El Correo de las Indias

Una vida interesante

Grupo Cooperativo de las Indias

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2147 ~ 23 de agosto de 2014 ~ 3

Un pragmatismo embriagador

grafton street 1960

Para hacer de aquel hijo prometedor alguien realmente capaz de llegar a la cima como quería la madre, o de ser una especie de héroe como presumiblemente deseaba el padre, las luces asociadas al francés no bastaban. Era de todo punto imprescindible domeñar el inglés, un idioma que por aquel entonces ya aparecía como el único idioma capaz de hacerse franco y que se asociaba a autores e ideas muy distintas de las acariciadas durante los veranos dedicados al aprendizaje del francés. Sustituir Sartre por Brendam Behan no es solo un pequeño ejemplo cualquiera del contraste entre la cultura francesa y la del ámbito anglosajón, es un verdadero cambio de paradigma, y para Jon representó una sorpresa tan grande que nunca volvió a soñar con llegar a tener una visión definitiva del mundo.

Durante el curso escolar sus padres le impusieron una clase particular de inglés impartida por un joven caribeño de difícil ubicación en aquella Ciudad que todavía vivía en un ambiente de miedo y silencio. Era alguien inteligente y cultivado que consiguió que Jon se acercara al idioma, a la literatura y al pensamiento expresados en inglés, aunque a menudo se hizo con piezas traducidas al castellano de novelistas del momento como Somerset Maugham o Graham Green, o de pensadores nada transgresores, como por ejemplo Chesterton, que era especialmente querido por la sociedad de buenas lecturas por su catolicismo. Como siempre, Jon leyó cosas que no entendió pero que le daban una especie de seguridad en sí mismo y una cierta conciencia de ser diferente y estar un poco aislado en la Ciudad a pesar de algunos compañeros que, como él, iban rompiendo el cascarón. Nada de esto era ni soñado por los padres de Jon que, especialmente a través del padre, pretendían que el chiquillo adquiriera un toque de ese pragmatismo que se asociaba a la ciudadanía y al gobierno de su Majestad, la única admitida por ese padre que parecía vivir fuera del mundo conocido.

Pero como era de esperar, entre las dos islas, la recientemente independizada casi en su totalidad y la localizada en la metrópoli de ese Imperio que el padre de Jon había vivido como un hecho conocido e irreversible, la única gran diferencia para alguien de la Ciudad era la religión. El idioma era el mismo y el inglés que se hablaba en Dublín era, según se contaba, el que se exigía a los locutores de la BBC, pero lo importante era que Irlanda era católica, casi tanto como lo eran las familias alrededor de la familia de Jon. Una vez más ganó la opinión de la madre y, a través de los jesuitas del colegio una vez más, este chiquillo que estaba dejando de serlo fue asignado a una casa de Dublín meses antes de terminar el curso y de partir hacia lo que sería su primer largo viaje en solitario, pues la familia de Juan, o él mismo, no sentía la urgencia del inglés para un hijo que, por otro lado, seguía teniendo, a diferencia de Jon, su grupo de verano bien definido. Y así la educación en el pragmatismo de un Churchill se iba a convertir en la educación en un pragmatismo de otro cariz difícil de definir, una mezcla del sentido común consciente de los límites siempre existentes y de la locura poética un tanto alcohólica que nada sabía de límites. Y fue esta mezcla imposible de conciliar la que se quedó grabada en el alma de Jon. Mezclada, desde luego, con la épica de la liberación que tan bien le había presentado la señorita Carmen, violando las instrucciones maternas, en aquellos cuentos sobre heroicidad que hermanaban a la Ciudad con esa otra ciudad que, paradójicamente, seguía mostrando como un héroe a Nelson, un inglés que, además, supo humillar a los españoles. A este respecto Jon no supo entender bien lo que significaba que el hijo mayor de la casa se hubiera fugado para pasar a la clandestinidad e integrarse en el Sinn Fein y quien sabe, murmuraba la señora Mulligan con lágrimas en los ojos, si también en el ejercito republicano de liberación que operaba en el Ulster.

Jon se sintió una persona ya hecha y dueña de sí misma en el largo viaje que, por primera vez, emprendía en solitario. Llegar a París y cambiar de estación de ferrocarril con tiempo suficiente entre ambos trenes como para visitar los lugares más emblemáticos de esta capital con río pero de agua dulce, tomar el barco para cruzar el estrecho hasta Dover y de nuevo el ferrocarril para llegar a Londres, y pasar la noche en una pensión del barrio de Fulham para finalmente volar de Londres a Eire y aterrizar en Bel Atha Cleath al día siguiente para encontrarse con la que decía ser su familia de acogida pero que resultó ser la familia destinada a otro, un malentendido que acabó siendo para Jon realmente providencial pero que solo surgió como evidente al final de esa primera estancia en esa bendita isla que Jon iba a recordar, al final de los dos veranos que vivió en ella, como un lugar literario y fantasioso de enorme influencia en su educación intelectual y afectiva.

Quizá fue ese error en la ubicación de Jon en esta otra ciudad con río dulce y con clima parecido al de la Ciudad de donde había partido Jon el que le libró de contactos indeseados con otros estudiantes de colegios de jesuitas de habla castellana y le permitió concentrarse en los contactos que le proporcionó la Mrs. Mulligan entre los miembros de su aparentemente inmensa familia y entre otros chicos y chicas de su edad que vivían en Glasnevin, un barrio con un cementerio para siempre famoso desde que se convirtió en lugar literario a partir de la visita de Bloom en esa novela renovadora de Joyce que Jon intentó leer por primera vez precisamente en ese verano dublinés durante los muchos ratos que pasó solo. Leyó como pudo ese Ulises así como otras cosas de su autor que fue comprando en sus escapadas en autobús hasta el centro al centro, y a otros autores como, por ejemplo Oscar Wilde o el ya mencionado Brendam Beham. Como por casualidad se introdujo en el mundo de los escritores angloirlandeses, ya por aquel entonces reputados como los mejores del ámbito anglo, y algo de su fértil locura se le debió contagiar a Jon ya en esa primera visita a Eire.

Una primera visita llena de novedades para un chiquillo de la margen izquierda, tal como él seguía autodefiniéndose. En los cines se podía fumar y al final de cada sesión sonaba el himno nacional irlandés mientras la bandera ondeaba en la pantalla. Las cafeterías del centro de esta ciudad eran muy distintas a las de la Ciudad en su configuración física y sobre todo en la oferta de sándwiches de jamón y queso entre pan de molde tostado y untado de mantequilla, una mantequilla que parecía otra cosa. Los autobuses de dos pisos que le llevaban y traían con extrema facilidad de O´Conell Street a Glasnevin pasando por el barrio obrero de Drumcondra nada tenían que ver con los trolebuses de la Ciudad. Y no digamos las carreras de caballos, donde un tío alcoholizado de Mrs. Mulligan le llevaba a menudo y le presentaba a los propietarios que nada parecía que tenían que ver con las figuras empingorotadas cuya imagen algunas revistas de la Ciudad habían gravado en la retina de Jon. Apostó, y a menudo ganó, siguiendo el consejo del tío borracho, quien de paso le inició en el gusto por las pintas de cerveza negra. Y posiblemente con esas ganancias se regaló unas clases de montar a caballo por Phoenex Park, y, por primera vez, se enamoró de la hija de uno de esos propietarios con la que quiso salir a solas, para lo que le llamó por teléfono aterrorizado de no ser capaz de entender el inglés de la chica, que sin embargó le endilgó una negativa que entendió con total claridad.

La vuelta otra vez por Londres y París, cruzando el canal, fue tan pesada como la ida, pero esta vez le dio tiempo de recorrer mucho barrios de buena y mala nota de esta última capital, cuya influencia en su formación iba a dejar de ser única pues tendría, pensaba de forma desordenada, que complementarse con todo lo aprendido este verano de amor y revolución y con los matices que en esas materias iba a añadir el segundo verano en el que ya, una vez solucionado el malentendido de la familia a cuya casa debió haber ido pero no fue, consiguió juntarse con numerosos españoles de su edad y concretar más específicamente sus inclinaciones un tanto revoltosas, poniendo juntos para su futuro ideológico los barrios obreros donde él siguió viviendo en casa de Mrs. Mulligan y los barrios elegantes, bellos y apacibles localizados al sur del río, así como los intereses e ideales de los habitantes de unos y otros.

Este segundo verano podría quizá considerarse por un observador imparcial como perdido para la formación seria de Jon, pero para él fue como el resumen, solo en cierta manera embriagador, de las enseñanzas recibidas desde que el paso del tiempo se le impuso, como relacionado con la importancia del espacio en la conformación de las diferencias y afinidades sociales de la Ciudad. El idioma ya no era una dificultad, sino una especie de señal de que se podía salir del ámbito lingüístico propio con ganancias de todo tipo, incluyendo la de la toma de conciencia del lenguaje como objeto de atención en sí mismo y de contrastes entre sensibilidades ante la vida cotidiana. Y esta facilidad con el habla permitió que sus nuevos amigos llevados a Eire por la misma organización que la que a él le confundió el destino y que, en general, estaban localizados en el elegante sur del Liffey, consiguieran lo que ningún otro amigo había conseguido nunca, integrarle en una pandilla que a su vez tenía contactos habituales con un grupo de muchachas celtas de ojos verdes y pelo negro que no parecían tener demasiados reparos en el juego, todavía relativamente ingenuo, del amor carnal. Ante estas novedades los contrastes de clase que Jon arrastraba desde su Ciudad se disiparon un tanto, aunque no del todo, y su vida juvenil llegó a ser hasta cercana a lo normal, estrenando gestos en los que solo había logrado soñar y por poco tiempo, pues se sentía obligado a reprimirlos. No era poco frecuente ese juego pícaro de hacer girar un botella vacía en el medio de un corro mixto como en una especie de lotería en la que la persona señalada por el cuello de la botella pedía una prenda a cualquier otra del corro sentado en el suelo del salón de una de las casas que nos acogían para el verano. Esa prenda consistía invariablemente en un beso y a medida que el juego progresaba esos besos eran cada vez más y más intensos y apasionados. El que Jon intercambió con la chica mayor del grupo, ya realmente en sazón, le dejó desconcertado y atontado para el resto de la velada, tanto por su intensidad y duración como por la indiferencia posterior de esta muchacha, a la que no parecía haber afectado mucho a pesar de haber sido ella la que eligió a Jon para pagar la prenda. Jon se preguntó siempre el por qué de este gusto que las mujeres mayores parecían sentir por él, y nunca consiguió hilvanar una buena explicación más allá de conjeturar que eran estas chicas o mujeres de mayor edad de un grupo cualquiera las que se sentían llamadas a acabar con la aparente indiferencia de ese hombre un tanto distante que parecía sumido en sus meditaciones.

Nada hay realmente nuevo en esta salida a la vida a no ser que consideremos novedoso que esta excitación ni por un momento le hiciera olvidar sus preocupaciones por las relaciones entre clases sociales de su Ciudad, relaciones que ya no se limitaban en la cabeza de Jon a las márgenes de la ría, la izquierda y la derecha, sino que se extendían a la calidad del barrio donde residía una familia, el lugar donde veraneaba, si fuera de la residencia habitual o en la residencia de verano cuya localización era también un signo de identidad que unía o separaba, a la calidad y variedad de la ropa que vestías o la escasez o abundancia del dinero de bolsillo con el que salías a pasear al atardecer de un día cualquiera o a explorar la trastienda de ciertas librerías que se atrevían ya a exponer sin secretismo obras literarias o de pensamiento que el libro de buenas y malas lecturas no hubiera recomendado, pero que ahora eran manoseadas y adquiridas por una clase social nueva para Jon y que nada tenía que ver con sus antiguos grupos de amigos, y que no parecía estar representada por nadie en este grupo de jóvenes en ese verano irlandés. Pero los que sí estaban representados eran los jóvenes pertenecientes a la “aristocracia” de la Ciudad, una clase ésta que, aunque desde luego vivía en la margen derecha, hace ya muchos años que se distinguía por sus fincas en las Castillas o, lo que a Jon le desconcertó, por una cierta curiosidad intelectual que le costó desenmascarar. No podían ocultar su ignorancia de la tensión irlandesa o de la extraña preponderancia de los escritores angloirlandeses, pero parecían interesarse por cuestiones sociales en general o por la internacionalización que exigía el conocimiento de idiomas o por las simples novedades literarias. Uno de estos amigos de verano que venían de la Ciudad pero con los que Jon no había topado nunca en ella le planteó un día cualquiera un dilema moral que, le confesó, se había discutido mucho en un grupo de pensamiento que se reunía periódicamente: si era más grave la masturbación o la compra de sexo. Ante la ignorancia de Jon, evidenciada por el silencio, el joven “aristócrata” explicó con la lentitud de un avezado maestro que, sin duda, la masturbación era más grave pues, al fin y al cabo, la compra de placer iba dirigida al uso del sexo para su objetivo natural que no era otro sino la reproducción. Nada contestó Jon a esta explicación tan poco meditada, pero se dijo a sí mismo que nunca aceptaría la invitación que siguió al exordio para acudir a esas reuniones periódicas del club de pensamiento que parecía responder a una cierta forma nueva de educación religiosa que mejor habría hecho, siguió pensando Jon, no metiéndose en esos berenjenales morales.

Esta conversación tan iluminadora de lo que sería más adelante la clase dirigente, más otra anécdota que se produjo en unas carreas de caballos, acabaron por convencer a Jon de que su pertenencia a esa clase a la que su madre le hubiera gustado pertenecer, no le merecía. Otro miembro de esas reuniones, en efecto, le recriminó otro día de ese segundo verano irlandés que llamara la atención de una señora que atendía el bar del hipódromo llamándole “madam” en un tono más alto de lo normal. «Madam» es francés, explicó este alevín de prócer destapando así que nada sabía del inglés y que se había saltado la etapa de las luces. Tampoco esta vez recibió este joven de la Ciudad una respuesta por parte de Jon, pero ambas anécdotas fueron suficientes para detonar la furia serena de este joven que fue chiquillo de la margen izquierda y su determinación de que nadie sino él mismo podría trazar su camino y que este camino habría de pasar muchas veces por la bocana del puerto de la Ciudad importando ideas hasta que un día ese puerto también sirviera para exportar ideas. Ese camino sin embargo no estaba demasiado claro en la mente de Jon, siempre confuso entre el solitario de la madre y la boina del padre.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2147 ~ 20 de agosto de 2014 ~ 0

Las luces

remolcador1El chiquillo de la margen izquierda continuó pasando los largos veranos en la margen derecha en una casita de aquellas de arquitectura local, sita justo detrás de una iglesia muy frecuentada, y desde la que se divisaba una preciosa vista del Abra. Era una casita de dos plant,as la segunda de las cuales era ocupada por la familia de este chiquillo durante más de tres meses, desde San Pedro y San Pablo, a finales de junio, hasta el día de la hispanidad, último día de las vacaciones escolares. Aunque seguía paseándose por la playa y acercándose hacia el área que ocupa el toldo de la familia de Esperanza, comenzó a desarrollar sus propias amistades, que acabaron conformando un grupo de verano no necesariamente relacionado con su grupo de invierno, entendiendo por tal el que se fue formando entre compañeros de curso. Quizá podría haberse esperado una cierta quiebra psíquica a raíz de esta brecha en la formación del sentido colectivo, pero nada parecía afectar a la psique de este chiquillo que, desde muy pequeño, consiguió hacer siempre lo que le dio la gana bajo la mirada ciega de la señorita Carmen que, en complicidad con la madre de Jon, trabajaba por las elaciones de éste a través de su contacto con otras misses, fräuleins o mademoiselles que cuidaban de los hijos de familias acomodadas que no solo deseaban que sus hijos supieran desde pequeños el correspondiente idioma, sino que además pretendían alardear de señorío y capacidad económica. Ni siquiera pareció notar un cambio bastante brusco en las rutinas veraniegas cuando por primera vez el padre de Jon confesó que el Parkinson le impedía viajar todos los días entre el centro de la Ciudad y esta zona de la margen derecha y la madre organizó a las hijas e hijo en una pensión no lejana a la casita bajo la supervisión general de la señorita Carmen. Los planes de entretenimiento seguían siendo los mismos, playa, tenis de tarde y bicicleta, pero ya no tenía forma Jon de corresponder a las invitaciones a las casas de verano de amigos de los de este estío tan largo. Seguramente eso destapaba las diferencias sociales y económicas y tuvo que hacer mella, no tanto en Jon, sino en su madre, que si bien supo poner por delante de todo la obligación prioritaria de cuidar al marido, debió sentirse frustrada en su estrategia de colocación de sus hijos a pesar de la resistencia pasiva de ese marido desde ahora ya definitivamente alejado del mundo. Pero Jon parecía no enterarse de esas cosas, siempre concentrado en coger olas, ganar al tenis justo después de comer antes de que los chicos y chicas mayores reclamaran la pista ya reservada a su nombre o batallar en la bicicleta en las carreras organizadas a media tarde. No fue la rebaja de status que representaba la pensión, sino la negativa de sus padres de comprarle una bici con motor, lo que por primera vez le hizo pensar a Jon que igual no todos eran iguales y que había por esa margen derecha chicos y chicas muy distintos unos de otros en sus costumbres familiares o en sus valores o en sus posibilidades económicas.

Fueron unos cuantos años que conformaron un rasgo peculiar de Jon, un rasgo que quizá es muy común pero que no siempre tiene el mismo origen, ese despegue de todo lo que no tuviera que ver con el cuerpo a cuerpo, con la competición en lo que fuera, ya se tratara de los resultados escolares, ya de los éxitos o fracasos deportivos o en su momento de los éxitos con las chicas. Lo importante, lo verdaderamente importante no era tener éxito, sino vencer a un contrincante y hacerlo de una manera natural, distanciada, como sin esfuerzo. Esto no era tan difícil en los meses escolares, pues en el colegio los retos estaban organizados y cualquier fallo podía compensarse mañana, pero en los entretenimientos de verano la competición comenzaba a localizarse en otro punto menos claro. Tener o no bici con motor, tener casa individual propia durante esos tres meses, ya no eran cuestiones que podrían ser dadas la vuelta al siguiente día o al siguiente mes y Jon comenzó a reconocer, siquiera en el inconsciente, que uno tenía que construirse el mundo en el que jugar, luchar o competir, tanto da una cosa como otra.

Uno era responsable de su espacio y de su tiempo. Esa idea de Jean-Paul Sartre que leería y entendería años más tarde, era el sentimiento que le fue apartando de sus amigos de verano y le empujó a seleccionar sus amigos de invierno. Y desde luego fue la razón por la que, para alivio de su madre, no opuso ninguna resistencia a comenzar su formación extracurricular en idiomas pasando la mayor parte de los veranos siguientes en países europeos para aprender desde luego el francés, que la madre sabía y se enseñaba en el colegio, o el inglés que el padre había estudiado en aquellos librotes de estructuras navales y, a poder ser, también el alemán, que por nada del mundo debiera considerarse el idioma de un pueblo derrotado. Como por algún lado había que comenzar los padres de Jon decidieron, de acuerdo con los padres de uno de los amigos de invierno, llamado Juan, ponerse de acuerdo con los curas del colegio para colocarnos los próximos veranos en uno u otro lugar francófono en el que, además de internacionalizarnos un poco, nos iniciáramos en la formación de la que se podría llamar patrón de remolcador de altura pues alguien tendría que hacerse cargo en la Ciudad de atraer a los grandes cargueros llenos de mercancía que habría que almacenar y luego distribuir. Y así fue cómo Juan y Jon iniciaron como pioneros de su curso del colegio el camino de la ruptura de unas cadenas que no sabían les atenazaban.

El primer verano no les alejaron mucho de casa y lo pasaron en el País Vasco-Francés, donde ni uno ni otro de estos dos amigos podía hablar con nadie en otro idioma que no fuera el francés o el euskera que ambos desconocían. Vivieron en casa de un matrimonio aldeano que tenía un hijo de su edad que esperaba poder entrar en el seminario local el siguiente curso y que les mostró los locales donde tenía lugar la universidad de verano y de donde sacaron libros poco adecuados a su edad que no pudieron más que hojear y de los que solo les quedaron algunas ideas guía que, en cualquier caso, no les abandonarían nunca. Voltaire, Montesquieu o los enciclopedistas fueron desde entonces señas de indentidad distintivas de sus personalidades por otro lado bien distintas. Pero no fue solo eso lo que trajeron de vuelta a casa. Para sorpresa tanto de Jon como de Juan las fiestas del pueblo en el que vivían se celebraron bajo la enseña vasca, la ikurriña, esa bandera que Jon solo había visto en forma de insignia que, una vez al menos, llevó prendida en el interior de la cintura del pantalón a sugerencia de la señorita Carmen, una heroicidad que ésta celebró mucho más que cualquiera de los éxitos deportivos, pero en silencio para que no se enteraran los padres o, más exactamente, la madre.

Cargados ya de secretos, el segundo verano de la educación afrancesada fueron enviados a otra casa semirural en un pueblo más al norte en el que ni se podía ir a playa alguna a ver mujeres en bikini ni lucía la ikurriña, pero en el cual parecían veranear familias de París, algunas de las cuales tenía hijas de la edad de estos dos futuros patrones de remolcador de altura. Nada intelectual ocurrió ese verano, pero tanto Juan como Jon vivieron en el contacto diario con chicas francesas lo que, en cierto sentido, había sido mucho más instructivo que la Enciclopedia. La libertad con la que se expresaban o la picardía de muchos de sus comentarios eran para estos dos jovenzuelos el contenido real de esa idea de libertad que, aunque relacionada con la ikurriña de una manera que no lograban expresar, se mostraba radiante en pequeñas bromas con intención que, de rebote, les enseñó para siempre que también las ideas de fraternidad y de igualdad tienen un contenido muy real y nada etéreo que se materializa a veces en esa costumbre de aquella época de continuar el contacto por carta, una práctica que mantuvieron los dos amigos con las que resultaron ser sus dos chicas más cercanas.

Esto es justamente lo que les faltó a los dos amigos el tercer verano en el que, ya sin la supervisión de los curas del colegio, fueron transferidos a un colegio suizo del cantón de la Vaude solo para varones en el que la internacionalización necesaria para patronear un remolcador de altura parecía ser el producto estrella. Allí estaban aparcados desde iraníes a italianos pasando por griegos o alemanes. Se notaba la precisión suiza en los horarios y en la organización de las actividades tanto escolares como extraescolares. Con un par de italianos de su edad y el acompañamiento de algún cuarto, practicó Jon el tenis con cierto rigor impuesto por un entrenador italiano, algo que le sirvió para toda la vida, aunque no necesariamente en términos deportivos. Lo que el tenis enseñó a Jon fue el miedo al éxito. En un campeonato de tenis perdió una final que iba ganando por cinco juegos a uno en el último set. Nunca le abandonó el miedo a pensar en aquella derrota que, desde luego, fue humillante, pero algo más. Por primera vez se enfrentó a a algo que no llegó a comprender.

Pero lo que realmente hizo de ambos amigos gente de mundo no fue el tenis sino el esquí acuático y el remo: el peligro a caer y el espíritu de equipo. Pero también había salidas diarias ampliadas los fines de semana y eso les permitió a ambos amigos seguir cultivándose un poco en la cultura francesa, ahora concentrada en películas de autor que les pusieron en contacto con las artes, y continuar su educación sentimental cada día más carnal dentro de un orden de chicos de colegio de curas de un país todavía retardado en casi todo.

Después de estos veranos que evitaron a Jon aquella primera vergüenza de la pensión, la enfermedad del padre de Jon se había agravado lo suficiente como para dejar el trabajo en el astillero y pensar en volver a pasar el verano en una casita alquilada de la margen derecha no lejos de la Iglesia cuya mole cegaba un tanto la buena vista que había desde el balcón de aquella primera casa que resume la infancia de Jon. Pero el tiempo no había pasado en balde, y ya no era momento de hacer esfuerzo alguno para recuperar aquellas amistades de verano, gente que había seguido viéndose y apretando los lazos de un grupo que buscaba su identidad colectiva, algo a lo que Jon ya había renunciado hace tiempo. Su futuro estaba marcado y, sin saberlo, no iba a hacer otra cosa que reforzar las líneas de ese futuro que le encaminaban hacia el distanciamiento respecto a todo. No solo habría de afrontar la soledad en bastantes ocasiones, sino algo más raro y profundo que no le permitía sentirse cercano a nada, pues sabía de antemano que no hay nada de lo que uno pueda estar cercano de manera permanente. No era que la fidelidad le fuera ajena, es que sabía de antemano que, en su caso, su fidelidad no era una virtud, porque no era sino el resultado de su conocimiento de que la traición hubiera sido algo inútil pues nunca le hubiera llevado a ningún lado, ni hacia alguien al que podría haber sido fiel.

Sabía Jon que su maldición sería la soledad, pero no una de esas que se pretende enarbolar como un estandarte de singularidad, sino como un simple continuo pequeño mareo que no inutiliza para nada, pero que no permite terminar nada relativamente importante, pues antes de ello una fuerza extraña le llevaría por cualquier otro derrotero. Y sabiéndose así pensó que se aprovecharía de las circunstancias familiares y continuaría una vida en la que los meses fríos estarían dedicados a cumplir con lo que se esperaba de él y los meses de verano seguiría a la búsqueda de una quimera que ni siquiera sabía nombrar. La competitividad necesaria para la vida en común no le era difícil de conjurar sobre todo porque no le importaba nada perder. Si en general era un ganador era precisamente porque podía competir sin angustia alguna. Es más, a menudo se dejaba ganar por experimentar, además de su propio sentido del honor, que cada vez se mostraba más inexistente, el extraño orgullo del ganador, una reacción que cada vez le parecía más curiosa por su incapacidad de comprenderla. Jamás se le pasó por la cabeza tratar de redireccionar su vida por el camino claro que su madre le indicaba. Sabía que si no hacía nada más dejarse llevar, acabaría siguiendo paso a paso el camino que su padre procuraba ocultarle, pero que un día se lo marcó con una simple actividad fuera de lo corriente, la actividad de esa extraña asociación no regular de patrones de los remolcadores de altura.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2147 ~ 17 de agosto de 2014 ~ 0

Penetración

mapamundi
La Ciudad tiene muchos nombres en ambos idiomas, pero todos hacen referencia a que es como un agujero en la tierra, un bocho rodeado de montañas que la aislaron mientras las comunicaciones fueron rudimentarias y le salvaron de algunos ataques bélicos. Este hecho hace que esta Ciudad componga como un sistema complejo que se sostiene hasta que algo externo ocurre y el sistema explota y cambia de configuración. Y esto externo no puede llegar sino a través del mar, entrando en la Ciudad por la ría a partir del Abra, esa especie de laguna en la que se entra o se sale a través del canal que dejan abierto los dos contrafuertes, el que sale desde la margen izquierda, largo y estilizado, y el que se insinúa, corto y gordo, desde la margen derecha. Cada uno se remata con un faro que proyecta su luz con diferente frecuencia, lo que facilita el acceso normal al canal del buque, casi siempre de carga, aunque a veces entra uno de pasajeros para ser reparado en alguno de los astilleros de la ría, la mayoría de ellos en la margen izquierda. Pero no bastan estas señales luminosas tan codiciadas por los niños que las observan ensimismados, pues el canal tiene sus misterios y ningún buque, del tipo que fuere, se arriesgaría a embocarlo por su cuenta y riesgo sin la ayuda de un práctico que conoce las última modificaciones de la trayectoria. Sacar el buque a alta mar más allá del paso entre los faros no es muy difícil ni peligroso para el práctico, pero llevarle desde cualquier punto de la caprichosa mar sujeta a vientos muy variados puede ser un problema que exige salir lejos y tener una pericia nada fácil de encontrar. Es esta asimetría la que hace que los remolcadores de la ciudad se denominen remolcadores de altura y que los prácticos que los pilotan formen una clase de gentes inconfundibles. Todos chapurrean lenguas extranjeras y tienen amigos en todas partes. No hay nada de extraño en que en momentos cruciales del devenir histórico de la Ciudad hayan jugado un papel importante. Sin remontarse much,o basta con rememorar todas las historias que corren en voz baja acerca de las ayudas que estas gentes proporcionaron a uno y otro bando de la guerra civil y los servicios que prestaron a gentes de una u otra manera de pensar en la guerra mundial que siguió casi inmediatamente. Buques de uno u otro tipo surcaban las aguas cercanas y los patrones de los remolcadores de altura jugaron su papel en las labores de espionaje.

Estos patrones tan especiales constituyen una clase cerrada en sí misma que cumple con su deber, por nadie impuesto, de refrescar el aire mental de este bocho que sin ellos correría el peligro de perecer intelectualmente. Esta evidencia se iba formando en la mente de Jon desde aquella noche de perros en la que tuvo una visión que, aunque no muy clara, le proporcionó un cierto dibujo de la personalidad del padre y poco a poco de toda la Ciudad, como si ésta en su esencia no fuera sino una extensión de aquella personalidad. La Ciudad, en efecto, habría de ser siempre un locus en el que la penetración debe estar presente y ser de lo más frecuente, para lo cual también tiene que tener lugar la salida del bocho por mar para oxigenar las ideas. Este ir y venir, este mete y saca, si así nos quisiéramos expresar, hace que los verdaderos moradores de la Cuidad, los que le dan su tono más allá de detalles sin interés por mucho que puedan mover muchos intereses, sean inclasificables. Siempre se puede encontrar en ellos algún rasgo de los que definen el momento espiritual del mundo, pero si se pretende entenderlos a partir de ese rasgo se encontrará en seguida la contradicción con otro rasgo que también define su personalidad. Por eso el único y verdadero rasgo definitorio es el enfrentamiento contra cualquier intento de normalización encaminado a etiquetar la Ciudad en un grupo de ciudades o a sus habitantes en un espacio mental determinado.

Por eso los verdaderos ciudadanos de esta Ciudad semiaislada, como el padre de Jon, se identifican no tanto por un «sí» entusiasta a la vida, sino por un «no» continuo a los estereotipos que se quieren dibujar de su personalidad inasible. Son, sin pretensión alguna, patrones de esos remolcadores de altura que se necesitan, y no solo en esta Ciudad, tanto para salvar los contactos de lo que llamaríamos contrabando político, como el que ocurrió aquella noche de perros, como para dejar que se pueda siempre salvar de cualquier intento de autarquía a las ideas que llegan en grandes buques no lo suficientemente grandes para albergar todas las necesarias. La herencia de las luces solo llega en pequeños pesqueros provenientes de un poco más allá de la frontera, y por lo tanto se conoce mal, aunque ha sido imprescindible para no abandonar nunca el ansia de libertad y acompañarla de la fraternidad y de la igualdad. En ciertas épocas se olvidaron estas últimas y la exigencia de libertad pudo enquistarse en el Terror, pero más a menudo ha sido casi siempre cierto que el igualitarismo y la comprensión fraternal ha permitido disolver los odios en una sopa que si bien no es muy sabrosa, es, al menos, sopa caliente. Lo que desde luego traían los grandes buques era la mezcla inconfundible de pragmatismo y de inteligencia que ha permitido a los británicos no perder ninguna guerra. Bien recordaba Jon la admiración de ese patrón de remolcador de altura, en sentido genérico, que era su padre, por la figura de Churchill, y se encargó silenciosamente de que en su casa se supiera que no solo era un político conservador que realmente luchaba por sus conciudadanos, sino también un escritor insigne que supo como nadie convencer de la validez de ciertos valores en contra de las pretensiones de no pocas ideas inteligentes pero que no habían probado la dureza del metal del que estaban hechas. Mucho menos conocida en la Ciudad eran las actitudes de esa Centroeuropa que siempre comenzaba las guerras y nunca las ganaba. Pero aun así la observación interesada de ambas guerras llamadas mundiales y las ganancias que a la Ciudad acarrearon a través de la exportación de aquello que los ejércitos en pie necesitaban, contribuyeron a que en ciertos sectores se afianzaran ideas relativas al honor y a la raza como signo identitario imposible de negar, ideas estas con muchas ramificaciones a muchos niveles, incluyendo el sentido del trabajo bien hecho.

Pónganse ahora juntas todas estas ideas que por difíciles de conocer eran tanto más fanáticamente defendidas por unos o por otros en la Cuidad y se entenderá que la aparente jocosidad que se atribuye a sus verdaderos hijos no es sino el triunfo de la fraternidad, un bálsamo que solo se usa para continuar viviendo juntos sin excesivos roces y para cuidar con él el crecimiento y educación de los nacidos, como era el caso de Jon, en medio de este maremágnum ideético. Un lío que tan bien reflejaba aquella foto que nunca desapareció de su memoria visual, en la que su madre y su padre salían de casarse en donde todo habitante de la Cuidad con cierta tradición lo hacía y justamente el día del bomardeo de Guernica. La madre, muy seria, lucía un buen brillante en su mano derecha, que parecía utilizar para expresar lo que fuera con una dignidad exagerada. El padre, en su combinación que Jon asociaría para siempre a su figura. Traje impecable de sastre inglés y boina de diseño local que, sin embargo, servía no tanto como etiqueta de raza sino, sobre todo, de recuerdo de un asedio en el que su padre, de sombrero riguroso, tuvo que enfrentarse a otros habitantes más bien rurales a los que su padre ahora ofrecía la paz desde su pragmatismo anglófilo.

Margen izquierda y margen derecha no eran sino una simplificación de toda esta mezcla de influencias foráneas sobre un pequeño bocho que no tenía más remedio que mirar hacia fuera si no quería desvanecerse en la nada. Ahí, en la foto de boda de sus padres, empezó el calvario y el camino de perfección de Jon. Entre un margen y otra, entre el casco y los ensanches, entre la religión de sociedad y las ideas que aquélla silenciaba, entre la violencia y la supervivencia. En medio de todas estas tensiones castrantes, con las montañas siempre ahí separando el valle de todo lo que quedaba al sur, todavía le quedaría a Jon los caminos del mar por donde navegaban las novedades y de donde venían los buques que las portaban y que penetraban lenta e inexorablemente en el largo útero de la Ciudad.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2147 ~ 14 de agosto de 2014 ~ 0

Historias de Lourdes

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Me parece Esperanza que me has metido en un buen lío. Tratando de contar contigo como ayudante de meriendas intelectuales, todo ello en favor de la universidad pública, me has entregado en manos de Lourdes, una viuda joven y rica, pero llena de problemas. No está mal que sea rica, pues esta vida en la que estoy metido, si bien es lo que yo quiero, no me da como para hacer extravagancias que también quiero llevar a cabo por lo menos en aquellos momentos en los que el cariño de mi padres me dejan libre del cuidado de su nieto nacido en LA y sin madre. No quiero pensar en aquellos meses en los que tenía que escribir la tesis, una vez finalizada la formación previa realizada a trompicones, mientras visitaba médicos con aquella mujer, quizá la pieza más cotizada de mi colección perversa, pero sobre todo un carácter sólido que era lo que yo necesitaba dada la inestabilidad caprichosa de hijo varón único y la cierta holgura financiera que un día heredaré de mis padres. Pero las visitas médicas se hicieron más frecuentes, ella no pudo seguir con su tesis, y un día decidió que quería morir en España. No nos dio tiempo de prepararlo todo y está enterrada en el cementerio del mismo Westwood, entre héroes de guerra y en donde algún día, cuando nuestro hijo sea ya un jovencito, la visitaremos.

No, no está mal que sea rica, pero la pena que arrastra no es un simple duelo, es algo hondo que viene de muy atrás y en lo que me voy enredando a pesar del distanciamiento que he procurado mantener, pues yo solo estoy para hacer bien mi trabajo de profesor/actor y para continuar con mi colección erótica. Me ve como alguien de otro lugar al que le cuentas todo lo que, en general, te guardas para tí. Como si fuere un compañero de asiento de un vuelo transoceánico con el que acabas hablando de tu propia familia o incluso inventándote anécdotas divertidas para hacer más llevadera la imposibilidad de dormir en esos asientos de clase turista que los que no somos tan ricos como tú, querida y lejana Esperanza, son los únicos que nos podemos permitir. Ya he entendido que su padre no nació rico y que su madre no era de buena familia y, lo más importante, que ambos se prometieron no hacer pasar a sus cuatro hijos por las mismas humillaciones que tuvieron que pasar ellos para ser aceptados como parte de la comunidad rica de la Ciudad. Pero el padre lo consiguió y de una forma bien peculiar. No me refiero a los negocios, que también eran poco corrientes, pues una fábrica de chapas para botellas no es lo que la Cuidad admira, sino que me refiero a sus inversiones en tierra en un mundo en que la poca calidad de ésta ha obligado a emigrar a generaciones casi enteras en un pasado no tan remoto. Montes enteros pasaron a sus manos y su madera le dio mucho dinero cuando, en silencio, la construcción comenzó a constituir una buena inversión. Mejoraron su domicilio y esto, me cuenta Lourdes, le permitió cambiar de colegio y coincidir contigo en ese colegio al que tantas veces te acompañé hace veinte años.

Que no le recuerde a ella cuando ella jura que nos veía con envidia todas las mañanas cuando nos separábamos con tiempo suficiente para que yo no llegara tarde a mi colegio, le produce una especie de dolor que no consigo quitárselo ni con dosis crecientes de aguardiente, que lejos de alegrarle, parecen ensombrecer su sonrisa hasta hacerla desparecer, cosa que ocurre indefectiblemente cuando añadiendo tiempo a nuestro trabajo de coordinación, que se ha convertido en más frecuente, rememoramos nuestros veraneos, el mío donde ya sabes y el de ella no lejos de la Ciudad, pero tierra adentro, como si sus padres quisieran exportar su éxito en los negocios al terreno de la alcurnia y ésta se encontrara solo en tierras de caza con su correspondiente casa de campo que, además, sirve para dedicar fines de semana a este deporte e invitar a conocidos escogidos entre lo más florido de la Ciudad para anudar relaciones y propiciar posibles oportunidades de negocio.

Con el tiempo, pensaba su madre, acabarían aceptando la invitación hijos e hijas de sus nuevos amigos y Lourdes y sus hermanos podrían integrarse entre la gente bien de la Ciudad y hacer una buena boda. Esto es justamente lo que Lourdes hizo. Al terminar el colegio ya estaba ennoviada con un hijo de buena familia, de las que solía ir a cazar a la finca de sus padres, y que extrañamente había empezado a estudiar arquitectura en Madrid. Era una carrera larga, pero Lourdes supo esperar con la ayuda de personas como tú, Esperanza, que no he conseguido saber cómo, has llegado a ser como una hermana para ella. Una hermana cuyas intenciones en relación conmigo tampoco consigo aclarar.

Tendrás que concederme que he llegado a saber mucho en el poco tiempo que nos deja la organización de la siguiente merienda intelectual en tu casa. Decidimos el tema de común acuerdo y luego pensamos quién podría jugar el papel de conferenciante siempre que, en un momento posterior, esa persona aceptara ese papel en los términos un poco raros para un soit disant pensador o científico consistentes en que las chicas no consiguen saciar su sed de conocimientos probablemente porque no llegaron a terminar ningún estudio superior. Esta semana, por ejemplo, hace dos días, he conseguido que el catedrático de astronomía acudiera a ese café donde tú me maltrataste a fin de convencerle de que sus conocimientos eran intensamente demandados por unas señoras jóvenes -y guapas, añadí yo, como para romper un hielo que por otra parte no parecía existir- cuyas labores de casa no les permitían acudir a centros regulados y de calidad contrastada y cuyos maridos tampoco habrían estado muy contentos con la confesión pública de que sus esposas no estaban del todo satisfechas. Lourdes le tiró de la lengua pues el tema parecía apasionarle y este interés sirvió de coqueteo entre ella y este profesor y observador del universo, mientras yo solo deseaba con impaciencia que terminara ese coqueteo y tuviera que levantarse para ir a su casa con su familia después de una dura jornada, y Lourdes, viuda sin hijos, y yo, viudo con un hijo pequeñito y muy bien atendido, pudiéramos tener unos momentos solos y alargar la noche tanto como quisiéramos.

Dada la experiencia, que empezaba a ser abundante, todo ocurrió como estaba previsto y una vez que yo comentara que la cuenta del refresco y la copa que había consumido el futuro conferenciante corría de mi cuenta, finalmente nos encontramos Lourdes y yo uno enfrente del otro. Solo eran unos segundos, pero todos los meses, cuando llegaba ese momento recordaba yo con amargura cómo prácticamente me tiraste el dinero a la cara aquel primer día que te cité en este mismo café.

En esta ocasión yo había anunciado que me gustaría invitar a Lourdes a un restaurante del casco viejo que en el pasado había sido escenario de muchos buenos momentos. No estaba lejos del café y un paseíto le vendría bien a Lourdes, le permitiría refrescar las ideas. Cuando volvió del guardarropa con el abrigo puesto me quedé impactado, pues el abrigo era una copia de aquel abrigo de mouton rasé con el que siempre recordaré a aquella señora del Simca 1000 de la que nunca te he hablado a ti, Esperanza, pues me colocaría en una situación incómoda por evocar un aspecto de la Ciudad y de mi vida que tu entenderías en toda su complejidad e ignorarías como una excentricidad más. En vuelta su cabeza entre las enormes solapas del abrigo, en una postura que el tiempo otoñal no exigía, aceptó andar hasta el restaurante a lo largo del trozo de la ría que hace un suave círculo hacia el Mercado. Curiosamente el camino le era familiar y me dijo que lo hacía a menudo cuando de joven se quedó un tanto descolgada. No solo conocía la historia del teatro Arriaga, sino también el edificio de la Bolsa vieja y esa esquinita desde la cual se puede ver la basílica de Begoña, un lugar que pocos conocen y cuya identificación revela a un verdadero habitante de esta ciudad, de esos que no la han abandonado para dispersarse por la margen derecha muy cerca ya del mar abierto.

Pero esa no había de ser la mayor sorpresa de la noche. Al quitarse el abrigo casi me deslumbra el brillo de un collar de diamantitos que sostenía un diamante muy grande y, en cierto modo, inadecuado para el tipo de cena que yo tenía en la cabeza, informal y bastante alcohólica, como el inicio de una complicidad irrompible de esas que creemos poder forjar en una juventud que todavía no ha tenido tiempo de conocer de primera mano la potencia rupturista del olvido que el paso del tiempo siempre trae consigo. Cumplimos con todos las exigencias gastronómicas del local, comenzando por un aperitivo bastante alegre que, si bien al principio solo sirvió para que Lourdes pudiera observar a su antojo a las mesas de nuestro alrededor hasta convencerse de que no había nadie cuya presencia le disgustara, enseguida desató su lengua. Y así comenzó una especie de monólogo en una dirección totalmente inesperada para mí. Creo que la elección de ayudante que tú forzaste fue muy bien pensada.

Para ti será una historia demasiado conocida, pero para mí fue un descubrimiento que alguien como ella no se resignara a esperar inactiva la terminación de la carrera de ese novio que tanto le convenía y aprovechara los años para matricularse en la Universidad privada de la Ciudad en la carrera de Filosofía casi recién inaugurada. Por lo visto no le importaban mucho las notas y tampoco la mayoría de las materias, pero cuando se encaprichaba de una podía dedicarle todos los minutos del día, ya fuera en la casa paterna, ya fuera en la biblioteca. Así ocurrió con la Teoría del Conocimiento que finamente “me derrotó”, confesó ella entre la ensalada y el plato de caza que había elegido de segundo. Sigo sin entender cómo podemos estar seguros de cualquier explicación por reconocida que ésta sea. No me refiero, por ejemplo, al tipo de tela de tu camisa -“que por cierto es muy elegante”, añadió como para saber si debía seguir con la exposición de sus preocupaciones epistemológicas o si yo esperaba algo menos técnico y más frívolo-.

Ella no debe saber lo que tú tampoco conoces, Esperanza, pues si lo supieras se lo habrías contado, que prefiero lo técnico, pues me parece lo más frívolo. Así que el gesto serio que debí hacer por la fuerza de costumbre parece que le convenció de que yo prefería su conferencia sobre la imposibilidad de saber que los comentarios sobre moda masculina.

-Este hombre -se refería al próximo conferenciante- parece creer que las explicaciones científicas sobre el nacimiento del universo son el ejemplo del método empírico que nos acerca inexorablemente a la verdad. Yo no sabré nada, pero me parece que el método empírico exige muchos experimentos para ir disminuyendo la probabilidad de error. Y aunque esos experimentos fueran económicamente asequibles, como esta cena, digamos, nunca podrían elevar la probabilidad a la unidad, con lo que siempre es posible que otra teoría en la que no hemos pensado nunca sea la verdadera, y digo verdadera pues no sabría como usar otra palabra que reflejara nuestra ignorancia insalvable.

Ni ella ni yo habíamos probado bocado del segundo plato y pareció el momento de cumplir con la cortesía y las buenas maneras mordisqueándolo y fingiendo un apetito que al menos yo había perdido. Así que me lancé a un discurso improvisado e interesado.

-Cuanto me alegra lo que me has contado, querida Lourdes, pero por razones quizá inadecuadas. Yo pretendía acercarme esta noche a ti con intenciones no muy santas y héteme aquí que tú tocas una fibra muy íntima y lo haces de manera totalmente inesperada. Pero ¿cómo es posible que una mujer joven como eres, y más que lo eras en esos años, pueda entregarse a un tipo -perdona mi lenguaje, pero son ya muchas copas- que solo pretende, digo yo, construir casas o lo que sea, aunque fueran iglesias, en un mundo del que no sabemos nada?. Y mientras tú aquí en casa de tus padres viendo cómo tus amigas se ennoviaban de verdad y honraban sus hormonas. Lo tuviste que pasar fatal y me extrañaría mucho que no se lo hicieras pagar a tu marido cuando finalmente os casasteis. No me siento mal preguntándote ahora mismo si fuiste feliz con ese hombre, si te satisfizo vaya, si perdiste la cabeza aunque fuera por unos segundos.

Callamos unos minutitos mientras nos ofrecían el famoso postre de la casa que aceptamos sin rechistar. Ya quedábamos pocos en el restaurante y quizá por eso Lourdes sonrió y fue muy franca:

-No Jon, nunca, ni un segundo fui feliz. Este marido no hizo sino aprovecharse del dinero de mis padres o mío una vez heredada para sus aventuras de todo tipo. Las arquitectónicas fueron lo de menos. Las más horribles fueron los constantes engaños que comenzaron con los imprescindibles -según él- viajes y poco a poco se fueron extendiendo a esta Ciudad nuestra tan poco discreta y tan dada a la murmuración. Se dijo de todo y todo lo que se dijo era cierto. No me quedaba más que Esperanza que hizo lo que pudo por ayudarme y por tener en mi una confidente, pues tampoco a ella le fueron las cosas tan bien. Pero ella tuvo hijos y ese hecho te da fuerzas para resistir lo que sea. Pero ahora que esos niños son ya mayorcitos pierde resistencia y se empieza armar contra cualquier enemigo, real o imaginado. Yo nunca le he traicionado con su marido, pero empieza a sospechar, y por consiguiente pretende echarme en tus brazos.

- No me gusta ser utilizado, pero en esta ocasión creo que se lo voy a tener que agradecer.

Sonreí pícaramente mientras pedía la cuenta.

-Venga Lourdes empecemos esta noche, déjame contarte mis manías y lo poco que yo te puedo ofrecer. Solo algo de Teoría del Conocimiento. El resto es muy poco y muy poco ortodoxo; pero, ¿quién sabe? Igual tú me lo permites.

Salimos en dirección al Mercado. Lourdes le había dado la noche libre al conductor y por allí había una parada de taxis. Tomamos el primero y para cuando yo introduje mi cabeza en el asiento de atrás, después de franquearle la puerta a Lourdes, ella ya había dado su dirección al taxista. Tardaríamos en llegar y no era el caso de entablar una conversación que continuara la del restaurante. Así que tanteé un acercamiento al objeto de mi manía secreta.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2147 ~ 11 de agosto de 2014 ~ 0

La sabia guionista de Hollywood

Hollywood-signAunque no coincide con las fechas, yo hubiera dicho que fue el Gran Gatsby la película en cuyo estreno nos encontramos como los dos únicos espectadores sin pareja. Pero no, cuando lo pienso mejor, creo que era una película sobre el cine centrada en la figura de un mogul del séptimo arte relacionado con la Metro Goldwin Mayer y su título quizá fuere el de El gran Tycoon o, ahora lo recuerdo bien, The Last Tycoon, basada en una novela, otra, de Fitzgerald, y con Robert de Niro de protagonista. Supongo que en el descaro de aquellos años de formación, y en mi caso de doma de mis instintos salvajes, fui yo quien me dirigí a ella a la salida del cine de Westwood. Era pelirroja, lo que volvía a meterme en el cine sobre el cine, pues ese color de pelo me remitía inmediatamente a John Ford y a Maureen O´Hara. Siempre me había preguntado si las pelirrojas exhiben ese mismo color en todas las partes de su cuerpo y ahora tendría la ocasión de comprobarlo si me esmeraba en mi acercamiento. Pero llevó su tiempo, pues esta mujer no era ya tan joven y afrontaba ya muy serena un porvenir que no contemplaba con ninguna ilusión. Bueno, sí que tenía alguna, justamente la relación entre cine y literatura, un asunto que sostenía su trabajo como guionista de un cierto nivel para unos estudios localizados cerca de su casa en un barrio que en mis divagaciones y paseos en mi mustang-verde lejía había clasificado como mi segunda elección, después de Venice, si decidía quedarme en esta ciudad. De hecho, al principio de mi relación con ella llegué a pensar en mis veranos infantiles, previos al desplazamiento familiar a la margen izquierda, cuando admiraba a Esperanza durante aquellos tres meses de vacaciones que pasábamos en una casita de la margen derecha, a la que nos trasladábamos desde el ensanche con toda la impedimenta de una casa transportada en un camión alquilado al efecto, apenas 12 kilómetros de recorrido, mucho menos de la distancia entre Venice y Hollywood. Todavía ejerce, tal como puedo constatar en los créditos finales de algunas películas de la Universal, por lo que no delataré su nombre y le llamaré simplemente Virginia, en homenaje tanto a una escritora como a una actriz para mí mítica desde mi adolescencia.

Virginia transmitía serenidad y hasta quizá un poco de resignación, de modo que me acerqué a ella no solo ofreciéndole un simple zumo en un bar inocente, sino un tipo de conversación que entronizaba la resignación inventándome mi personaje como alguien que huía de un accidente reciente, no necesariamente de circulación, sino más bien relacionado con el abandono de una mujer que me fui inventando a partir de esa primera conversación que a lo largo de los siguientes meses fue continuada por confesiones mutuas y por charlas sobre escritores, especialmente si habían escrito para el cine o sus obras habían servido de base para buenos films o, como el extraño caso que ella trajo a colación, de Pío Baroja que habría influido literariamente en John Dos Passos y, a través de este, en el cine, aunque fuera de manera marginal. Era Virginia de origen sureño y eso le acercaba a una cierta clase de escritores más cercana a la gran novela americana que a las transgresiones asociadas literariamente a los ambientes del este.

Yo diría que me tomó bajo su protección y muy dulcemente trató de enseñarme lo que LA podía tener de mítico o de interesante más allá de la industria del cine. Claro que no se trataba de pasearme por los estudios Universal, pues ya había tours guiados para turistas, ni de mostrarme las manos de los actores y actrices enyesadas en las estrellas de la acera de Hollywood Boulevard delante del Teatro Chino Graumann. Lo que a ella le gustaba era abrirme los ojos a museos de la ciudad llenos de obras de enorme calidad donadas por figuras míticas del mecenazgo, como Getty o Huntington, o financiadas por el condado de Los Angeles y que no siempre estaban en lo que se llamaría de manera pueblerina como el centro de la ciudad. Le encantaba mi exagerada admiración por la cultura de una ciudad que era generosa con sus convecinos compartiendo belleza. Lo mismo me servía de copiloto para dirigirme a Pasadena -en donde aprovechaba la ocasión para hacerme ver que yo no estaba en la mejor universidad de la ciudad sino que debía de aspirar a transferir mi matrícula a Caltech- que me conducía ella misma hacia el sur para conocer antiguas misiones que, desde luego, habían aparecido en el cine. Me mostraba aprovechando una de estas excursiones cualquier edificio utilizado por la industria del cine o las editoras musicales.

Fue justamente mientras volvíamos de una tarde en Pasadena que me hizo parar en el borde de una carretera ya casi convertida en calle de la ciudad, y mirándome fijamente a los ojos me preguntó dulcemente que cómo o por qué era yo tan poco dado a los contactos físicos. No me pareció oportuno confesar mi perversión oculta, y sin decir ni palabra le invité a salir de mi mustang-verde lejía, rodearlo hasta que llegara a mi lado del vehículo y encontrarnos sobre la redondeada puerta del conductor, yo sobre ella y mis labios estropeando los suyos exquisitamente perfilados a la salida del Hotel California donde habíamos tomado el té. Fue un beso de antología, pero me separó de ella con un empujón, volvió a su sitio dentro del coche y reanudamos el viajecito hacia el centro de LA hablando de naderías intelectuales y sobre el día de acción de gracias en el que ella esperaba que yo, un marginado culto, acompañara a su madre y a ella en la comida correspondiente, “siempre que llevara vino español”, añadió como con tono de disculpa por pasar del éxtasis a la prosa en un giro visto y no visto.

A pesar de que Virginia no era ya tan joven no entendía yo bien que un cuerpo como el suyo y una boca tan roja pudieran moderarse a su antojo y me prometí a mí mismo aclarar el asunto, aunque no sabía cómo hacerlo pues continuamos viéndonos de manera tan casta como la comida de Thanksgiving. Seguíamos con nuestras conversaciones cultas e incluso pedantes por mi parte, pero a Virginia parecían gustarle mis esfuerzos por deslumbrarle durante aquellas largas meriendas en lugares que no eran nada californianos del sur y que podrían ser salones de té londinenses. Yo acabé disfrutando del personaje que me fui creando de un treintañero ya descreído, quemado por un rechazo amoroso que no conseguía superar y que no estaba satisfecho con su aparente éxito académico. Un día me lanzó un sermón lúcido y me dijo que debería tomar la vida en mis manos, olvidarme del desengaño, terminar mi doctorado y volver a mi país que es donde yo podía ser más útil. Sorbió su té y se levantó de una forma que a mí me pareció que escondía una despedida. Sin embargo al depositarla en su casa después de un silencio casi fúnebre me dijo que me llamaría para que escucháramos juntos una grabación de Tennesee Williams, un sureño que mantenía el espíritu confederado que desde jovencito yo había preferido al federal, a pesar de las películas que pretendían comerme el coco con el asunto del esclavismo que finalmente desentrañé en un seminario de Fogel, aquel gran historiador de los hechos económicos que nos convenció, en contra de una opinión novedosa de que el esclavismo estaba obsoleto, de que la esclavitud era un sistema productivo rentable y sostenible. Había descubierto desde hace meses que el gusto de Virginia por el sur tenía curiosamente los mismos componentes que mi presunto nacionalismo paterno. La única forma de vivir juntos era la independencia, a partir de la cual, como en una pareja, se podían establecer apaños adecuados a la edad y a la tecnología. Así que dije que estaría encantado de escuchar esa grabación tan prometedora no solo por las convicciones sureñas expresadas, sino sobre todo por el tono grave de una voz privilegiada como la de este autor dramático.

Ese día quedamos en mi apartamento al atardecer y resultó ser una velada mucho más sugerente de lo que yo pensaba. Antes de colocar la cinta en mi reproductor me propuso un juego curioso. Aquel que acertara de qué obra de teatro estaba hablando el autor en la cinta podría pedir al otro que se desprendiera de una prenda de las pocas que en LA hacen falta incluso en un otoño ya bien entrado. Debo reconocer que me cogió un poco desprevenido semejante propuesta después de su último sermón, pero nunca me achico ante estas propuestas. Y así empezó la velada con esa grabación que no era difícil descubrir que seguía un orden cronológico, hecho este que no me ayudaba mucho en el strip poker, en cuanto no soy un experto en la obra de este hombre. Así que en poco tiempo me quedé en calzoncillos, pero a partir de los años cuarenta, y entre lo que yo reconocía y lo que ella fingía no reconocer, quedamos empatados en lo que a vestimenta se refiere, mientras la voz hablaba sobre piezas como El Zoo de Cristal, Un Tranvía llamado Deseo, La Rosa Tatuada, La Gata sobre el Tejado de Zinc, De repente el Último Verano, o Dulce Pájaro de Juventud. Con los comentarios del genio sobre La noche de la Iguana (cuya representación habíamos visto juntos unas semanas antes) se acabó el juego. Virginia se desvistió del todo, asombrándome con la tersura de sus pechos y el extraño arco que describían sus muslos y se mostró ante mí en todo el esplendor de un pubis totalmente negro. Me levanté para abrazarle, pero me cortó en seco:

Ahora ya puedes intuir que el color del pelo no tiene por qué coincidir con el del vello que embellece los labios de la vulva, pequeño niño ignorante. Esa colección de la que me hablaste se enriquecería notablemente con esta pieza que tienes a tu alcance, pero que nuca va a ser tuya.

Y mientras yo pensaba a la velocidad del rayo cómo era posible que le hubiera hablado de mi manía, bien inocente por cierto, ella ya se había vestido y tenía una mano sobre el pomo de la puerta de entrada de mi apartamento. Se volvió y me espetó:

Vuelve a tu país y conviértete en un buen profesor y en un mejor padre.

No golpeó la puerta. No necesité vestirme para meterme a la cama y caer en un profundo sueño.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2147 ~ 3 de agosto de 2014 ~ 1

Yorickeando

Tomar el téHace ya un mes, la primera vez que vine a estas meriendas intelectuales, llegué a esta zona de la margen derecha concebida para ricos en el automóvil del Decano desde el centro de la Ciudad. Así que no me sabía bien el camino. Aquella fue una ocasión memorable, pues te reconocí en seguida, y me pareció que tú también me reconociste al primer golpe de vista. Luego nos vimos en aquel café de la Ciudad que a tí no creo que te dijera nada. Pero hoy es ya mi día y me apresto con tiempo para acudir a esta reserva indígena y asegurarme de que no llego tarde. No nos hemos vuelto a ver o a hablar desde aquella ocasión y tu despedida me dejó un recuerdo más bien amargo, pues me dí cuenta, al principio de manera vaga y más tarde de manera mucho más precisa, del papel de bufón que me tocaba jugar como ponente de alguna charla, como la de hoy por ejemplo, y como coordinador general y moderador de todas ellas. Estaba pensando en Yorick cuando tomé el giro equivocado y casi acabo en unos caseríos que habían sido de mi familia, no lejos de mi destino, pero en una zona sin ningún glamour. Me dije que no podía permitir que nada me desviara de mi camino, ni siquiera mis rememoraciones literarias.

Mientras me reorientaba pensé superficialmente, concentrado en recuperar el camino correcto, en que sabemos lo que Hamlet pensaba de este bufón que tanto había alegrado su triste niñez, pero ignoramos lo que pensaba el completamente dependiente Yorick de su oficio o de su señor. Lo normal es, pensé cuando ya enfilaba la entrada de esta urbanización de lujo, que seguramente el niño Hamlet fue para él una tabla de salvación. Cuando tienes un amo tu odio te puede llevar a asesinar o a amar sin límite sea a él o a sus hijos. Y esta segunda opción parece más natural en condiciones normales aunque, bien pensado, nada puede considerarse normal cuando tienes un amo.

Dejé de elucubrar y me recompuse después de aparcar ya dentro de la parcela de tu chalet, Esperanza. Recorrí unos metros y antes de tocar el timbre se entornó la puerta, abierta desde dentro por el conductor que conocí en el café y quien en esta ocasión me mostró una amplia sonrisa. Me condujo hasta el salón y allí me topé con las jóvenes señoras que había conocido hace un mes ataviadas de una manera intencionadamente casual. Tú no habías bajado todavía, pero el juego de té y los sándwiches de pepinillo estaban ya preparados sobre una mesa baja que hacía juego con otras mesitas repartidas por el salón. No dudé de que mi sitio era el que había ocupado el Decano y me dirigí hacia un sofá de orejas aislado y de espaldas a un ventanal por donde todavía se filtraba la luz del atardecer. No llegué a sentarme, pues llegaste tú y me adelanté a saludarte con un afecto y respeto un tanto fingidos.

Perdonadme, pero es que estaba hablando por teléfono con Lourdes que se disculpa porque igual llega un poco tarde y me dice que le da mucha rabia pues tenía muchas ganas de oírte y no perderse nada, Jon, dijo. Por lo visto tenía una entrevista con un posible chaufeur que le resulta imprescindible viviendo donde vive ahora.

¿Empezamos ya?, inquirí yo.

Sí, Jon, puedes empezar. Aunque no te he avisado para pedirte permiso, me he tomado la libertad de explicar a las chicas tu método de preselección y todas conocen ya lo suficiente sobre psicología de la Gestalt como para intentar pasarlo. Incluso Lourdes si llega a tiempo. ¿Empiezas?

Me sentí traicionado por tí Esperanza, y no solo eso. También me sentí tan mal como un actor cuyos mejores trucos ya se conocen el día del estreno. Pero espero que me vieras sonreír mientras una a una fuisteis colocándoos delante de mí de pie delante del sofá de orejas y yo puse mi dedo índice sobre seis escotes pudorosamente cubiertos con unos jerséis de lana fina no muy adecuados para este día de otoño. Lo más increíble fue cuando todas y cada una de ellas fueron manteniendo el tipo sin que ninguna tuviera que mantener el equilibrio dando un paso atrás.

Esto se pone interesante- me atreví a decir con cierta timidez. En estas circunstancias no tengo más remedio que tomar una decisión drástica. El puesto de ayudante para estas meriendas lo desempeñará… Lourdes, por haber llegado tarde. Y sonreí.

Tendré que utilizar los trucos del oficio para alargar un poquito la exposición, para que dure por lo menos hasta que vea en vuestra expresión el deseo de rellenar vuestra taza de té o de tomar otro sándwich.

Tomé asiento mientras tú me servías el té y me ofrecías un sándwich en su platito correspondiente que deposité en la mesita de mi izquierda, alejándolo un poquito para que quedara claro que no lo tomaría hasta que hubiera terminado con la exposición, y comencé a hablar de una forma que me pareció pedante y que exigiría algún cambio de ritmo en algún momento especialmente importante.

Seguramente habéis todas oído hablar de Adam Smith, el candidato mejor colocado para ser considerado el padre de la economía, si entendemos ésta más allá de saber cómo llevar las cuentas de la casa. Pues Smith, en su famoso libro «La riqueza de las naciones», es el que nos introduce por primera vez en la idea de la ventaja comparativa y de su consecuencia natural, que se denomina la especialización, a través, naturalmente, de la división del trabajo. Dos ideas estas cuyas consecuencias menos naturales procuraré destacar.

En ese momento entró en el salón alguien que debía ser Lourdes, también ella con su jerseycito de lana fina correspondiente. Yo me levanté y sin decir palabra alguna le indiqué que tomara asiento en la sillita que, muy intencionadamente, le habían reservado a mi izquierda, al otro lado de la mesita, y continué.

Para entendernos, supongamos que Lourdes cocina un cake mejor que el que Esperanza dice que ella hace, pero supongamos que los sándwiches de pepinillo de la señora de esta casa son universalmente reconocidos como los mejores por encima de todos incluso de los de casa de Lourdes. Diremos muy naturalmente que Esperanza tiene ventaja comparativa en la fabricación de sándwiches y que Lourdes la tiene en la de cakes. Fijaos, sin embargo, en que esta idea puede muy bien seguir siendo usada aunque… digamos Lourdes, sea mejor que Esperanza tanto en cakes como en sándwiches. De manera muy natural diríamos que Lourdes tiene ventaja comparativa en cakes cuando entre los de ésta y los de Esperanza hay mucha más diferencia que entre los sándwiches de la primera y los de la segunda. Y podremos decir de manera también muy natural que Esperanza tiene ventaja comparativa en sándwiches.

Quizá había llegado el momento de hacer mi primer gesto teatral y mirando alternativamente a una y otra pregunté en un tono de voz que nada tenía que ver con el profesoral que si había acertado. Ambas sonrieron pero no contestaron, con lo que no tuve más remedio que continuar con mi tediosa explicación.

La consecuencia es casi trivial. Todos estaremos mejor si los tés intelectuales se celebran aquí en donde estamos hoy, por lo que estaremos dispuestos a pagar un poco más por ser invitados… en caso de que en vez de ser estas reuniones un acto social entre amigas fueran el negocio de un empresario del sindicato de actividades diversas- como por ejemplo yo- y tuviera que ganarme la vida organizando saraos como el de hoy. Es claro que estaría dispuesto a pagar una comisión mayor por el uso de sus instalaciones a Esperanza que a Lourdes.

Toda esta explicación que aquí te resumo para que conste llevó mucho más tiempo del que yo pensé iba a exigir, y me excuso por volver a repetir toda esta retahíla que ya conoces, pero es que quiero recordarte lo que vino a continuación. Me levanté de mi sillón de orejas y cogiendo el sándwich de la mesita en la que lo había depositado cambié el tono, lo subí de hecho, y dije mientras paseaba por el poco espacio libre que me quedaba.

Reflexionemos un poco sobre las consecuencia de lo que hemos aprendido. La especialización podrá ser muy buena para poder tener más y mejores sándwiches y más y mejores cakes, pero reconocer conmigo que es un rollo, que tanto una como otra de estas amigas se sentirían mejor fabricando las dos cosas simultáneamente sin necesidad de especializarse y finalmente tener que intercambiar. ¿O no? Aquí está el dilema, o como diría Hamlet, «esta es la cuestión». ¿Tienen las mujeres ventaja comparativa en el cuidado de los hijos y los hombres en de la contabilidad de los costes de los blooms de un Alto Horno como esos que veis resplandecer desde esta urbanización por las noches? Y aunque la tuvieran, ¿no estarían ambos, mujeres y hombres, más contentos realizando las dos tareas?

Y mordiendo el sándwich me volví a sentar en mi sillón a la espera de comentarios cuando ya la claridad había desparecido. Tuve ganas de preguntar si al menos les había hecho pasar un buen rato, pero preferí quedarme callado.

El resto, Esperanza, ya lo viste; no fue el mayor despliegue de ingenio nunca visto, pero he de reconocer que tú tuviste la habilidad de reconducir los comentarios a la división del trabajo entre maridos y esposas, algo de lo que todas parecían estar un poco escamadas, aunque no todas en el mismo grado. La mitad lo que vivían en sus casas les parecía lo natural, pero la otra mitad intentaba encontrar salidas razonables que permitieran salvaguardar a los niños de la torpeza masculina. Así transcurrió el tiempo y la reunión se fue disolviendo mientras comentábamos, ya fuera de programa, de qué podríamos hablar el próximo mes y a quien podría traer yo como ponente. Aunque los orígenes del universo parecía el tema que suscitaba mayor interés, no se decidió nada y Lourdes quedó en comunicarme cuanto antes cuál era el tema elegido.

Cuando todas se fueron quedamos tú y yo solos y aproveché para interrogarte sobre Lourdes, pues ella había sido la única que no había dicho nada ni opinado sobre el tema del próximo mes. Resultaba ser una reciente joven viuda sin hijos que por fin había decidido moverse a la casa que junto con su marido se habían hecho construir en la misma urbanización en la que tú vives.

¿Te ha parecido guapa?, me preguntaste con un cierto tono de complicidad de celestina que quiere arreglar un ligue.

Si ya me había sentido mal con la tarea general que el Decano me había asignado y fatal en tu despreciativa despedida en el café, ahora, después de desempeñar el papel de bufón, me sentía un pelele con ganas de destrozar la vajilla del té que no había sido retirada todavía. Pero mi ira se refrenó un tanto al pensar que de una sola tacada quizá podía vengarme de tí y ponerte un poco celosa.

Se nos ha olvidado decirle que es ella mi contacto. ¿Se lo cuentas tú por favor y le dices que me llame para comunicarme el tema elegido?

Salí al jardín y allí solo quedaba mi cochecito muerto de vergüenza al haber tenido que compararse con los deportivos de estas mujeres desoevrées (si me permites llamar así a tus amigas) durante un par de horas. Tu marido por lo visto trabaja hasta tarde o es que estos días de merienda intelectual se organiza para reunirse con amigos para jugar vaya usted a saber a qué. Iba a abrir la puerta de mi cacharrito que había dejado sin cerrar para que diera la impresión que no tenía duda sobre la honradez de tus amigas, cuando la sombra de Lourdes se me acercó por detrás.

Pensaba ir caminando hasta casa pero al verte salir he dado la vuelta y te voy a pedir que me lleves a casa. No te desviarás apenas.

Cumplí las órdenes, que es lo que eran sus deseos, tal como le dije, y conduje siguiendo sus instrucciones hasta que me dio orden de parar delante de una casa no muy diferente de la de Esperanza.

Gracias Jon.

Se demoró un instante y finalmente me dio un papelito con su número de teléfono.

Por si me quieres llamar, para lo que sea.

Y abrió la portezuela para entrar en su jardín sin volver la vista atrás. Ni siquiera me dio tiempo de contestar algo, lo que me pareció de agradecer y pensé que igual hubiera sido mejor que no te hubiera encargado a tí que le comunicaras su nuevo metier. Pero ya estaba cansado y todavía me quedaba un ratito para volver a la Ciudad. Llegando a casa me pregunté si la experiencia de esta tarde me haría pensar en estas mujeres jóvenes, tus amigas parece ser, con odio por su riqueza y la posibilidad de proporcionarse caprichos como el de escucharme a mi, o si más bien sentía por ellas una cierta dulzura que eliminaba en mí el odio y los planes de venganza de un capataz. El tiempo lo diría.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2147 ~ 1 de agosto de 2014 ~ 0

En el café

¿Cuánto me harás esperar Esperanza? Como comprenderás, de la respuesta a esta interrogación sencilla va a depender lo que yo vaya a esperar sobre la posible renovación de nuestro viejo interés mutuo. Si es un retraso simplemente coqueto justificado por la dificultad de aparcar es que estamos en la misma onda. Si por el contrario el retraso es apenas perceptible me daré por enterado de que lo que deseas es una simple cuestión de “negocios”: colaborar al éxito de las meriendas. ¿Y si el retraso es muy largo? En ese caso no sabría decirte cómo debería actuar para conseguir mi objetivo de acercarme a ti un poco más de lo conveniente para un serio profesor.

Creía que llegaba a tiempo y caminaba despacio hacia este café del que guardo muchos recuerdos de todo tipo. Siempre me ha sorprendido lo mal que entona su decoración con el resto de la Ciudad, pues se trata de una mezcla de vigas autóctonas y cerámica andaluza en las paredes que, curiosamente, le dan un aire como internacional. Quizá por eso fue en nuestra juventud, la tuya y la mía, Esperanza, tan próximas y tan lejanas, lugar de encuentro de aquellas personas jóvenes, generalmente varones, que comenzaban a ver las grietas del sistema a través de ojos de estudiantes de fuera que se reclamaban de izquierdas y de hijos de nacionalistas que, alrededor de círculos de cristiandad, veían a través de los ojos de unos padres que ya pensaban que esos sus hijos no corrían demasiado peligro de ser molestados por los que solo más tarde se llamaron los “maderos”. O también de gente joven que seguían sin interesarse en la política en sí, pero ya habían leído a los existencialistas franceses o se habían sentido atraídos por movimientos anarcoides que olían a libertad.

Yo diría que llegué justo a tiempo según mi reloj de pulsera que había sintonizado con radio nacional el día anterior, pero para mi sorpresa, que no tuve que fingir, allí estabas tú sentada en el butacón corrido delante de una mesita para dos y bebiendo a sorbitos un limón granizado con una pajita con la vista en el líquido amarillento. No me viste entrar y, antes de acercarme a la mesita que ocupabas, tuve tiempo de recordar a alguien que hace años vi en ese mismo lugar delante de un vino tinto y luciendo una boina caída hacia la izquierda, alguien que, rico de familia y sin necesidad de trabajar, se sentaba allí casi todas las tardes y que años más tarde abrió no lejos de este café una librería en la que ya se podían comprar libros prohibidos, verdaderas armas cargadas de futuro, sin necesidad de deslizarse subrepticiamente en la trastienda. Recordé como en un flash que eso era lo que yo quería ser por aquel entonces: un intelectual de café del barrio latino y poder charlar con Sartre, como contaban había hecho aquel compañero de colegio unos años mayor que yo y que no cayó en la trampa de la Ciudad. Pero tú levantaste la mirada, dejaste el vaso sobre la mesita y me dedicaste una sonrisa amable, simplemente amable.

Perdona Esperanza por hacerte esperar, tartamudeé yo mientras retiraba la silla que me dejaba frente a ti y tomaba asiento.

No te preocupes, Jon, tenía que venir al centro y he hecho todos mis recados antes de lo que esperaba, así que me he sentado aquí a disfrutar de este limón como si fuera una cría.

Eso es justamente lo que eras hace esos veinte y pico años cuando creíamos tener entre nosotros dos una relación secreta que se alimentaba de aquellos pocos minutos que duraba el camino hasta tu colegio desde la estación de autobús. Pero no supimos desarrollar el lenguaje preciso para hacer de ellos una verdadera conexión.

Esto quería decirte Jon, que ya no soy aquella cría, que tengo marido e hijos y que tu aparición el otro día en nuestra casa saliendo de un mundo tan lejano al mío me turbó mucho más de lo que hubiera imaginado.

Se calló como si se le hubiera acabado la cuerda e hizo un gesto como de cruzar las piernas por debajo de la mesa tapada con un mantelito como de cuarto de costura de casa del Ensanche. Intuí que calzaba zapatos de tacón un poco más alto del adecuado para los recados matinales.

Pues no veo los paquetes de tus recados en ningún lado, te dije mirando a un lado y otro del sillón corrido. Deshizo el cruce de piernas, creí intuir, y se acodó sobre la mesa como para plantarme cara.

Se lo he dejado al conductor. No lo uso siempre, pero he pensado que hoy me serviría para poder estar contigo el tiempo necesario para que me cuentes lo que ibas a contarme sobre nuestra próxima merienda y todavía llegar a casa a tiempo como para comer en familia. A mi marido le gusta.

Me hubiera levantado en aquel mismo instante, te lo aseguro, pues entendí con la claridad de un relámpago en la noche que no pertenecíamos al mismo mundo ni sería posible que llegaras nunca a entender las cosas que yo estaba deseando contarte. Pero siempre he sido rápido para el regate y decidí cambiar el tono del relato que tenía preparado para después de algunos cotilleos previos que nos pusieran al día sobre la mitad de nuestras vidas, la mitad quizá más determinante, y que había hecho de ti una buena, supongo, esposa y madre y de mí un frívolo que hace muy poco tiempo está intentando empezar a ser menos loco de lo que ha sido en los últimos años. Así que te dije:

¿Recuerdas a Peter, Paul, and Mary?

Ante tu cara de sorpresa te expliqué que en los años 60 y 70 este trío de música volk fue muy famoso y que yo recordaba hasta una película que vi en mis años locos en la que el trío se acerca a Big Sur. Y es que aquí quería llegar yo, al Instituto Essalen al que conocí a través de mis lecturas dirigidas a recuperar la serenidad apoyándome en un sincretismo semireligioso no alejado de la psicología de la Gestalt de Fritz Pearls de la que si quieres hablamos cualquier día. Durante mi estancia aprendí muchas cosas entre las más importantes de las cuales estaban, además de la libertad y promiscuidad sexual que me tuvieron obnubilado durante tiempo, ciertas experiencias programadas para reforzar la seguridad en uno mismo.

Pues cuéntame estas pues de las otras no quiero saber nada, dijeste fingiendo una turbación divertida. No te haces idea de lo mucho que se nos ha hurtado en esta ciudad mientras tu estabas por ahí fuera.

No te contesté inmediatamente pues no sabía si lanzarme o no a tratar de desequilibrarte a mi favor. Fui yo esta vez el que cruzó los pies bajo la mesa y después de un suspiro que imagino no entendiste continué contándote cómo un monitor de Nueva York nos enseño a un grupo de hombres y mujeres de todas las edades a mantener la posición física no dejando que ningún empujón nos desequilibrara. Trataban de conseguir que aquellos que como yo no sabíamos muy bien lo que creíamos aprendiéramos a no ser empujados de un lado para el otro; pero la manera por la que se empezaba esta especie de aprendizaje era mediante un ejercicio consistente en tratar de mantener el equilibrio físico ante cualquier empujoncito que te llegara de donde fuere. Hice un inciso:

Te parecerá una tontería pero este aprendizaje me hubiera venido muy bien en aquellos años en la Ciudad cuando desde muchos lados te empujaban hacia lugares en los que no nos veíamos a nosotros mismos.

Dijiste como de pasada algo así como “pues no lo sabes tu bien”, pero no te hice caso y continué:

Se trata de relajarte y no tratar de defenderte contra cualquier golpecito crispando los puños y afianzando los pies en el suelo como diciendo que ese suelo es tuyo y que lo defenderás con la fuerza de tus puños. Se trata de todo lo contrario, de descrispar las manos y de relajar las piernas, dotándote así de una flexibilidad imposible de cascar.

El ruidito de los tacones me indicó que te empezabas a poner nerviosa así que abrevié:

Este es el experimento que quiero realizar previamente a mi charla que, como os anuncié, será sobre la siempre malinterpretada división del trabajo. A cada una de vosotras os pondré frente a mí y con la punta del dedo índice de mi mano derecha apoyada en el escote le empujaré levemente. Te aseguro que todas darán un paso atrás para mantener el equilibrio, menos tú, claro, que ya estás avisada. Ejercítate un poco y verás cómo no hay manera de desequilibrarte.

Aunque con una mirada de refilón y con una sonrisa maliciosa sentenciaste:

No sé si me gusta mucho el experimento, especialmente lo del escote.

No supe qué contestar ni qué cara poner, pero recuerdo que pensé que para qué me metía yo en esos líos. No los de asistir a las meriendas, pero sí los de inmiscuirme en la rigidez de la Ciudad. Pero ya estaba hecho y ahora se trataba de volver a recordar nuestra infancia perdida. Pero no me dio tiempo. Un señor vestido de azul se presentó en nuestra mesa y mirándote solo a ti, te recordó que se estaba haciendo tarde si teníais que pasar primero a recoger al señor. Te levantaste y pude ver los altos tacones mientras seguías al conductor con el bolso en la mano.

Está todo pagado Jon, dijiste como quien habla con la cocinera.

Me quedé sentado un ratito y por fin me di cuenta, mientras me levantaba, que yo no había tomado nada. Nada te debo Esperanza, musité como para mí mismo y salí del café. Tenía tiempo y decidí caminar un rato hasta la casa de mis padres que había heredado y que, de momento, habrá de ser mi morada solitaria. Supongo que ya sabes tú bien donde está, pues es la misma a la que volví con mis padres después de dejar la margen izquierda y retornar a la Ciudad propiamente dicha. El caminar en soledad suelta la mente, aunque muy a menudo no eres consciente de lo que piensas. Pero yo sí lo era ese mediodía de otoño después de charlar contigo en el café. No podía entender cómo, a partir de una cercanía en la playa chic de la margen derecha, en unos cuantos años y muy poco a poco, el tiempo puede colocarte en lugares espirituales y físicos tan distantes y tan difíciles de reconciliar. ¿Qué sentido tendría el reconquistarte y conseguir tu consentimiento para hacerte mi amante más allá del perenne instinto depredador del macho?

Ya llegaba al portal de mi casa pero no dejé de pensar. «Sí, ¿qué sentido?», me volví a preguntar cuando abría las puertas del ascensor. «Una pieza más en mi colección de vulvas» es lo primero que me vino a la cabeza, pero bastó el breve recorrido hasta el piso quinto para quitarme de la cabeza esa pulsión de coleccionista. Pensé en alto:

Tú, Esperanza, no serás nunca una pieza de colección, vas a ser el chivo expiatorio de mi instinto vengativo contra todo lo que ha hecho de mi Ciudad un lugar inhabitable.

Juan Urrutia2147 ~ 11 de agosto de 2014 ~ 3

Fisiognómica munichesa

goethe_stieler_1828Ya de vuelta. Llegamos ayer por la tarde y bastante cansados pues el tráfico era muy denso. Pero refrescados de la rutina. Muchas cosas podría contar de München y casi todas buenas, desde la belleza de sus gentes y sus calles hasta la increíble riqueza museística. Pero prefiero contar cómo he recobrado mi potencia fisiognómica. En el café del museo Lenbauhaus -cómo no, puesto al día por Foster- reconocí a Belén López, la bella y malvada Tía Elena de «Amar es para Siempre». Y en una exposición de fotografía de Avedon reconocí a Toni Zabalza en un retrato de Cioran. y después de varios días de propinas, el maître de desayunos del hotel me confesó que me encontraba la versión rejuvenecida de Blatter el de la FIFA. Sin embargo, el verdadero shock vino al reconocer en el retrato de Goethe con una carta en la mano derecha en la Nueva Pinacoteca, a mi doble. No me había fijado, pero de repente me di cuenta de que no podía salir de una cierta sala porque me seguía la mirada del retrato de un hombre por otro lado muy parecido a Txillida, del que yo llevo camino de ser su vivo retrato.

Juan Urrutia2147 ~ 3 de agosto de 2014 ~ 2

Wir fahren nach München

Mapa-de-MunichSí, efectivamente, mañana por la mañana y muy temprano comenzaremos nuestra escapada a Múnich en dos etapas y en automóvil. Hoy he revisado el coche y parece que todo está en orden. No tengo ni idea por qué abandonamos por una semana nuestro refugio del Baix Empordà y nos largamos a pasear por Cataluña, Francia, Suiza y Alemania, y vuelta. Sospecho que es el deseo de dejar siquiera por unos días este país aburrido que durante todo un mes solo nos va dejar saber las temperaturas y el número de muertos en carretera. Pero también es posible que por debajo esté mi deseo de sentirme más joven, como cuando estas escapadas no me daban miedo y ni siquiera revisaba el coche. Ahora, sin embargo, reviso cien veces el mapa, calculo las distancias, trato de anotar donde podríamos parar por el camino en lugar de dejarnos llevar por la música de ópera alemana ya cargada en el coche o por el simple apetito. Pero además de miedo, a esta edad me molesta dejar de escribir en el blog partes cortas de una novelita que intento armar sin saber muy bien cómo. Si pierdo la concentración es posible que todo se venga abajo. Pero también es verdad que esta excursión me trae recuerdos de juventud, como el de Frau Klein, mi primera profesora de alemán, la que me transmitió los rudimentos imprescindibles para pasar una temporadita en Salzburg, todos los de esta bella ciudad a la que a no creo que nos acerquemos, y esas frases famosas como la del título que he puesto a este minipost si sustituimos München por Berlin o aquella de la que se reía tanto Frau Klein que compuse en honor a
Lilo Pulver : Ich habe mein geld mit Lilo Pulver gepulvert. Sea como sea el viaje se los contaré a la vuelta, y mientras tanto les dejo con lo último que he escrito en plan literario.

Juan Urrutia2147 ~ 17 de julio de 2014 ~ 0

Manifiestos

CALOR EN BILBAOLlega el calor y casi todo se hace espeso e imposible de digerir. Parece no haber nada con lo que distraer las calurosas noches de insomnio. Y, sin embargo, todavía puedo respirar un poco gracias a la estela de ese éxito de Podemos que milagrosamente me ha rejuvenecido aunque me temo que por la razón por la que es, en general, criticado: porque se supone que cuando tenga que bajar de las musas al teatro se acabará su posible relevancia; pero es que yo siempre he preferido las musas. En este tiempo de abanico aparecen, aparte susurros empresariales, tres manifiestos casi simultáneamente y los tres relacionados por la cercanía del comienzo del game of chicken entre Mas y Rajoy. El que se fotografía delante del congreso con Vargas Llosa en el centro se me antoja una simple defensa del statu quo. El de los intelectuales y artistas catalanes al que pone cara Isabel Coixet me parece que si bien no sobra, está muy cerca de ser prescindible en su federalismo para un mero lector de periódicos como yo. Y, finalmente, el que dicen promovido por Sartorius, que está más cerca de parecerse al manifiesto confederal que nunca aparecerá y que es el único que yo firmaría en el estado presente de mis convicciones políticas. Se parecería algo al último mencionado al menos en el sentido de que lo que predican para España lo entienden extendible a Europa. Ambos tienen en la cabeza lo que hace días llamaba, siguiendo a John Roemer, un equilibrio kantiano. Lo que quiero para mí, lo quiero para todos.

Juan Urrutia2147 ~ 13 de julio de 2014 ~ 2

Le catorce juillet: ¡Vive la liberté!

351px-MarseillaisenoframeDos fechas hay en mi vida que no se me pasan nunca. La del dos de mayo de 1874, de la que he hablado aquí y aquí, y la del catorce juillet de 1789. Ambas están asociadas a dos himnos que en mi familia no se dejaban de cantar ningún año. El himno de los auxiliares, que volví a subir a este blog el dos de mayo pasado, y la Marsellesa. Los dos himnos son cantos de libertad, y he debido heredar de mi madre el gusto entusiasta por ese lema de la Revolución Francesa. Así que mañana lunes la Marsellesa no se me irá de la cabeza y espero que quizá este año haga el esfuerzo de aprender todas sus estrofas, incluso las más belicosas y violentas. Creo que he heredado el gusto por los gestos heroicos desgraciadamente asociados, directa o indirectamente, a la violencia. Un gasto indirecto en favor de la libertad así como un cántico a la ayuda mutua en su defensa es este otro que también solía recordar mi madre cuando se ponía épica. Casi al final de la primera guerra mundial, cuyo centenario de su inicio se ha conmemorado este año, los americanos decidieron intervenir y uno de sus primeros gestos de apoyo fue acercarse a la tumba de Lafayatte y en posición de firmes gritar “¡Lafayette, nous voici!”, aquí estamos, Lafayette, nos ayudaste a librarnos de la metrópoli en nuestra guerra de la independencia y henos aquí dispuestos a devolver el favor. Era el 4 de julio de 1917. Casi 150 años después de la declaración de Independencia que crea los Estados Unidos de América el 4 de julio de 1776, el ejército americano viene a ayudar a Francia, cuna de libertad, a mantenerla.

Juan Urrutia2147 ~ 3 de julio de 2014 ~ 0

Cita de Limónov

limonovNo hace mucho tiempo escribía yo sobre Pablo, Limónov y yo, un post en el que decía reconocerme en ciertos aspectos de la figura del trangresor ucraniano que continúa llevando la contraria por doquier, parecería que por sistema. Desde las elecciones europeas y los análisis posteriores de los comentaristas, aparentemente bienpensantes pero realmente más neoconservadores que el propio Bush, se agudiza en mí el deseo de transgredir. Y me armo con las armas de mi «maestro» que dice:

Si un artista no comprende a tiempo que debe consagrarse a algo más elevado que él, como un partido o una religión, lo que le espera es un destino lastimoso compuesto de borracheras, shows de televisión, pequeños chismorreos, pequeñas rivalidades y, para acabar, un infarto o un cáncer de próstata

Si sustituyo la palabra artista por cualquiera otra que refleje la subordinación a los intereses, culturales o del tipo que sean, de lo que se llama el sistema y, si en vez de partido o religión pensamos en el deseo genuino de participar en el esfuerzo por vivir en armonía colectiva, me doy cuenta que doy el tipo y que ya he pagado con un infarto. ¿Me inmuniza esto del cáncer de próstata?

Juan Urrutia2147 ~ 27 de junio de 2014 ~ 2

Oído por la calle

Un grupo de mujeres ya maduras, pero todavía de buen ver, salen de una oficina y una, que estaba diciendo «…pues bueno…», continúa después de unas frases que no oigo: «…a ver qué le echo de comer a mi marido». La analogía con el perro es obvia. Y merecida por nosotros los maridos que hemos hecho de nuestras esposas unas capataces siempre disponibles y que acaban quedándose con el «negocio» del dueño en lugar de unas compañeras de viaje.

Juan Urrutia2147 ~ 22 de junio de 2014 ~ 0

Breves comentarios al discurso

mas-urkullu- El jueves pasado y desde Bilbao escuché el discurso de Felipe VI ante las Cortes Generales y otros poderes del Estado. He dejado pasar unos días para echar un vistazo a la opinión de algunos diarios y ya me encuentro en disposición de ofrecer la mía, que no tiene nada de original, pero es la mía.

Lo primero que llamaba la atención más allá de las fórmulas rutinarias utilizadas, es el deseo del Rey de hablar de todo lo que ha preocupado a la opinión pública en los últimos tiempos sin dejarse nada en el tintero. Pero esto trae consigo la casi inevitable impresión de estar utilizando lugares comunes que inciden en poderes que corresponden a los poderes ante los que acaba de jurar su cargo y que ahora le escuchan expectantes. Y, lo que es peor, la aparente imposibilidad de encontrar un eje central que ordene las prioridades y que contribuya a la comprensión de un presente lleno de contradicciones.

Lo segundo que me llamó la atención fueron los que considero errores. Uno especialmente significativo que es el reconocimiento del dolor de las víctimas del terrorismo y solo del terrorismo, en lugar de repudiar el uso de cualquier violencia cuando hay otros caminos no violentos. Y a continuación los que, pienso yo, cometió en relación a la unidad y diferentes lenguas.

Me pareció sin embargo que empezó bien diciendo algo así como que la variedad de lenguas le parecía no solo real y normal sino hasta una ventaja en el cauce de comunicación que son las lenguas. Extraña idea que quizá significa algo así como que cuando hay que comunicarse en lenguas distintas no hay más remedio que prestar más atención a lo que te dicen. Ojalá fuera la intención, pero no me lo puedo creer así, como tampoco me parece sentida la mención a creadores de lenguaje en una u otra lengua. Ciertamente los cuatro autores citados son bien relevantes: Machado, Espriú, Aresti y Castelao, pero la mención a un escritor republicano como el representante del castellano es un gesto demasiado osado para ser creíble.

Pero no acaban ahí lo que me parecen o bien errores o bien incomprensibles detalles imposibles de desencriptar. El más llamativo para mi es el orden empleado en sus escasas palabras en las cuatro lenguas dando las gracias. En este punto, como en el de los escritores citados expresamente, hay un error en el orden utilizado. No se trata de un orden inducido por la antigüedad del idioma ni por el tamaño de la población que los habla, y si no es así, el orden no puede ser otro que el correspondiente a la fecha de aprobación de los correspondientes estatutos, con lo que el Euskera tiene que venir antes que el Catalán, de la misma forma que se ordenó la presencia reticente de Urkullo y Más.

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