro conocimiento, y llenos de ideas sobre lo que habría que hacer para desarrollar la nueva sabiduría a lo largo de caminos similares a los transitados por nuestra generación.

Pues bien, el otro día acudí a parte de un homenaje a un profesor de la Carlos III, Luis Corchón, que comprendía un pequeño simposio en el que se presentaban papers sobre temas relacionados con su investigación y trabajados por colegas de su amplio entorno de amistades. Yo estaba todavía con el cansancio acumulado del viajecito a Venecia y no seguí las presentaciones con la debida diligencia, pero hubo dos de los trabajos que me llamaron la atención por su potencialidad para cubrir el gap existente entre las dos maneras mencionadas de hacer Economía. Afortunadamente ambos están en la red, o al menos versiones previas de los mismos, así que una vez recuperada una cierta agilidad mental, traté de enterarme, siquiera superficialmente, sobre su contenido.

En el primero de ellos, Roberto Serrano nos sugiere una manera de medir la «distancia» entre una función de demanda teórica, es decir, basada en la racionalidad del agente individual, y una función de demanda medida o estimada en la práctica utilizando de alguna manera la matriz de Slutski como unidad de medida de la distancia que nos interesa. Este es sin duda un buen paso en la dirección que tanto JCGB como yo creíamos había que seguir hace unos añitos en aquel viaje de vuelta un poco triste. No he trabajado los detalles de esta contribución entre otras razones porque me quedé atrapado por el segundo trabajo que llamó mi atención, un trabajo de John Roemer, un viejo amigo que conocí hace bastantes años justamente en la primera escuela de verano de la FUE celebrada precisamente en Venecia.

Este segundo trabajo no es tan evidentemente útil para caminar hacia la unidad de la ciencia económica tal como se hace hoy o, en cualquier caso, no de la misma forma que lo es el de Serrano, pero algo tiene que puede servir para ello, además de plantear una pregunta interesante en sí misma. John Roemer nos expone las implicaciones de su idea de lo que sería un equilibrio en una economía en la que los agentes individuales fueran éticos en el sentido kantiano de tratar a los demás como querrían que los demás les trataran a ellos: behandle jeden so, wie du behandelt werden willst.

Aquí también se trata de comparar algo racional en el sentido de la Economía Neoclásica con algo distinto que, aunque no muy general, se observa en pequeñas comunidades identitarias. Se trata en concreto de comparar la performance de una Economía Neoclásica caracterizada por su equilibrio, con lo que sería el equilibrio de una economía en la que los agentes individuales no se rigen por el comportamiento de hacer lo mejor para ellos dado lo que hacen los demás (lo mismo que en un equilibrio de Nash), sino por la regla de oro con antecedentes bíblicos de hacer tú lo que te parecería bien que los demás hicieran suponiendo que los demás hacen eso.

Aparte de los detalles, lo interesante del paper es a mi juicio que ese equilibrio es óptimo de Pareto en escenarios en los que el equilibrio competitivo no lo es. Pensemos en una situación en la que lo que se juega es la asignación de un bien comunal, como, por ejemplo, un prado en el que pastan las vacas de los escasos habitantes del lugar. Como sabemos, la libre competencia acabará destrozando el pasto, lo mismo que ocurriría con una pesquería o con cualquier otro bien comunal. En estos casos lo que se suele hacer es dividir la propiedad o establecer cuotas de capturas o turnos de uso. Lo curioso de estos casos es que, en la práctica y tal como mostró Elinor Ostrom, en casos concretos y en comunidades pequeñas los agentes individuales concernidos suelen alcanzar esa especie de equilibrio óptimo que correspondería al caracterizado por el equilibrio Kantiano.

Un resultado curioso que merece dos comentarios. El primero es que lo que ocurre en la práctica coincide con una noción de equilibrio que incluye la idea de racionalidad, aunque el background no es utilitarista sino kantiano. Y el segundo es que la regla de oro kantiana está basada en un cierta manera de mirar a la universalización que nada tiene que ver con la extensión urbi et orbi de cualquier regla de conducta o de cualquier meme. Aquí se le mira como un meme que igual se da en una comunidad y no en otras, y que incluso podría no dejarse introducir en esas otras.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2122 ~ 14 de junio de 2014 ~ 0

De Bilbao a Bilbao pasando por LA

at_berkeleyAl día siguiente de aquel concierto, a la postre fúnebre, durante el cual el que fue dueño de los timbales durante años y años falleció sobre el tambor mayor de ese instrumento en un momento cumbre de una sinfonía de Mahler, yo partía en el primer avión de Bilbao a Madrid para conectar con el vuelo a Dallas y desde allí trasladarme a Los Ángeles hasta aquella universidad a la que me habían llevado de manera natural mis estudios previos en Boston y mi deseo de seguir estudiando no solo por formarme, más sino por el mero reto de doctorarme sin finalidad ulterior alguna. A veces me hago notar en conversaciones distendidas como un individuo que nunca ha trabajado, pero tampoco es que mi idea fuera dedicarme a la Universidad, como acabé haciendo, para realmente no tener jefes y, por lo tanto, no trabajar por muchas horas que metiera al día tratando de entender textos enrevesados de autores que oscilaban entre la Economía, la Filosofía o la Política. Esto lo hacía por puro placer y en aquella época yo no podía asociar el placer con el trabajo. Precisamente dejé el ámbito alemán en el que me formé al principio durante un par de años después de acabar el bachillerato porque me parecía que los estudios eran demasiado prácticos y, no se me malinterprete, demasiado fáciles justamente porque los planes de estudios estaban trazados con minuciosidad propia del espíritu germano. Lo que yo quería en aquel entonces, cuando el futuro era una palabra sin sentido, era aprender a relacionar todo con todo, en la esperanza, la única que haya tenido nunca, de jamás quedarme sin respuesta cualquiera que fuera la pregunta. Aunque mi partida fue, desde luego, triste, pues Machalen y yo velamos el cadáver del abuelo toda la noche, cuando tomé el avión conseguí evadirme de todo y aprestarme a seguir mi destino. Una vida que yo creía llena de divertimentos.

A eso, a no trabajar y a entenderlo todo, es a lo que aspiraba desde hace mucho tiempo, y desde luego cuando solicité la admisión desde Salzburgo y finalmente la obtuve en esa universidad del oeste gracias a las cartas de recomendación de mis profesores alemanes y austríacos que supongo destacaban mi descaro, que ellos tomaban por valentía, para abordar cualquier tema. Así que a los pocos días de haber llegado a Los Ángeles ya estaba viviendo en un apartamento de Westwood a una distancia prudencial del campus, y me había fabricado una carrera a mi medida con el visto bueno de quien había de ser no solo mi tutor durante años, sino sobre todo mi maestro en la iniciación en el conocimiento de un territorio opaco para mí pues yo era como un federal tratando de adentrarme en territorio apache. Pero acabó siendo un amigo, pues el territorio apache ya estaba controlado y el resultado del apaciguamiento era un ambiente intelectual enormemente rico y ambicioso. No había un camino a seguir, sino que uno se hacía su propio camino, que por extraño que fuera era observado con respeto y curiosidad por el tutor. Desde mi soledad y todavía triste y mi casi total ignorancia del sistema me hice mi propio itinerario basado en el título de las asignaturas, un itinerario que resulto estar conformado en gran parte por asignaturas que se suponía un recién llegado debía tomar en su segundo año de estancia y una vez hubiera probado su diligencia y buena disposición durante el primer año. Pero ni mi tutor ni nadie me dijo nada, un hecho este que está en el origen de mi entusiasmo creciente por la manera de vivir en común que tienen estos aborígenes que en pocos años se habían puesto a la cabeza de la vida intelectual en cualquier campo.

El esfuerzo en el estudio me parecía llevadero hasta el punto que creía tener tiempo para zascandilear no poco además de mantener una correspondencia cariñosa con Machalen. Estaban allí compañeras de generación con las que apenas me cruzaba, pues ellas habían comenzado por el principio, pero con las que coincidía en algunos cursos y seminarios y con las que de manera natural podía organizarme no pocos fines de semana disipados y repletos de coqueteo, sobre todo intelectual, el que siempre ha sido el más excitante para mí. Pero no era solamente esa libertad a la que no estaba acostumbrado, pues no era el caso ni en mi Ciudad ni en los centros en los que comencé mi educación técnica alemana; era también la multitud de latinos con los que podía hablar en un idioma común y de los que aprendí a criticar al país que tan bien me acogió desarrollando esa doblez (si así se la quiere llamar) que tanto me ha servido en la vida hasta que, en un momento dado, casi acaba conmigo.

No había llegado allí con un plan definido, más allá del de divertirme y no trabajar, pero aquí comenzaron a amontonarse los acontecimientos, además de los estudios que siempre me divirtieron, que fueron dando forma a un tipo de vida que en algún momento pensé pudiera durar eternamente. Entre las notas de todas clases que acumulé en cajas de cartón que un día facturé de vuelta a Bilbao, he encontrado una especie de relato que, además de revelar ese gusto mío por la escritura que nunca me ha abandonado a pesar de no haberlo ejercido, muestra con cierto descaro que no solo estudiaba, sino que, solo o acompañado, fui descubriendo lugares y personas de esa ciudad de la que quizá nunca me debiera haber marchado. Es una nota literaria bastante larga pero que, a pesar de haber sido escrita hace solo unos cuatro años, no me permite recordar cuánto contiene de pura ficción y cuánto de experiencia disfrazada:

“……… mientras hacia el oeste la primera claridad lechosa diluye los colores, que recuerdo vivos, del mar, los barcos de recreo o los naranjos, en suaves gradaciones del blanco, trasluce el fondo del valle, temblorosa de sal y yodo la pirate´s cove, desertada a estas horas inimaginables de un amanecer de primavera, por todos los hombres que cada mediodía exhiben con parsimonia sus cuerpos desnudos ante los ojos ávidos y febriles de Christopher Isherwood, acompañado a menudo como ayer, por una Anais Nin disfrazada de apicultora y que, ahora, desapercibida hembra, apoya un brazo muerto sobre las nalgas prietas de uno de loes machos atléticos yacientes, desmadejados y ahítos tras una noche pegajosa de olores amargos que comienza a disipar su protección mafiosa en el instante justo que dirijo esta última mirada hacia las líneas de la costa, ese transparente fin de la tierra ante el que no hay más remedio que elegir entre el suicidio lento de la mosca que araña inútilmente la superficie pulida de un cristal, cegada por un más allá deslumbrante, y el sereno retorno, Sunset Boulevard arriba, hacia la domesticidad, a bordo de mi Mustang verde-lejía sobre cuya puerta entreabierta, apoyo con gesto de dueño que contempla los confines de su finca, mi codo derecho, apenas escurrido de la manga de una impecable camisa de seda blanca con puños flameantes sobre un antebrazo magro y moreno y con bolsillo plastón del que rebosa la suela de esparto con puntera reforzada de goma de una alpargata negra que hace meses compré, a precio de oro, en rodeo drive, junto con su pareja ahora en este pie derecho mío que, a lo largo de esta jornada río arriba, ha de dominar, con suaves toques de acelerador y de freno, el deslizamiento de mi cabrio automático por el dulce y rosáceo pavimento del boulevard como viaja el gordo bailarín del Alvin Ailey por la tarima encerada del Dorothy Chandler pavillion, con la parsimonia y la solemnidad de un onírico vuelo rasante de vuelta desde la esterilidad del placer hacia el arbolillo que, en el cérvix de esta ciudad, todavía da su fruto anual correoso e incomible en un parterre sombrío de la Union Station……”

La pieza literaria continúa pero me paro aquí -de momento- no porque haya un punto de los que la pieza carece, sino porque es esa referencia al cérvix y al paseo río arriba la que me hace pensar que, aun sin plan alguno de volver a casa, teniendo el mundo abierto a mis más exóticas expectativas y alumbrando ya la posibilidad de subsistir allí, quizá en Venice, con la apertura de un chiringuito de tortillas de patatas con y sin cebolla, Bilbao se imponía con la fuerza de un inconsciente denso en pesadas conexiones imposibles de cortar a pesar de que entre todas mis actividades extracurriculares estaba también la introducción teórica y práctica a las ideas de Fritz Pearls y su psicología de la Gestalt.

Este inconsciente resultó ser más enraizado de lo que imaginé pues, a pesar de mi falta de seriedad en mis estudios de doctorado, el sentido del deber bilbaíno fue imponiéndose paulatinamente y mis ensoñaciones fueron encontrando su lugar en un plan de futuro que acabó de perfilarse en cuanto, casualidades de la vida, me encontré, topé yo diría, con una mujer que procedía de la que seguía siendo mi Ciudad y que, como yo, se había trasladado a Los Ángeles, en su caso con toda seriedad, para estudiar la historia de las trazas de la conquista en los restos de conventos en California del sur. Pero esto fue ya después de finalizar con éxito mi loco itinerario académico previo a iniciar la tesis y posterior a mi formación definitiva en sexo. Todo este período se deja traslucir en la continuación de la nota literaria que he comenzado a trascribir y que hora continúo:

“… un parterre sombrío de la Union Station olvidado por los torazos y las lobas del sur, que escupidos rítmicamente por espasmódicas escaleras mecánicas, acarrean sobre el lomo pertenencias y crías y se extienden por el inmediato McArthur park con su vagabond theater, decorado de película exótica de la Universal, pequeño nazaret cada noche bañado por la luz fosforescente de estrellas de decorado con palmera y de luna permanente y siempre llena al pairo de las órbitas celestes de los crédulos, hasta el alejado verdor de este campus, continuación intelectual en la margen izquierda del Bel Air de dentistas enriquecidos, en donde las cien mil réplicas clónicas de una misma joven rubia, a rebosar sus jeans cortados a medio muslo, ensayan sin descanso sus elementales pasos de animadora…..”.

No es necesario volver a resaltar que la alusión a la margen izquierda sigue siendo herencia de mi Ciudad, una herencia de la que no era consciente y que, por aquel entonces no me parecía una atadura. Pero entre todas esa rubias encontré a mi rubia sin jeans rebosantes, pero con ojos pardos y unos pechos de los de ración. Le conocí a través de unos amigos latinos que le habían acogido en su comunidad y con los que yo cenaba algunos sábados para hablar de política. Era tan seria que el frecuentarla no entró en mis planes de abordar distintas vías de conocimiento, pero esa cara de rubia de caserío se fue imponiendo aun a sabiendas de que ello podría frenar esas andadas mías que sigo relatando de manera ficcional:

“..y habiendo, pues, dejado atrás las hermosas villas toscanas de Beverly Hills y su elegante y variada vegetación que hizo enfurecer de rabia al pobre Henry Miller, tan ignorante en estas materias que solo llegó a distinguir el cerezo japonés del tilo parisino, y nunca supo ver, con la miopía del obseso, en la flora de la primavera de Boticelli más que el vestido provenzal exhibido en el escaparate del local comercial de Laura Ashley, Sunset esquina con Vermont, y encima del que, en un estudio de dos piezas, cuenta su biógrafo, Chandler escribía cada noche con manos enguantadas para disimularse sin éxito el escozor de un soriasis eruptivo origen de una inquietud nunca apaciguada por la mudanza, cien veces repetida, de una a otra orilla de este río boulevard y, en una ocasión excepcional, hasta la ribera de un afluente poco caudaloso, cerca de un teatro-bar, desde hace años hogar de excelentes divos espontáneos de la ópera italiana que entonan sus exaltadas áreas entre sandwiches de pan de centeno, mayonesa ligera y roast beef por capas….”

Desde luego fue a este café-teatro y con el señuelo de Chandler que logré arrastrar a esta chica de mi Ciudad abandonando por una vez al grupo latino. El lugar no era nada peligroso y para mí tenía unos recuerdos inolvidables de la época en la que perseguía la sabiduría y todavía no el conocimiento concreto en el que empecé a reflexionar cuando después de esa salida vinieron otras. Pero esto llevó su tiempo y mientras yo continuaba mi persecución de la vida sin objetivo:

“…roast beef por capas, solicitadas en número dependiente del apetito del cliente para admiración de sus acopañantes, entre los que una venturosa noche encontré a esa mujer, mi extraña esposa soltera, madre estéril, indomable mujer híbrido de escocesa y cuarterón cubano, mi mulata con vitíligo, cuerpo a topos, cara café con leche, a la postre vendedora en Schwabs Pharmacy de cremas protectoras ante contingencias varias, incluido el traidor sol de Los Ángeles que en días como el de hoy, todavía alejado del verano abrasador, pero ya en su cenit, reconforta el cuero curtido de mi calva y rebotando sobre el carenado del parabrisas muere entre unas ingles agradecidas, hinchándolas de un suave sopor espeso, bajo mis pantalones de drill butano, en dos hernias como rodamientos acerados que engalanan un pubis plano entre dos piernas enjutas de un maratoniano aturdido que corre hacia un destino labrado con paciencia de orfebre a bordo de un Mustang verde-lejía, signo inequívoco de una individualidad irreductible….”

Esta identidad ya fraguada fue la que me permitió compatibilizar mi preparación de tesis con las salidas medidas con esa otra mujer seria de mi Ciudad que ya podía combinar la exploración vital con el planteamiento del futuro. Así pues, continúa mi pieza literaria:

“…una individualidad irreductible, espejo de la ciudad misma, mezcla de correosa vejez y de niñez vulnerable, que nunca conseguirá curar la nostalgia del cruce entre el negro desleído de las watt-towers al atardecer y el blanco azulado del horizonte de Pacific Palissades al despertar el día y que entre una y otro entretiene su perpetua espera del milagro de la brisa entre los hombros, o del lento entrelazarse de unos dedos hábiles en las lanosas hebras del pecho, o de una entrega sudorosa al baile del pato entre un Chuck Berry, Dorian Gray de antracita, y un gin tonic helado que reaviva al tacto una espalda desnuda y brillante, enmarcada por tirantes estrechos como hilos de cobre y adornada en sus bordes por los díscolos flecos de la magnífica pelambrera de las axilas, de una habitante extraña de esta ciudad improbable en donde todo crimen queda impune y que, excepcionalmente esa noche y a mi requerimiento, había acudido al strip desde su apartamento a la sombra del teatro chino y que acabó en mi mustang verde lejía contemplando el cielo boca abajo desde la explanada del observatorio del parque Grifith, aliviando así mi espera de siempre alentada de, de acabar calzándome esta alpargata izquierda que ahora, después de todo un día, acaba manchando mi camisa impoluta, a la altura del pectoral, de un cerco de sudor, y de caminar por fin sereno hacia el pueblo de nuestra señora de la porciúncula en un atardecer de fuego…”

Pero mis ficciones literarias acabaron nueve meses después cuando esta mujer de mi Ciudad dio a luz a un precioso niño que cambió nuestras vidas. No cabía discusión, yo tenía como mucho un año para centrarme y terminar mi tesis y ella dejaría la suya para terminarla en nuestra Ciudad cuando volviéramos y comenzáramos una vida productiva de capataces directos o indirectos de nuestros señores de la margen derecha. Se acabaron las visiones de vivir del rendimiento de un chiringuito en Venice o de contemplar las caídas del sol con la serenidad que daba un porro. La tesis incluso me interesó, y mi hijo trajo consigo mi cuasi definitiva caída del cabello. Pero no todo fue tan serio pues mi colección de vulvas aumentó en un ejemplar de categoría medalla de oro tanto por la simetría de los labios como por el colorido marrón casi beige que servía de invernadero de unos pelillos rubios extrañamente sedosos.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2122 ~ 11 de junio de 2014 ~ 1

La Goulue en Venecia

Venecia neovenecianaMe equivoqué dudando, en el último minipost, del servicio que la Goulue me podría hacer en Venecia. Casi la he rellenado entera pues, arrastrado por una jóven arquitecta de pocos años, he recorrido no solo la Bienal de Arquitectura, que es a lo que íbamos, sino también muchos lugares ignotos de este lugar fuera del tiempo; y que, naturalmente me han obligado a tomar notas.

La ciudad se sigue hundiendo y los venecianos se van. Solo quedan aquellos, unos 50.000, cuya edad les permite todavía andar a saltitos entre los puentecitos algunos de los cuales sirven solo para acceder a un portalón de un palacete abandonado.Desde la última vez que estuve allí, con ocasión de la primera Summer School organizada por la FUE, yo diría que el desmoronamiento se muestra sin recato lo que no disiminuye el entusiasmo de las bandadas de turistas nórdicos todos más altos, más rubios y más viejos que yo.

Lo primero que me cuenta la Goulue es que en la fiesta previa a la apertura oficial de la bienal ofrecida por los americanos en la sede de la Colección Peggy Guggenheim y a la que gracias a unos amigos habíamos sido invitados, el glamour brillaba por su ausencia si por glamour entendemos algo más que el disfraz de arquitecto. Pero en cualquier caso fue una mágnífica introducción a la Bienal y me llevó a preguntarme qué tendrá esto de la arquitectira que atrae a muchos países a enseñarnos cada dos años algo de su trabajo arquitectónico de una u otra manera como ocurre con el arte en general o con el cine más en concreto.

Fue un buen comienzo aunque lo duro comenzó al día siguiente. Después de casi una hora de paseo llegamos a uno de los dos recintos-los Giardini- en donde están localizados la mitad de los pabellones, la otra mitad muy cerca -en el Arsenal. Y aquí comienzan mis notas.

En primer lugar tengo que mostrar mi entusiasmo por los Elementos de Arquitectura que se muestran en el Pabellón Central en los Giardini cuyo despliegue interior de Elementos de Arquitectura se debe al comisario general de la muestra, el gran Rem Koolhas. Desde el techo o el suelo hasta los muros o baños pasando por las rampas, los balcones y mil otros elementos, asistes, cada minuto más asombrado, a la deconstrucción de un edificio en sus componentes cada uno de los cuales es a su vez algo muy complejo cuya deconstrucción podría ser a su vez llevada a cabo. A la salida decidí comprarme una camiseta que exhibiera el lema que mejor representaba el elemento arquitectónico que me yo pienso me caracteriza: el muro. Puedo disfrazarlo de una u otra manera e incluso conseguir parecer como flexible, pero no puedo ni quiero engañarme, soy un muro cotra el que se choca y al que duelen todos los cabezazos que recibe.

Con es sensación no muy reconfortante proseguí la visita recorriendo pabellones más o menos cuidados y sugerentes pero que no pueden ocultar que te están mostrando representaciones de construcciones arquitectónicas cosa esta que no ocurre en una exposición de pintura o o en una muestra cinematográfica. De ahí el impacto que me casó el pabellón de Alemania que comienza a sorprender antes de entrar pues tiene un automóvil Mercedes en la puerta algo realmente inusitado en Venecia. Y la sorpresa es aun mayor cuando traspasas el umbral de la puerta principal y te encuentras con una verdadera casa o, mejor dicho, con el interior real y completamente desnudo de una vivienda cuyo exterior es el pabellón.

Este hecho diferencial me hizo pensar en cosas ajenas a la arquitectura. Pensé en efecto en la postura alemana sobre la cura de la Gran Recesión: nada de falsas salidas mediante formulas que no van a la esencia del problema. Lo que no quiere decir que los alemanes no puedan imaginar representaciones de la realidad que nos consuelan y nos conducen por caminos imaginativos. Esto se confirma en una exposición de las muchas que aprovechan la ocasión para exhibir representaciones proyectos arquitectónicos interesantes, en el caso al que me refiero fotos o maquetas de ideas para cambiar el pabellón de Alemania de forma permanente. Los alemanes se van ganando mi respeto sin prisa pero sin pausa.

Y hablando de cosas ajenas a la arquitectura tengo que confesar mi primera impresión desfavorable a la idea con la que entiendo los americanos plantean su presencia en esta bienal. Quieren mostrar la enorme influencia de la arquitectura ideada en los USA, realizada o no por ciudadanos de ese país, en el resto del mundo. Algo que huele a imperialismo. Pero luego te vas dando cuenta que este imperialismo no pretende serlo pues solo quiere mostrar la pujanza de una arquitectura documentando con todo cuidado la forma de trabajar de cientos de estudios ubicados en su territorio, cosa que, a su vez, plantea asuntos muy serios como por ejemplo la posibilidad de consideran a la construcción no solo como algo que puede tener interés general sino incluso mirarse como un bien público. Todo ello desemboca en la exhibición de cómo debería ser un estudio de arquitectura desde el punto de vista precisamente arquitectónico. Una actitud meta-arquitectónica que sorprende tanto por el estereotipo que nos hemos formado de su pragmatismo como, en consecuencia, por su planteamiento frente a la crisis que no ha sido tan simple como a veces se pretende.

Pero Venecia no acaba en la arquitectura de hoy (puente de Calatrava) o de ayer. Se puede volver a disfrutar de otras exposiciones permanentes como, por ejemplo, la de la Galeria de la Academia que ya creo conocer de memoria pero que siempre te activa el cerebro en una u otra dimensión. Esta vez me irritan los fondos medievales de las ilustraciones de la historia sagrada y me pregunto por las consecuencias de la no prohibición por parte del cristianismo de la figura humana a diferencia de los musulmanes o los judíos. A mi juicio esa permisividad cristiana pone en peligro la fe y fomenta la adoración acrítica. No hay que sorprenderse pues por los éxitos mundanos del cristianismo como religión organizada ni tampoco por la fragilidad de la fe que no ha hecho sino decaer desde los místicos hasta nuestro tiempo.

Desgraciadamente tengo que terminar estos comentarios propiciados por las notas que tomé en La Goulue con un rechazo frontal a la máscara como signo del carnaval que también identifica a Venecia. Ya es hora de que los que admiramos la historia comercial de Venecia y su consiguiente cosmopolitismo demos un paso adelante en defensa de la idea de multipersonalidad sin máscara de ningún tipo. Esto es lo que sería sin duda ese «Absorber la Modernidad» que parece ser el lema de esta Bienal.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2122 ~ 8 de junio de 2014 ~ 0

Un texto erótico (no apto para menores)

puente-colgante

Viene de aquí.

No se quitaba de la cabeza el disgusto de su madre por la imposibilidad sobrevenida de no poder lucir sus joyas en el mejor hotel de la ciudad en el festejo que seguiría a la botadura. Pero su meditación en el tren le había suavizado un poco la sensación de incomprensión, y la perspectiva de encontrar a esa chica a la que perseguía cada mañana, y con la que ya había comenzado a intercambiar alguna sonrisa y dos palabras, le calmaba un poco los ánimos. El madrugón le había proporcionado tiempo como para soñar despierto durante su paseo cansino desde la estación hasta aquel punto en el que el camino de chicos y chicas se bifurcaban, en aquella parte alta de la Cuidad un tanto alejada del centro pero bastante cercana de esa parada de tren en la que había descendido.

La ensoñación de la que era capaz y la única que se podía permitir era la de su figura paseando por la orilla de la playa, a medio camino entre los bloques de cemento que sostenían el malecón de poniente y las rocas llenas de quisquillas que cerraban la playa por levante. Era tan alta como él y nada delgadurria, sino que estaba rellenita, lo que daba a su paso un cierto porte real que ella debía conocer, pues su paseo era bastante frecuente desde el medio de la fila de esos toldos (en otros lares llamados casetas) hasta su principio. El toldo de ella y su familia estaba en una zona menos noble que la mía, pero la de mi familia estaba en segunda fila. Yo pedía por favor un vaso de agua en un establecimiento de más postín que el que a ella le hubiera correspondido. Y sin embargo, habían coincido varias veces en el de postín, lo que a él siempre le dio esperanzas de serle atractivo o que, por lo menos, lo fuera el conjunto de establecimiento y de ese jovencito con traje de baño recién estrenado como cada temporada.

Tenía todavía mucho tiempo antes de encontrarse con ella y escudriñar si le alegraba su encuentro inesperado, y así su paseo fue tomando un caminar muy cansino y nada marcial, con los ojos mirando al suelo en una postura que sería característica suya y que le duraría toda la vida, una vida en la que él en aquellos años no pensaba pero que le iba a llevar por caminos un tanto extraño,s aunque no muy diferentes de los que seguirían su compañeros de colegio. Poco podía imaginarse en aquella mañana fresquita que después de años de haber perdido contacto la volvería a encontrar casi veinte años después, ya casada y con hijos, viviendo en un chalet de la margen derecha con una cierta delgadez insospechada y con unas inquietudes intelectuales que, de primeras, enturbiaron el extraño placer de encontrarla de nuevo, a pesar de que él se había convertido en un profesional de una actividad que se podría llamar intelectual. Sería justamente este cruce de intereses, que a él le iban a recordar sus cruces del pasado en la orilla de la playa, lo que le iba a picar la curiosidad de si ella también los recordaría y que finalmente lo que les unió, al principio muy distantemente, pero poco apoco cada vez más cercanas sus miradas.

Era imposible que en aquel momento de titubeante acceso a la madurez pudiera soñar que en ese futuro inimaginable sus deseos inconcretos de niñez se fueran a satisfacer de una manera entre excitante y lenta. Claro que a esas alturas no le iba a asustar el inicio de una aventura sexual, pues los tiempos nuevos ya no eran aquellos tiempos de botaduras, y la vida le había llevado ya por lugares bastante más permisivos que esa Ciudad a la que después de todos esos años había vuelto ya casado y él también con hijos. Pero la ignorancia de la memoria de Ella y un detalle novedoso hizo de esa aventura algo memorable en sus comienzos para pasar luego, después de un par de años de relación extramatrimonial, a algo tormentoso que no podía acabar bien. Fue ese detalle especial lo que no le permitió mantener las distancias que ya estaba acostumbrado a mantener con sus amantes pasajeras que le habían convertido en un coleccionista de vulvas. Le gustaba clasificarlas según colorido de los labios vaginales y del pelo poco denso que en ellos nacía, para luego relacionar partes íntimas con los colores del cabello y de la tez, así como con la aparente calidad de los orgasmos. No era un coleccionista sistemático ni ordenado, sino más bien un ansioso buscador de novedades. Quizá un especialista en el Origen del Mundo de Courbet.

Y fue esta ansiedad la que le llevó a lanzarse desde el primer día de la futura relación a exhibir su sabia destreza en el sexo oral como microscopio imprescindible para aumentar su colección secreta. Su arma novedosa y fundamental había sido siempre la de demorarse en el los besos faciales y bucales sin intentar siquiera la penetración para continuar salivando el cuello y el esternón a un ritmo insoportablemente lento, según le habían dicho sus anteriores ejemplares de colección que adornaban su mental armario-vitrina. Pero en un momento dado, saltaba del final del esternón al botón crucial del clítorix, un salto a cámara lenta que le permitía valorar la calidad de su presa, los matices del color y la calidad de ese pelo ralo que surge como escarpias de la dulzura de los labios como pestañas tratadas con rimmel. El resto era simple rutina.

Pero en nada de esto pensaba él mientras se dejaba llevar por las ensoñaciones que inevitablemente le llegaban a la cabeza y que nunca podía recordar luego. Ya casi a la puerta del colegio de ella, le sacó de su ensimismamiento una voz que le decía:

-No te he visto en el autobús, ¿has cogido el tren?

Era la primera vez que esa voz se dirigía a él, aunque conocía su timbre y la sorpresa fue tan grande que se quedó pasmado durante unos segundos mientras ella se iba acercando. Ella conocía sus movimientos, y eso le hichaba el pecho de una sensación desconocida. Solo contestó:

-

Y pensó que no mentía, aunque ella se refería al de la margen derecha que él cogía un poco al azar, apostando a lo que ella haría. Y ya recuperado continuó.

-Tenía que hacer un recado para mi madre y he venido muy pronto. Estaba haciendo tiempo para no llegar demasiado pronto al cole

una trola que, pensó, era fácil de aceptar. Así fue realmente. Como primera conversación pensó él pues ya estaban cerca del colegio de ella, pero sorprendentemente ella contiuó:

-¿Qué clases tienes hoy?

Tenía mates y lengua, las dos que realmente le gustaban, pero ya no había tiempo, y justo en el momento en el que ella se despegaba para dirigirse hacia la puerta de su cole, fue capaz de articular.

-¿Pero, dime cómo te llamas?

No hubo contestación, pero justo antes de cruzar el umbral de la puerta vigilada por una hermana de unifirme negro, ella se volvió y desafió la mirada de la hermana y casi gritó:

-Te lo digo mañana, Jon.

Aceleró el paso para no tener que llamar al timbre de su colegio, pero esa mañana no le iba a cundir mucho en términos de matemáticas y lengua. Toda clase de turbulecias se mezclaron en su mente, imprecisas como el lenguaje del que no conoces, la prosodia esa de la que el profe parecía estar hablando y al mismo tiempo incapaces de fijar con precisión geométrica lo que años más tarde descubrió para su colección: labios rosas con pelos negros.

Juan Urrutia2122 ~ 2 de junio de 2014 ~ 0

El secante del Rey

abdicacionHe escuchado el discurso de abdicación del Rey y sigo sin saber por qué sus razones de hoy no eran válidas hace poco tiempo cuando dijo que no abdicaba. ¿Se trata de los resultados de las elecciones europeas? Quizá, porque, aunque éstas no sean determinantes para ningún país, aquí han dejado traslucir una seria decepción con la nunca terminada Transición. ¿Es un intento de abrir de manera oblicua la renovación constitucional de forma que pueda cambiarse la estructura territorial llegando a un acuerdo con Cataluña? Si así fuera se estaría pidiendo del Príncipe un trabajo excesivo. ¿Será pues un genuino deseo de rejuvenecer la gestión de su finca particular? Debe ser eso, pues esos gestores de la casa real son tan antiguos que no han quitado el secante de encima de la mesa detrás de la cual el todavía Rey ha pronunciado su discurso. Debe ser la única persona que lo necesita para secar la tinta de su firma con pluma estilográfica al pie de un escrito. Y esto demuestra la vetustez de la Institución pues todos sus coetáneos hace ya mucho tiempo que firmamos con rotulador.

RecetarioIdiomas

Juan Urrutia2122 ~ 30 de mayo de 2014 ~ 2

LXXXIII: Y del conservadurismo político ¿qué?

jeffersonComo en el último post decía de paso que no tengo nada contra el conservadurismo político y me dedicaba a criticar al conservadurismo intelectual y, como después de las elecciones europeas, nos encontramos en una especie de encrucijada política, he pensado que igual merece la pena volver la atención sobre algo que escribí hace más de diez años y que, después de releído, refleja bastante bien mi posición política actual. Curiosamente me parece interesante el leerlo ahora aunque ya no se utiliza tanto la etiqueta «neoconservador» pegada a una actitud política muy concreta. Véase aquí el texto completo. Es muy largo de manera que me limito a copiar los lemas que constituyan el decálogo de mi postura política de entonces y de hoy:

  1. Necesidad de la ética individual
  2. Verdad antes que felicidad
  3. Necesidad de la diversidad
  4. Libertad antes que utilidad
  5. La propiedad privada para quien la trabaje
  6. Universalización de los derechos humanos
  7. Identidad antes que individualismo
  8. Proyectismo participativo
  9. Estado pequeño y fuerte
  10. Funcionariado de élite

Juan Urrutia2122 ~ 22 de mayo de 2014 ~ 0

Ni rastro de Bilbao

Construcción vacía - OteizaLa campaña electoral no está siendo ni excitante ni divertida. Por otro lado no me molesta tanto como otras veces quizá porque todos los partidos parecerían querer pasar desapercibidos a pesar de los debates. Sin embargo me he sentido molesto con un par de declaraciones biográficas que supongo a nadie le han extrañado. J.M. García Margallo y F. Sosa Wagner han obviado expresamente (una contracción en los términos de esta expresión que me gusta) su paso por Bilbao y por el País Vasco como si su sola mención fuera un desdoro. Yo conocí a ambos en Bilbao y lo recuerdo muy bien. A José Manuel le conocí mucho pues empezamos juntos los estudios de Empresariales y Derecho en lo que se llamaba La Comercial de Deusto. Nos hicimos bastante amigos y le debo la poca destreza que yo pueda exhibir como proel de velero pequeño. Aunque nunca me dejó empuñar la caña pasé unos días maravillosos invitado en su casa de Donosti saliendo a navegar todos los días. Recuerdo que también discutíamos mucho sobre la fuente última de la autoridad del Derecho. Luego dejó la Comercial y se concentró en el Derecho haciendo los dos últimos cursos en uno, creo que para no perderse la convocatoria de no sé qué oposición. Luego yo me fuí a estudiar por ahí y ciertamente no Derecho ni tampoco empresariales, sino Economía. Para cuando regresé a Bilbao y tuve mi primer trabajo en la facultad de Económicas (en Sarriko) ya estaba allí Paco como profesor no numerario de Derecho Administrativo en la Cátreda de Ramón Martín Mateo, y pronto pasaría a ser nombrado Rector. Así como José Manuel vivía en el Colegio Mayor de Deusto, Paco, ya casado, vivía en una preciosa casita de Algorta, municipio de Guecho. No fueron pocos los años en los que pertenecimos al mismo claustro; hasta que la carrera académica le llevó a otros lugares que no recuerdo. Me asombra que cuando estos días ambos han tenido ocasión de comentar su procedencia y años de formación hayan mencionado de todo menos su paso por Bilbao en años que yo creería muy cruciales en su biografía. Reconozco que me indigna un poco. Me siento herido en mi bilbainismo.

Juan Urrutia2122 ~ 2 de mayo de 2014 ~ 0

Dos de mayo: himno de los auxiliares de Bilbao

auxiliaresSomos Auxiliares
sin color ni grito;
somos defensores
de este pueblo invicto.

Somos liberales
Y derramaremos
Toda nuestra sangre
Por la libertad.

Ya nos llaman a las armas,
Compañeros acudid,
Y corramos sin demora
Nuestro deber a cumplir
¡A vencer!
¡O a morir!

Nunca cederemos
A leyes injustas,
No sucumbiremos
A la fuerza bruta.

Sepan desde ahora
Los que nos escuchan
Que antes moriremos
Por la libertad.

Ya nos llaman a las ….

Dios que nos protege,
Dios que nos atiende,
Sabe que este pueblo
Su gloria defiende.

Si su muerte aciaga
Es morir luchando,
sépase que muere
por su libertad.

Ya nos llaman a las ….

Juan Urrutia2122 ~ 29 de abril de 2014 ~ 0

Autoanálisis

egoHoy he empezado mal el día. En cuanto he abierto el periódico antes de comenzar mi entrenamiento mañanero me he llevado un disgusto al ver la noticia de que un buen amigo, con un enorme y merecida fama profesional en un campo muy diferente a ese en el que yo me reconozco, iba a estar involucrado en una cierta actividad social de relumbrón. Me digo que mi envidia no se debe tanto al posible relumbrón sino, sobre todo, a un reconocimiento profesional basado en su magnífico C.V.. Esta envidia daña mi ego, me hace sacar lo peor de mí mismo y pensar que este amigo se vende muy bien con énfasis en la venta que yo, nieto de comerciantes, interpreto paradójicamente como algo degradante. El entrenamiento me sale fatal y, en mi camino hacia la oficina trato de de psicoanalizarme pensando en lo maldito que es el ego y en la necesidad de aceptarse tal como el espejo social te refleja. No me apaciguo del todo pero, una vez en la oficina, me sumerjo en la lectura de un texto de otro amigo sobre una temática que tampoco me toca de cerca pero que me interesa en sí misma por la posibilidad que me ofrece de conocer el novedoso método de análisis seguido en una cierta área del conocimiento y las conclusiones a las que puede llegar con ese método realmente interesante. El cabreo parece habérseme pasado y en el camino de vuelta de la oficina a mi casa para almorzar según las reglas estrictas de mi cardiólogo -sin olvidar las píldoras correspondientes- me siento hasta contento pues pienso, interesadamente sin duda, que he descubierto la clave del dolor de mi ego. No tiene porqué dolerme pues no me interesa la fama sino el conocimiento. Continúo mi camino silbando, pero de repente caigo en la melancolía pues he de reconocer que eso que me parecía un descubrimiento, que entre mi ego y mi sed de verdad vence ésta, no es sino otra treta del asqueroso ego. No creo que el día se me pueda llegar a arreglar.

Juan Urrutia2122 ~ 16 de abril de 2014 ~ 0

Stendhalizado

lunarojaLa noche previa anunciaba la luna llena del siguiente día, nada menos que el 14 de abril. Desperté pronto, me calcé mis zapatillas de andar y me lancé a confundirme con el paisaje ampurdanés como alguien que querría mezclarse con los demás en la espontánea alegría de las primeras luces de una bonita república.Era muy pronto y el relente refrescaba las verdes hierbas del borde del camino inclinándolas suavemente mostrando así una incomprensible falta de ganas de despertar. Estar despierto ene ese momento era, sin embargo, una bendición o quizá hasta algo más. Levanté la vista hacia la sombra del Castillo de Foixá y ante mis ojos apareció una conjunción sagrada. El amarillo de los campos de mostaza, trufados de rojas amapolas y entreverado de un casi imperceptible toque del malva de la lavanda, era ya en sí mismo como una visión sublime sin necesidad de apelar a ninguna bandera determinada. Un par de caballos, blanco y marrón con manchas negruzcas, comen tranquilamente dentro de los límites artificiales de su espacio vital y dos globos aerostáticos se deslizan por un cielo limpio y sereno. Quedo, por un instante, como elevado en un aire que no corre y sé que no estoy respirando . No puedo despertar de mi ensoñación muda e inexplicable que dura un cierto tiempo imposible de calcular pero durante el cual el perro deja de ladrar y los cerdos hacen un receso en su asamblea de cada mañana a favor de los purines. Solo sé que no puedo irme de aquí porque si me voy volveré a pensar y caeré al suelo áspero de una tierra poco acogedora debajo de sus flores y sus plantas. ¿Quien describirá este síndrome ante el que el de Stendhal pasaría desapercibido?

Juan Urrutia2122 ~ 31 de marzo de 2014 ~ 5

Estado… ni el vasco

europaSe van poniendo nerviosos los partidos con las elecciones europeas e inician el funcionamiento de su maquinaria electoral. Hoy, como estoy en Bilbao, leo una ración extra de noticias de mi comunidad y me llama la atención las declaraciones del presidente del PNV, más allá de su caricaturización de Bildu, de que Europa se debía mirar en Euskadi y de que tanto Francia como España deberían abrir su mente al derecho a decidir de los vascos. Por otro lado el mismo Ortuzar u otro político declara algo relacionado con lo vieja que se queda la noción de estado-nación.

A mi juicio Euskadi es ya, en efecto, como una confederación de comunidades identitarias, no estaría mal que Europa fuera camino de convertirse en algo así y la noción de estado-nación está ciertamente desfasada tanto porque el Estado, si bien necesario, se ha pasado demasiado en la generación de rentas y la nación no es sino un ejemplo de la idea de comunidad identitaria.

En cambio en el marco de una confederación Europea, como si fuera una Suiza grande, los llamados pueblos, otro ejemplo de comunidad identitaria, tendrían la oportunidad de decidir por sí mismos, la regulación podría ser descentralizada, tal como escribí aquí, iniciando así la disipación de rentas a pesar de lo que se dice en contra de la proliferación de agencias reguladoras independientes e incluso la defensa se podría organizar con menores presiones empresariales.

En resumen que los vascos que crecimos medio frankfurtianos y medio sesentayochistas y que seguimos así como ya dije aquí podríamos hacer realidad nuestra posible doble divisa de que monopolios ni el de la violencia y Estado… ni el vasco.

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