Desde mi sillón de orejas

El Correo de las Indias

Grupo Cooperativo de las Indias

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2159 ~ 13 de septiembre de 2014 ~ 0

El discursete de la medalla

250px-Universidad-carlos3Magnífico señor Rector, autoridades, señoras y señores,

Comienzo expresando mi agradecimiento al Consejo de Gobierno de esta Universidad Carlos III por la concesión de la medalla de honor como Presidente del Consejo Social que fui hace muchos, demasiados años. Fue una presidencia relativamente breve, pero me sirvió para reflexionar sobre la universidad, institución a la que he servido casi toda mi vida profesional, puntuada ésta por otras actividades menos santas.

Me emociona que este honor que se me otorga coincida con el 25 aniversario del comienzo de las actividades de esta universidad concreta, hoy entre las 50 mejores del mundo de menos de 50 años. Algo debimos de hacer bien desde aquella Comisión Gestora presidida por Gregorio Peces Barba, pero la cosa no hubiera llegado a tanto sin el apoyo firme de las autoridades centrales y autonómicas representadas en aquel primer Consejo de Administración, precedente del Consejo Social, y que presidía Juan Rojo, alguien de cuya mano izquierda aprendí yo mucho.

Hace pocos años esta institución me hizo otro regalo, esta vez un poco envenenado, pero no podía negarme al ofrecimiento por parte del Rector Peña a pronunciar la Conferencia de graduación de toda una cohorte del Área de Humanidades. Se trataba de dirigirme a ellos desde mi experiencia, en aquel entonces ya bastante dilatada, y también de escandalizarles un poco. Les animé a no tener miedo a dimitir de cualquier puesto en el que no se sintieran gozosos sin temor a la vida o al precio del cambio.

Nadie me había enseñado a mí a cambiar de dirección en la vida y mi mucha movilidad tuvo su precio, que reconozco ahora. Tanto cambio y, desde luego, mi evidente juventud, explican, al alimón, que no haya acumulado muchas medallas y que, quizá por esa escasez, aprecie mucho ésta. Quizá, pero lo que es seguro es que me resulta especialmente significativa porque el Consejo Social es un gozne y los goznes son muy importantes. Piensen que el poco éxito de las varias reuniones negociadoras de estos últimos meses para arreglar conflictos globales inesperados, como lo son todos los de un sistema complejo, se debe sin duda a la falta de un gozne entre las tablas de la ley de una parte y las de la otra. Un gozne girando sobre el cual los memes sociales y culturales de una comunidad pueden encontrar su correspondencia en los de otra comunidad, detectando así nuestra sombra en el otro. Si un Consejo Social es importante y debe ser cuidado es porque es un gozne que, si no está bien engrasado, no podrá evitar una batalla por el control del territorio entre comunidades universitarias y empresariales o sociales en general. Por el poder, vaya.

Trabajar por el buen funcionamiento de este gozne fue pues toda una responsabilidad, pero es que además, en mi caso, fue divertido por varias razones. La principal, sin duda, poder mandar sobre Gregorio (¡es broma!), pero también por la presencia diaria en nuestras oficinas de Mari Cruz Garijo y de Aurelia Modrego, sin las cuales la tarea hubiera sido mucho más ingrata.

Muchas gracias.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2159 ~ 7 de septiembre de 2014 ~ 0

Ideas concatenadas

retrato beckettHace poco Vila-Matas comentaba en El País la publicación en París del primer volumen en francés de las cartas de Samuel Beckett que presentan «las dudas de un artista incipiente que se va desembarazando de los dogmas más manoseados, y lo hace con su atracción por el silencio, pero también con su tendencia a ir hacia la palabra aun a sabiendas de que «no hay narración, todo es falso, no hay nadie, no hay nada»».

Rafa cita a Joyce y el Retrato del Artista Adolescente como un precedente del despojamiento beckettiano, e Itziar parece degustar la idea de llegar al límite de la no pertenencia: ni a una familia ni a una patria, ni a una lengua ni a nada de nada. A Marisa eso le ha recordado a su marido, al que llama un «dimisionario en cadena», lo que tiene algo de cierto y, en cuanto a mí, me limito a recordar a la individuación por la pertenencia, el articulo publicado en Energeia hace relativamente poco tiempo a pesar de haber sido escrito hace bastantes años y que trataba de poner de manifiesto que no hay manera de ser un individuo auténtico sin poder renunciar sucesivamente a distintas formas de pertenencia.

Es difícil no traer a colación al gran Nietzsche, su amor fatti así como su grito del SÍ a la vida como si fuera justamente la imagen en el espejo de la desesperada resignación de Beckett, tal como se menciona aquí en referencia a «Esperando a Godot»:

The dynamic of the Eternal Recurrence is present but rather than being affirmed it is a source of crushing boredom, tediousness and existential angst. The characters are unable to embrace the Eternal Recurrence and are in a continual state of mental flight from its implications. They suffer from a vague recollection of the past while projecting their hopes into the future in order to diminish the unbearable suffering of the existing present, or state of perpetual becoming. Beckett can thus be said to be offering a satirical critique of the concept of salvation, both in its traditional religious sense as well as in the sense implied by Nietzsche’s concept of the Eternal Recurrence. However, Beckett does offer a sense
of hope by suggesting, paradoxically, that the abandonment of hope of salvation may
lead to a sort of salvation of resignation.

Y es esta última paradoja la que por vericuetos indescriptibles me lleva a confrontar una idea de Álvarez Junco que aparece tanto en su último artículo de hace un par de días en El País bajo el título de Nacionalismo y Dinero, como en la entrevista que le hizo Juan Cruz unos días antes en el mismo periódico. Ambas piezas tienen que ver con lo que podríamos llamar el caso catalán, y en ambos lugares afirma este insigne historiador, explícita o implícitamente que el nacionalismo es simplista y poco adecuado para lidiar con la complejidad de nuestro mundo global.

Y aquí entro yo otra vez con la idea (no filosófica o literaria sino económica-política) de que la mejor manera de enfrentarse a la incertidumbre de sistemas complejos que generan resultados inesperados es justamente la proliferación de comunidades identitarias que continúan en su tendencia a la proliferación. Es este acercamiento al infinito del número de comunidades decisorias cada vez más pequeñas el causante de que cada una de ellas se sienta insignificante y, por lo tanto, el sistema como conjunto de todas ellas pueda ser predicho y entendido precisamente porque ninguna de ellas puede alterar el curso de los acontecimientos. Algo esto muy similar a lo que afirma el texto citado modificado para aplicarlo a nuestro caso de economía-política: el abandono de la esperanza de poder tener poder monopólico es lo que puede llevar a esa especie de esperanza de que la resignación pueda subsistir.

Es curioso que la más profunda idea de la Teoría Económica -que en un mundo de infinitos agentes la interacción entre ellos lleva a un mundo relativamente satisfactorio- esté relacionada con ideas de dos de los más extraños personajes filosóficos, ninguno de los cuales expresa ideas obvias y ambos se mueven en un mundo conceptual que parecería no tener sentido.

¿Nos atreveríamos a decir que las ideas simplistas de estas dos figuras filosófico-artísticas no son adecuadas para lidiar con el malestar de nuestro mundo actual que no parece tener esperanza alguna de salvación? Yo me contesto que no, y que el reflejo de uno en el otro es una forma de conseguir una síntesis siempre inestable pero que siempre se puede recomponer. De la misma forma, me atrevo a sugerir que la mejor iniciativa para no colapsar en medio del vendaval de la globalización es tratar de llegar a un mundo interrrelacionado de pequeñas comunidades. Veamos pues el mundo no como un gran EE.UU. o como una gran China; sino como una pequeña Confederación Helvética. Al fin y al cabo, el alemán era casi helvético por adopción del pueblo de Sils María e, igual, el de los suburbios de Dublín se resignó a ser irlandés.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2159 ~ 3 de septiembre de 2014 ~ 1

La muerte del padre

Calzadas de MallonaAgradecí tu presencia en el funeral de mi padre, así como la de muchos de nuestros contertulios. Su cuerpo, desde hace mucho tiempo semiatrofiado, llegó en su féretro a la parroquia casi cuarenta y ocho horas después de que falleciera en esa clínica cercana a los astilleros en los que había trabajado mientras su cuerpo aguantó y desde los cuales puso en marcha no pocas operaciones arriesgadas en favor de los perseguidos junto con otras personas que entre ellas se reconocían y que yo quise identificar con algunos ancianos que, todavía, bien plantados, acudieron también a esa iglesia que se encuentra en el piso que fue del abuelo de Machalen a la que algún día conocerás. Había tenido tiempo de traer el cadáver a casa, de velarle junto con mi madre y otros parientes y de poner una esquela en el periódico que siempre se recibió en mi casa que apareció al día siguiente anunciando este funeral.

Y te lo agradezco doblemente porque, como no pude asistir a la última merienda en tu casa y no sé si Lourdes te explicó la razón, pensaba que igual estabas un poco dolida por mi ausencia. Pero han sido días muy duros que tampoco me han permitido acudir a mis clases. Estaba claro que aquel cuerpo ya no tenía fuerzas, pero es que, además, su dueño cogió una especie de neumonía que le producía unas toses que sonaban como quejidos de un herido en las trincheras y una tos que no le permitía respirar a gusto. Me aseguraron los médicos de esa clínica en la que no tuve más remedio que ingresarlo que lo único que podían hacer es eliminar el dolor que pudiera brotar de un cuerpo agotado. Pero los sedantes le mantenían semiinconsciente de forma que no cabían las miradas de reconocimiento y sí, solamente, las caricias en aquel rostro que había sido tan expresivo en mi niñez y ahora parecía el de una momia. Mi madre pasaba todo el tiempo sentada en una butaca de la habitación de la clínica y solo se levantaba para atender a algunas de las escasas visitas que ella a misma había solicitado entre esas amigas suyas que le habían ya distraído, ya acompañado, durante los últimos años en los que su presencia al lado de mi padre ya no era necesaria pues las noches era atendido en sus necesidades por un enfermero especializado.

No fueron muchos días, pero una hermana de mi madre, la más joven de ellas, se turnaba conmigo en la cama supletoria de la habitación de la clínica para tranquilizar nuestras conciencias y asegurarnos de que no espiraba solo. Perdona que te cuente estas cosas un tanto siniestras, Esperanza, pero seguro que me dejarás utilizarte un poco. Hace dos días había yo vuelto a casa después de una noche extrañamente tranquila y me había quedado dormido después de asearme cuando esa tía llamó para dar la noticia. Volví a la clínica y no me fue difícil negociar con su director gerente que me permitieran llevar el cuerpo a casa, como si se tratara de llevarle a casa para que muriera entre los suyos y en su cama y no entre las esterilizadas paredes de la clínica. Por la tarde llegaría el médico de cabecera para certificar su muerte y yo iría la agencia funeraria en la que mi madre hacía años que iba pagando el seguro de defunción para que se encargaran de realizar los trámites del funeral y del enterramiento y redactar el texto de la esquela.

Poco recuerdo del funeral, pues yo ocupaba el primer banco con mi madre y otros familiares y a la salida no tuve tiempo de saludar a la gente que se acercaba a comunicar su pesar y transmitirnos sus condolencias, pues me apremiaba la funeraria para que nos desplazáramos cuanto antes al cementerio de la Ciudad, donde la familia poseía un panteón que ya casi estaba a rebosar, tal como me hizo saber el enterrador jefe con evidente delicadeza y respeto por el momento. El cura, que no sé cómo había llegado, leyó las preces correspondientes, lo que dio tiempo a la llegada de muchos amigos y parientes que acompañaron a algunos cánticos fúnebres mientras los empleados del cementerio levantaban el féretro para proceder a introducirlo en el panteón. Ese es el momento que yo elegí para depositar sobre el féretro una hoja del árbol de Guernica que desde hace tiempo había encontrado entre las hojas de un cuaderno de dibujos de mi padre, que reposaba sin ser utilizado no hace menos de veinte años en un cajón de su mesa de despacho. Nadie pudo ver lo que era y así mi padre fue enterrado con el mismo secreto que siempre había rodeado su figura. He dedicado varios días a acompañar a mi madre y recibir a las visitas, pero ahora que ya decae el flujo de personas que pretextan un conocimiento inexistente para entretener sus tardes, tengo que tomar las riendas de mi vida solitaria.

Ya he vuelto a dictar mis clases, sin corbata de luto por cierto, pero no he tenido ganas de retomar la organización de las meriendas intelectuales ahora que ya casi se acaba el curso. Pero ha llegado el momento de que nos veamos tú y yo, pues tenemos más de un asunto pendiente. Quitémonos de encima el asunto de la cátedra especial. Tenemos que reunirnos con los socios de tu marido. Me refiero a las autoridades académicas y a ti ya mi, quienes hemos convencido indirectamente estos señores de la Ciudad de que ya es hora de que se haga un gesto en favor de lo intelectual. Los Altos Hornos ya no brillan como solían en las noches claras, los astilleros no tienen una gran cartera de pedidos pues esta pequeña recesión se hace notar en el transporte de mercancías y la banca que sostiene todo esto tiene que repensarse su estrategia. Las noticias llegan sobre nuevos negocios que prosperan fuera relacionados con la gestión empresarial y con la consultoría, que pretende someter la práctica a la criba del pensamiento abstracto. Este sigue sin ser urgente en los pequeños negocios de máquina herramienta que florecen y exportan, pero quienes tienen sentido de estirpe miran más lejos en el tiempo y parece que parece que comienzan a interesarse no solo en la gestión y la consultoría sino también, y muy a pesar suyo, en el funcionamiento del sistema económico y en la manera de hacer política económica desde el gobierno, al que hasta ahora solo han mirado como ese obstáculo fácil de saltar para obtener licencias de importación y para favorecer los contactos internacionales que faciliten las exportaciones. Todo esto no es gran cosa y desde luego no tiene nada de divertido, pero es lo que me comprometí a hacer y gracias a ti, mi querida Esperanza, estoy a punto de conseguirlo. Quiero un premio y no me refiero a que podría llegar a ser un vicerrector muy joven. No, me refiero a tu compañía especial.

Todo lo mezclo y todo lo confundo. No podría encontrar trabajo en una de esas consultorías que brillan precisamente en la racionalización de los procedimientos de trabajo y de toma de decisiones. Esto es lo que me dirías tú y yo me dejaría reprochar la incoherencia, porque creo saber que esos reproches, lejos de alejarme de ti, me acercarían a esa faceta tuya que cada día en este curso ha ido aflorando en ti y que, si me lo permites, me recuerda a los contoneos de playa que hicieron nacer en mí la persecución de autenticidad por caminos extraños y rebosantes de misterios que solo tú y yo juntos podremos desentrañar. Te pedía una seña, pero su oportunidad no llegaba de momento a causa de la muerte de mi padre. Sin embargo ahora la necesito más que nunca pues me encuentro en una encrucijada. O bien aprovecho la ocasión que la nueva cátedra me va a proporcionar y me acerco a tu mundo dispuesto a trabajar para una jefe no bien definido pero fácil de identificar, o bien rompo definitivamente y, como mi padre, me escondo detrás de la indiferencia social para dedicarme a aventuras secretas de todo tipo. Puedo si quiero descansar en la rutina de mis clases, en el esfuerzo perfectamente describible de aportar al conocimiento y a aprovechar los congresos para continuar mi colección viciosa que, por cierto, tengo bastante abandonada en buena parte por tu cercanía que eleva un poco mi espíritu hacia cotas menos torpes.

Solo te pido que te acerques un poco más antes de que acabe el curso y me hagas saber que no juegas a esto, o bien que, como yo ansío, me des una prueba de tu espíritu libre y explorador que me haga concebir esperanzas que al menos me aturdan un poco en estos días de duelo.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2159 ~ 31 de agosto de 2014 ~ 0

Continúa el curso… de los acontecimientos

remolcador de alturaComo sabes muy bien, porque tienen lugar en tu casa, las meriendas intelectuales continúan y su preparación va encontrando su formato definitivo que, casi invariablemente, te cuento ahora, acaba como aquella primera vez, cuando después de cenar, Lourdes y yo tomamos un taxi para volver a su casa. Me temo de todas formas que tu intención, Esperanza, no se ha cumplido del todo. Son noches muy satisfactorias y también muy discretas porque los jueves Lourdes da libre al servicio hasta la mañana siguiente y el mismo taxi que nos llevó hasta su casa está en su puerta a una hora muy temprana para devolverme a la casa donde vivo en el centro con mis padres y ese niño que crece en un ambiente lleno de amor pero sin una madre y con un padre que no le dedica el tiempo que sería conveniente dedicarle. No me pesan las clases, pues el teatro que conllevan es justamente la razón de la elección de profesión que hice un día, como seguramente sospechas. Tampoco me llevan mucho tiempo las meriendas intelectuales ya regularizadas y, de hecho, es posible que dentro de poco tiempo surtan el efecto que la Universidad buscaba y podamos entronizar la primera cátedra subvencionada con una dotación que muy bien podría servir para atraer a la Ciudad, y concretamente, a la Facultad donde presto mis servicios, a alguien de cierta fama intelectual. Lo que me pesa, y mucho, es la mala conciencia que arrastro en relación a la educación de mi hijo y el poco tiempo que dedico a esa cuestión, como si pensara que un padre solo es necesario a una edad un tanto más avanzada. Y nada me extrañaría que mi propio padre no tenga para mucho tiempo, pues su Parkinson se agudiza y algunas de sus funciones vitales se resienten, lo que resta a mi madre capacidad de atención para cuidar de mi hijo.

Todo esto puede durar largo o precipitarse en lo inmediato y esto no puede ser predicho. Pero mientras tanto, me gustaría que tú y yo fuéramos capaces de hablar con franqueza. Tenemos que cerrar un círculo que comenzó a formarse hace ya bastantes años y que, con una interrupción muy larga, nos ha traído otra vez uno al lado del otro. Tu amiga Lourdes no va a arrancarme el deseo de que seas para mí algo más que la organizadora de unas meriendas intelectuales más o menos interesantes pero también tontamente rutinarias. Quiero cerrar esta gestalt y para ello tengo que hacerte el amor, pues nada menos íntimo calmará mis ansias, esas ansias que creo que están en el origen de esta manera mía de vivir, que empieza a resultar un poco excesivamente aleatoria para un hombre de mi edad. Ya sé que ni quieres ni puedes alejarte de tu familia, especialmente de tus hijos, pero no creo que tu marido te necesite tanto como sospecho que tú piensas. La división del trabajo que practicáis, con su correspondiente especialización, puede durar toda la vida, e incluso puede ser cierto que dentro de muchos años os felicitéis por haber elegido esa forma de vida. Pero ahora mismo pienso que tú necesitas algo que ni tu familia ni tus periódicas preocupaciones intelectuales complementadas con lecturas que me consta realizas, sean suficientes para que seas feliz, realmente feliz.

Hagamos una prueba, una escapada discreta, y hablemos después. Doy por descontado que no tengo manera de arrastrarte conmigo y pienso que, aun si la tuviera, no debería hacerlo, pues tu marcha podría hacer mucho daño a mucha gente, incluida tu misma. No se te ve una cara radiante, pero sí lo suficientemente sonriente como para poder pensar que estás contenta. Pero yo no lo estoy por razones obvias que no tengo que explicarte. Quiero tener la oportunidad de poder comentar largo y tendido una vez satisfecho el deseo, cómo nos conocíamos, de qué manera yo te perseguí para coincidir contigo en el autobús cruzando yo la ría y cómo más adelante nos seguimos encontrando diariamente, tal como recuerda Lourdes. También sé que luego las circunstancias de mi vida me llevaron por caminos raros de los que no me arrepiento y de los que me gustaría hablarte, pues nadie que no seas tú me va a entender. Quiero que nos pongamos al día de nuestras andanzas durante esos años. Que me cuentes tus amoríos y si alguna vez te acordaste de mí. Y yo quiero contarte mi extraña relación con Machalen, de la que nunca te he hablado, y que creo no se va a romper nunca. Sí, esa directora de orquesta de nuestra Cuidad de la que quizá hayas oído hablar y con la que sigo teniendo una relación a distancia llena de pompas de jabón que nuestras cartas mantienen en el aire cualquiera que sean las circunstancias. Viví dos años con ella, dos años llenos de verdad y también de sexo, pero de un sexo distante, si esto tiene algún sentido y no es una mera frase vacía.

Entiendo que lo que te estoy proponiendo es hasta grosero y que entendería si me dieras un bofetón y me echaras de las meriendas intelectuales. Pero dime de verdad si crees que eso cerraría la herida o sería solo como taparla una con una simple tirita pensada para rasguños poco profundos. Entre tú y yo siempre ha existido el malentendido de la clase social. Yo soy para ti un poco fiable hombre de la margen izquierda, viajado, eso sí, pero de una clase que tuvo que dejar de veranear en la margen derecha y que, por razones que quizá te han hecho ver, no pertenece a ningún club de gente bien y, lo que es peor, que parece no querer pertenecer ni a esos clubes ni a nada. Pero si te explico mi caso estoy seguro que muchas de tus pretendidas convicciones se derrumbarán y tú y yo podemos por fin trabajar codo con codo para dejar que corra el aire y que no solo se olviden las diferencias, sino que se haga de ellas un caldo de cultivo de donde nazca una nueva cultura que cambie la Ciudad y permita que nuestros hijos sean libres y capaces de ser dueños de su destino. No importa lo que quieran ser profesionalmente, pueden ser estibadores de nuestro puerto, médicos, abogados, arquitectos, filósofos o incluso curas, pero tienen que ser ellos mismos y no lo que una sociedad amedrentada quiera para ellos. Su desarrollo personal no puede estar condicionado por los señores de la Ciudad de los que dependan, y para que esto sea posible es necesario que por la bocana del puerto sigan entrando, junto con la carga del hierro necesario, algunas ideas frescas, incluso si para que lleguen hay que salir a buscarlas a bordo de un remolcador de altura.

Déjame contarte por qué razón yo me tengo como uno de los patrones de esos remolcadores, un miembro de una sociedad secreta sin listas de entrada ni de salida que comparte con otros de esos patrones la misión por nadie encomendada de superar diferencias y de no permitir las condenas sociales que o bien hacen sufrir lo indecible o acaban formando personalidades rebeldes que, sin causa alguna, prefieren ir a la contra de todo. Todo esto es muy importante para mí y pienso que tú lo vas a entender a la primera, aunque no creo que no lo entiendas ya. Creo más bien que en tu vida has alcanzado un arreglo suficiente para ser razonablemente feliz. Pero mira a tu amiga Lourdes. Ella no es feliz a pesar de todas las cesiones que se obligó a hacer, su sonrisa es triste incluso en la cama. Y la razón de su tristeza no es ni de lejos la que ella se cuenta a sí misma. Se trata más bien de la imposibilidad de mirar de frente a estas cosas que te estoy contando. Los tres podríamos fundar nuestro seminario secreto y definir las materias a tratar de la manera que deseáramos. Piénsalo, Esperanza y el jueves hazme una seña. Y si te parece que ese día está lejos, déjate ver. Tú sabrás cómo. Yo, por mi parte, creo que tengo que estar en casa haciendo que mi padre me sienta cerca, pues pueden ser nuestras últimas miradas de cariño y complicidad. Quiero que sepa que de su silencio hizo surgir en mi la locuacidad que algunos me atribuyen.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2159 ~ 27 de agosto de 2014 ~ 0

La seña y su continuación

biarritz Tu marido presidía la reunión que se celebró en vuestra casa. Alrededor de la mesa del comedor de la que yo solo había tenido una visión fugaz en alguna de las merindas intelectuales cuando tú te levantabas, corrías una puerta y volvías con una cucharilla o cualquier otro detallito. Era una mesa muy sólida y muy grande alrededor de la cual se sentaban señores bastante mayores que yo, o eso me parecía. Por un lado, el Rector de la Universidad pública en la que yo trabajo junto con el Decano de mi Facultad y, por otro lado, estos conocidos o socios o lo que fueran de tu marido, bastante más mayores de lo que yo imaginaba. Y en una esquina estaba yo, el único no encorbatado. Cada uno de nosotros teníamos delante de nosotros una carpeta con nuestro nombre y un contenido supuse que homogéneo, en el que destacaban unos estatutos y un presupuesto además de un borrador de convenio, tres piezas relacionadas con la cátedra especial que algunos señores de la Ciudad, conocidos como empresarios, estaban dispuestos a dotar si ellos y la Universidad conseguían llegar a un acuerdo. Me resultó extraño que no estuvieras tú, aunque, después de pensarlo, creí darme cuenta de mi sesgo, pues relacionaba sin querer esa cátedra con los exquisitos tés que durante todo el curso se habían servido en vuestra casa una vez al mes. Una relación que de todos modos no hubiera resultado tan tonta, pues estaba claro, al menos para mi, que si tu marido era el líder de los señores que pondrían el dinero, debía ser por las muchas cosas que tú le habrías contado sobre esas meriendas por las que habían pasado desfilado como ponentes la flor y nata del claustro.

El Rector fue el primero en tomar la palabra para resaltar esa circunstancia tan poco habitual de la unión de la calidad de no pocos miembros del claustro y de su aparente disposición, poco corriente entre los catedráticos, a trabajar duro para colocar a esta Universidad entre las mejores de Europa. Y, como colofón de su intervención, nos remitió al borrador de estatutos en los que se ponían negro sobre blanco estas ideas en toda su generalidad. Alfonso, que resultó ser el nombre de tu marido, respondió elegantemente diciendo que los allí reunidos estaban dispuestos a firmar un convenio que diera vida a esos estatutos, pero poniendo un cierto énfasis en la parte empresarial de la colaboración. Decía estar seguro de que la Universidad contaba con personalidades de reconocido prestigio en otros campos más científicos que, aunque sin duda podían colaborar a elevar el prestigio de esta Universidad asociada a nuestra Ciudad a través de sus contactos en el circuito mundial, su movilización, pensaba él, debería recaer sobre todo sobre las espaldas del gobierno y no tanto sobre una simple asociación de empresarios. A instancias del Decano, yo traté de justificar la especialización en la que parecían querer incidir los empresarios allí reunidos.

Déjame hacer en este punto como un pequeño paréntesis para explicarte que casi me entró la risa, pues mis palabras eran casi las contrarias a las que había utilizado en mis intervenciones en las meriendas intelectuales que tú organizas. Me largué un buen discurso sobre las enormes posibilidades que abría la consideración de la empresa y sus avatares multifacéticos en un mundo en el que las verdades económicas empezaban a flaquear. Estas verdades estaban asentadas sobre modelos matemáticos cuyos supuestos implícitos eran de una simplicidad alarmante. El mundo no es una máquina sencilla en la que los inputs entran por un lado y los outputs salen por otro. La empresa era, de hecho, un magnífico modelo para entender el mundo en su faceta económica. Un mundo con una enorme complejidad, de acuerdo con la cual predecir era prácticamente imposible y en medio de la cual un pequeño incidente en una planta de producción de automóviles en Detroit podría generar un verdadero revuelo en toda una economía nacional de otro país distinto a los EE.UU. de América. Era esa complejidad sobre la que había que trabajar para lograr acercarnos un poco a su descripción y a su utilización para tomar decisiones informadas por los Consejos y la alta dirección de las empresas. Y esta complejidad se daba precisamente en el seno de las empresas como las que allí, en la mesa de tu comedor, Esperanza, estaban representadas.

Teniendo en cuenta el origen de esos hombres que parecían dispuestos a dejar entrar el aire de la renovación intelectual, me extendí en la comparación entre la física teórica, tan llena de sorpresas intelectuales, y la ingeniería, sobre la que ellos seguramente sabían todo, dada su formación en la Escuela de Ingenieros de la Ciudad, sobre la que les interrogué aunque ya conocía las respuestas. Era justamente lo que ellos querían oír y algo muy contrario a mis verdaderas creencias, como tú sabes bien. Pero no me avergüenzo, pues he aprendido a tener todos mis mundos aislados entre sí, sin intentar una unificación cuya obsesión se debe únicamente a la religión en la que los habitantes de esta Ciudad hemos sido educados. El Decano me miraba asombrado, pero reprimió su comentario para dejar expresarse a esos amigos de tu marido que parecían bastante contentos y que pasaron a considerar el presupuesto que podrían dedicar a esta cátedra especial.

Habría que seguir hablando, dijeron, pues, a la luz de lo compartido hoy alrededor de esa mesa tan sólida, era muy posible que otros empresarios con las mismas preocupaciones que los allí presentes aceptaran cooperar en la financiación de la cátedra e incluso pudieran aportar sus ideas a la organización general de la operación. La reunión se acabó entre comentarios banales sobre la coyuntura económica y los universitarios nos despedimos pretextando, con una sonrisa que quería sembrar la duda, que teníamos que preparar las clases del día siguiente. Yo recogí la carpeta que llevaba mi nombre y la introduje en mi cartera de profesor mientras me despedía tibiamente de los capitanes de empresita. Volví al centro de la ciudad con el Decano que me dejó cerca de mi casa, no lejos de la suya.

La sorpresa del día estaba todavía por llegar, pues al sacar de la cartera la carpeta para depositarla en el fondo de algún cajón, volví a echar un vistazo a su contenido y me encontré con un sobre con la dirección en blanco en el que no había reparado durante la reunión. Te había pedido una seña pensando en algo como un guiño de ojo y he aquí que me sorprendías con toda una misiva en la que me emplazabas a acompañaros a Lourdes y a ti a Francia el próximo viernes a hacer las compras para el verano saliendo, el jueves por la tarde, un esquema que sabías cuadraba con mis obligaciones. No sé qué hago reproduciéndote lo que tú misma habías redactado, solo sé que aquello me satisfizo de una forma extraña, sea por su tono o sea por cierta ironía subyacente a un texto que parecía escrito a dos manos. Temí que todo fuera un juego, pero decidí correr riesgos y seguir las instrucciones, bien simples por cierto. El jueves a las cuatro de la tarde me recogerían en el parking de la estación llamada del norte sita en la llamada plaza circular.

Como ya conoces el resto me limito a contar, más bien para mi mismo, los sentimientos de aquella escapada. La cena del jueves en el café de París de Biarritz fue rápida y muy divertida gracias al buen humor, raro en ella, de Lourdes. La noche muy larga y más que satisfactoria. Si recuerdas, yo llevaba conmigo mi cartera, pero su contenido no era el habitual, pues mis instrumentos de trabajo se habían quedado en el despacho de la Facultad y habían sido sustituidos por una muda, el neceser y un cuadernito de tapas blandas en el que yo suelo tomar breves notas sobre las características de la última pieza de mi colección y que luego son trasladas al cuaderno de tapas duras convenientemente enriquecidas de una forma que yo me atrevería a llamar poética. Espero que te agrade saber que ese cuaderno de tapas blandas que llevé conmigo permanece en blanco, pues no aproveché tu breve sueño para apuntar nada, ya que nada tenía que anotar. Habíamos bebido bastante, pero no fue eso, sino una especie de llegada a la meta lo que me hizo comportarme como un jovencito enamorado, musitando palabras de amor de estilo de escritor ruso romántico. Fuiste mi primer amor en la playa de aquellos veranos infantiles y a pesar de todas mis aventuras intelectuales y deserciones y desapariciones, nunca te había olvidado, y por lo que vi tú tampoco me habías olvidado a mi. Si no hubiera sido porque ambos no andábamos mal de experiencia amatoria, esa noche hubiera parecido una noche de bodas, en la que se mezclan las declaraciones con los jadeos y las sorpresas. Nada de esto hubo, pues tu cuerpo se acopló al mío, y el mío al tuyo, como si lleváramos años descubriendo recovecos de una cueva prehistórica. Nada memorable, me temo, excepto la fuerza extraordinaria con la que apretabas mi espalda, como si te agarraras a un bote salvavidas. Nos dormimos cuando comenzaba a amanecer, y cuando yo desperté ella ya no estaba allí. Supuse que Lourdes y ella habían acudido a las boutiques más chic para no dejar de examinar ninguna de las novedades y también, supongo, para comentar y chismorrear sobre esta escapada y sus resultados sin dejar que ningún pensamiento oscuro ensombreciera la alegría infantil que parecía embargar a los tres, pero sobre todo a las mujeres. Llegamos ya de noche a la Ciudad y fui depositado en el mismo lugar en el que había sido recogido el día anterior. Ni una palabra de amor y solo un mensaje escueto cuya única gracia, recuerdo haber pensado, era que quizá Lourdes no lo entendió: «observarás pronto otra seña y espero que te guste».

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2159 ~ 25 de agosto de 2014 ~ 0

El Honor

424px-TheTrialDVDCoverJon creía que después de los dos veranos de Bel Atha Cleath su formación preuniversitaria estaba decidida, y que nada faltaba y nada sobraba para llegar a ser un patrón de remolcador de altura en el sentido general y nada sencillo en el que había acabado pensando cuando elucubraba en cómo estar a la altura del padre añadiéndole unos toques de mundanidad para contentar a la madre. Pero no sabía todavía que habían cosas, palabras y gestos que correspondían a otra cultura oscura con la que debía familiarizarse para fortalecerse y no limitarse a contestar con un simple silencio las solicitudes de la clase dominante, tal como había ocurrido al final del último verano en esa ciudad que también llaman Dublín. Ante la tontería no basta con el silencio y menos si éste es despreciativo. Lo que se exige de alguien como el que Jon quería llegar a ser es el Honor, esa virtud rara vez catalogada como tal, que hace que quien la posee ante nadie se arrodille y ante la verdad incline la cabeza. Sobre la verdad había ya leído mucho a través de la filosofía del lenguaje estudiada en la soledad de la embriaguez celta, pero esperaba que la universidad le confrontara justamente con ese problema al tiempo que le formaba en lo que sus amigos más conscientes de la deriva del régimen y la potencial liberación nacional llamaban el contraste, o la contradicción, entre la estructura económica y la superestructura jurídica. Tendría pues que estudiar la doble carrera en la universidad privada de la Ciudad, se decía a sí mismo, disfrazando de reflexión intelectual lo que no era, una vez más, sino la mera imposibilidad de frustrar las esperanzas de la madre justificándose, como para sus adentros, con la idea de que al final no se dejaría deslumbrar por el solitario y que acabaría calándose la boina para que, añadíase con humor, no se le escapara ninguna idea de las que iba a estar hecho el intercambio comercial de la Ciudad en el futuro que le iba a tocar vivir.

De este primer año en la universidad lo único que le interesó fue lo que se llamaba la Filosofía del Derecho que, con su capacidad para la síntesis, pronto resumió Jon como la fuente de la legitimidad. ¿De dónde viene la obligatoriedad de las normas jurídicas cualquiera que fuera su origen? O bien de la violencia, como finalmente concluye Schmitt, o en el formalismo de Kelsen, que solo se siente obligado a lo que procedimentalmente cumpla los requisitos de cuyo origen no le cabía otro remedio que conceder la ignorancia suprema. Este es un problema, el de la explicación última, que nunca supo Jon tratar, así como tampoco el de las contradicciones hegelianas que subyacen al análisis económico de Marx y a su sentido de la historia. De momento solo se dio cuenta de que Marx, Hegel, Schmitt y Kelsen deberían ser leídos en alemán, para lo cual frau Klein apareció en su vida localizada por la señorita Carmen y financiadas sus clases particulares por los padres.

Como cuando en la infancia Doña Modesta reforzaba sus conocimientos al mediodía de cada jornada semanal para estar siempre entre los primeros de clase, en este comienzo de vida universitaria Frau Klein intentaba todos los días al mediodía hacer su oído a este idioma tan divertido de aprender y tan agradecido que realmente te alegra cada vez que eres capaz de decir algo como, por ejemplo, «no sé alemán bien pero me hago entender», o como cuando comienzas a experimentar con la utilización de esos verbos de los que tienes que desgajar la proposición previa y dejarla para el final de la frase, por no hablar de las declinaciones que te retrotraen a las épocas del latín o de las concordancias. Pero nunca había aprendido Jon un idioma sin al mismo tiempo tratar de leer literatura o filosofía escrita en ese idioma y que le permitiera asociarlo a una cierta idea central, como las luces con el francés, o el pragmatismo, embriagador o recio, en el caso del inglés. Pero aquí Frau Klein no era muy útil y en la biblioteca de su casa no había grandes obras relacionadas con la filosofía alemana o con su vasta literatura, y lo que había no le era suficiente como para convocar un sustantivo definitorio de un cierto rasgo de carácter nacional, o quizá no había esa nacionalidad, sino una infinidad de ellas, cada una relacionada con un cierto acento diferencial en la manera de pronunciar el mismo idioma.

Y ahí llegó de manera quizá forzada la idea del Honor como algo que te permite mantener la cabeza erguida frente a los que creen tener derecho de prioridad en todo, algo que desde luego hay que ejercitar, pero que poco valdría si uno no tuviera a su vez algo que decir. Así que la idea de Honor se fue configurando al ritmo de las conjugaciones y las concordancias como un cierto tono que te distingue no solo en el hablar, sino en la forma de expresar tus ideas para hacerte visible. Algo así como la colocación adecuada de las comas que da a tu lenguaje una, digamos, altura, que te permite recabar la atención de quien escucha. Desde ahí habría que construir el nuevo idioma como un arma más del patrón de remolcador de altura. Pero no sabía el joven Jon que hay ciertos lenguajes que se hablan a sí mismos y que hacen de ti, pobre hablante, un mero instrumento. Este era el peligro del alemán para Jon, y aunque sin sabérselo contar, intuyó en seguida el peligro que semejante poder tenía, así como la oportunidad que se le brindaba de romper sus cadenas y aprender a hablarlo a su manera, esa que divertía tanto a Frau Klein y que un día habría que limar, pero que de momento servía para enraizar esa fortaleza indefinida que le hacía poco flexible y tremendamente frágil.

Era el momento de dejarse de filosofía del lenguaje y de abandonar las pesquisas sobre la verdad o sobre las condiciones de su existencia y de parapetarse tras la fuerza de la voluntad como arco de bóveda de cualquier construcción de uno mismo. Y la ocasión llegó en el verano de segundo de carrera cuando Jon volvió a viajar, solo esta vez, hacia el este camino de la universidad de verano en München, pasando previamente unos días por Frankfurt invitado por un antiguo profesor progresista de su colegio de jesuitas en Bilbao que colaboraba con la emigración española en esa ciudad y cuya comunidad le proporcionaba una especie de hostal barato en el que cobijarse mientras Jon se enteraba de sus condiciones de vida, mucho peores de las de los inmigrantes de la margen izquierda de la Ciudad, y también tenía tiempo de pasearse por una ciudad que parecía no haber sufrido la contienda bélica y ofrecía diversiones varias. Y no solo diversiones. También experiencias extrañas que más adelante en su vida se repitieron y a las que nunca ha encontrado explicación, iniciando así su convencimiento creciente de la imposibilidad de explicarlo todo. Asistió a una sesión cinematográfica en la que se proyectaba una película de Orson Wells sobre una obra de Kafka, seguramente El Proceso, hablada en alemán, el mismo idioma en el que se expresaban las cuatro personas que ocupaban las butacas posteriores a la que Jon había elegido en un cine semivacío y, desde aquel entonces ya, muy cercana a la pantalla. No solamente podría haber jurado que entendió todo lo que se decía desde la pantalla, sino que también fue consciente y entendió lo que esas cuatro personas comentaron al finalizar la proyección. No podía ser cierto y, efectivamente, no podría haber reproducido nada de lo escuchado pero no le cabía ninguna duda de que había estado casi dos horas en su ámbito lingüístico propio. Lo contó mil veces y luego dejó de contarlo ante la cara de incredulidad que mostraban sus interlocutores. Hasta que pasados los años y habiendo adquirido, según él, la virtud del honor, volvió a contarlo a menudo en un tono especialmente alto y sin admitir nunca ninguna prueba en contrario ni inclinar la cabeza ante quien solo sabía esgrimir la risa o la incredulidad.

Pero llegó el día en que partió hacia München a vivir experiencias más terrenales. No fue clasificado como totalmente analfabeto en alemán y se pertrechó a prepararse para un día poder llegar a leer a sus autores secretos en ese idioma. En esa juventud todopoderosa todo va muy rápido y a su Marx, su Hegel, su Schmitt y su Kelsen ya había añadido a Nietzsche, Mann, Rilke, Kafka y Freud. Pero esa misma velocidad acabó con todos sus buenos propósitos en pocos días y se dejó deslizar por el placer de la conversación internacional de unos grupos de alumnos europeos que hablaban idiomas que Jon podía hablar sin dificultad. Eso le granjeó la admiración de sus amigos recientes, pero cerró casi totalmente la posibilidad de progresar en el aprendizaje del alemán. Pero aprendió muchas otras cosas. Con l´Ambasadeur supo que una carrera diplomática no era una mala idea, aunque la idea de depender de un gobierno como el español le sacaba un sarpullido. Con un no tan joven profesor de filosofía al que llamaban Socrates dio no pocos paseos por la ciudad, fácil de recorrer, hablando de esto y aquello, y consideró que todavía estaba a tiempo de cambiar de carrera, una idea que pronto se difuminó ante el atractivo de Jacqueline, una suiza de Ginebra muy preparada para el amor.

Los paseos con ella se hicieron diarios y ambos comenzaron a visitar un piano bar después de una cenita nada frugal. Era alta, casi demasiado para él, y tan fuerte que le recordaba a Esperanza, aquella chiquilla de la playa de su infancia a la que, a pesar de todos los juramentos, había acabado por casi olvidar. Besaba con lentitud apasionada y se dejaba tocar con cierto recato pero sin ningún tabú. Jon era feliz con esa cadencia de clase de alemán por las mañanas y amor el resto del día, parloteando en francés e incluso en inglés, y olvidando todo lo aprendido por la mañana. Esta especie de idilio tan poco discreto les hacía a ambos populares entre sus compañeros de clase y Jon aprendió, o creyó que aprendía, que nada hay tan atractivo en un varón para una mujer que el hecho, no firme del todo, de que esté ligado a otra mujer. Se vio Jon pues en una especie de gloria tontuna pero muy satisfactoria para su ego y sus hormonas. Hablaban sobre todo de las diferencias culturales entre sus países de origen y se confiaban sus deseos ocultos. No faltaban a ninguna de las excursiones programadas durante los fines de semana, hasta que un día, Jaquie y él, decidieron hacer una escapada en tren hasta la vecina Salzburgo, desapareciendo de la universidad por un par de días de los lectivos. El paisaje era simplemente muy bello y los dos enamorados se recrearon en él y en el hecho de mirarlo juntos. La especie de pensión que habían reservado se encontraba lejos de la estación de ferrocarril y fueron caminando hasta el centro de esa ciudad de juguete también con río dulce y llena de referencias a Mozart más allá de su casa y de los dulces típicos. Tomaron posesión de su habitación, pequeña y menos que sencilla, y salieron otra vez a escalar la montaña no hasta el castillo, su plan para el día siguiente, sino hasta la parte alta del escenario de la vieja sala de conciertos excavada en la roca y desde donde se podía escuchar la ópera sin guardar ninguna compostura. Su abrazo y sus besos seguían el ritmo de la orquesta, quizá dirigida por el mismísimo Von Karajan, y el fervor de Jon fue aumentando hasta el punto de liberar su brazo derecho del abrazo y dejar a la mano que lo remataba adentrarse por caminos prohibidos que Jaquie no parecía reconocer como tales. Ambos disfrutaron del todo y abrazados bajaron de la montaña y volvieron a la pensioncita que se había convertido en un palacete cuya mejor y más distinguida habitación abrigó la noche en la que guiado por aquella mujer joven cazó la primera pieza de su perversa colección de vulvas, una pieza que nunca supo describir con detalle y que no consta como tal en los cuadernos que en los años siguientes fueron describiendo las siguiente piezas con detalles mucho más precisos.

El viaje de vuelta y el resto del curso del verano nada tuvo que ver con el aprendizaje del alemán sino que estuvo dedicado en exclusiva al amor con sus correspondientes promesas de eterna fidelidad. Se volverían a ver el verano siguiente, esta vez en esa pequeña ciudad, Salzburgo, que sería para siempre el emblema de su amor. Y, sin embargo, las cosas no sucedieron como ellos hubieran deseado, pues Jon tuvo que ajustar sus planes al cambio en las normas que regían las milicias universitarias y que habían adelantado un año la incorporación al primer campamento de instrucción. Las cartas entre Jon y Jaqueline reflejan frustración inicial y paulatino enfriamiento, como no podía ser de otra manera, y Jon supo ejercer su recién adquirida virtud del Honor y silenciar su frustración al tiempo que reforzaba su íntima independencia de criterio y decidía dejar su carrera al final de ese tercer año y, después de cumplir con el segundo campamento, trasladarse precisamente a Salzburg, en donde en la Universidad regular se ofrecían un par de años en Comercio Internacional financiados por una fundación americana a la que pediría una beca para no tener que someterse al chantaje de su madre para que acabara primero su carrera ya iniciada y en la que le iba muy bien. Mientras tanto seguiría con frau Klein, esta vez tomándoselo en serio.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2159 ~ 23 de agosto de 2014 ~ 3

Un pragmatismo embriagador

grafton street 1960

Para hacer de aquel hijo prometedor alguien realmente capaz de llegar a la cima como quería la madre, o de ser una especie de héroe como presumiblemente deseaba el padre, las luces asociadas al francés no bastaban. Era de todo punto imprescindible domeñar el inglés, un idioma que por aquel entonces ya aparecía como el único idioma capaz de hacerse franco y que se asociaba a autores e ideas muy distintas de las acariciadas durante los veranos dedicados al aprendizaje del francés. Sustituir Sartre por Brendam Behan no es solo un pequeño ejemplo cualquiera del contraste entre la cultura francesa y la del ámbito anglosajón, es un verdadero cambio de paradigma, y para Jon representó una sorpresa tan grande que nunca volvió a soñar con llegar a tener una visión definitiva del mundo.

Durante el curso escolar sus padres le impusieron una clase particular de inglés impartida por un joven caribeño de difícil ubicación en aquella Ciudad que todavía vivía en un ambiente de miedo y silencio. Era alguien inteligente y cultivado que consiguió que Jon se acercara al idioma, a la literatura y al pensamiento expresados en inglés, aunque a menudo se hizo con piezas traducidas al castellano de novelistas del momento como Somerset Maugham o Graham Green, o de pensadores nada transgresores, como por ejemplo Chesterton, que era especialmente querido por la sociedad de buenas lecturas por su catolicismo. Como siempre, Jon leyó cosas que no entendió pero que le daban una especie de seguridad en sí mismo y una cierta conciencia de ser diferente y estar un poco aislado en la Ciudad a pesar de algunos compañeros que, como él, iban rompiendo el cascarón. Nada de esto era ni soñado por los padres de Jon que, especialmente a través del padre, pretendían que el chiquillo adquiriera un toque de ese pragmatismo que se asociaba a la ciudadanía y al gobierno de su Majestad, la única admitida por ese padre que parecía vivir fuera del mundo conocido.

Pero como era de esperar, entre las dos islas, la recientemente independizada casi en su totalidad y la localizada en la metrópoli de ese Imperio que el padre de Jon había vivido como un hecho conocido e irreversible, la única gran diferencia para alguien de la Ciudad era la religión. El idioma era el mismo y el inglés que se hablaba en Dublín era, según se contaba, el que se exigía a los locutores de la BBC, pero lo importante era que Irlanda era católica, casi tanto como lo eran las familias alrededor de la familia de Jon. Una vez más ganó la opinión de la madre y, a través de los jesuitas del colegio una vez más, este chiquillo que estaba dejando de serlo fue asignado a una casa de Dublín meses antes de terminar el curso y de partir hacia lo que sería su primer largo viaje en solitario, pues la familia de Juan, o él mismo, no sentía la urgencia del inglés para un hijo que, por otro lado, seguía teniendo, a diferencia de Jon, su grupo de verano bien definido. Y así la educación en el pragmatismo de un Churchill se iba a convertir en la educación en un pragmatismo de otro cariz difícil de definir, una mezcla del sentido común consciente de los límites siempre existentes y de la locura poética un tanto alcohólica que nada sabía de límites. Y fue esta mezcla imposible de conciliar la que se quedó grabada en el alma de Jon. Mezclada, desde luego, con la épica de la liberación que tan bien le había presentado la señorita Carmen, violando las instrucciones maternas, en aquellos cuentos sobre heroicidad que hermanaban a la Ciudad con esa otra ciudad que, paradójicamente, seguía mostrando como un héroe a Nelson, un inglés que, además, supo humillar a los españoles. A este respecto Jon no supo entender bien lo que significaba que el hijo mayor de la casa se hubiera fugado para pasar a la clandestinidad e integrarse en el Sinn Fein y quien sabe, murmuraba la señora Mulligan con lágrimas en los ojos, si también en el ejercito republicano de liberación que operaba en el Ulster.

Jon se sintió una persona ya hecha y dueña de sí misma en el largo viaje que, por primera vez, emprendía en solitario. Llegar a París y cambiar de estación de ferrocarril con tiempo suficiente entre ambos trenes como para visitar los lugares más emblemáticos de esta capital con río pero de agua dulce, tomar el barco para cruzar el estrecho hasta Dover y de nuevo el ferrocarril para llegar a Londres, y pasar la noche en una pensión del barrio de Fulham para finalmente volar de Londres a Eire y aterrizar en Bel Atha Cleath al día siguiente para encontrarse con la que decía ser su familia de acogida pero que resultó ser la familia destinada a otro, un malentendido que acabó siendo para Jon realmente providencial pero que solo surgió como evidente al final de esa primera estancia en esa bendita isla que Jon iba a recordar, al final de los dos veranos que vivió en ella, como un lugar literario y fantasioso de enorme influencia en su educación intelectual y afectiva.

Quizá fue ese error en la ubicación de Jon en esta otra ciudad con río dulce y con clima parecido al de la Ciudad de donde había partido Jon el que le libró de contactos indeseados con otros estudiantes de colegios de jesuitas de habla castellana y le permitió concentrarse en los contactos que le proporcionó la Mrs. Mulligan entre los miembros de su aparentemente inmensa familia y entre otros chicos y chicas de su edad que vivían en Glasnevin, un barrio con un cementerio para siempre famoso desde que se convirtió en lugar literario a partir de la visita de Bloom en esa novela renovadora de Joyce que Jon intentó leer por primera vez precisamente en ese verano dublinés durante los muchos ratos que pasó solo. Leyó como pudo ese Ulises así como otras cosas de su autor que fue comprando en sus escapadas en autobús hasta el centro al centro, y a otros autores como, por ejemplo Oscar Wilde o el ya mencionado Brendam Beham. Como por casualidad se introdujo en el mundo de los escritores angloirlandeses, ya por aquel entonces reputados como los mejores del ámbito anglo, y algo de su fértil locura se le debió contagiar a Jon ya en esa primera visita a Eire.

Una primera visita llena de novedades para un chiquillo de la margen izquierda, tal como él seguía autodefiniéndose. En los cines se podía fumar y al final de cada sesión sonaba el himno nacional irlandés mientras la bandera ondeaba en la pantalla. Las cafeterías del centro de esta ciudad eran muy distintas a las de la Ciudad en su configuración física y sobre todo en la oferta de sándwiches de jamón y queso entre pan de molde tostado y untado de mantequilla, una mantequilla que parecía otra cosa. Los autobuses de dos pisos que le llevaban y traían con extrema facilidad de O´Conell Street a Glasnevin pasando por el barrio obrero de Drumcondra nada tenían que ver con los trolebuses de la Ciudad. Y no digamos las carreras de caballos, donde un tío alcoholizado de Mrs. Mulligan le llevaba a menudo y le presentaba a los propietarios que nada parecía que tenían que ver con las figuras empingorotadas cuya imagen algunas revistas de la Ciudad habían gravado en la retina de Jon. Apostó, y a menudo ganó, siguiendo el consejo del tío borracho, quien de paso le inició en el gusto por las pintas de cerveza negra. Y posiblemente con esas ganancias se regaló unas clases de montar a caballo por Phoenex Park, y, por primera vez, se enamoró de la hija de uno de esos propietarios con la que quiso salir a solas, para lo que le llamó por teléfono aterrorizado de no ser capaz de entender el inglés de la chica, que sin embargó le endilgó una negativa que entendió con total claridad.

La vuelta otra vez por Londres y París, cruzando el canal, fue tan pesada como la ida, pero esta vez le dio tiempo de recorrer mucho barrios de buena y mala nota de esta última capital, cuya influencia en su formación iba a dejar de ser única pues tendría, pensaba de forma desordenada, que complementarse con todo lo aprendido este verano de amor y revolución y con los matices que en esas materias iba a añadir el segundo verano en el que ya, una vez solucionado el malentendido de la familia a cuya casa debió haber ido pero no fue, consiguió juntarse con numerosos españoles de su edad y concretar más específicamente sus inclinaciones un tanto revoltosas, poniendo juntos para su futuro ideológico los barrios obreros donde él siguió viviendo en casa de Mrs. Mulligan y los barrios elegantes, bellos y apacibles localizados al sur del río, así como los intereses e ideales de los habitantes de unos y otros.

Este segundo verano podría quizá considerarse por un observador imparcial como perdido para la formación seria de Jon, pero para él fue como el resumen, solo en cierta manera embriagador, de las enseñanzas recibidas desde que el paso del tiempo se le impuso, como relacionado con la importancia del espacio en la conformación de las diferencias y afinidades sociales de la Ciudad. El idioma ya no era una dificultad, sino una especie de señal de que se podía salir del ámbito lingüístico propio con ganancias de todo tipo, incluyendo la de la toma de conciencia del lenguaje como objeto de atención en sí mismo y de contrastes entre sensibilidades ante la vida cotidiana. Y esta facilidad con el habla permitió que sus nuevos amigos llevados a Eire por la misma organización que la que a él le confundió el destino y que, en general, estaban localizados en el elegante sur del Liffey, consiguieran lo que ningún otro amigo había conseguido nunca, integrarle en una pandilla que a su vez tenía contactos habituales con un grupo de muchachas celtas de ojos verdes y pelo negro que no parecían tener demasiados reparos en el juego, todavía relativamente ingenuo, del amor carnal. Ante estas novedades los contrastes de clase que Jon arrastraba desde su Ciudad se disiparon un tanto, aunque no del todo, y su vida juvenil llegó a ser hasta cercana a lo normal, estrenando gestos en los que solo había logrado soñar y por poco tiempo, pues se sentía obligado a reprimirlos. No era poco frecuente ese juego pícaro de hacer girar un botella vacía en el medio de un corro mixto como en una especie de lotería en la que la persona señalada por el cuello de la botella pedía una prenda a cualquier otra del corro sentado en el suelo del salón de una de las casas que nos acogían para el verano. Esa prenda consistía invariablemente en un beso y a medida que el juego progresaba esos besos eran cada vez más y más intensos y apasionados. El que Jon intercambió con la chica mayor del grupo, ya realmente en sazón, le dejó desconcertado y atontado para el resto de la velada, tanto por su intensidad y duración como por la indiferencia posterior de esta muchacha, a la que no parecía haber afectado mucho a pesar de haber sido ella la que eligió a Jon para pagar la prenda. Jon se preguntó siempre el por qué de este gusto que las mujeres mayores parecían sentir por él, y nunca consiguió hilvanar una buena explicación más allá de conjeturar que eran estas chicas o mujeres de mayor edad de un grupo cualquiera las que se sentían llamadas a acabar con la aparente indiferencia de ese hombre un tanto distante que parecía sumido en sus meditaciones.

Nada hay realmente nuevo en esta salida a la vida a no ser que consideremos novedoso que esta excitación ni por un momento le hiciera olvidar sus preocupaciones por las relaciones entre clases sociales de su Ciudad, relaciones que ya no se limitaban en la cabeza de Jon a las márgenes de la ría, la izquierda y la derecha, sino que se extendían a la calidad del barrio donde residía una familia, el lugar donde veraneaba, si fuera de la residencia habitual o en la residencia de verano cuya localización era también un signo de identidad que unía o separaba, a la calidad y variedad de la ropa que vestías o la escasez o abundancia del dinero de bolsillo con el que salías a pasear al atardecer de un día cualquiera o a explorar la trastienda de ciertas librerías que se atrevían ya a exponer sin secretismo obras literarias o de pensamiento que el libro de buenas y malas lecturas no hubiera recomendado, pero que ahora eran manoseadas y adquiridas por una clase social nueva para Jon y que nada tenía que ver con sus antiguos grupos de amigos, y que no parecía estar representada por nadie en este grupo de jóvenes en ese verano irlandés. Pero los que sí estaban representados eran los jóvenes pertenecientes a la “aristocracia” de la Ciudad, una clase ésta que, aunque desde luego vivía en la margen derecha, hace ya muchos años que se distinguía por sus fincas en las Castillas o, lo que a Jon le desconcertó, por una cierta curiosidad intelectual que le costó desenmascarar. No podían ocultar su ignorancia de la tensión irlandesa o de la extraña preponderancia de los escritores angloirlandeses, pero parecían interesarse por cuestiones sociales en general o por la internacionalización que exigía el conocimiento de idiomas o por las simples novedades literarias. Uno de estos amigos de verano que venían de la Ciudad pero con los que Jon no había topado nunca en ella le planteó un día cualquiera un dilema moral que, le confesó, se había discutido mucho en un grupo de pensamiento que se reunía periódicamente: si era más grave la masturbación o la compra de sexo. Ante la ignorancia de Jon, evidenciada por el silencio, el joven “aristócrata” explicó con la lentitud de un avezado maestro que, sin duda, la masturbación era más grave pues, al fin y al cabo, la compra de placer iba dirigida al uso del sexo para su objetivo natural que no era otro sino la reproducción. Nada contestó Jon a esta explicación tan poco meditada, pero se dijo a sí mismo que nunca aceptaría la invitación que siguió al exordio para acudir a esas reuniones periódicas del club de pensamiento que parecía responder a una cierta forma nueva de educación religiosa que mejor habría hecho, siguió pensando Jon, no metiéndose en esos berenjenales morales.

Esta conversación tan iluminadora de lo que sería más adelante la clase dirigente, más otra anécdota que se produjo en unas carreas de caballos, acabaron por convencer a Jon de que su pertenencia a esa clase a la que su madre le hubiera gustado pertenecer, no le merecía. Otro miembro de esas reuniones, en efecto, le recriminó otro día de ese segundo verano irlandés que llamara la atención de una señora que atendía el bar del hipódromo llamándole “madam” en un tono más alto de lo normal. «Madam» es francés, explicó este alevín de prócer destapando así que nada sabía del inglés y que se había saltado la etapa de las luces. Tampoco esta vez recibió este joven de la Ciudad una respuesta por parte de Jon, pero ambas anécdotas fueron suficientes para detonar la furia serena de este joven que fue chiquillo de la margen izquierda y su determinación de que nadie sino él mismo podría trazar su camino y que este camino habría de pasar muchas veces por la bocana del puerto de la Ciudad importando ideas hasta que un día ese puerto también sirviera para exportar ideas. Ese camino sin embargo no estaba demasiado claro en la mente de Jon, siempre confuso entre el solitario de la madre y la boina del padre.

Juan Urrutia

Juan Urrutia2159 ~ 6 de septiembre de 2014 ~ 2

Sostén o sujetador

sostenMi gusto por la lingüística, así como por el idioma y el habla en general, me hace preguntarme cuestiones, quizá triviales, sobre el uso concreto del idioma o sobre la evolución del habla, pero que es posible que algo nos enseñen. Es este gusto lo que me ha llevado muy a menudo a escribir por ejemplo sobre expresiones que detesto. Tomemos como un ejemplo la forma de referirse a una prenda femenina de ropa interior. En mi juventud recibía el nombre de “sostén”, una palabra que las chicas finas procuraban sustituir por la de “soutien”, como si el utilizar el francés la hiciera menos explícitamente sexual. A veces estas chicas finas usaban la expresión “soutien gorge”, sin que nunca llegara yo a entender qué tiene que ver la garganta con los pechos en las mujeres. Y finalmente se arrumbó la palabra castiza así como los sucedáneos cursis o afrancesados y se adoptó una palabra que hoy continúa vigente: “sujetador”. Esto me sugiere dos cuestiones. La primera de naturaleza puramente semántica: ¿en qué se diferencia sostener y sujetar? Sostener es como afirmar algo de lo que se duda, algo parecido a lo que ahora, por la influencia del inglés, llamaríamos “soportar”. En nuestro caso lo aplicaríamos a pechos que dejados a sí mismos tienen tendencia a caerse. Mientras que sujetar querría decir más bien, y en nuestro caso, impedir que los pechos femeninos se liberen alegremente. Si estoy en lo cierto ambas palabras debieran ser utilizadas de manera diferenciada, dejando ver con transparencia a qué se refiere uno. La segunda cuestión es más bien de carácter sociológico; pero es que el idioma y el habla son instrumentos útiles para encarar puzzles sociológicos. En relación con el sujetador es muy notable cómo ha variado su uso siguiendo la evolución de la búsqueda de libertad. En mi juventud, un gesto radical por parte de las mujeres, especialmente las jóvenes, fue no vestir esta prenda, ejemplo evidente de sujeción o, todavía de forma más radical, quitársela en público para dejar constancia de la conciencia de la situación subordinada de la mujer y de todo el mundo. Hoy en día lo que uno observa es que las mujeres hacen ostentación de llevarlo puesto y ha llegado a ser como una prenda más de su atuendo, especialmente en verano, justo cuando parecería que sería más cómodo no usarlo. ¿Qué revela este último cambio? ¿Quizá que ya no quieren ser libres o luchar por esa libertad para todo el mundo? ¡No lo puedo creer! Lo más sensato es pensar que las mujeres son hoy lo suficientemente autónomas como para hacer lo que les dé la gana, al menos en estos asuntos.

Lo que me gustaría saber es entonces es cómo deberíamos llamar hoy a la prenda que nos ha ocupado estas líneas.

Juan Urrutia2159 ~ 4 de septiembre de 2014 ~ 1

Vuelta a la normalidad

Desde mi sillón de orejas Creo que puedo decir que hoy he terminado la novela que estaba escribiendo desde hace algún tiempo. Me he referido a ella en varias ocasiones (por ejemplo aquí) y este verano le he dado el arreón casi definitivo utilizando algunas de sus partes como posts en este blog. El que subí ayer- La muerte del padre- no es el último, pero no voy a subir los que cierran la novela aunque ya estén escritos. Ahora solo queda editarla con un poco de cuidado antes de procurar que se conozca todo su contenido a través de cualquier soporte. Llevará su tiempo y su trabajo, pero ya ha llegado el momento de volver a usar el blog para la que es su finalidad propia, que es contribuir con mis ideas a la conversación de las Indias posteando lo que la actualidad o reflexiones más generales me exijan para apoyar una vida interesante. Como comienzo comunico que el blog pronto tendrá un título específico y acorde con la caricatura de su nueva portada: desde mi butaca de orejas. Un homenaje a un escritor que admiro.

Juan Urrutia2159 ~ 27 de agosto de 2014 ~ 0

Misión cumplida

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Es lo que, adelantándose a los acontecimientos, dijo Bush Jr. desde un portaviones al poco de comenzar la invasión de Irak que todavía hoy da guerra: «mission accomplished». Yo no me precipito si digo que yo he cumplido con mi misión, pues la novela está terminada, aunque, claro está, faltan detalles y rematarla puede llevar bastante tiempo. Pero este trabajo ya no lo haré en esta casa del municipio de Foixá en el Baix Empordà. He trabajado todos los días y mi ánimo se ha ido consolidando a partir del retorno de München, a donde viajamos ya hace cuatro semanas. Pero mañana volvemos a Madrid y habrá que retomar la vida excitante de una ciudad que no te permite concentrarte tanto como este campo que se conserva bello gracias a, o a pesar de, las subvenciones europeas.

Juan Urrutia2159 ~ 23 de agosto de 2014 ~ 0

Una noche de perros… y ranas

cuidado-ranasParece que la borrasca se va alejando, pero ayer sufrimos una de esas que no se olvidan. Los rayos y los truenos fueron casi constantes y la luz eléctrica se iba y volvía sin ninguna prisa. Si una vez hace años nos quedamos encerrados fuera, ayer corríamos el peligro de no poder salir, pues la puerta para el coche funciona con electricidad únicamente. Creíamos que el tejado no tenía fisuras, pero comenzaron las goteras, y llenamos el piso de arriba con baldes como los que se veían en los años cincuenta en cualquier casa. Fue sin duda una tarde-noche de perros, y esta mañana en mi paseo matinal he visto muchos perros solos, como si hubieran salido huyendo de su encierro, a cazadores gritando por los cotos de caza sin duda llamando al perro extraviado, y a varios automovilistas dubitativos vagando a la búsqueda de sus mascotas, o decididos una vez recuperadas éstas. Pero la mayor muestra de la dureza de la borrasca han sido las ranas. En mi paseo he visto cuatro cadáveres de rana, cada una con manos y patas estiradas como si se hubieran ahogado en un medio que no es el suyo, algo solo explicable por la cantidad de agua que la tierra no podía absorber. Esto de la naturaleza es algo realmente cruel en lo que nos encontramos inmersos.

Juan Urrutia2159 ~ 17 de agosto de 2014 ~ 0

Un interludio económico

Recesión europea
En medio del esfuerzo por ir dando forma a la gran novela de Bilbao, título a penas pretencioso, y de terminar de ordenar las entradas que conforman la serie «Hacia un Nuevo Relato», que continúa y cierra, esperemos, Crónica de un Crisis, me permito una distracción para mencionar las últimas malas noticias de la economía europea y la vaciedad del lenguaje de nuestros políticos, forzado, claro está, por los datos aparecidos ayer día 14 y dados a conocer en los periódicos correspondientes a la Virgen de Agosto. Por una vez estoy contento de estar de acuerdo con el columnista del País José Carlos Díez , y recuerdo que su propuesta ya fue señalada en estas páginas al usar como pancarta: inflación y eurobonos.

Juan Urrutia2159 ~ 14 de agosto de 2014 ~ 0

Parecido razonable

Tip y coll

Como ayer por la noche alguien que sabe mirar el arte me dijo que cada vez me parezco más a Txillida, he cogido confianza en mi recuperada capacidad fisiognómica de la que hacía gala el otro día. Esta capacidad, más la inactividad física en el Ampurdán, me han llevado a descubrir otro parecido que me parece asombroso. Verán. Dedico bastante tiempo a la televisión y especialmente a «Amar es para Siempre», la saga de Antena 3, y ahí me he fijado en Antonio Garrido, intérprete del malo Augusto Lloveras. Su cara me recuerda a alguien, pero hasta ayer no he sabido exactamente a quién. Ayer, en efecto, me relajé por la noche con la repetición enésima de números maravillosos de Tip y Coll en el programa «Cómo nos reímos» y, en un momento dado, caí en la cuenta de que la cara de Coll en aquellos años en los que tendría la edad del Lloveras de la serie, es idéntica a la de este último.

Juan Urrutia2159 ~ 11 de agosto de 2014 ~ 3

Fisiognómica munichesa

goethe_stieler_1828Ya de vuelta. Llegamos ayer por la tarde y bastante cansados pues el tráfico era muy denso. Pero refrescados de la rutina. Muchas cosas podría contar de München y casi todas buenas, desde la belleza de sus gentes y sus calles hasta la increíble riqueza museística. Pero prefiero contar cómo he recobrado mi potencia fisiognómica. En el café del museo Lenbauhaus -cómo no, puesto al día por Foster- reconocí a Belén López, la bella y malvada Tía Elena de «Amar es para Siempre». Y en una exposición de fotografía de Avedon reconocí a Toni Zabalza en un retrato de Cioran. y después de varios días de propinas, el maître de desayunos del hotel me confesó que me encontraba la versión rejuvenecida de Blatter el de la FIFA. Sin embargo, el verdadero shock vino al reconocer en el retrato de Goethe con una carta en la mano derecha en la Nueva Pinacoteca, a mi doble. No me había fijado, pero de repente me di cuenta de que no podía salir de una cierta sala porque me seguía la mirada del retrato de un hombre por otro lado muy parecido a Txillida, del que yo llevo camino de ser su vivo retrato.

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