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Valores

Nada hay de trascendente en los llamados valores, sino que éstas pautas recomendadas no son sino momentos de la evolución de la especie.

sacrificioaztecaEste asunto de los valores ya ha conseguido irritarme, pero esta vez no necesito escribir un post atávico como este que escribí sobre religión. Me basta con traer aquí a colación este artículo que fue escrito por alguien raro que no quiere ser identificado, pero que consiguió colarlo en un medio relativamente conocido seguramente bajo seudónimo. Este sí que es un tono atávico.

Este artículo comienza así:

Es imposible, se arguye, que una economía vaya bien si no hay respeto por los grandes valores de occidente que preservados por la Iglesia Católica, es decir universal, entre otras instituciones mucho menos poderosas, parecen si no olvidados, al menos desoídos. No es que matar haya dejado de considerarse como algo que no se debe hacer, es más bien que al amor al prójimo ya no es sino un rubro del presupuesto nacional y el respeto a la edad un lastre que se procura desterrar urgiendo la construcción y gestión de residencias para mayores. No es que la tasa de natalidad disminuya constantemente, sino que las mujeres, en un alarde de feminismo mal entendido, parecen, como dirían las más exaltadas entre ellas, haber vencido finalmente esa maquinaria del reloj biológico mientras los hombres se limitan a pasarlo bien el fin de semana. No es que se haya perdido el gusto por la vida en común, sino que este solo permanece entre los okupas o tribus de saltinbanquis y más bien por ahorro que por el gusto de estar juntos de forma y manera que un miembro enfermo de la comunidad es depositado a la puerta de un hospital en medio de la oscuridad de la noche. No es que se predique el hurto, sino que el que se observa se describe como nueva forma de orientar los negocios y se proclama bueno para todos.

La búsqueda de la gratificación inmediata es el signo de los tiempos y, en esa circunstancia difícilmente esperaríamos que se paguen las deudas a tiempo o en su integridad o que se sacrifique un pequeño placer por cuidar a un hijo pequeño o se renuncie a un viaje de placer para acompañar a un padre ya mayor y bastante desvalido o que se vitoree al equipo de futbol visitante al que, como mucho, se desea que aterrice sin percances en el aeropuerto local para no cancelar el entretenimiento del sábado tarde antes de comenzar con la degustación de sustancias peligrosas pero toleradas pues al fin y al cabo frenan otros impulsos. Y no solo eso sino que las propias autoridades con la disculpa de la aconfesionalidad o el laicismo hacen propaganda de acciones o actitudes realmente desconsideradas y hasta desenfrenadas. Enriquécete, compra placer, no te comprometas a nada, no te conformes con lo que la naturaleza te ha dado y modifica tu cintura o tu nariz, miente lo que sea necesario para alcanzar lo que quizá no mereces, pero puedes obtener.

Espero que comprendan que este tono me indigna, pero todavía me disgusta más la forma con la que el artículo continúa sentando cátedra teológica.

Merecimiento es un concepto obsoleto pues no encaja con unos tiempos cuyo espíritu es, digamos, mezquino por no exagerar. El merecimiento es desconocido por este populacho elevado a los altares de la mercadotecnia política. La seducción de eso que se atreven a llamar conquista social, ha acabado con todo lo que de bueno y respetable había ido construyendo el hombre a lo largo de siglos, una herencia que nuestra Iglesia ha sabido conservar sin pedir nada a cambio, por el mero carisma de colaborar con la economía de la salvación, con los planes de Dios. Y nada hará este Dios eterno desde su infinito poder que no sea querido por los hombres y mujeres de carne y hueso que hoy nos rodean gracias a su infinita misericordia. Es pues a ellos a quienes corresponde realizar el mundo de Dios en la tierra y nada se puede hacer en ese camino sin sacrificio de las pulsiones más inmediatas, sacrificio que no parecería tener sentido sin la ayuda de la fe en la Resurección que dentro de muy poco tiempo una vez más celebraremos dentro de unos días los pocos que no estamos caídos en la indignidad del placer en estos días de sufrimiento de un Dios Hijo humanizado por el infinito amor del Dios Padre a sus criaturas. No hay salvación sin el esfuerzo del sacrificio y a ese carisma os convoco yo en esta fecha sagrada.

Lo creamos o no ese es el tono de no pocos documentos que la Iglesia emplea en fechas señaladas. No pretendo ser tan brusco como en el post sobre religión, pero me parece evidente que el artículo es como una llamada desesperada a algo que no se sostiene por ningún lado. Nada hay de trascendente en los llamados valores, sino que éstas pautas recomendadas no son sino momentos de la evolución de la especie. Esto es claro por ejemplo en ese valor al que se refiere el tercer párrafo del escrito que he traído aquí a colación: el sacrificio, el esfuerzo. En contra de la creencia de que se trataba de una virtud moral, se sabe desde hace ya muchos años que es como una orden del cerebro que se dispara en momentos precisos relacionados con la competencia. El esfuerzo no tiene gratificación alguna en las tareas rutinarias de la vida de cualquier grupo humano pues en general el esfuerzo no proporciona ninguna ventaja a partir de un momento en el que la tribu ya sobrevive gracias al ingenio. Pero en cuanto está en juego la reproducción se dispara el mecanismo que dice al macho que tiene que luchar físicamente con otro macho a fin de aparearse con la hembra más prometedora. Entonces vuelve el depredador que llevamos dentro y somos capaces de los mayores sacrificios para tener acceso a la progenie. Esto es obvio ya, pero por alguna razón desconocida no poca gente sigue pensando que el esfuerzo tendrá su recompensa en cualquier actividad. He ahí pues un valor deconstruído. Una operación que podríamos llevar a cabo con cualquiera de los otros valores que se cuelan en los primeros párrafos de este artículo anónimo que he traido a colación para que FT no se enfade directamente conmigo.

«Valores» recibió 2 y 0, de los cuales desde que se publicó el 9 de marzo de 2013 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia

  1. Galo

    Los valores construidos en occidente, marcan nuestro comportamiento en masa de una manera, todavía, muy rigurosa. En la gente que es religiosa, tienen aun más arraigados sus propios valores. O los “tiburones” empresarios. O los fans de alguna marca comercial. Todos tienen muy claro lo que quieren(y en gran medida lo que tienen) que hacer.
    Si es verdad que eso es algo, que cuanto menos, nos tenemos que replantear. ¿Qué es un valor? ¿Es una simple valoración, manejada de forma instintiva, no racional? Y aunque la decisión de valores fuese racional, lo rigurosos que tendemos a ser con poner en práctica los valores, también debería descomponerse.
    Comenzar con con la “transvaloración de todos los valores” de Nietzsche (descomposición de los valores) y seguir con un trabajo de valoración contextual. Toda valoración depende del contexto, de las circustancias. ¿Por qué no también los valores? ¿No son lo mismo en cierto plano que cualquier valoración?
    Ahora hablo por mí, los valores que me han indignado en gran medida han sido siempre aquellos que conllevan una asunción de lo que se ha venido asimiliando desde hace tiempo(o mucho como la religión). El cambio que quiero provocarme, es no verme situado con la misma rigurosidad respecto al “religioso” , que el “religioso” frente a mis valoraciones. Ya no lo quiero llamar valores. Ahora son valoraciones contextuales.

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  2. Juan Urrutia

    Valoraciones contextuales es una bonita etiqueta, pero creo que desvía la atención de su origen social como pautas de conducta que todos aceptan oporque los demás lasa ceptan. eso los desvincula de los sentimientos que poueden ser menos fácliles de sustituir.

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